60
Ethel echó un vistazo a su alrededor mientras bajaba los peldaños de la entrada principal. Desde la noche anterior no podía quitarse esa extraña sensación de vacío dentro de ella. Seguramente fuese consecuencia de la expulsión del espectro y de la energía que habían usado para realizar el hechizo.
O quizá estaba incubando un resfriado...
Salía de los terrenos del instituto cuando vio a Nox apoyado contra el muro, con las manos en los bolsillos y la sombra de sus pensamientos dibujada bajo los ojos.
El corazón de Ethel ascendió hasta su garganta y sintió un ligero hormigueo en las manos; anticipación. La familiar sensación de ahogo cada vez que lo miraba.
Se quedó paralizada simplemente por el peso de sus ojos.
Nox se acercó, esquivando a los demás alumnos que salían, con la vista fija en ella.
—Ven conmigo —dijo, agarrándola por la muñeca.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, sorprendida.
—No quiero que nadie nos oiga —explicó, sin detenerse.
La arrastró entre los árboles, directo al sendero que llevaba a la casa abandonada del bosque. Ella iba detrás tratando de ajustarse a sus largas zancadas.
—Podría... podrían habernos visto. —Miró a su espalda asegurándose de que nadie se había fijado en ellos.
Con todo lo que estaba pasando no quería que nadie pudiese relacionarla con Nox y que eso lo pusiese en el punto de mira del pastor.
Ethel no estaba segura de si su llegada había propiciado la persecución de Whitmore a su familia.
Pero era demasiada causalidad que todo se hubiese iniciado cuando ella se había mudado.
No había podido dejar de darle vueltas al tema en el abrigo de la noche.
En su cama, cuando se quedaba a solas con sus pensamientos, sus miedos y sus pesadillas. Ella y su cabeza, su mayor enemigo.
Ya había caído en espirales similares otras veces y sabía reconocer los patrones: primero llegaba la apatía, luego las ganas de aislarse, de huir incluso. Después, la tristeza.
Debería llamar a su psiquiatra. Aunque resultaba complicado explicar la situación sin mencionar que había descubierto que era una bruja, igual que su familia; que alguien parecía querer matarlas por esa misma condición y, sobre todo, que sus padres se lo habían ocultado desde pequeña porque en su destino parecía escrito que algo saldría mal.
Que su madre, probablemente, no soportaba la idea de que su hija hubiese heredado la parte de sí misma que siempre había querido borrar, y la mantenía a distancia porque le recordaba lo que era y de lo que intentaba escapar.
Bueno, esas eran solo sus teorías, pero explicaban muchas de las actitudes de su madre.
—¿No quieres que te vean conmigo, Ethel? —preguntó Nox. Aunque su tono intentó sonar indiferente, dejó entrever una nota de dolor.
—No, no es eso.
Nox empujó la puerta de la casa abandonada, que se sacudió sobre sus goznes.
Una vez dentro, le soltó la muñeca. La piel de Ethel le quemaba ahí donde él la había tocado.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ethel, dando un paso atrás.
—Eso quiero saber yo —respondió él, avanzando hacia ella—. Ayer pasó algo, ¿cierto? He oído a Silas contárselo a James y no creo que corrieses a abrazarle porque sí. —Su tono se oscureció—. ¿Alguien se metió contigo?
—No. No fue eso —replicó Ethel, tranquilizándolo.
—¿Ah, no? —Nox entrecerró los ojos—. Entonces, ¿qué pasó?
—Nada. No importa.
—A mí sí.
La intensidad en su voz la hizo retroceder otro paso.
Estaban demasiado cerca. El bosque entero parecía contener la respiración.
Ethel bajó la vista a sus zapatos embarrados.
Su decisión era firme. Nox le importaba demasiado para dejar que se expusiera a todo eso.
Si le ocurría algo por meterse en sus problemas, jamás se lo perdonaría a sí misma.
No sería capaz de vivir con ello.
La única persona que la había aceptado tal cual era, la única que se había mantenido cerca de ella, y podía acabar herida.
Tragó pesadamente sintiendo el escozor de las lágrimas.
Tampoco se lo perdonarían su abuela y sus tías, había incumplido las normas. Odiaba traicionarlas y mentirles. Por no hablar de si se enteraban las Trece.
«Pero soy tan egoísta que no quiero apartarlo de mi lado», pensó.
—No pasó nada, Nox —dijo con cuidado—. Silas me ayudó, eso es todo.
—No te creo —declaró él sin rodeos—. No me miras a los ojos. Y te estás alejando. ¿No decías que éramos amigos?
Ella inspiró hondo. El pecho le dolía. Como si las palabras le astillaran las costillas desde dentro.
—Sí, y lo somos. Por eso ahora mismo es mejor que lo dejemos así. Al menos hasta que esto pase.
Nox se tensó. Ethel pudo identificar el momento exacto en que comprendió lo que quería decir. Vio las distintas emociones que pasaron por su rostro: la sorpresa, la confusión, un atisbo de terquedad, una fracción de segundo de vulnerabilidad y, por último, el enfado.
Movió la garganta, tragando.
—¿Mejor para quién?
—Para los dos.
Él rio, una risa amarga, hueca.
—¿Y tú decides eso por mí?
Ethel hizo una mueca, todavía sin mirarlo, pues no era capaz de enfrentarse a sus ojos.
—Solo quiero hacerlo bien.
—No necesito que me protejas, Ethel.
Ella alzó la vista, por fin, con los ojos llenos de una ternura cansada. Como si quisiera abrazarlo sin tocarlo.
—Pero quiero hacerlo —afirmó—. No deberías implicarte más. No sabes con qué estás jugando y es peligroso.
Nox frunció más el ceño hasta que sus largas y oscuras pestañas casi ocultaron el violeta de sus ojos. Estiró una comisura de la boca mientras soltaba una risa irónica.
—¿Y para ti no? —preguntó con la voz ronca.
—Yo no puedo elegir.
Nox la miró durante unos largos segundos.
—No puedes pedirme que me quede al margen —suplicó en voz baja, como si le costara.
—No es que te lo pida —declaró Ethel—. Es que es lo que quiero. —Cogió aire—. Necesito alejarme un poco de ti. —Las palabras fueron como ácido descendiendo por su garganta.
Nox hinchó el pecho despacio. Un músculo palpitó en su mandíbula y su expresión se endureció, herida.
—Si es lo que quieres... —La garganta se le tensó, como si hubiera otras palabras guardadas en su interior.
Ella casi no se dio cuenta de que se secaba la humedad de la mejilla.
Y habría terminado ahí si Ethel no se hubiera cruzado con él de camino a la puerta. Si Nox no la hubiera detenido con una mano en el brazo; solo para soltarla un instante después, casi sorprendido consigo mismo por el gesto.
Habría terminado ahí si el olor de Nox, ese que todavía conservaba la sudadera que le había dado, no se hubiese metido en su nariz hasta nublarle el pensamiento. De modo que acabó de puntillas, presionando sus dedos contra su bíceps, besándolo suavemente en la mejilla.
«Una despedida apropiada», pensó. Algo para llevarse con ella.
Lo inesperado fue la mano de Nox, que subió desde la parte baja de su espalda hasta su cintura, atrayéndola hacia su cuerpo e impidiéndole apartarse. También lo fue la forma en que giró la cabeza, hasta que sus labios rozaron la esquina de su boca.
Juraría que tembló en sus brazos, que oyó un gemido breve. Tal vez fue su imaginación, el deseo de retenerlo un instante más. Se apartó de golpe, trastabillando, incapaz de sostener ese vértigo.
Se giró y echó a correr, con el rostro desbordado de lágrimas amargas.
Estaba alejando a la persona que más deseaba tener cerca.
Con cada paso que daba, el temblor en su pecho crecía, como el epicentro de un terremoto.
«Me odiará y yo me marchitaré», se dijo.
Tropezó y cayó al suelo. No se molestó en levantarse. Eran sus propias palabras las que la habían derribado.
No, esta vez no sería igual que siempre, se dijo. Resolvería lo del pastor Whitmore y volvería a su lado, se prometió.