Flor de sangre (Flores malditas 1) 59
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Nox estaba desplomado en el sofá, con el ceño fruncido y la mirada fija en el techo. En el televisor una mujer pedía café a un tipo llamado Luke.

—Mi señor, se encuentra usted en un estado muy taciturno —dijo Ghom, que llevaba unas horas revoloteando a su alrededor.

Aun en su forma humana se comporta como un pajarraco.

Nox no respondió.

—Muy bien —dijo trasteando por la casa—. No me queda más remedio que sacarle de su miseria.

—¿Qué miseria? —resopló.

Nox se encontraba perfectamente. Se cubrió la cara con el brazo.

—Mire, qué le parece esto. Es un juego de mesa que he encontrado en los armarios. He visto en el televisor que, cuando los humanos juegan a uno, se divierten mucho. Ríen todo el rato.

Nox apartó el brazo y lo miró, sostenía una caja alargada con las esquinas rotas.

—¿De qué estás hablando?

—Se llama Cluedo . Al parecer sirve para acusarse mutuamente de asesinatos ficticios.

Nox arqueó una ceja sin mucho entusiasmo, pero aceptó cuando Ghom desplegó el tablero sobre la mesa.

—Está bien —murmuró—. Enséñame.

—Muy sencillo: debemos averiguar quién cometió el asesinato, con qué arma y en qué habitación —explicó Ghom mientras barajaba las cartas—. Mire, usted es la señorita Amapola.

Nox lo fulminó con la mirada.

—¿Y por qué demonios no puedo ser el coronel Mostaza?

—Porque yo quiero ser el coronel Mostaza. Además, le aseguro que el carmesí de la señorita Amapola le favorece.

Nox arrastró la ficha por el tablero con desgana.

—Bien. La señorita Amapola se mueve a la cocina.

—Excelente elección —aplaudió Ghom—. ¿Quiere acusar a alguien?

—Sí. Fue el profesor Mora, con un cuchillo.

Ghom asintió sin entusiasmo.

—Interesante deducción, señor. Pero... —destapó una carta con teatralidad— me temo que no. El profesor Mora es inocente y el arma solo puede ser el collar.

Nox golpeó el tablero con los dados.

—¡¿Un collar en la cocina?! Es absurdo. Si quieres matar a alguien en una cocina, ¡usas un cuchillo! ¡O una sartén, al menos!

—Ah, pero eso sería lo obvio, señor —replicó Ghom, tirando sus dados—. Los humanos aman lo absurdo. ¿Qué es más desconcertante que estrangular a alguien al lado de veinte cuchillos afilados sin usarlos?

—Es estúpido. —Nox se dejó caer contra el sofá.

Ghom ganó la primera partida.

Volvieron a barajar. Nox movió a la señorita Amapola con un bufido exasperado.

—Bien. Sospecho del coronel Mostaza. Con el revolver. En la biblioteca.

Ghom se inclinó hacia delante y lo miró con compasión.

—Incorrecto otra vez. Solo ha podido ser con la llave inglesa, mire lo que ha tachado en su hoja.

—Pero ¡¿qué demonios hace una llave inglesa en una biblioteca?!

—Tal vez la estantería necesitaba ajustes y el conserje la dejó allí —dijo Ghom—. Son muy despistados estos mortales.

Nox lo miró como si quisiera quemar el tablero entero.

—Y otra victoria para mí —declaró Ghom, al cabo de un rato.

Nox continuó perdiendo ronda tras ronda, cada vez más exasperado.

—Esto es un insulto a la inteligencia.

—¿O quizá es un insulto a la suya, señor? —replicó Ghom, ya riéndose abiertamente—. Después de todo, yo acabo de resolver un homicidio con un candelabro en el salón.

Nox lo fulminó con la mirada.

Hazlo realidad. Ahí tienes un candelabro, dale con él en la cabeza aquí en el salón, verás quién se ríe entonces.

—Eres insufrible.

—Y usted, un pésimo detective. ¿Otra ronda?

—No comprendo la mente de los mortales —se quejó.

Ghom miró sus cartas sonriendo.

—¿Habla usted en general o quizá se refiere a cierta chica?

Nox resopló moviendo a la señorita Amapola.

—Sé sincero. Soy atractivo, ¿cierto? Más que cualquier habitante de este pueblucho.

Ghom le echó un vistazo.

—Sí, señor, es usted un gran espécimen.

Nox se frotó la frente con los dedos.

—Entonces, ¿por qué ella parece preferir al gilipollas ese?

—No sé de quién me habla, pero le toca —respondió Ghom, colocándole los dados en la mano.

Nox tiró los dados con un bufido.

—La señorita Amapola se va al... salón. Sospecho del padre Prado con el maldito candelabro.

Ghom hojeó sus cartas con calma.

—No, el candelabro, no.

Nox apoyó la cabeza en el sofá. Había estado soñando con ella. Con sus ojos demasiado brillantes, demasiado transparentes mirándole llenos de esperanza. Con su voz susurrando su nombre. Estaba enfermo. Intoxicado de emociones demasiado intensas. Demasiado humanas.

—No lo entiendo —dijo en voz baja.

—Es una humana de diecisiete años. —Movió a su coronel Mostaza con tranquilidad—. Son volubles, volátiles. Quizá ahora le interesa ese otro que es gilipollas.

Nox cerró los ojos y suspiró.

—Eres siempre de ayuda.

—Para eso estoy —contestó sin hacer caso a su ironía—. ¡Lo tengo! Fue el padre Prado en el salón con el tubo de plomo. —Miró la solución—. Y vuelvo a ganar.

Nox lo fulminó con los ojos.

—Odio este juego.

—Tiene que acostumbrarse a perder de vez en cuando, señor.

El pasillo del instituto era un amasijo de risas y conversaciones. Zumbaban a su alrededor, muy lejanas. Nox bostezó, se había pasado la noche jugando con Ghom al Cluedo , no habían parado hasta que había ganado una maldita partida.

Vio a Ethel a lo lejos. Llevaba bufanda y guantes de lana blancos. Nox no sentía frío de la misma forma que los mortales, pero al verla notó que era un tema común entre los estudiantes.

Tenía las mejillas encendidas, al igual que la punta de la nariz.

Suplícale de rodillas que te quiera. Y, de paso, demuéstrale cuántas ganas tienes de comértela.

Las imágenes de lo que anhelaba hacerle lo sacudieron. A veces lo acechaban en sueños hasta dejarle el cuerpo tembloroso y lleno de sudor. Tanto, que no le quedaba más remedio que meterse en la ducha y dejar que el agua arrastrara los restos de su deseo.

Ethel levantó la cabeza y lo vio.

El pecho de Nox se tensó, tan apretado que pensó que se le partirían los huesos.

Ella le sonrió y lo saludó antes de seguir su camino.

El mundo se tambaleó un segundo, y después volvió a encajar con un chasquido seco.

Nox observó cómo desaparecía por el pasillo. Quiso arrastrarla a un rincón y obligarla a mirarlo. Podría, se dijo. Tenía el poder para ello. Su alma le pertenecía, incluso.

Pero no lo hizo.

Porque, si no hay voluntad en un acto, tampoco hay placer en él. En eso consistía el poder: desear algo y conquistarlo hasta que el objeto de ese deseo anhelase ser poseído.

En vez de eso, caminó hasta los vestuarios del gimnasio, donde tenía su siguiente clase. Apoyó la frente en el metal de la taquilla un momento y luego la abrió de un tirón para cambiarse.

—Estaba volviendo del río cuando se me tiró encima. —La voz de Silas le llegó como una punzada en la nuca—. Ashbourne me abrazó como si le fuese la vida en ello...

Silas estaba a su derecha, hablando con James. Subrayaba cada palabra para que Nox pudiera oírlas. Sus dedos se hundieron ligeramente en el metal de la taquilla mientras lo escuchaba.

¿Qué, arrepentido de no seguir mis consejos?

—Usó una excusa muy pobre —dijo con una risita estúpida—. Luego me invitó a su casa. A la puta mansión Ashbourne...

James silbó.

—¿Cómo es?

—Es menos extravagante de lo que imaginaba. Bastante impresionante, en realidad. Fue raro, entretenido... Y Ethel fue muy dulce.

Era evidente que estaba contando la historia para él. Para herirlo. Para presumir.

Su mandíbula se tensó tanto que crujió. El demonio en él se removió, hambriento de destrucción, deseoso de arrastrar a Silas al infierno.

¿Sabes?, si no puedes tenerla, puedes hacer que nadie más lo haga.