Flor de sangre (Flores malditas 1) 58
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Seraphine prácticamente empujó a Silas fuera de la mansión con la excusa de que era tarde y debía ir a su casa a cenar. Ethel se despidió desde el porche moviendo la mano y gritándole un «hasta mañana» antes de apresurarse a entrar de nuevo.

—Ya está aquí —anunció Daphne.

Las paredes de la mansión se estremecían, silbando, las puertas se abrían y cerraban, los cuadros se sacudían...

—Es muy fuerte —advirtió Morgana.

Las cuatro mujeres miraron hacia el techo del vestíbulo mientras la lámpara se balanceaba sobre sus cabezas.

—¿Tenéis las cuerdas? —preguntó su abuela, y las tres asintieron—.

Los espectros se alimentan de la energía que dejamos en los objetos amados.

Si nos está rastreando, se aferrará a ellos para hacerse más fuerte.

Cogedlos y llevadlos a la biblioteca, tenemos que atraerlo allí para expulsarlo antes de que la tome con la casa.

Un crujido estremeció el techo. Luego una lámpara estalló en el recibidor y la oscuridad se apoderó del descansillo.

—Rápido —ordenó Morgana.

Todas se movieron al instante.

Ethel subió las escaleras corriendo. Abrió de golpe la puerta de su cuarto y barrió la estancia con la mirada; no tenía demasiadas cosas personales, así que sería rápido.

Tomó una fotografía desgastada de su niñez, donde salía con toda su familia en Ebonwick, y después rebuscó en el primer cajón de la cómoda hasta dar con la sudadera que Nox no le había dejado devolverle.

Un viento invisible sacudió las cortinas, al mismo tiempo que la puerta se cerraba de golpe y los cristales de la ventana estallaban en una lluvia de esquirlas.

Ethel se agachó junto a la cama, cubriéndose la cabeza, antes de impulsarse hacia la salida.

Forcejeó con la cerradura, que vibraba como si algo la sostuviera desde dentro, hasta que consiguió abrirla.

Salió al pasillo mientras las luces parpadeaban furiosas.

Abajo, las cañerías comenzaron a rugir con un chirrido metálico. Un grifo explotó en la cocina y, de inmediato, lo siguieron los de los baños de la primera planta.

—¡El agua! —gritó tía Daphne desde algún punto de la casa—. ¡Hay que cortar la llave! —Sus pasos resonaron mientras se movía de un lado para otro comprobando el estado de las cosas.

Ya tenía su objeto más preciado colgado al cuello —el relicario que su madre les regaló a ella y a Seraphine cuando cumplieron diez años—, así que se lanzó escaleras abajo.

La cocina estaba anegada, el agua subía rápido y le lamía los tobillos.

Se agachó, abrió el armario que había bajo el fregadero y giró la llave, cortando el agua justo en el instante en que el horno se encendía con una llamarada azulada.

—Bastardo incorpóreo... —escupió, cerrando de un tirón la llave del gas.

El espejo de la entrada vibró, pero antes de que se cayera Seraphine pasó a toda prisa y lo hizo levitar con un hechizo de ligereza, mientras se dirigía rápidamente hacia el laboratorio.

Ella también llevaba el relicario y una pequeña maleta, donde guardaba sus recuerdos más íntimos: fragmentos de lugares y de personas a las que había amado en silencio.

Daphne podía creer que era fría, incapaz de amar, pero Seraphine sabía que sí lo hacía, aunque siempre de una forma esquiva.

Tal vez había cobardía en su manera de huir antes de que el cariño se transformara en algo más profundo.

Pero esa era la maldición de las brujas: amar era siempre un riesgo, su melliza lo sabía tan bien como ella. No era fácil encontrar a la persona indicada entre los de su clase, y los extraños... Había que jugarse demasiado el corazón, algo a lo que ella no estaba dispuesta.

Empujó la puerta del laboratorio con el hombro. Dentro no se veía nada: la luz había muerto, y una bruma espesa cubría cada rincón.

—Muy ingenioso —dijo tosiendo, mientras agitaba la mano para despejar la niebla—. Pero me he hecho inmune a estas cosas a base de probar venenos.

Aun así, se quitó la camiseta, quedándose en sujetador, y se cubrió boca y nariz para respirar lo menos posible.

Avanzó a tientas hasta el armario de metal, lo abrió de un tirón y sacó una caja de madera y vidrio con etiquetas escritas a mano.

Sus ingredientes más raros, los más valiosos de su colección. Años de viajes y trueques.

En ese mismo instante, Morgana tiró de la escalera que conducía a la buhardilla, extendiéndola.

Subió los peldaños con calma. Allí, tras un cuadro deslucido, escondía lo más importante: un anillo de hierro negro con una joya de ópalo rojo, legado de Elvira Ashbourne, la primera bruja del aquelarre.

Una reliquia que pasaba de matriarca en matriarca, junto al libro familiar.

Las sábanas polvorientas se sacudieron de repente, levitando para atraparla. Morgana giró sobre sí misma y susurró un conjuro sencillo:

—«Que lo que no está vivo se congele. Que el tiempo se detenga para el objeto que se rebele».

Las telas quedaron suspendidas, rígidas. Morgana no perdió tiempo. Cerró el cuadro, descendió la escalera y la plegó con un chasquido.

Una a una, las Ashbourne convergieron en la biblioteca, cada cual con sus tesoros.

Ethel fue la primera, con la sudadera de Nox y la fotografía familiar apretadas contra el pecho.

Seraphine irrumpió poco después, recolocándose la camiseta sobre la piel desnuda, con la maletita y la caja de ingredientes abrazadas contra sí.

Daphne apareció dejando un rastro de agua sobre la madera encerada.

Y, por último, Morgana, con apenas unas motas de polvo sobre el cabello canoso.

Se miraron un instante, respirando agitadas.

—Colocadlos en el centro —ordenó Morgana—. Usaremos estos objetos como cebo para atraerlo.

Una a una, depositaron sus objetos en el suelo. Morgana agarró el broche que llevaba en el pecho y se cortó la palma de la mano. Daphne apartó de un tirón la alfombra y su madre comenzó a trazar runas de contención con el polvo de los pétalos de rosa mezclado con su sangre alrededor de los objetos.

Las líneas de las runas empezaron a brillar con un fulgor pálido.

Entonces, la biblioteca se oscureció, como si una nube inmensa hubiese cubierto el resplandor de la luna. El aire se cargó seco, estático. El suelo vibró bajo sus pies. El espectro se acercaba.

Las cuatro se colocaron en círculo. Entrecruzaron brazos y manos formando una estrella alrededor de los objetos. Ethel, encajada entre Daphne y su abuela, extendió su cuerda por la derecha hacia Seraphine y sostuvo con la izquierda la de su tía. Morgana y Daphne hicieron lo mismo.

Una ráfaga invisible azotó las cortinas; los candelabros crujieron, las estanterías se estremecieron como si fuesen a desmoronarse. El aire se ensució con una negrura líquida que ondulaba, flotando, derramándose como tinta en el agua.

De pronto, una hilera entera de libros salió disparada de los estantes. Volaron contra ellas con violencia. Ethel se agachó a tiempo, pero uno alcanzó a Seraphine en el hombro, arrancándole un gruñido y una maldición entre dientes.

—Si tuviese forma, le patearía el culo.

—¡No rompáis la formación! —advirtió Morgana, alzando la voz por encima del estruendo. Y al instante, comenzó el encantamiento—: «Que el alma que no encuentra calma se marche de la casa que no es suya».

Un grito inhumano retumbó en todas las paredes a la vez. El espectro emergió al fin: una masa negra, retorcida, sin contorno estable. Se abalanzó con violencia, atravesando el pecho de Daphne. Ella jadeó, doblándose por la náusea repentina.

—«Que no toque lo amado, que nuestra morada no te acoja» —entonó Morgana sin detenerse.

El espectro arremetió contra los objetos del círculo. Las runas refulgieron, levantando un torrente de luz rojiza que se elevó hasta el techo, atrapándolo.

El segundo nudo de la cuerda se soltó y ellas se movieron hacia atrás para volver a tensarla.

La criatura se agitó, golpeando las paredes de energía. Las Ashbourne clavaron los talones en la madera, mientras el espectro las empujaba tratando de romper su formación.

Sus ropas y cabellos se agitaron mientras la luz de las runas las iluminaba desde abajo.

—«Que quede desterrado de nuestra tierra. Y que lo que no es de este mundo no vuelva».

El tercer nudo se deshizo y volvieron a moverse hacia atrás estirando los brazos.

El espectro lanzó un chillido desgarrador. Su cuerpo se deshizo en jirones de sombra que se evaporaron uno a uno, hasta que lo único que quedó fue una bruma gris disipándose lentamente en el aire.

El silencio descendió sobre la biblioteca. Las paredes dejaron de temblar. Las luces parpadearon un momento y regresaron. El aire se volvió más ligero.

Exhaustas, las Ashbourne se miraron entre sí, y cayeron de rodillas, respirando con dificultad.

A Ethel le zumbaba la cabeza, se sentía vacía, hambrienta. Pero no de un hambre que hubiese experimentado antes. La boca le sabía a sangre, con un regusto metálico.

—Lo hemos conseguido —dijo su abuela.