57
Ethel empujó la puerta de la mansión con ímpetu, tratando de hacer tanto ruido como fuese posible.
—¡He traído a alguien! —anunció alzando el tono. No quería pillar a su familia en medio de algo extraño.
Le dirigió una mirada nerviosa a Silas y le sonrió. Él miraba con curiosidad e interés el vestíbulo y todos sus detalles.
Seraphine apareció desde el fondo del pasillo. Asomó la cabeza, frunciendo el ceño, y los observó. En cuanto reconoció a Silas, abrió la boca y se la tapó con una mano, ocultando su sonrisa.
—Oh... ¡Visita! Ya veo...
Silas alzó una ceja y le dedicó una sonrisa despreocupada.
—Buenas tardes.
—Es Silas Holloway, aunque me imagino que ya lo sabes —añadió Ethel, haciéndole gestos con la cara para que parase de comportarse así.
Seraphine dejó de asomar la cabeza y apareció por completo. Se apoyó con el codo en la pared.
—Sí... Por supuesto que lo sé —sonrió tanto que dio miedo.
Esta vez, fue Daphne quien asomó la cabeza por la puerta del salón. Cosa de mellizas, supuso Ethel.
—Ethel ha traído a Silas Holloway —mencionó Seraphine mirando a su hermana.
Daphne les dedicó otra sonrisa grande y extraña.
Ethel se tapó la cara angustiada.
«Parad», les pidió en silencio.
Morgana bajó las escaleras hasta el descansillo donde se cruzaban y, con las manos en la cintura, evaluó al chico en silencio.
—Tenemos que hacer un trabajo de Ciencias —explicó Ethel—. Por eso ha venido.
—Ah, ciencias —repitió Seraphine—. Claro que sí. Las ciencias son muy interesantes. Por ejemplo, la biología. O la anatomía.
A Ethel le dio un ataque de tos.
—Ven conmigo, Silas Holloway, que te preparo un té. ¿Tomas sangre de murciélago o prefieres earl grey ? —bromeó Seraphine.
Daphne le echó una mirada de reprimenda a su hermana y Ethel la miró atónita.
—No le hagas caso, está un poco trastornada. De pequeña era cabezona y se caía mucho —explicó Daphne.
—¿Qué pasa? No me gusta decepcionar a los invitados. ¿Qué haremos con nuestra reputación, si luego va por ahí diciendo que somos completamente normales? —Sacudió la cabeza.
Silas sonrió sin inmutarse por la broma.
—Lo que tengáis, mientras no lleve veneno.
—Mmm..., chico listo —replicó Seraphine, haciéndole un gesto con la cabeza para que la siguiera.
Silas pasó junto a Ethel con una sonrisa torcida.
—Tu familia es encantadora —le susurró.
En cuanto entraron en la cocina, Ethel se volvió hacia su abuela y su tía.
—Necesito hablar con vosotras.
—Ya lo creo... Es muy mono, Ethel —susurró Daphne en tono confidente.
—No es eso. Parad de una vez. No me gusta de esa forma. Y es importante, ha ocurrido algo —contestó mirando por encima de su hombro, asegurándose de que Silas no aparecía.
Daphne la condujo hacia el salón y Morgana cerró la puerta tras ellas. Fuera, se oía a Seraphine preguntar a Silas si había visto alguna vez una tetera que chillara como un cuervo.
—Me atacó un espectro —soltó Ethel—. En el instituto. —Los rostros de Morgana y Daphne se tensaron—. No me hizo daño exactamente, pero parecía querer llamar la atención sobre mí, provocarme para que usase mi magia. Conseguí ocultarme pegando mi energía a la de Silas, por eso lo he traído.
Morgana apretó los labios. Caminó despacio por la estancia.
—Por el diablo...
—¿Qué pasa? —preguntó Ethel, mirando a su tía.
—Los espectros son complicados. Estoy segura de que no tardará en volver a encontrar tu rastro y llegar hasta aquí.
Morgana se dejó caer en una butaca con gesto serio.
—Quien sea se está impacientando. Ha intentado inculparnos de los asesinatos enterrando restos en nuestro jardín —le explicó su abuela—. Y al mismo tiempo a ti te mandaba un espectro...
—Tiene que ser alguien fuerte. Un simple mortal no podría practicar la nigromancia a ese nivel —dijo Daphne.
Ethel miró a las dos mujeres alternativamente con inquietud.
—¿Ah, no? Entonces... ¿El pastor Whitmore podría no ser el culpable?
—Sí, si es que tiene ayuda de alguna entidad superior —comentó Daphne.
—Entidad superior... como ¿Dios?
Morgana soltó una risa suave.
—No. Yo me decantaría más por un demonio menor. Quienquiera que esté detrás debe de haber firmado un trato para obtener esa clase de poder.
Ethel miró a su familia, angustiada. Aquello parecía más grande y peligroso de lo que había imaginado en un principio.
¿Demonios?
No podía seguir involucrando a Nox en el asunto.
—Vamos a tener que expulsar a ese espectro y no va a ser fácil. Son escurridizos —se quejó Morgana.
—Ve a la cocina antes de que tu tía vuelva loco al chico. Para colmo, es el hijo del alcalde. Intenta terminar rápido con él, antes de que aparezca el espectro. Yo iré a preparar las cosas.
Silas observaba con curiosidad y fascinación la pequeña planta carnívora que tenían en la ventana de la cocina. Seraphine le guiñó el ojo a su sobrina cuando salió.
—Meriéndatelo —le susurró.
Ethel puso los ojos en blanco y luego negó con la cabeza.
—No es lo que crees.
—Ya, ya... —canturreó mientras se dirigía al salón en busca de su madre.
Silas le dio un sorbo al té y arrugó la nariz de una forma que resultó muy tierna.
—Qué fuerte estar aquí dentro. Es algo que desean todos en este pueblo: descubrir la mansión —dijo, dándole solemnidad a la palabra.
Ethel se sentó frente a él y olisqueó el té. Tenía un aroma sospechosamente parecido al brebaje de calma y estaba segura de que su tía había usado algún ingrediente para que Silas percibiese la menor cantidad de cosas posible.
—Es raro que hayas corrido hacia mí y no hacia Nox —comentó el chico, mordisqueando una pastita.
Ethel levantó la cabeza para encontrarse con el color verde menta de sus ojos.
—¿Nox? —preguntó descolocada.
—Venía unos metros detrás de mí. Y es obvio que os lleváis muy bien.
A Ethel se le quedó el aliento atascado en la garganta.
No lo había visto. Seguramente era lo mejor, así no lo implicaba más en ese tipo de asuntos.
Necesitaba dibujar una línea para protegerlo de todo aquello.
Ya estaba demasiado metido, de todas formas, pero no quería arrastrarlo a algo que cada vez era más grande y peligroso.
Además, la hacía sentir culpable estar mintiendo a su familia con algo tan serio.
—No es que me queje, al contrario —sonrió Silas, se colocó las manos detrás de la cabeza y se estiró—. Me gusta que hayas acudido a mí en busca de ayuda.
—Bueno, tú siempre has sido muy acogedor conmigo desde que llegué aquí. Me has ayudado a que todo sea más fácil —comentó Ethel.
—No estoy siendo simplemente acogedor, Ashbourne. Estoy coqueteando contigo —dijo con tranquilidad—. Aunque me ignores sistemáticamente.
Ethel abrió los ojos sorprendida. Maldita sea, sus tías tenían razón. Y estaba segura de que estarían escuchando a escondidas y luego la mortificarían con aquello.
—Yo no... Quiero decir, pensaba que era algo...
—¿Algo que hago con todo el mundo?
Ethel asintió.
Silas sonrió, inclinándose un poco hacia ella.
—Puede ser. ¿Debería cambiar de estrategia entonces?
—No, yo... Pensaba que querías ser mi amigo.
Algo brilló en sus ojos.
—No son cosas excluyentes, ¿no?
Ethel se tiró del cuello de la camisa. Estaba incómoda.
—¿Supongo? No me parecía que yo te gustase de esa forma. Eso es todo.
Silas asintió para sí mismo.
—Creo que eso es porque solo tienes ojos para Nox Harker. Así que, cuando te canses del chico misterioso... —Abrió los brazos.
Ethel bajó la mirada a los nudos de la mesa. Los dibujó con el dedo.
¿Se cansaría? Lo que había empezado como simple curiosidad, había crecido como una planta trepadora por su pecho, enredándose en sus costillas, y allí había echado raíces. Había florecido con brotes frágiles. Y ahora, esas flores se marchitaban una a una, dejando una herida tras de sí.
Tenía miedo de enfrentar aquella emoción. Deseaba quedarse en esa tierra intermedia para poder conservar a Nox. Pero ahora tenía más claro que antes que debía distanciarse de él, al menos hasta que solucionasen el problema con el pastor y les contase a sus tías que Nox conocía su secreto.
El amor era en gran parte miedo. Miedo de herir y miedo de que la hiriesen. Le gustaría que fuese algo más liviano, para que su peso no la asfixiara. Pero deseaba proteger a Nox, al igual que deseaba poder proteger a su familia de aquello que las acechaba.
—No deberías querer que alguien te elija en segundo lugar —dijo Ethel con un hilo de voz.
Él la miró un segundo en silencio, algo extraño en Silas, que rara vez se callaba.
—¿Le dirías que no a Harker si se te acerca después de haber estado con Ivy, por ejemplo?
Ethel cerró la mano, agarrando el borde de la mesa.
—¿Qué importa el orgullo cuando deseas algo? Todos tenemos un precio, Ashbourne. Todos nos humillamos por lo que queremos.
Ethel sonrió. Había una tristeza profunda y arraigada en su gesto. Sus ojos brillaron tan transparentes que parecieron incoloros, líquidos. Silas tenía razón; si te ofrecen algo que deseas profundamente, la mayoría de las veces no importan las condiciones, lo tomas y ya está.
—No te imaginas —dijo Silas— dónde está dispuesta a llegar la gente por deseo, por amor o por poder...
«Los peores crímenes se cometen en nombre del corazón», pensó Ethel.
Alzó la vista, mirándolo de frente, seria.
—Tienes razón.
Él mantuvo su expresión relajada, aunque hubo una breve tensión en su mandíbula.
—Me lo tomaré como una victoria parcial. Además, me has dejado entrar a tu cocina. Eso ya es más de lo que la mayoría ha conseguido.
—Porque eres mi compañero de Ciencias.
—Y porque soy encantador.
Ethel le sonrió con suavidad.