Flor de sangre (Flores malditas 1) 56
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Unas horas antes, en la mansión, las Ashbourne salieron al jardín delantero corriendo. Daphne tenía una pala apoyada en el hombro y las tres calzaban botas de agua que desentonaban con sus pijamas.

—En el rosal más cercano a la verja —indicó Seraphine mientras se metía el bajo del pantalón de cuadros dentro de las botas.

—¿A la derecha o a la izquierda?

—A la izquierda —señaló, recordando las imágenes de su visión.

Las tres se apresuraron hacia esa zona.

—¿Cuánto tenemos hasta que lleguen? —preguntó su madre mientras Daphne se ponía a cavar.

Seraphine se asomó por la valla vigilando.

—No lo sé, poco, ha sido una visión de advertencia, así que debe ser inminente.

Daphne se puso a cavar apresurada.

—Sal, intercéptalos y gánanos tiempo como sea —le pidió Morgana.

Seraphine se miró, suspiró y entró en la casa corriendo. Cuando volvió a salir tenía dos bolsas de basura.

—Daos prisa —pidió mientras abría la verja y salía.

No había llegado aún a la esquina de la calle, cuando vio la silueta de la inspectora Harper saliendo de un coche patrulla y, justo tras ella, aparcó un furgón del que bajaron dos agentes con un perro.

Seraphine se irguió, apretó los puños y se obligó a no correr. Caminó con aparente tranquilidad, fingiendo habérselos cruzado por pura casualidad.

—¡Vaya! ¿Qué los trae por aquí? —exclamó demasiado alto, deseando que su madre y su hermana la oyesen.

Vivian Harper levantó la cabeza hacia Seraphine. Tenía un aspecto tan extraño que se paró un rato a estudiarla: el pijama desparejado, las botas, las bolsas...

En cambio, la inspectora estaba tan impecable como siempre. Seraphine no tenía por costumbre ponerse nerviosa delante de otras mujeres que le resultaban atractivas. Jamás se había sentido tímida o cohibida. Pero, en ese momento, Vivian Harper lo consiguió.

Desde la primera vez que la había visto en su casa había tenido la necesidad de impresionar a esa mujer. Y, sin embargo, se había sentido torpe todo el tiempo. Algo extraño en ella.

La expresión seria de la inspectora se suavizó al verla.

—Vaya, señorita Ashbourne. Qué coincidencia —respondió.

—Estoy sacando la basura. Estamos... haciendo limpieza general. Ya sabe, tirando trastos viejos —rio un poco, fingiendo normalidad.

El perro tiró de la correa y jadeó con fuerza queriendo moverse. Harper desvió la mirada y arrugó la nariz.

—¿Qué es lo que pasa? —se interesó Seraphine.

—Tenemos una pista. Alguien ha puesto una denuncia anónima. Y, bueno, el alcalde ha insistido en que trajésemos un perro.

Los dos agentes comenzaron a seguir el tirón del perro avanzando hacia el borde de la calle donde empezaba el terreno de la mansión.

—Ha encontrado un rastro —dijo uno de ellos.

Mientras tanto, al otro lado de la verja, Daphne y Morgana habían dejado la pala y removían la tierra a toda prisa con las manos desnudas, buscando.

La tierra estaba húmeda, pesada, y las raíces del rosal se enredaban en sus muñecas.

—¡Rápido, ya están aquí!

—¡Lo estoy intentando! —jadeó Daphne, con el rostro manchado de barro.

Al fin, los dedos de Morgana tocaron algo duro.

Un dedo humano.

—¡Por la Diosa! ¿Quién ha puesto esto aquí?

Daphne se lo guardó en el bolsillo de la bata.

—Llévalo al laboratorio —dijo Morgana sin aliento, colocándose de rodillas—. Yo dejaré esto como estaba.

Daphne corrió de vuelta a la mansión.

Morgana sacó su bolsita de pétalos y mientras la sostenía posó la otra palma sobre el suelo.

—«Que lo que ha pasado se borre en un momento. Que se recomponga volviendo atrás el tiempo».

El rosal pareció estremecerse, como si se despertara. Las raíces se replegaron y la tierra se movió hasta quedar perfectamente compactada.

La planta se irguió, más recta que antes.

En ese instante, la inspectora Harper se paró al otro lado de la verja con el perro olfateando. Le dirigió una mirada severa a Seraphine, que los había seguido.

—¿Qué pasa?

Morgana se irguió, sacudiéndose la tierra de las manos, y los miró con sorpresa.

—Buenos días. ¿Ocurre algo?

Harper parecía contrariada y algo molesta. Miró alternativamente a Seraphine y a su madre.

—Están buscando algo, madre. Una pista. No me lo han querido decir —contestó Seraphine, sonriendo a la inspectora.

—Parece que el perro ha encontrado un rastro que lo lleva hasta su jardín. ¿Le importa si echamos un vistazo?

Morgana hizo un gesto con la mano indicándoles que podían pasar.

—Por supuesto, pero, por favor, que no me destrocen los rosales, justo los estaba podando.

Mostró un pequeño montón de hojas secas que tenía a un lado.

Seraphine se relajó visiblemente al ver que todo estaba controlado. Un poco más y no lo habrían logrado.