55
Los pasillos del instituto estaban prácticamente vacíos, así que se permitió sacar las cartas de adivinación. Estando en clase, había sentido cómo el primer nudo de su cuerda se soltaba y quería saber cómo estaba todo en casa.
Como había quedado con Silas después de su entrenamiento para hablar del trabajo de Ciencias, no podía marcharse todavía. Barajó con cuidado, concentrándose, tratando de enfocar su magia. Se sentó en el poyete de una ventana y colocó el mazo frente a ella. A continuación, escogió tres cartas.
—Primera carta... —susurró.
Sus dedos temblaron un instante antes de darle la vuelta. El dibujo del Nueve de Espadas apareció, con su figura atormentada rodeada de cuchillas negras que parecían hundirse en la carne.
Sintió una inmediata opresión en el pecho.
«Algo que acecha».
Una ráfaga de viento frío cruzó el pasillo y las bombillas titilaron.
La carta se le escapó de entre los dedos y cayó flotando al suelo como una hoja seca. Se agachó para recogerla y se estremeció. Le pareció que alguien invisible respiraba en su nuca.
Al incorporarse, sus ojos se fijaron en el retrato de un ilustre director del instituto y tuvo la sensación de que la pintura ondulaba. Un zumbido grave le taponó los oídos y apretó los dientes incómoda. Había algo allí. No lo veía, pero podía sentirlo. Una sombra caminando entre dimensiones.
Ethel recogió las cartas a toda prisa y se las apretó contra el pecho. La cuerda con los nudos ardía en el bolsillo de su falda.
«Ashbourne. Bruja».
De nuevo, algo le presionó el pecho. Unas manos que se cerraban sobre su esternón intentando aplastarla desde dentro. Cayó de rodillas.
Al final del pasillo, la penumbra se condensó. Lenta. Oscura. Humana pero no del todo. No parecía un subyugado ni el extraño monstruo de plumas, era algo más... incorpóreo.
Ethel jadeó tratando de atrapar el aire. Un frío antinatural le trepaba la espalda, instalándose en sus huesos, en su médula.
Cayó hacia un lado y frenó el impacto con el brazo.
El espectro cruzó el pasillo en su dirección. Sus ojos eran cuencas negras, y su piel, si se le podía llamar así, parecía hecha de hollín y sombras, como humo compactado.
Debía de ser nigromancia.
Ethel apretó los dientes. Su sangre palpitó, hirviendo. La magia golpeaba, queriendo escapar, arañando sus venas. No. Si la liberaba en la escuela, la verían. La descubrirían. Cualquier cosa menos eso.
Clac. Clac. Clac. Las luces se fueron apagando una a una con un chasquido seco, conforme el espectro se acercaba a ella.
Ethel consiguió ponerse de pie, tambaleándose, y echó a correr.
El espectro se disolvió en jirones de sombra que reptaron por la pared, y al girar al siguiente pasillo, reapareció delante de ella. Inmóvil. Esperándola. Dejó escapar un jadeo ahogado.
Los cuadros del corredor comenzaron a sacudirse en sus clavos, tambaleándose como si una tormenta arreciara en mitad del pasillo.
—¿Habéis oído eso? —Oyó que alguien decía a lo lejos.
Ethel retrocedió, y echó a correr en dirección contraria.
El espectro volvió a materializarse delante de ella. Al traspasar una de las lámparas, esta lanzó un estallido de chispas.
Ethel cogió aire en sacudidas cortas, angustiada. Si alguien la descubría, si alguien llegaba a presenciar aquello, no dudarían en señalarla. Todos los rumores regresarían, y lo poco que había logrado en esos meses se haría cenizas.
Se frotó con furia la palma contra la tela de las medias hasta sentir un ardor punzante en la piel. El dolor le despejó la mente, la ayudó a anclarse.
Los recuerdos acudieron como enjambres de insectos, voces de advertencia, de miedo, de desprecio, amenazas veladas. No, no quería volver a eso. No lo soportaría otra vez.
El pánico le roía la garganta. En su cabeza solo imperaba la necesidad de huir, de alejarse del instituto cuanto fuera posible.
«Contrólate. Piensa».
Podía sacar el grimorio que cargaba oculto en su mochila. Pero no había tiempo. El espectro se arrastraba tras ella, tan cercano que la temperatura descendía a su alrededor, dejando un rastro de escarcha invisible que le trepaba por la columna.
Y no podía utilizar su magia allí, era muy arriesgado.
Bajó al primer piso a la carrera.
El pasillo se estremeció con un zumbido eléctrico. Una a una, las lámparas titilaron y estallaron, sumiéndola en una negrura casi líquida. La oscuridad era como una boca. Una boca vasta y hambrienta que se cerraba sobre ella, decidida a tragársela.
«Ashbourne. Bruja».
El eco de sus pasos retumbaba en el corredor vacío, deformándose.
Se devanaba la cabeza tratando de encontrar una forma de escapar cuando recordó algo que le había explicado tía Seraphine: «Los subyugados siguen las órdenes de quien los crea.
Basta con el olor de la sangre, por ejemplo, para que lo sigan incansablemente.
Casi todas las criaturas creadas con nigromancia se guían por el flujo de energía o por el olor de las personas que acechan».
Así que por eso no conseguía librarse de él...
No tenía ni idea de cómo expulsar un espectro, no había llegado tan lejos en su formación. ¿Quizá un hechizo de protección? Pero no tenía tiempo ni oportunidad para jugársela a prueba y error.
Giró en busca de la puerta trasera, la que conducía al bosque.
Allí, al menos, estaría lejos de las miradas de otros.
Dobló la esquina y encaró el pasillo que conducía a la salida.
Le pareció que la puerta estaba lejísimos.
El pecho le ardía y le faltaba el aliento.
No conseguiría llegar. El espectro estaba demasiado cerca.
Lo sentía. No detrás ni delante. Dentro. Como si respirase justo en su nuca.
La atmósfera era tan espesa y pesada que le costaba tragar. Las puertas de madera a ambos lados del pasillo se estremecieron en su quicio, chirriando como si algo invisible intentase abrirlas.
Temblando y con dedos torpes, buscó la cuerda con los nudos, pero sus uñas solo rasparon las hebras empapadas de sudor.
«Ayúdame», suplicó.
Y entonces apareció. Frente a ella. Suspendido, meciéndose como un trapo viejo sacudido por el viento.
Ethel se detuvo en seco.
¿Habría alguien allí? ¿Y si salían y la veían con todas esas puertas sacudiéndose?
¿Y si ese era el plan de la criatura? Hacer que se delatase delante de todos, exponerla.
Si la había convocado el pastor Whitmore, podría ser.
El espectro quizá no quisiese o pudiese dañarla, quizá solo deseaba llamar la atención sobre ella, atormentarla.
Ethel retrocedió. Dudando.
Tenía que deshacerse de él, perderlo de vista. No servían los muros ni las puertas. Siempre encontraba la manera de llegar hasta ella...
Entonces una chispa le cruzó el pensamiento, fugaz y desesperada. ¿Y si se mezclaba con otras personas? ¿Se diluiría su energía entre las de los demás? Quizá el espectro perdería el rastro, al confundirse con esa multitud de pulsos vitales.
El problema era llegar allí.
Pensó en dar la vuelta, pero sería inútil. El espectro atravesaría las paredes y la alcanzaría de nuevo.
Así que Ethel respiró hondo, clavó los talones en el suelo... y corrió hacia él.
El impacto fue insoportable. Lo atravesó, y la sensación fue como sumergirse en un mar de hielo y podredumbre. Algo frío y viscoso le rozó la esencia misma del alma.
Se le encogió el corazón.
Durante un breve instante, creyó que la muerte la había atrapado. Oyó voces. Miles de voces, gritos y lamentos arrancados de gargantas invisibles arañaron su mente. Y se vio arrastrada al abismo de la nada, de la inexistencia.
Cayó contra la puerta, tomando una profunda bocanada de aire, y la empujó con todo lo que tenía, saliendo al exterior.
Miró en todas direcciones. Necesitaba gente. Gente. Una multitud. Cualquier grupo... Cualquiera...
Y entonces lo vio.
Alguien subía desde el río.
Por un instante, fue como si las nubes se abrieran y el mundo le concediera un respiro.
Silas.
Tenía el pelo húmedo, la bolsa del club de remo le colgaba del hombro, llevaba el cortavientos abierto y empapado por la lluvia que había comenzado a caer. Avanzaba absorto, perdido en sus pensamientos. Sus compañeros no debían de andar lejos.
Ethel no lo pensó dos veces.
Corrió hacia él con el corazón galopando, los ojos llenos de desesperación. Silas alzó la vista justo cuando ella lo alcanzaba y, sin mediar palabra, lo agarró del brazo tirando hacia los árboles que bordeaban el camino.
Lo abrazó con fuerza, ocultándose de la vista, queriendo que su energía se diluyese en la de Silas de forma que fuese imposible distinguirlas.
—¿Qué...?
Ethel no respondió. Se aferró a él, apretando su cuerpo contra el suyo, queriendo mezclarse con él. Silas dudó un segundo, pero luego le pasó los brazos por la espalda, confuso.
—Por favor... —susurró Ethel— que se vaya.
—¿Ethel? —preguntó Silas en voz baja, algo más serio—. ¿Estás bien? No es que esto me moleste...
Ella se separó lentamente y se asomó por el borde del tronco. Le temblaban las piernas. Pero el espectro ya no estaba.
—Lo siento —susurró. Tragó saliva—. Había... había un... Me ha parecido que un animal me seguía.
—¿Un animal?
Ella asintió, mirando por encima de su hombro.
Silas ladeó la cabeza. Aún tenía los brazos apoyados en la espalda de Ethel.
—Mira que he oído excusas, pero esta es nueva —bromeó, alzando una ceja—. Si querías abrazarme, solo tenías que pedirlo.
Ethel forzó una risita, pequeña, nerviosa. Queriendo disimular su miedo. Todavía lo tenía agarrado de la camiseta con fuerza, impulsada por el pánico. Agarrotada por el bajón de adrenalina, comenzó a temblar de forma violenta.
En cuanto estuviese segura de que el espectro no la seguía, debía correr a casa para pedirle ayuda a su familia.
Silas bajó la mirada a las manos de Ethel.
—¿Estás bien? —La observó con curiosidad.
—Sí, sí, ya se me pasa. —Tomó aire tratando de calmarse. Obligó a sus dedos a relajarse y soltarlo, aunque se mantuvo pegada a él.
Silas la miró en silencio unos segundos. Había dejado de sonreír. Su expresión se afiló.
—¿De qué huías?
—Ya te lo he dicho.
—Mientes fatal, Ashbourne. —Silas se metió las manos en los bolsillos y echó un vistazo al cielo, como si le hablara al aire—. Tenemos un problema.
—¿Cuál? —preguntó Ethel.
Él le dedicó una sonrisa amplia, arrogante.
—Nada.
Ethel ladeó la cabeza, sin comprenderlo.
—¿Qué? —insistió.
—Que esto me ha gustado.
Ethel se quedó muy quieta.
—Ah... —No supo qué decir, no quería causarle la impresión equivocada.
Silas sonrió, pero esta vez no había nada arrogante ni travieso en el gesto. Fue algo más suave. Más sincero.
—Tranquila. Puedes abrazarme siempre que quieras con cualquier excusa que se te ocurra. —Quiso apartarse, pero Ethel lo retuvo agarrándolo del brazo.
—¿Podemos ir a mi casa a hablar del trabajo de Ciencias en vez de hacerlo aquí? —soltó.
Silas enarcó las cejas, la propuesta lo pilló totalmente desprevenido.
—¿A la mansión Ashbourne? Eso sí que es... Claro. Déjame que...
Volvió a intentar salir al camino, pero Ethel lo atrapó de la mano y tiró de él sin darle opción a separarse de ella.
—Deberíamos ir ya, se hace tarde.