54
La mansión estaba en silencio. Esa mañana, Daphne no había ido al invernadero a cuidar las plantas, tampoco Morgana había salido al jardín a mimar sus rosales. Ni siquiera Seraphine había ido al laboratorio.
Desde que Ethel se había marchado al instituto, se habían instalado cada una en una habitación, esperando. Todas con ese sabor amargo arañándoles el paladar.
Ninguna se había puesto ropa de calle o se había peinado.
—Deberíamos llamar a Isadora. Es abogada —sugirió Daphne.
Oyó los pasos apresurados de Seraphine en la otra salita.
—No. Se asustará y se llevará a Ethel. Parecía un cuerpo sin alma cuando llegó a casa a principios de otoño. ¿Has visto la luz de sus ojos últimamente?
—Ya, pero tenemos que protegerla y esto es serio, Sera.
—Llamaremos a Isadora si tenemos problemas con la ley, con cualquiera de las leyes —añadió haciendo referencia a las Trece—. Mientras tanto ni una palabra.
—¿Y si se presenta por sorpresa?
Seraphine rio y se fue de nuevo adonde estaba meditando.
—Es tu hermana mayor de la que estamos hablando... —gritó desde la otra sala.
Daphne, que había corrido las cortinas del salón, formó con tiza sobre el suelo de madera la runa de la puerta. Abrió cuatro libros, que colocó en los puntos cardinales, y se sentó en medio. El conocimiento y la apertura.
Su trenza era tan larga que tocaba el suelo.
Dejó un pequeño cuenco de cobre, lleno de agua recogida la última noche de luna nueva, frente a ella.
Al lado, colocó una bolsita de cuero anudada con un lazo púrpura.
En su interior había fragmentos de huesos pequeños —de ave, de liebre, de murciélago— junto con piedras talladas con símbolos rúnicos y tres cuentas de vidrio rojo.
Con la mano izquierda agarró un puñado de pétalos de rosa y con la mano libre dejó caer el contenido de la bolsita sobre el agua.
—«Déjame ver lo que los ojos no pueden, muéstrame lo que está por venir». —Se inclinó.
Los huesos comenzaron a girar sobre sí mismos. Las piedras se desplazaron en pequeños círculos, como si una fuerza invisible las agitara. El agua se tiñó levemente, como si algo oscuro se filtrase desde el fondo.
Daphne entornó los ojos, concentrándose.
Vio el símbolo de la runa de la abundancia y la materia. Pero estaba invertida, como si algo fuese a perderse.
—Confusión —murmuró. La niebla en el cuenco no se disolvía. Las figuras flotaban, pero ninguna quería estabilizarse.
Una gota de sudor le resbaló por la nuca.
Las cuentas rojas comenzaron a tintinear entre ellas, provocando un eco sordo que se le clavó en el estómago. Una estaba agrietada. No lo había notado antes.
—¿Qué quieres decirme? —preguntó al vacío, entre frustrada y asustada—. Déjame ver lo que viene hacia nosotras.
Cerró los ojos tratando de ver más, pero solo podía adivinar que algo las acechaba y que el encuentro era inminente. No le decía cómo podrían protegerse o cómo se daría.
El sabor amargo se intensificó.
Abrió los ojos. La superficie del cuenco estaba completamente negra.
En la otra habitación, Seraphine, sentada sobre la alfombra persa con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas, trataba de meditar para calmarse y aclarar la mente. Ver si así se le ocurría alguna forma adecuada de abordar el problema.
Con su camiseta vieja de un grupo de rock indie , que se había comprado hacía unos años en un viaje por carretera en una gasolinera, y el pelo rojo fuego atado en un moño lleno de nudos, contrastaba furiosamente con la decoración elegante y antigua de la sala de té.
Su cuerpo inmóvil parecía esculpido en piedra, pero por dentro la energía danzaba. Sentía la vibración de la mansión.
Tomó una respiración profunda.
Había pasado una temporada recorriendo varios lugares remotos del sudeste asiático con una chica que conoció en un viaje por la zona.
Con ella aprendió distintos tipos de conexiones con la naturaleza.
Pero las técnicas de meditación no le estaban sirviendo para nada; su mente no era un lago en calma, era un mar bravo.
Sintió un cosquilleo, una punzada, una molestia.
Luego, un tirón seco. Un pequeño chasquido como el de una hebra tensa al romperse.
Seraphine abrió los ojos.
El primer nudo de la cuerda se había soltado.
Un escalofrío le recorrió la columna.
Su cuerpo se tensó, los ojos se le quedaron abiertos, pero no veían la estancia. No estaba allí. Estaba en otra parte.
La visión la absorbió con violencia.
El crujido de hojas húmedas bajo patas pesadas.
El jadeo ansioso de un perro; un pastor alemán corpulento que cruzaba con rapidez una zona que Seraphine reconoció al instante: el jardín delantero de la mansión. Sus pasos lo llevaban directos al rosal que estaba junto a la verja.
Olisqueaba algo con intensidad, rascando con una de sus patas, excitado, casi temblando por la necesidad de desenterrar. Junto a él, un par de piernas uniformadas.
—Tiene algo... Voy a pedir refuerzos.
Una sensación de vértigo. Un temblor en las raíces del mundo.
Seraphine chilló y se cayó hacia atrás con el cuerpo balanceándose, hasta que apoyó las manos para sostenerse. Al instante, Morgana y Daphne estaban allí.
—¡El nudo! —dijeron las dos a la vez sacando su cuerda.
Seraphine asintió para confirmar que el suyo también se había desatado.
—He tenido una visión.