Flor de sangre (Flores malditas 1) 53
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La voz del profesor de Ciencias resonó sobre los murmullos de la clase, acallándolos. Ethel estaba nerviosa; según tía Daphne, ese era el día en el que iban a traer los perros de rastreo. Lo había visto en las cartas.

Además, todas se habían despertado con un sabor amargo en el fondo del paladar. Señal de mal agüero.

—Para esta práctica vais a trabajar en parejas —anunció el profesor, alzando la vista desde su carpeta con gesto indiferente—. Tenéis cinco minutos para formarlas.

El murmullo en el aula creció de inmediato. Sillas arrastrándose, risas, movimientos rápidos. Todos parecían saber ya con quién querían trabajar.

Ethel no se movió. Pensó en preguntarle a Nox o a Silas. Pero quizá ellos ya lo habían hablado para hacerlo con sus amigos. Esperaría a ver si alguno se quedaba libre. Respiró hondo y miró hacia la ventana, distraída.

El ruido del taburete junto al suyo arrastrándose la sorprendió. Se giró a toda prisa. Pensó en Nox. No habían hablado mucho desde el sábado. Ethel sentía que los dos necesitaban un poco de espacio.

Se estaba enamorando de él y necesitaba poner en orden sus emociones. Nox era la única persona que conocía su secreto, el único con el que podía compartir esa parte de su vida. Era alguien demasiado importante y quería hacer las cosas bien.

Pero fue a Silas al que se encontró sentándose a su lado.

Trató de apartar el pequeño ápice de decepción.

—¿Serás mi compañera, Ashbourne? —Silas le dedicó una sonrisa de medio lado.

Ethel le devolvió el gesto.

—¿Quieres?

—Por eso estoy aquí —respondió él.

Ethel lo miró agradecida. El brillo en sus ojos cristalinos fue deslumbrante.

Silas le hizo un gesto con las cejas preguntando sin palabras.

—Ah, por supuesto —contestó Ethel.

En la otra punta del aula, Nox los observaba en silencio con el bolígrafo atrapado entre sus dedos, girando sin parar.

Ivy se acercó a su mesa y siguió la dirección de su mirada oscura hacia Silas y Ethel. Chasqueó la lengua.

—No va a parar hasta que lo consiga. Es idiota. Siempre ha sido un lelo, pero este curso está muy raro, ya ni siquiera viene a los sermones de mi padre...

Nox apenas giró el rostro hacia ella, lo justo para mostrar que la había oído. Luego volvió la vista hacia Ethel.

Y, entonces, como si lo hubiera sentido, ella levantó la mirada. Sus ojos se encontraron; un deseo que se anhela y no se termina de alcanzar, dos manos que se buscan y no llegan a tocarse. El instante tuvo el peso de una tragedia inevitable.

Ethel fue la primera en ceder: pestañeó, ladeó el rostro y fingió escuchar lo que Silas le decía.

—¿Hacemos pareja? —preguntó Ivy, sacando a Nox del mar profundo en el que se había sumergido.

—Estoy con James —contestó.

Ivy miró a su otro amigo furiosa y este se encogió de hombros, como si él no hubiese decidido nada.

—Estoy segura de que a James no le importa...

—¿No entiendes un «no»? —Normalmente se le daba mucho mejor controlar su mal humor o su exasperación.

—Os dejaré el tiempo de clase para hacer la práctica de laboratorio, pero para el trabajo escrito y la presentación debéis poneros de acuerdo y hacerlo fuera de horario.

Tendréis esta semana, el lunes quiero los trabajos encima de mi mesa —explicó el profesor mientras les entregaba una hoja con las instrucciones y repartía los materiales—.

Cada pareja tiene tres muestras. Quiero que anotéis los cambios diarios durante la semana.

Silas sonrió y se recostó sobre su mano mirando a Ethel.

—Vamos a tener que pasar tiempo juntos, Ashbourne.

—¿Has hecho esto más veces? —preguntó ella mientras leía la hoja.

—Alguna práctica similar, sí.

Ethel frunció el ceño.

—Yo no. Pero mi tía Seraphine puede echarme un cable...

Silas le puso una mano en el hombro.

—Tranquila, tengo una media de diez.

Ethel levantó la cabeza y lo miró con los ojos muy abiertos, lo que hizo reír a Silas.

—No parezcas tan sorprendida —se carcajeó Silas.

Ethel enrojeció y soltó una tos nerviosa.

—Perdón —rio—. No quería ofenderte.

—No me has ofendido.

—Entonces, confío en ti para el trabajo. Aprendo rápido.

Silas la miró y el brillo de chulería en sus ojos se apagó sustituido por algo más serio, más intenso. Alargó la mano para coger una de las muestras a la vez que lo hacía Ethel. Sus dedos se tocaron y ella apartó los suyos con cuidado.

—Perdona —se disculpó ella.

—¿Por qué me pides perdón?

Ethel arrugó el ceño. Era una vieja costumbre, a sus antiguos compañeros de clase no les gustaba toparse con ella porque decían que traía mala suerte.

—Por si te he incomodado —explicó, quitándole importancia.

Silas soltó una carcajada y el pelo rubio le cayó en la frente sobre los ojos verdes. Era tan evidente que se sentía cómodo en su propia piel. A Ethel le habría gustado saber qué se sentía.

—Está bien —respondió él, como si comprendiera a qué se refería—. Yo, en cambio, soy fan de que me toquen. Y de tocar, es muy divertido...

Ethel se topó con Nox saliendo de su clase de Filosofía, de camino al comedor. Sonrió nerviosa y se llevó las manos a la espalda sin saber qué hacer con ellas.

—Hola —lo saludó de pasada mientras seguía su camino.

Nox arqueó una ceja. Alargó la mano y le cogió la muñeca. Con suavidad, tiró de su brazo hasta que Ethel quedó frente a él. Ella se había hecho una herida en la cutícula de la uña, de tanto rascársela.

—¿Todo bien? —preguntó Nox.

Ethel apretó los labios y asintió.

Nox todavía no le había soltado la muñeca. De hecho, su pulgar estaba trazando un círculo, acariciándole la piel. Y el gesto, demasiado íntimo, demasiado agradable, la estaba haciendo perder el hilo de la conversación.

—Eh. Sí.

Nox frunció el ceño, como si le doliese la cabeza y hubiese sentido una punzada atravesarlo. Tenía las ojeras más oscuras y marcadas ese día.

—¿Alguna novedad? —preguntó.

Ethel tiró de su brazo despacio. ¿Qué haces cuando algo te gusta tanto que te hace daño? ¿Cómo vives, respiras, caminas, cómo existes con ello? ¿Cómo sigues siendo tú si ese sentimiento lo está ocupando todo de ti, si pronto no quedará un espacio vacío en tu cuerpo que no haya conquistado?

Él apretó más fuerte su muñeca, reteniéndola. Tiró para acercarla y se llevó su dedo pulgar a la boca, el que tenía la herida, y lo besó. Ethel contuvo un jadeo de sorpresa.

—Espérame después del entrenamiento del club y lo hablaremos.

—No puedo, he quedado con Silas...

Los ojos de Nox se nublaron y Ethel vio en ellos una batalla: vulnerabilidad, anhelo y una infelicidad inesperada. Nox asintió, apartando la mirada.

—Bien...