Flor de sangre (Flores malditas 1) 52
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En esa zona del bosque los árboles eran más altos que una casa de dos pisos, y de sus ramas colgaban larguísimas tiras de musgo que se mecían con el viento como fantasmas. Espíritus que danzaban en la noche, suspendidos sobre sus cabezas.

Era espeluznante y tétrico. Era hermoso.

Ethel avanzó junto a sus tías y su abuela por el lecho de hierba y ramas, con los pies descalzos y el largo vestido negro arrastrándose a su espalda.

Todas vestían igual, con un delicado encaje que les cubría los brazos, se cerraba en un cuello alto y caía en una falda lánguida y etérea.

Todas con el pelo suelto y salvaje, y sombreros puntiagudos a juego, caminaban en fila empezando por Morgana y acabando por Ethel.

Llegaron a un claro circular, un hueco en la espesura del bosque donde la luz de la luna llena entraba como un cañón. Perfecta.

—Apagad los faroles —pidió su abuela.

Seraphine y Daphne soplaron las velas dentro de los faroles y dejaron que únicamente la luna las iluminase.

Ethel no les había contado que había ido a Grimford con Nox a investigar el tema de los subyugados; eso habría implicado admitir que él conocía su secreto. No sabía cómo confesar lo que había averiguado.

Pero al menos esa noche llevarían a cabo el ritual de protección. Empezando por unir a Ethel al aquelarre.

Un rayo iluminó el cielo y unos segundos después el sonido lejano de un trueno golpeó la tierra.

—Ahora —anunció su abuela.

Ethel se quitó el sombrero y lo dejó a un lado. Su familia formó un triángulo, dejándola en el centro. Bañada por la luz plateada, levantó el rostro. Su cabello rubio se veía casi transparente. Era un copo de nieve. Era un lirio floreciendo en la noche.

Morgana movió la mano derecha susurrando un conjuro tan bajito que Ethel no entendió las palabras.

Llovió, a pesar de que no había nubes, y el agua, suave como el rocío, le cayó en la cara.

—«En la tierra te consagramos. Con la luna, con el agua, con la noche, al aquelarre te entregamos. Bruja, hermana; en la sangre y en el espíritu, a nosotras te ligamos».

Morgana caminó hasta ella. En sus manos llevaba una daga ceremonial, de mango de roble tallado. Se cortó la palma izquierda en diagonal. Ethel se arrodilló frente a su abuela y levantó la cabeza exponiendo su frente.

Morgana dibujó con su sangre una variación del hexagrama sobre la piel blanca de su nieta. La unión, el lazo irrompible del aquelarre.

Ethel sintió su sangre calentarse y pronto su cuerpo devoró la runa que su abuela le había dibujado. No quedó marca visible, pero ella la percibió grabada en su frente como si se tratase de un tatuaje.

Se puso de pie y se colocó junto a sus tías hasta formar un círculo estrecho entre las cuatro.

—Nos acechan tiempos convulsos. No es la primera vez que las Ashbourne se enfrentan a algo así y, por tanto, debemos protegernos. Ahora con un nuevo miembro seremos más fuertes. Su espiritualidad hará crecer nuestro vínculo y el poder de nuestro aquelarre —declaró su abuela.

Tía Daphne sacó una madeja de hilo rojo cuidadosamente entretejido hasta formar una hebra gruesa.

—Por cada nudo hay una barrera de protección. Llévalo siempre contigo, Ethel.

Daphne comenzó a caminar en sentido de las agujas del reloj, pasando el hilo por detrás de Morgana, luego por delante de Ethel, envolviéndolas una a una y a ella misma mientras recitaban:

—«Uno por la doncella. Dos por la madre. Tres por la anciana. Uno por la sangre. Dos por el vínculo. Tres por el porvenir».

La madeja fue anudándose y envolviéndose entre ellas mientras giraban, danzaban y se movían en una sincronía perfecta. Hasta que el rojo cubrió sus vestidos negros.

Una ráfaga de viento cruzó el claro. Las Ashbourne crepitaban como llamas de una hoguera. El hilo rojo vibró entre ellas. Por un instante, la luna pareció más grande, como si hubiese descendido un poco, queriendo observar de cerca.

—«Uno para proteger. Dos para purificar. Tres para defender. Un nudo, dos nudos, tres nudos. Cabeza, corazón, entrañas. Un nudo, dos nudos, tres nudos...».

Daphne fue la primera en cortar su trozo.

La siguió Seraphine, mientras el cántico continuaba cada vez más deprisa, más veloz.

Ethel agarró la daga ceremonial y cortó su cuerda a la vez que las palabras abandonaban su boca sin control.

El cuerpo bañado en sudor, el éxtasis floreciendo en sus cuerpos.

Y, por último, Morgana separó la hebra que unía su cuerda a la de Ethel.

Ethel corrió a abrazar a sus tías y a su abuela mientras dos ríos de lágrimas mojaban su rostro sonriente. Algo le burbujeaba en el corazón. Le besaron las manos y la sien.

—Ya eres una auténtica bruja, fawnlet.

La felicidad de su abuela se vio empañada por un leve titubeo en su voz. Debía de estar pensando en su madre, pensó Ethel. Estaban haciendo todo esto a sus espaldas y sin su consentimiento. Ethel nunca había deseado desafiar a nadie, pero en este caso no le importaba.

Su familia parecía feliz de tenerla entre ellas y Ethel ya no se sentía un vértice distante, un punto lejano. Ya no era una espectadora silenciosa que sonríe con añoranza mientras observa. Ahora estaba ahí. Era un pilar más. Era parte de ese todo .

No estaba sola.

—Pero aún te queda mucho por aprender —le dijo tía Seraphine. Le cogió la mano y la hizo girar sobre sí misma—. Serás una gran bruja como...

—No dejes que Sera te enseñe a conjurar, solo aprenderás maleficios.

—Ethel tiene mucho camino que recorrer. Pero debemos hacerlo con cuidado —intervino su abuela.

Ethel se volvió ligeramente y se encontró con sus ojos serios. Recordó lo que le habían dicho a su madre sobre su poder: difícil de controlar y peligroso. Su abuela debía estar pensando en ello, seguramente.

Pero Ethel lucharía por controlarlo. El porvenir no era algo exacto, así que impediría que los augurios se hiciesen realidad.