51
Después de alejarse de la funeraria, Nox condujo hacia la iglesia de Grimford, el lugar más sencillo para empezar a investigar, dejando que las calles estrechas del centro los envolvieran con su hermosa decadencia. El cielo seguía encapotado, y la lluvia, aunque fina, caía con persistencia.
—No parece que vaya a estar abierta a esta hora —apuntó Ethel, observando por la ventanilla.
Nox asintió con un gesto seco.
—Podríamos esperar en el coche a ver si entra o sale alguien.
—¿Y luego qué? ¿Lo seguimos?
Nox aparcó a un lado y se estiró poniéndose cómodo.
—Es una buena opción.
A Ethel la idea de pasar un tiempo indefinido a solas con él en el coche le parecía tan atractiva como mortificante.
Era indudable que ambos se atraían. Pero también lo era que Nox no quería o no podía tener una relación. No sabía los motivos, aunque en realidad poco importaban.
Si no podía ser, tenía que acabar con esos sentimientos ya, porque empezaban a doler y ni siquiera era capaz de ver el tamaño de la herida que le dejarían. Lo mejor sería que ninguno de los dos volviese a cruzar la línea.
—Entonces, preguntemos, será más rápido —propuso, y abrió la puerta del coche.
Nox se giró sorprendido, pero no tuvo tiempo de decir nada. Ethel ya se estaba acercando a unas señoras que bajaban la calle con impermeables.
Nox la observó desde el coche. Aunque la lluvia era suave, caía con más persistencia que antes y acabó de empapar el pelo de Ethel.
Las mujeres bajaron la guardia en cuanto vieron su rostro sonriente y sus maneras amables.
Quién no se fiaría de ella, quién no desearía ayudar a aquella chica.
Ethel no era consciente del poder que tenía, de que, si quisiera, podría gobernar el mundo.
Solo tenía que mirar a alguien con aquellos ojos cristalinos para que hiciese cualquier cosa que ella le pidiese.
Tú lo harías, sin duda.
Pero Ethel no era así.
Tenía demasiada luz. Demasiada.
Nox no se merecía su compañía. Lo sabía bien. Y aun así ahí estaba. Así de débil y avaricioso era.
Algún día, Ethel Ashbourne lo despreciaría hasta la médula y él era tan egoísta que le imponía su compañía a pesar de ello.
¿Por qué luchar contra lo que eres? Así estás hecho.
Antes no luchaba contra ello. Lo aceptaba de una forma apática e indiferente. Pero ahora... Había veces en las que se encontraba deseando ser algo distinto.
Lo que es tremendamente estúpido, porque uno nunca deja de ser lo que es. Un mortal no puede ser un jaguar o un serafín, del mismo modo que tú no puedes ser otra cosa.
Ethel volvió diez minutos más tarde. Cuando entró en el coche, estaba empapada de nuevo, pero con el rostro iluminado por una sonrisa triunfal.
—Se llama Arthur Fielding —dijo sentándose—. Me han dicho que es mayor y que últimamente ha estado teniendo algunos problemas de salud. Vive en la casa parroquial al lado de la iglesia.
Nox frunció el ceño.
—¿Cómo has averiguado todo eso tan rápido?
—Les he dicho que estaba haciendo un trabajo de clase sobre las iglesias del valle y me lo han contado todo. —Ethel entrelazó las manos en el regazo y sonrió satisfecha.
—¿Y te han dicho quién lo ha sustituido?
—Ahí viene lo bueno —replicó, levantando la cabeza hacia él. Sus ojos lanzaban chispas.
Nox tragó. Inspiró bruscamente, sintiéndose embriagado, aturdido, noqueado... Bajó la mirada hasta su boca; recorrió la curva ilusionada de sus labios rojizos, brillantes.
Te encantaría ser lo único que se refleje en sus pupilas. Tragártela por completo y que cuando acabes solo quede tu rastro por todo su cuerpo.
Nox apartó la mirada deprisa.
«Me gustaría incluso más que sea ella quien lo haga conmigo».
—Una de las mujeres me dijo que han venido dos párrocos a sustituirle, y que uno de ellos es el de Ebonwick.
—Whitmore —repitió Nox, serenándose y concentrándose.
De repente, el interior del coche pareció volverse más frío.
Ethel sacó la hoja donde había anotado toda la información de la funeraria. La miró atentamente.
—Estoy segura de que, si lo cotejamos, veremos que coincide con los días de los funerales...
—Se quitó el abrigo—. Tengo que decírselo a mi familia.
Tienen que saber que seguramente es cosa de Whitmore.
No entiendo cómo un pastor puede practicar la nigromancia ni qué tiene en contra de nosotras exactamente, pero todo apunta en su dirección.
Parece odiarnos y claramente ha tenido el acceso y la oportunidad...
Nox se quedó en silencio un rato, pensativo. Necesitaba pruebas claras para pedirle permiso a Altairon para eliminar a Whitmore.
Se frotó los ojos, cansado. El dolor de cabeza se intensificó. Una visita a Umbraeth es lo que menos le apetecía en ese momento.
—Es tarde —dijo Ethel, mirando el reloj del salpicadero—. Debo volver a casa.
Nox, que seguía analizando la situación, se volvió hacia ella. Todavía faltaba un par de horas para la cena.
¿Por qué te molesta que quiera marcharse? ¿No es lo que deseas, apartarla?
«No, pero es lo más sensato y lo que debo hacer».
—Claro —aceptó, y puso el coche en marcha.
—Gracias por ayudarme hoy —susurró Ethel con sinceridad.
—Ya... De nada.