50
La lluvia caía en tromba cuando salieron. Corrieron hasta el coche para refugiarse y pensar qué hacer a continuación. Nox encendió la calefacción al ver las mejillas y la nariz enrojecidas de Ethel. Ella acercó las manos al conducto de aire. Se habían calado.
Nox agarró el volante. No podía quitarse de la cabeza la expresión de Ethel, la forma en la que se había iluminado su rostro. Retorció el cuero con los dedos apretándolo con fuerza.
Se había sentido como tocar algo bendito. Como mirar un fuego sagrado. Demasiado para soportarlo. Doloroso. Agonizante.
Porque eres un demonio...
«No se me olvida».
Pero ella no es un ángel, no uno real.
«Es lo mismo, está fuera de mis límites».
—Lo más rápido sería mirar en el mismo cementerio, ver si los ataúdes están vacíos o no. Pero no me agrada la idea de profanar tumbas.
Nox la observó de reojo. Podía poseer a un mortal y de esa forma entrar, pero no podía ir a lugares sagrados con su propio cuerpo. No era una experiencia nada agradable, lo dañaba. Así que no había modo de llevar aquello a cabo sin revelarle a Ethel su verdadero ser.
—Normalmente en la cadena de traslado participan el conductor, el pastor que oficia la ceremonia y el enterrador... —continuó Ethel.
—Podemos investigar a esas tres personas, ver si coinciden, si podrían tener algo en contra de tu familia... —dijo Nox, apoyando el antebrazo en el volante.
—Tiene sentido —estuvo de acuerdo.
Afuera, la lluvia resbalaba por los cristales del coche en hilos lentos. Dentro, el calor empezaba a subir. Ethel se frotó las manos y estiró los dedos aún entumecidos. Nox le echó un vistazo y bajó el volumen de la radio, que susurraba apenas un lamento instrumental.
—Tienes frío —murmuró él, mientras se quitaba el jersey y se lo daba, fijándose en que tenía los nudillos rojos y agrietados.
—Estoy bien —respondió—. Tú solo tienes este jersey.
Nox se lo dio igualmente.
Ethel se estremeció con un escalofrío. Se giró ligeramente para mirar a Nox, que tenía la cara medio iluminada por la tenue luz del salpicadero. El cabello le caía húmedo sobre la frente. Una gota de lluvia se deslizaba lentamente por la piel de su mandíbula.
—Gracias —susurró ella, y se puso el jersey.
Después se quitó las botas empapadas. Tenía los calcetines mojados y los cubrió con sus manos para calentarse los pies.
Al mover la rodilla rozó el lateral del muslo de Nox.
Él no se apartó—. Sabes... —empezó—. Que sepas lo que soy y no te hayas asustado significa mucho para mí.
—Cogió aire, como si en el coche no hubiese suficiente y le estuviese costando reunirlo—.
Quiero decir que... si alguna vez quieres contarme algo, lo que sea, puedes hacerlo.
Díselo. Dile la verdad.
La carcajada despiadada lo hizo estremecerse.
Nox arrugó la frente. Comenzaba a dolerle la cabeza.
—Gracias...
Ethel sonrió para sí misma. Estaba acostumbrada a la soledad. Siempre había esperado que la gente acabase marchándose al poco de conocerla. Era una defensa adquirida, un mecanismo que había nacido de la forma en que la habían herido.
Pero esta vez le gustaría retener a Nox. Esta vez no quería esperar lo peor.
—¿Crees que se puede ir en contra de la naturaleza? —preguntó Nox, apoyándose sobre el volante y mirándola.
—¿En qué sentido?
Nox meditó la forma de explicarlo.
—Por ejemplo, ¿podría un león dejar de cazar otros animales y, no sé, hacerse vegetariano? ¿Podemos dejar de ser, hacer y actuar como se nos ha programado? ¿Existir diferente?
Los ojos de Ethel se llenaron de algo melancólico.
—Me gustaría pensar que sí...
Pero esa no era su experiencia. Durante años había tratado de frenar eso que vivía dentro de ella, de no liberarlo. Había querido luchar contra sí misma y nunca lo había conseguido.
«Hasta ahora, hasta que supiste cómo», se recordó.
—Creo que se puede, pero no del todo... Creo que si te esfuerzas, puedes cambiar tu esencia, pero el impulso siempre estará ahí y, en cuanto bajes la guardia, volverá a salir —admitió con sinceridad.
Los ojos de Nox parecían torturados. Apenados. Ethel quería hacer lo posible por aliviar la carga que parecía estar aplastándole.
Se inclinó un poco, sin darse cuenta, solo un centímetro más cerca.
El corazón le golpeaba en las costillas como si también quisiera acercarse a él.
Le acarició la sien y tocó un mechón de pelo que le caía sobre la ceja, trazó su forma bordeando el piercing que la adornaba.
Bajó hasta dibujar la piel de su ojera, las tenía oscuras, algo más que de costumbre.
Era la única persona en la que las encontraba atractivas.
Él se quedó muy muy quieto. Ni siquiera respiró. Cerró los párpados y los apretó.
Ethel rozó la piel de su pómulo y la hondonada de su mandíbula hasta acercarse a su boca. Dudó un momento y, finalmente, tocó el aro plateado.
Nox abrió los ojos. Ethel pasó el dedo índice suavemente por su labio inferior.
Era más grueso y estaba más lleno que el de arriba.
Era tan guapo que dolía. Le dolían las manos, las costillas, era un dolor físico, el de sentir algo inabarcable, demasiado grande para retenerlo.
Los dientes de Nox atraparon su dedo y le dio un mordisco suave.
—Ángel... —Su voz sonó áspera y grave.
Ethel pensó que era su nuevo sonido favorito.
—No hagas eso.
Ella apartó la mano. La estiró, le hormigueaba.
—Perdona.
—No te das cuenta de lo fácil que sería arrastrarte conmigo.
Ella tragó saliva.
—¿Y si no me importa? —confesó.
Los ojos de Nox se abrieron y oscurecieron. Pareció furioso, agitado. Metió la mano derecha en el pelo de Ethel y lo agarró tirando con suavidad para echarle la cabeza hacia atrás. Le besó la garganta expuesta. Su boca presionó la piel donde le latía el pulso acelerado.
Ethel dejó escapar un gemido.
Y él se echó hacia atrás tan deprisa como se había acercado. Le había dejado una marca roja. Soltó el aire entre los dientes, giró el rostro hacia el parabrisas y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento.
—Mierda, lo siento. Lo siento.
—No pasa nada —susurró ella.
—No debería... No debería haber hecho eso. —Nox se frotó la frente y apretó los párpados como si algo le doliese profundamente.
—¿Estás bien?
—Sí... Bueno, no. —Dejó escapar un suspiro—. La verdad es que no. Ethel...
—No sé qué es exactamente lo que ocurre y, de verdad, no tienes que explicármelo.
Pero no quiero que esto te haga alejarte.
Eres un amigo importante para mí —se atrevió a decir.
Temió que Nox quisiera poner distancia entre los dos.
Claramente estaba agobiado por algo y Ethel no quería presionarlo—.
Creo que deberíamos continuar. Se está haciendo tarde.
Nox guardó silencio un rato. Después Ethel le oyó coger aire y soltarlo despacio.
—Bien —suspiró, cansado—. ¿A quién investigamos primero? —preguntó tras unos segundos. Abrió los ojos. Miró al frente. Y luego a ella—. ¿Al enterrador? ¿Al pastor?
Ethel consultó la lista.
—Al pastor.
El coche arrancó, pero algo invisible permaneció en el aire. Algo no dicho. Algo suspendido entre ellos que, tarde o temprano, acabaría estallando.