Flor de sangre (Flores malditas 1) 49
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El reloj marcaba la una y media pasada cuando se acercaron de nuevo al callejón de la funeraria. La calle estaba prácticamente vacía. Algunas ventanas del edificio seguían iluminadas, pero no se percibía movimiento.

Nox apoyó una mano en la valla y la saltó con agilidad felina. Cayó con ligereza al otro lado y le hizo una seña a Ethel.

Ella dudó un instante antes de impulsarse. El abrigo se le enganchó brevemente en una punta oxidada, pero logró soltarlo y pasar la pierna hacia el otro lado. Al saltar, Nox la sostuvo por la cintura y la retuvo un segundo más de lo necesario.

Sus ojos se encontraron en la penumbra.

—Lo que me has preguntado antes...

—No pasa nada si no quieres contármelo. Lo entiendo.

Ethel trató de moverse. Pero Nox acompañó su movimiento impidiéndoselo.

—Es... —parecía estar pasándolo mal.

—¿Qué? —susurró ella.

—Se espera algo de mí, pero y si yo... yo no... Es difícil cumplir con las expectativas de los demás y con las tuyas propias, ¿verdad? ¿A quién traicionas?

Nox cogió aire, como si acabase de salir de debajo del agua e inspirase por primera vez. Ethel parpadeó sorprendida por su arranque de sinceridad y por lo cruda que había sonado su voz. Abrió la boca dispuesta a decir algo. Conocía tan poco de Nox...

Él la miró por encima del hombro.

—Se nos va el tiempo, deberíamos darnos prisa.

La puerta metálica trasera estaba cerrada, pero no con llave.

Nox giró el pomo con lentitud, prestando atención a cualquier sonido.

Un suave clic respondió a su presión. Empujó dejando una rendija abierta.

El pasillo al otro lado estaba oscuro, silencioso.

Ambos se adentraron en él con paso sigiloso.

El interior olía a desinfectante y a ambientador. Las paredes eran de ladrillo visto y el suelo de baldosas desgastadas. El pasillo conducía a una pequeña sala con archivadores y luego se bifurcaba hacia otras puertas.

—¿Por dónde empezamos? —murmuró Ethel.

Nox extrajo la pequeña navaja que llevaba oculta en el interior de su chaqueta.

—Busquemos el depósito. Si alguien roba cuerpos, tiene que acceder a ellos mientras los preparan, es el momento más adecuado.

—¿Y los registros? —preguntó ella.

—Tú ve a por eso. Archivos, libros de ingresos. Lo que sea que no cuadre.

Ethel entró en la oficina, fue fácil encontrarla dado que las puertas tenían placas identificativas. La mesa del despacho tenía la lámpara encendida, un abrigo colgado en la silla y un café a medio tomar.

Lo tocó. Aún estaba caliente.

Miró ansiosamente a su alrededor, quien fuera no podía estar muy lejos, sobre todo, porque se había dejado el abrigo.

Respiró y se giró buscando en los archivadores los registros de los últimos dos meses, centrándose en las semanas cercanas a la aparición de los dos cadáveres.

Pasó las fechas a toda prisa deslizándolas con los dedos hasta encontrar las que podrían encajar y sacó las carpetas.

En el desorden del escritorio encontró papel y boli y anotó los nombres, las fechas de las muertes y dónde habían sido llevados los cadáveres para enterrarlos. Era una lista larga, pues había tres fechas distintas y múltiples opciones. Los cuerpos podrían haber sido robados semanas antes...

La mano le temblaba mientras escribía a toda prisa.

Se fijó en algo que no había notado hasta ese momento. Todas las ceremonias religiosas se habían oficiado en la misma iglesia, donde los ataúdes se habían trasladado desde la funeraria.

Mientras tanto, Nox bajó por una escalera hacia el sótano.

El depósito tenía una fila de compartimentos metálicos cerrados con pestillos.

Había una carpeta con una hoja de registros pinzada.

Tenía anotados los nombres de los tanatopractores y sus horas de trabajo, además de los cuerpos que habían preparado cada uno.

Arrancó la hoja y se la guardó en el bolsillo.

Arriba, Ethel estaba terminando de guardarlo todo de nuevo cuando oyó pasos detrás de la puerta.

Se quedó paralizada como un animal frente a los faros de un coche.

Miró a su alrededor a toda prisa, pero no había otras puertas ni lugares donde esconderse.

Se quedó congelada mientras su mente valoraba las opciones que tenía.

Se rebuscó en los bolsillos hasta que dio con el pequeño grimorio que su tía Daphne le había regalado.

«Contiene hechizos útiles, llévalo siempre contigo hasta que lo memorices. Te servirá para mantenerte a salvo si te atacan de nuevo», le había dicho.

Temblaba tanto que se le cayó al suelo. Se agachó a toda velocidad, pasando las páginas. Sus ojos leían más rápido que nunca, captando palabras sueltas mientras sus dedos volaban.

Tenía el saquito de pétalos, del que cogió un pequeño puñado.

La puerta comenzó a abrirse.

Leyó el hechizo para sí misma y rezó para hacerlo bien. Cerró los ojos y tomó una bocanada de aire antes de murmurar:

—«No estás viendo nada. No recordarás esto. Soy solo aire. Soy solo viento. Me olvidarás en un momento».

Luego sopló el polvo de los pétalos de rosa que había estrujado y se puso de pie colocándose a la vista del hombre que había entrado. La magia tejió una hebra sutil que se deslizó por la habitación.

El señor parpadeó un poco confuso y Ethel temió haberlo hecho mal. Pero al instante, él se movió de nuevo hacia su silla como si ella no estuviese allí.

Ethel lo esquivó y fue presurosa hacia la puerta, agarrándola antes de que se cerrase. Se deslizó fuera, todavía mirando hacia atrás por si el tipo salía del despacho tras ella.

Se alejó varios metros por el pasillo, hasta que por fin dejó de contener la respiración. Pensó que el corazón le estallaría.

Cuando se giró hacia el frente, vio a Nox que se acercaba desde el otro lado. Eufórica por la adrenalina de haber escapado y haber hecho bien el encantamiento, le sonrió y se acercó hasta tocarle el brazo.

—Acabo de..., acabo de hacer un hechizo controlado. M-me ha salido perfecto.

Nox se quedó inmóvil. Sus ojos bajaron despacio hasta el punto en el que ella lo agarraba. Su nuez se marcó cuando tragó.

—¿Qu-qué? —le salió un sonido estrangulado.

—Ha entrado un hombre en el despacho y he hecho un hechizo para que me olvidara mientras me veía —susurró emocionada.

Nox se movió dando un paso hacia atrás. Su pecho se hinchó y giró la cabeza mirando a otro lado mientras soltaba el aire. Su lengua recorrió la esquina de su boca con nerviosismo.

—Genial...

Ethel sonrió aún con el temblor en las manos.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Encontraste algo?

Nox sacó el papel que había guardado en su bolsillo.

—Registros de los tanatopractores.

Ethel frunció el ceño mientras hojeaba la lista.

—Mira esto. —Le mostró la hoja con sus anotaciones rápidas—. Todos los cuerpos relacionados con las fechas clave fueron llevados a la misma iglesia para la ceremonia.

Nox la miró con atención, comprendiendo.

—¿Crees que allí...?

—Podría ser —respondió ella— que el robo ocurra en la iglesia o incluso en el cementerio. He anotado los nombres, las fechas y todo lo que nos pueda servir, pero son bastantes.

Nox reflexionó un momento.

—Salgamos de aquí primero.