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Nox conducía en silencio. Tenía la vista fija en la carretera, una mano en el volante y la otra descansando sobre la palanca de cambios. En la penumbra del coche, sus rasgos parecían más marcados y sus ojos más brillantes.
La lluvia caía fina, casi como vapor, con una cadencia hipnotizante sobre los cristales del coche.
Ethel lo observó de soslayo.
Retorció los dedos aguantando las ganas de tocarlo. «Contrólate». Estar cerca de él era peligroso, como había ocurrido en clase de Filosofía. Tía Seraphine había escupido la sopa cuando se lo había contado ayer por la noche.
—¡Qué atrevida!
—En el grimorio que estoy estudiando hay un conjuro para hacer que se reproduzcan polillas en la ropa —la avisó Ethel apuntándola con un dedo.
—¿Dónde está la chica que llegó hace dos meses? —dijo su tía quitándose un sombrero imaginario y haciendo una reverencia.
—¿Cómo he podido decirle eso? No voy a ser capaz de mirarle a la cara.
Sus ojos se desviaron de la ventanilla a Nox de nuevo.
La embargó una sensación de vértigo que le descendió por el estómago.
Era demasiado perfecto para ser real y, sin embargo, estaban compartiendo aquel pequeño espacio.
Tenía ese tipo de belleza que dolía al mirarla por mucho tiempo, porque era salvaje y casi irreal.
Sabía que se estaba aferrando a una espada de doble filo, pero había decidido que no le importaba cuál fuese el resultado final. Guardaría con cariño la herida. Aunque acabase mal, recordaría estos momentos como sus mejores cicatrices.
Pensó en todo lo que no se atrevía a decirle. En todas las cosas que temía preguntar. En el deseo que la había arrasado en el invernadero. En las manos de Nox recorriendo su cuerpo.
La carretera se estrechó al cruzar el último tramo de bosque y, tras una curva, Grimford emergió entre la niebla. La ciudad se extendía en las faldas de la cordillera Duskmoor, salpicada de tejados empinados y fachadas de piedra oscura cubiertas de musgo.
Como era sábado, estaba lleno de turistas que visitaban sus calles históricas. La mayoría tenían pinta de campistas que aprovechaban las últimas semanas de otoño para visitar el valle y sus impresionantes paisajes.
Nox giró por una calle estrecha bordeada de árboles desnudos hasta que encontró aparcamiento junto a una fuente seca. Al bajar, Ethel se ajustó el largo abrigo de cuero para cubrirse del aire helado que soplaba. El cuello alto de su camiseta de encaje marfil asomó por encima del abrigo.
Nox apenas llevaba un jersey con algunos rotos y una cazadora de piel desgastada. No parecía tener frío a pesar de que diciembre estaba a la vuelta de la esquina.
Los ojos de Ethel se entretuvieron demasiado en su aspecto y él arqueó una ceja notándolo.
—Está por allí —indicó ella después de consultar el plano de la ciudad que habían traído.
Normalmente, Nox habría soltado una risita al verla azorada, pero no lo hizo. Caminó delante de ella en silencio.
Estaba serio. Parecía preocupado por algo.
A medida que avanzaban hacia el centro, las casas se volvían más altas, con vigas expuestas y balcones de hierro forjado. Había tiendas de antigüedades, librerías y cafés diminutos con nombres escritos en tipografía antigua.
La funeraria estaba en una esquina apartada, junto a un parque de tilos. El edificio era sobrio, funcional. Fachada de ladrillo envejecido, ventanales opacos, un cartel de letras doradas sobre madera en el que se leía:
F UNERARIA G RIMFORD DESDE 1843
Ethel se detuvo.
—Está abierta —dijo Nox en voz baja.
Las luces del interior estaban encendidas. Tras las cristaleras opacas, se intuían siluetas borrosas y movimiento de personas en el interior.
—Deberíamos esperar a que cierren.
Ethel se acercó a la placa de la puerta y leyó la información.
—Hacen una pausa para comer, quizá sea un buen momento.
Nox se había movido hasta el otro lado del edificio, donde había un estrecho callejón que lo separaba del siguiente.
—Hay una puerta. Podríamos colarnos por ahí.
Había una valla de hierro, no muy alta, que cerraba el paso hacia la parte trasera del edificio. Más allá se apreciaba una puerta metálica sin distintivos. Probablemente una entrada de servicio o acceso al almacén.
—¿Y si no se van todos? —preguntó.
—Entonces, improvisamos —dijo Nox, y por fin giró el rostro hacia ella.
Durante un segundo, el silencio entre ambos se llenó de muchas cosas. No quedaba nada de la ligereza despreocupada habitual en él.
Se le erizó el vello del cuerpo mientras se quedaba atrapada en sus ojos violetas.
Y luego, como si nada de eso hubiese ocurrido, Nox giró la cabeza y se alejó de la valla caminando hacia el otro lado de la calle.
—Vamos a buscar un sitio donde sentarnos hasta que cierren —anunció.
Ethel tardó un par de segundos en seguirlo.
Caminaron entre la gente que entraba y salía de los locales, se tomaba fotos y señalaba aquí y allá, fascinada. Pronto los colores del otoño desaparecerían para dar paso al blanco y gris del invierno, y el encanto del valle se apagaría hasta primavera.
Acabaron en un café estrecho, con farolillos de cristal color ámbar colgando del techo. Tenía una decoración curiosa, una mezcla de estilo oriental y cierto esoterismo. Se sentaron al fondo. En un escenario improvisado alguien recitaba un poema bastante peculiar.
Nox pidió una cerveza y el camarero ni se molestó en pedirle el carné. Quizá porque aquel día su aspecto era más intimidante que de costumbre, o quizá porque daba la sensación de ser mayor. Ethel por su parte pidió un café con pistacho.
Se calentó las manos con la taza y dudó.
—No tiene por qué volver a pasar —se atrevió a decir por fin.
Nox frunció el ceño y la miró sin comprender a qué se refería.
Ethel sonrió, aunque en sus ojos había un punto de tristeza.
—Me refiero a lo del invernadero.
—¿Por qué lo dices? —Nox frunció el ceño, descolocado.
—Porque hoy pareces preocupado, y si es por eso, no tienes por qué estarlo. En serio, está todo bien, no tienes que ir con cuidado conmigo.
Nox la miró un rato en silencio y dejó escapar un sonido seco.
—Ya... Claro. —Giró el vaso entre los dedos mientras lo fulminaba con la mirada—. De todas formas, no estoy yendo con cuidado.
—Entonces, ¿qué es lo que te ocurre hoy? —preguntó preocupada.
Nox se mordisqueó el aro del labio. Los músculos de su pecho se tensaron cuando cogió aire.
—El tipo que lee poesía acaba de rimar distancia con sustancia... Alguien debería pararlo.
A Ethel le dolió que Nox no quisiera contarle lo que le ocurría. Le habría gustado escucharlo, ser su apoyo como él lo había sido para ella. Quería que confiara en ella; y, en el fondo, su parte más codiciosa anhelaba que lo hiciera más que en nadie.
Le dio vueltas al café. «El amor y el deseo nos vuelven codiciosos, sin duda», ya no le bastaba con tener su compañía, quería más.