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Nox observó el salón vacío. Ghom volvería al día siguiente de su bajada al Inframundo, había ido a entregar su informe de situación al jefe. Se movió intranquilo por el espacio hasta dejarse caer en el sofá.
No debería estar nervioso, llevaba haciendo misiones para Altairon fuera del Inframundo cinco años. Todas habían salido a la perfección; de hecho, se habían vuelto algo mecánico que hacía en piloto automático. Aburrido.
Incluso había superado a Nocte y al imbécil de Kaelth, aunque él era más joven que ellos.
Había sido el más precoz entre los suyos. En Umbraeth todos lo conocían y su fama le precedía.
Altairon confiaba en él. No tenía de qué preocuparse.
Si no fuese porque la desnudaste hace unos días y estás obsesionándote con ello.
«¿Cómo podría no estarlo?».
Apoyó la cabeza en el sofá y cerró los ojos. Mierda. Dejó que su cuerpo resbalase hasta acabar tumbado.
—Soy imbécil.
Si el pajarraco estuviese aquí, lo confirmaría, sin duda, y añadiría algunos adjetivos más...
No era racional en lo que tenía que ver con Ethel.
Los castigos del jefe eran brutales. Lo había visto acabar con la existencia de alguno de sus mejores demonios sin pestañear. Él era su creador, quien les había dado vida, así que podía apagarla con facilidad.
—Se necesita la energía de muchas almas para dar forma a una criatura verdaderamente poderosa.
Y, además, la fuerza de un gran señor infernal.
La clave está en el equilibrio: de lo contrario, surgen alimañas como los del círculo de la Ira.
Kathar —le había explicado Altairon haciendo referencia al príncipe de la Ira—; por ejemplo, no conoce evolución; estúpido hasta la médula.
Por eso, controlo la natalidad del círculo de la Soberbia.
Así cada uno de vosotros es único, distinto y poderoso.
Nox se apretó las palmas de las manos contra los ojos.
Tenía que recordar que no era libre; lo era más que los demonios menores como Ghom, pero al final del día era un siervo más. Y debía obedecer a Altairon. Jamás le perdonaría saltarse sus órdenes y, peor aún, jamás había permitido a un demonio desarrollar emociones o encariñarse de un mortal.
Nox era lo que era y no podía cambiarlo. Pretender lo contrario le costaría la vida y algo más...
Las consecuencias de un corazón roto son un infierno en sí mismo. No hay mayor tormento.
Debía borrar el sabor de Ethel que aún le ardía en la lengua, y la imagen de su cuerpo arqueado sobre la mesa, con las mejillas encendidas y los labios temblando con su nombre.
«Pero le gusto, al menos sé que se siente atraída por mí».
Eres atractivo. Enhorabuena, eso ya lo sabías. ¿Sabes lo que también eres? ¡Un demonio! Ella nunca se enamorará de ti, del verdadero tú. El resto es mentira.
Gruñó y se incorporó. Trató de encender el televisor. Quería ver la serie que había hecho reír a Ethel.
Desear a un mortal era tabú. Te enloquecía. Te hacía querer saltarte las reglas. Anhelar cosas que escapaban a tu naturaleza y al propósito propio de tu creación. Te hacía cuestionar tu propia existencia. Odiarla. Desear cambiarla.
El veneno mortal de la resignación lo mataría.
Siempre supe que tu estupidez sería la causa de tu propia muerte.
«Gracias por la confianza, siempre es de agrado saberlo».
Nox ya era consciente de que estaba recorriendo un camino peligroso. De que estaba siendo estúpido e imprudente.
El viernes se dirigía a clase de Filosofía cuando reconoció el sonido de la risa de Ethel. Luego, la voz de Silas, grave, suave, y con ese deje burlón que usaba para hacerse el interesante.
Se mantuvo en la sombra de una columna observándolos.
Ethel tenía un libro en las manos y escuchaba a Silas con atención. Él le echaba miradas de reojo mientras le contaba algo.
La codicia era evidente en sus ojos.
El gusano la desea. Tiene hambre de ella. De su atención. De su amabilidad.
Nox sintió cómo algo le crecía dentro, caliente y venenoso.
«Ni siquiera es guapo, es muy normalito. Y tampoco tiene gracia, es gilipollas».
Quién sabe, quizá para los estándares de los mortales es un buen espécimen.
«No, sin duda, yo estoy por encima de ese mortal».
Silas rio. Le puso una mano en el hombro.
Nox apretó las manos contra la piedra de la columna. La estructura vibró ligeramente bajo sus yemas.
A lo mejor ella no piensa lo mismo.
Observó a Silas como un cazador observa a un zorro, pequeño e irrelevante, pero atrevido. Ethel sonrió ante algo que él dijo, y Silas inclinó la cabeza como si acabara de ganar una batalla.
Golpearlo sería fácil. Pero lo fácil no es divertido. Deberías ir más allá.
Nox no tenía permitido hacer daño o interferir con los humanos a no ser que Altairon se lo ordenase expresamente. Y nunca mataban así como así. Solían hacer otra clase de trabajos más... sutiles.
Podrías enroscarte en su mente como una sombra.
Hacer que cada vez que vea al angelito, sienta que se le derrite la piel de los huesos.
Que las pesadillas lo vuelvan loco por la noche y que al mirarse al espejo encuentre algo moviéndose bajo su piel hasta que sus propios dedos abran una herida en su carne.
Jugar con lo psicológico, alargar el tormento.
Su conciencia demoniaca se relamió.
Ni siquiera sabrá qué le ocurre.
«Cállate de una puta vez. No me tientes».
Aburrido.
Respiró hondo cuando los perdió de vista. Su cuerpo se relajó y dejó de clamar por volver a su forma demoniaca. La nube de celos que lo había cegado se deshizo.
El profesor anunció que ese día verían una película. Apagó las luces del aula y pidió que corriesen las cortinas. De todas formas, llovía y el cielo estaba gris..., poca luz podía entrar.
Empujó un viejo televisor colocado en un carrito de ruedas hasta el centro de la sala. Tardó un rato en hacer funcionar el reproductor de vídeo.
Nox buscó a Ethel, que estaba sentada en última fila. Y antes de que le diese tiempo a pensarlo siquiera, se deslizó fuera de su asiento junto a James y se dejó caer en la mesa vacía al lado de ella.
Ethel giró la cabeza, sorprendida.
—¿Qué haces aquí? —murmuró.
—Cabe la posibilidad de que me quede dormido y este lugar es perfecto —contestó con naturalidad, como si tuviese el motivo más lógico del mundo.
Ethel asintió tragándose su pobre excusa.
¿Tanto le costaba darse cuenta de que no podía alejarse de ella por mucho que lo intentase, o es que simplemente le daba igual?
El profesor le dio al play y la película, en blanco y negro, comenzó.
La oscuridad lo volvió todo más íntimo, como si el resto de la clase hubiese desaparecido. Ethel se echó hacia delante, atenta. Sus dedos no dejaban de recorrer una y otra vez el encaje de sus medias.
Estaba nerviosa.
Bien.
Nox la miró de reojo y se topó con sus ojos. Al verse atrapada volvió a mirar hacia delante.
Tragó. El aire era irrespirable. Hacía calor. Nox se quitó la americana y se dobló las mangas de la camisa hasta los codos.
Pilló a Ethel siguiendo sus gestos un par de veces. Se removió inquieta en la silla. Hinchó el pecho y dejó escapar un suspiro.
«Joder».
Ahora era el turno de Nox de recolocarse en la silla, tenso.
Se inclinó hacia delante, cruzó los brazos sobre la mesa y dejó caer la cabeza sobre ellos, recostándose. La postura le permitía mirar el perfil de Ethel a la perfección.
Ethel sonrió al oír un diálogo de la película.
«Es adorable». El pensamiento lo sacudió y cerró los ojos.
Eres gilipollas.
«Gracias, soy consciente».
Entonces, notó la suave caricia de los dedos de Ethel en su pelo. Se quedó muy quieto. Dejó de respirar.
Su interior ronroneó.
El pulso se le disparó.
¿Sabes cómo se llama esto?
«No lo digas».
—Tenías una hoja en el pelo —susurró Ethel, su aliento le acarició el rostro—. Hoy hace mucho viento...
Ethel apartó la mano.
—Puedes seguir si te apetece —dijo dedicándole una sonrisa arrogante.
Ella se sonrojó y apartó la mirada.
Nox sonrió contra sus brazos, como un depredador satisfecho. Le encantaba verla perder la compostura.
Ethel señaló el tatuaje del ojo en el interior de su codo.
—¿Significa algo? Tienes muchos.
Nox frunció el ceño. No podía decirle que, como en su forma demoníaca tenía la piel llena de sombras, al crear su apariencia mortal le había resultado natural y familiar tener tatuajes.
Ese era el único significado. Los motivos...
había escogido los que le habían parecido más interesantes junto a Nocte.
—¿Te intimidan? —Alzó la voz apenas lo justo para que solo ella lo oyera—. Cuando llegué a este pueblo todos me miraban espantados. Algunos padres se quejaron de mi aspecto; son todos unos puritanos.
Ella lo miró. Y luego dibujó una sonrisa pequeña.
—No.
—¿Segura? La primera vez que nos vimos te quedaste mirándome fijamente, pensé que ibas a desmayarte del susto —exageró.
Ethel puso los ojos en blanco.
—Bueno, tienes un aspecto llamativo, sobre todo para este lugar, pero a mí me gusta. —Bajó la voz hasta casi un suspiro. Sus ojos se movieron hasta posarse en su boca—. Y tus piercings . Sobre todo, el del labio.
Nox levantó la cabeza despacio. Sus ojos se ensancharon. El corazón le subió hasta la garganta. Cogió aire despacio.
Ethel se echó hacia atrás, como si se hubiese asustado al oírse. Enrojeció hasta la raíz del cabello. Se ahogó con su propia respiración.
Entonces, la luz se encendió bruscamente y el aula salió de su letargo.
—Seguiremos en la clase siguiente.
Ethel se puso de pie a toda prisa, mirando a todas partes menos a él.
—Nos vemos —exclamó, y se marchó antes de que Nox pudiera responder.
Él se quedó en su asiento, observando la puerta cerrarse tras ella, con los labios todavía curvados en una media sonrisa.