Flor de sangre (Flores malditas 1) 46
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La sala de estar olía a romero quemado, a cáscara de naranja y a vino caliente. Las lámparas estaban apagadas, solo las velas colocadas en los candelabros iluminaban el salón con una luz temblorosa que dibujaba sombras danzantes.

Ethel estaba sentada en la alfombra, rodeada de cuencos con ingredientes: sal negra, pétalos de lavanda, ojos de azabache y un recipiente con pequeñas piedras de luna.

Tía Daphne le indicaba con paciencia cómo envolverlos en retazos de tela negra y coserlos con hilo rojo mientras recitaban en voz baja una oración de protección.

En la mesa de café, además de los materiales para los amuletos, había un gran cuenco con galletas de almendra y pistacho, palomitas con mantequilla y romero, y una botella de vino especiado para las adultas. A Ethel le habían preparado una infusión de hibisco y manzana.

—Cuando la magia se hace junto al aquelarre es más fuerte. Por eso es mejor preparar los amuletos en conjunto —le dijo su abuela.

—Las brujas existimos en comunidad. No seríamos nada sin nuestro aquelarre, somos nuestra red de protección —añadió Daphne.

Tía Seraphine le dio un sorbo a su copa.

—¿Se debilita la magia si estás sola? ¿Mi madre la ha perdido? —preguntó Ethel.

Sus tías se miraron e hicieron una mueca. Pocas veces parecían mellizas; de hecho, no eran nada similares. Pero aquel gesto las delató.

—Ninguna de nosotras eligió nacer con nuestros dones.

Es difícil luchar contra la naturaleza. La gente siempre desea ser lo contrario a lo que es y hay cosas más fáciles de cambiar, pero...

no puedes extirpar tus genes por mucho que te empeñes.

Tu madre quiso desde muy pequeña ser «normal».

Pero ¿qué es normal? ¿Existe siquiera lo normal?

Pensaba que se le pasaría, es habitual no querer ser como tus padres cuando eres joven.

Bueno, era su elección y la tomó —le explicó su abuela con suavidad.

—Pero mi padre lo sabe, ¿no?

Morgana asintió.

Seraphine se estiró de manera teatral y le dio un trago lento al vino antes de mirarlas a todas.

—Tuve una cita esta tarde —anunció cambiando la conversación.

Ethel levantó la cabeza, interesada. Alargó la mano para coger un puñado de palomitas. Daphne sacudió la cabeza y Morgana sonrió, divertida.

—Por favor, dime que no has llevado a cabo tu plan absurdo —se quejó Daphne.

Seraphine había decidido que era necesario sacarle información a la inspectora Harper sobre el caso de los turistas, los subyugados. Así que se había pasado la semana rondando por el pueblo para averiguar dónde tomaba el café y emboscarla.

—Nos harás parecer sospechosas, Sera.

—Ante situaciones desesperadas, hay que tomar medidas desesperadas.

—Solo querías ligar con ella, mentirosa... —la contradijo Daphne.

Seraphine movió la mano quitando importancia a las palabras de su hermana y se acomodó en uno de los cojines mientras comía unas cuantas galletas y se preparaba para narrar su cita.

—Fue fácil averiguar su rutina. Vivian es una mujer de costumbres, es como un maldito reloj, todos los días a la misma hora aparece en el Bean Coven. Se sienta preferiblemente en la mesa más alejada, la única que no tiene visibilidad desde la barra, y allí consulta sus notas.

—Da miedo lo psicópata que eres —dijo su hermana.

—¿Quieres que lo cuente o no?

—Por favor —le pidió Ethel mientras cogía más palomitas y se acomodaba para escuchar a su tía llena de curiosidad.

—Me senté en la barra como cinco minutos antes de su llegada habitual. Con un libro sobre Mary Corinna Putnam Jacobi.

—La táctica de llamar la atención sobre tu inteligencia y conocimientos de farmacia —comentó Daphne.

—Vivian Harper llegó con puntualidad. Seria e impecable, como siempre. —Rememoró la imagen.

Puede que a Seraphine le gustase fingir que se tomaba las cosas a la ligera, pero estaba claro que la inspectora la había impresionado, tanto por su aspecto como por su personalidad recta y honesta.

—Fingí sorpresa al encontrármela. Y ya sabes lo bien que se me da actuar. Me dieron al protagonista en esa obra que hicimos en primaria...

—Ah, ya me acuerdo —exclamó su abuela—. Cuando le diste un beso a Jennifer Jenkins vestida de príncipe.

Los ojos de Seraphine se llenaron de nostalgia.

—Ahí descubrí que me gustaban las chicas...

—Su madre organizó una protesta vecinal contra nosotras porque estábamos acabando con los valores cristianos.

—¡Mmm! —exclamó Daphne, que estaba comiéndose una galleta—. Los niños nos metieron un montón de crucifijos en la mochila.

Seraphine, que estaba bebiendo vino, lo escupió cuando se le escapó una carcajada y manchó la alfombra. Su hermana le dio un tortazo reprendiéndola. Seraphine tosió mientras se seguía carcajeando y contagió a Ethel la risa, que se tumbó sobre la alfombra aguantándose las costillas.

La risa se apagó poco a poco y miró al techo mientras recuperaba el aliento, con una sonrisa tirándole fuerte de los carrillos. Qué dolor más dulce el de reír.

Le gustó saber que su familia había pasado por cosas similares a las suyas y que eran capaces de tomárselo con humor. Se preguntó si, de haber sabido la verdad, las cosas habrían sido distintas para ella... Si se habría sentido menos sola y más comprendida.

Se llevó una mano al pecho, todavía oyendo las carcajadas de su abuela y su tía, y los comentarios de tía Daphne de fondo.

Ethel no deseaba que sus traumas y sus miedos la definiesen, pero no podía hacer nada. De una forma invisible habían forjado la persona que era, le habían dado forma a su personalidad, a sus pensamientos, ideas, actitudes, hasta a sus gestos.

Giró la cabeza y miró a las tres mujeres.

Su aquelarre, su familia.

Cuando llegó a Ebonwick se estaba ahogando. Ahora no solo flotaba, sino que nadaba contra las olas.

Sonrió.

No hay nada más poderoso que el hecho de que alguien te tienda la mano cuando tú no puedes. Ni nada que sane más que existir en comunidad.

—¡Bueno, basta! —interrumpió Daphne, algo achispada—. ¿Qué ha pasado con la inspectora?

—Ajá, ya sabía que te interesaba. Eres una chismosa —se rio Seraphine—.

Pues me miró como si estuviese decidiendo si aquello era casualidad o no.

Una tía lista... Pero se acercó a mí. —Se pasó las manos por los contornos de su torso—.

Porque soy irresistible. —Les guiñó el ojo de forma exagerada y se ganó una arcada de su hermana—. La invité a un café y...

—Estoy segura de que le soltaste toda la...

Daphne se puso de pie y comenzó a imitar a su melliza. Puso una voz más grave y exageradamente seductora y comenzó a moverse como ella. Era evidente que se conocían a la perfección porque lo hacía muy bien, tanto que a Ethel y a Morgana les volvió a dar la risa.

—Me pillas aquí leyendo. Ah... Es que soy taaaan culta, interesante y emocionalmente inaccesible.

—Se contoneó y frunció el ceño como si le doliese lo que decía profundamente—.

Pero bueno..., ya que estás aquí, te invito a un café y al placer de mi compañía.

Siéntete afortunada, tengo a cientos esperando por mi tiempo.

Seraphine le tiró un cojín a Daphne, que le acertó en toda la cara. A Ethel le dolían las costillas de tanto reírse, y eso que ella era la única que no había tomado vino.

—Vivian es una tía seria que va de mujer fría, pero, en realidad, no es así. Está claro que es meticulosa y que le gusta seguir las reglas. Hablamos un poco de las dificultades añadidas que tiene ser mujer y joven en un trabajo como el suyo, por ejemplo.

Daphne, Morgana y Ethel compartieron una mirada. Había un brillo en los ojos de Seraphine que la traicionó. Mientras hablaba, tenía dibujada una sonrisa, casi de admiración, de la que no parecía consciente.

«Le gusta», articuló su abuela en silencio.

«Le gusta mucho», le respondió Daphne.

—Bueno, el caso es que después del café tomamos una cerveza, y Vivian se fue relajando. Estoy segura de que de pequeña era la típica delegada de clase, algo repelente, a la que le gustaba sacar dieces. Es mona...

Ethel apretó los labios para no sonreír. Seraphine había bebido de más y parecía no ser consciente del todo de lo que decía.

—Y entre unas cosas y otras, dejó caer que tenían una pista y mencionó algo de unos perros.

Ethel se irguió alertada por aquello y se inclinó sobre la mesa para acercarse a su tía.

—¿Perros? ¿De rastreo?

—Eso pensé yo. Pero han pasado semanas desde que aparecieron los cadáveres...

Ethel se quedó pensativa. Si habían traído perros era porque tenían algo que debía de haber aparecido recientemente.

—¿Te dijo algo más? —interrogó a su tía.

—No se le escapó demasiado, pero... habló de «esta nueva denuncia», es decir, que alguien habrá visto algo para lo que pueden necesitar esos perros.

A Ethel aquello no le dio buena espina. ¿La habrían visto a ella en el bosque con el subyugado? ¿Y si el olor los llevaba hasta su casa?

Morgana vio su cara de preocupación y le dio un beso en la sien.

—No te preocupes, fawnlet . Este amuleto te protegerá de los malos augurios. Pase lo que pase estaremos conectadas. Además, pronto habrá luna llena.

Seraphine hizo un chasquido mientras apuraba su copa y señaló a su hermana.

—¿Sabes lo que sería realmente divertido?

—Tengo miedo.

—Ya... —estuvo de acuerdo Ethel.

—Saca las cartas y hagámosle una tirada a Ethel.

Ethel, que estaba llevándose una palomita a la boca, se atragantó.

—¿Qué? No, no, no. Conmigo no.

—Claro que sí —canturreó Seraphine, abrazándola por detrás con dramatismo—. Eres la que tiene la vida amorosa más interesante y complicada.

—Yo no tengo vida amorosa —negó Ethel, aunque en cuanto Nox apareció en su cabeza y recordó lo que había pasado entre ellos en el invernadero, la sangre le subió a las mejillas.

Morgana alzó las cejas y Seraphine le dedicó un gesto cómplice. Daphne ya estaba rebuscando en una caja de madera preciosa, gastada en los bordes. Sacó un mazo de cartas envueltas en terciopelo morado.

—Aquí está la baraja.

—Vamos, desembucha. ¿Qué es lo que no nos has contado?

—Nada —tosió ella.

Daphne barajó y dispuso las cartas sobre la mesa. Seraphine dio una palmada emocionada.

—El destino nos hablará. Vamos a ver qué secretos guarda para nuestra pequeña fawnlet .

Ethel se tapó la cara, en realidad sentía curiosidad. Pero también miedo, algunas cosas es mejor no descubrirlas. Separó los dedos y miró entre ellos.

—Esto es extorsión.

—Coge tres, concentrándote. Deja que sea tu instinto el que las elija.

Ethel pasó la mano sobre las cartas. Cerró los ojos y tocó en las que sintió un cosquilleo especial.

—Primera carta. —Daphne le dio la vuelta—. El Dos de Copas.

Seraphine se inclinó con interés comiendo galletas.

—¡Oh, la carta de la unión! ¿Qué significa esto, Daphne?

Daphne la miró de reojo, disfrutando del momento.

—Significa que nuestra sobrina está metida hasta las orejas en un vínculo romántico, aunque lo niegue.

Ethel miró a las tres mujeres. Había llegado el momento de reconocerlo en voz alta.

—Vale, sí, me gusta mucho.

—Es una conexión poderosa, fawnlet . Es tan fuerte que no podrás huir de ella, por mucho que lo intentes.

Ethel se mordió el interior de la mejilla. Si supieran...

—Segunda carta —pidió Seraphine.

—El Diablo.

Todas guardaron silencio durante unos segundos, observando la imagen del arcano mayor: cadenas, fuego, deseo.

—Bueno. —Seraphine alzó las cejas y miró a su sobrina con descaro—. Esto se pone interesante.

—¿Qué significa? ¿Es malo?

—No, no —intervino Daphne con voz seria, aunque los ojos le brillaban de diversión—. El Diablo no siempre es negativo. Puede hablar de la pasión, del deseo irrefrenable, de una atracción peligrosa. Una relación que puede consumirte si no tienes cuidado.

En eso también tenía razón...

El corazón de Ethel latió tan fuerte que temió que todas pudieran oírlo.

—Tercera carta —dijo Seraphine intrigada por el desenlace.

Daphne volteó el naipe. La Torre.

El dibujo mostraba una fortaleza en llamas, atravesada por un rayo, y figuras cayendo desde lo alto hacia la nada.

—Vaya. —Seraphine intentó aligerar la tensión, pero incluso su voz sonó más apagada—. Eso sí que es... dramático.

—La Torre anuncia quiebres inevitables —explicó Daphne con cautela—. Algo que se rompe para siempre. A veces es liberación..., a veces, tragedia.

Ethel sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Miró las tres cartas alineadas sobre la mesa: el amor, el deseo, y después... la ruina.

El nudo en su garganta se apretó.

Daphne recogió las cartas y se las entregó a Ethel.

—El destino no está escrito en piedra. Cambia como las mareas y el viento, cambia como el paisaje; por la fuerza de la naturaleza y los acontecimientos. Te enseñaré a leerlas para que puedas llevarlas contigo y usarlas cuando necesites echar un vistazo.

Ethel asintió, ojalá fuese cierto.