Flor de sangre (Flores malditas 1) 45
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Los labios de Nox bajaron por su cuello; mordiendo, lamiendo, dejando un reguero de marcas suaves en su piel. El mundo se encogió, se comprimió hasta quedar reducido a aquella emoción.

Con un movimiento fluido, le sujetó ambas muñecas con una sola mano y las inmovilizó por encima de su cabeza. Su otra mano desabotonó la camisa con calma, hasta que pudo bajar las copas del sujetador y dejarla completamente expuesta.

El aire húmedo del invernadero le erizó la piel. El contraste entre el frío y el calor abrasador de la mirada de Nox la hizo estremecerse.

Él la observó, y sus ojos se oscurecieron. Había algo salvaje en su expresión. Algo insaciable.

Su boca descendió sobre su pecho, despacio. Lengua, dientes, el metal frío del piercing ... Ethel apretó los párpados con fuerza.

—Nox... —jadeó, cerrando aún más las piernas alrededor de su cintura.

—Eres preciosa, Ángel. Más incluso que en mis sueños —murmuró antes de volver a besarla.

El mundo entero giraba alrededor del roce de sus bocas, del jadeo quebrado que le salía cada vez que él la tocaba. La mesa crujía bajo sus caderas. Nada existía fuera de esa sensación adictiva, de ese deseo que se arrastraba como un fuego vivo bajo la piel.

—No estoy hecho para ser suave contigo —confesó él, con la voz rasgada—. Deberías...

Ethel cerró los ojos.

Lo deseaba. Más de lo que había deseado cualquier cosa en su vida.

Nox volvió a inclinarse agarrándole la cara con ambas manos. Su lengua entró en la boca de Ethel, que le arañó los hombros y hundió las manos en su pelo. A Nox no le importó que fuese brusca, pero ella murmuró una disculpa.

—No me pidas perdón —le exigió.

Las manos de Nox recorrieron su torso hasta aferrarse a su cintura. Y entonces, al apretarla contra sí, Ethel se encogió con un gemido ahogado.

Nox se apartó de golpe. Su mirada descendió y se quedó helado al descubrir la leve marca azulada de un moratón que se extendía por sus costillas.

—¿Te he hecho daño? —Su voz salió ronca, pero cargada de pánico. Ethel podía ver y hasta sentir lo excitado que estaba. El fuego del laberinto le pareció una brisa fresca en comparación con lo que sintió al verlo así.

—Ethel... —la llamó.

Ella negó con rapidez, intentando recuperar el aliento.

—No... No has sido tú.

Él frunció el ceño. Sus ojos comenzaron a fijarse en las pequeñas heridas, cortes y magulladuras que tenía. Estaban casi curadas. Tía Seraphine le había aplicado todo tipo de cataplasmas y Daphne le había dado una serie de pociones curativas. Por algo eran dueñas de una «farmacéutica».

—¿Qué... qué te ha pasado? —preguntó Nox.

Con cuidado la ayudó a incorporarse. Ethel se abotonó de nuevo la camisa deseando cubrir su desnudez.

Se miraron en silencio. Sin tocarse.

Una respiración. Dos.

—Anoche, en el cine...

El rostro de Nox se oscureció y se llenó de algo asesino.

—¿Fue Silas?

Ethel sacudió la cabeza.

—No. Algo... algo monstruoso apareció en el baño. —Se estremeció al recordarlo—. Cuando me defendí... Todavía no controlo bien mi magia y la onda expansiva de mi hechizo me golpeó.

Nox bajó la mirada, respiró hondo y se recolocó la camisa y la corbata. Se pasó un pulgar por la boca. Ethel se dio cuenta, con un vuelco en el estómago, de que lo había mordido y le había hecho una herida. Nox se pasó la lengua por el labio despacio, como si saborease el escozor.

El gesto encendió una llama en su vientre; apretó los muslos.

Era incapaz de apartar la mirada de él, que se estaba pasando una mano por el pelo tratando de recolocárselo, después de que ella se lo hubiese despeinado salvajemente.

Le había dejado marcas rojas en el cuello, rastros de sus uñas y dedos.

Tragó saliva. Nunca había sentido la garganta tan seca.

—Cuéntame qué pasó —le pidió Nox, interrumpiendo el tren de sus pensamientos.

Ethel respiró hondo y apartó la mirada parpadeando deprisa.

«¿Qué me pasa?». Le ardía la cara. Tosió y le relató todo lo que recordaba.

—¿Crees que puede estar relacionado con el ataque del viernes? —preguntó Nox.

—Puede. Mi familia examinó el cuerpo —le explicó—. Es un subyugado, un cadáver al que se le insufla vida, pero no conciencia, para que obedezca las órdenes de su creador.

Nox frunció el ceño y asintió, sopesando la información.

—¿Cómo se lo tomaron?

—Mejor de lo que pensaba. Aunque si tienen algún sospechoso en mente, no lo han compartido conmigo.

Nox entrecerró los ojos, pensativo. Cruzó los brazos sobre el pecho y los músculos se le tensaron con el gesto.

—Si son cadáveres, deben salir de alguna parte...

Ethel se apoyó en sus manos, echándose hacia atrás.

—¿Qué quieres decir?

—Que si averiguamos de dónde saca esos cadáveres, quizá nos dé una pista de quién es.

Ethel trató de no emocionarse demasiado por el uso del plural.

«No debería involucrarlo en esta clase de asuntos, es peligroso...», se recordó.

—Nox...

—Podría ser un cementerio o una funeraria. Y si necesita crear más, en algún momento debe ir a por otro cuerpo.

—Pero en Ebonwick no hay funerarias y no se han reportado robos de tumbas en el pueblo —argumentó ella.

—No, aquí no. Pero en Grimford sí que hay una funeraria.

Ethel abrió los ojos y Nox sonrió.

—¿Quieres decir que quien está detrás podría estar en Grimford y por eso ayer...?

—Es una posibilidad, ¿no? Deberíamos ir a echar un vistazo —sugirió Nox, acercándose a ella.

Ethel se puso de pie y negó.

—No. Se lo diré a mis tías. Es peligroso que...

Lo último que quería era que algo le ocurriese por su culpa. La idea de arrastrarlo a algo tan oscuro... No podría perdonarse jamás si Nox salía herido.

Él dio un paso hacia ella, lo bastante cerca para que Ethel notara el calor de su cuerpo. Su mirada se clavó en la suya, firme.

—¿Qué?

—No puedo hacer que corras ese riesgo.

—¿No quieres que te acompañe? —preguntó, más bajo, llevándose una mano al pecho con dramatismo—. Siempre tan cruel...

Ethel sintió cómo el corazón se le desbocaba en el pecho. Se mordió el labio para evitar sonreír.

—Está bien —cedió finalmente—. Iremos, pero si la cosa se pone peligrosa, se acabó. Además, mis tías se enfadarán si se enteran de que lo sabes.

—Hecho.

Ethel fue recompensada con una de las sonrisas amplias de Nox.

Le cogió la cara con una mano y frotó el pulgar contra su mejilla en una caricia delicada.

Tierna. Ethel sintió aletear algo entre sus costillas.

Quería preguntar qué era lo que estaba pasando entre ambos, pero temió complicarlo.

Está bien. Había vivido diecisiete años sin saber qué era ella misma, podía esperar un poco para obtener aquella respuesta. La incertidumbre no se le daba mal.

—Iremos el sábado. Te recogeré en tu casa, Ángel —se despidió Nox.