Flor de sangre (Flores malditas 1) 44
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Nox recostó la cabeza sobre su mano dejando escapar un bostezo de aburrimiento. Los cuerpos mortales eran un fastidio, le dolía todo después del entrenamiento de la tarde anterior.

—Esta revista dice que el deporte es una buena forma de despejar la mente, señor. —Ghom sostenía un ejemplar que mostraba a un tipo ultramusculado en la portada—. Y de liberar la tensión acumulada.

Pero al menos había dormido profundamente y sin soñar.

—... te juro que fue surrealista —dijo Silas.

—Eso te pasa por ir al cine con Ashbourne... —añadió James, estremeciéndose—. Ya te he dicho que hay algo espeluznante en esas tías.

Nox, de pronto, dejó de sentirse dolorido y aburrido.

—Menuda primera cita...

La sangre le zumbó en los oídos.

¡CITA!

—Da igual, el resto fue de maravilla.

Apretó la mandíbula. ¿Ethel había tenido una cita con Silas? ¿En el cine? ¿Había ido al cine con el puñetero Silas Holloway? ¿Por qué? Y lo que era peor aún, ¿por qué no había tenido una cita con él?

Te dije que lo matases. Si lo hubieses matado, nada de esto habría pasado. Tendrías que hacer caso a mis consejos. Pero aún estás a tiempo. Puedes matarlo esta tarde y todo se solucionará fácilmente. Con Silas muerto Ethel solo te tendrá a ti como... amigo... o lo que sea.

Que se ahogue en el río. Es factible. Los mortales mueren por cualquier chorrada.

Algo le estrujó el pecho a la altura del corazón. Era una sensación incómoda, dolorosa y árida.

Mierda. Seguro que Ethel le había dedicado esa mirada.

Esa que te hacía sentir como si fueras lo mejor que existe en la puta Tierra, como si tu sola presencia bastara para hacerla feliz.

Y cuando Ethel te miraba así, era imposible no desear que lo hiciese otra vez.

Imposible no querer ser, de verdad, tan especial como te hacía creer.

Se removió intranquilo en la silla.

Si ibas a estar tan celoso del gusano, haberla invitado tú.

Celoso de un humano... Por favor..., cómo iba a estar un demonio de su estatus celoso de...

Su imaginación reprodujo, para su tortura, una secuencia de imágenes de Silas tocando a Ethel, besándola, y perdió la poca calma que le quedaba. Sintió el pinchazo de sus cuernos en la frente. De pronto le apetecía muchísimo arrasar con la humanidad al completo.

Arrastró la silla, levantándose de golpe.

Si no lo vas a matar, pégale un poco, aunque sea. Vamos, te mueres de ganas de darle un puñetazo en esa cara tan fea. No tienes por qué matarlo del todo, solo un poquitín.

«La muerte es un estado absoluto, no se puede matar solo un poquitín », bramó mientras se largaba de ahí.

Cuando giró el pasillo, vio a Ethel frente a su taquilla, dejando en ella una bolsa de papel.

El calor le subió a la cabeza.

—¿Qué haces? —Su voz sonó ronca.

Ethel alzó la vista, sorprendida. Como un animal asustado. Su reacción lo enfureció aún más.

—Te devuelvo la sudadera que me dejaste —murmuró, evitando sus ojos.

Nox frunció el ceño.

—¿Y por qué no has venido a dármela a mí?

Ella miró a todas partes, incómoda.

«¿Por qué?», se preguntó.

—No quería... —buscó la palabra.

Nox apretó los puños. El nudo en su garganta se tensó. Dio un paso hacia ella, agarró la bolsa y se la devolvió.

—No te la he pedido de vuelta. Puedes quedártela.

Ella parpadeó, desconcertada.

—No estaría bien. Ahora que sales con Ivy Whitmore.

Nox se quedó helado.

¿Qué ha dicho?

—¿Que yo qué? —preguntó con un tono tan bajo que parecía un gruñido.

Ethel se rascaba la piel de las manos con insistencia mientras miraba a todas partes menos a él.

El demonio dentro de Nox rugió.

—Nos besamos el sábado, Ethel. —Su tono fue duro—. ¿Qué coño te hace pensar que siento algo por Ivy?

La respiración de Ethel se agitó.

Así es como ella te ve.

A su alrededor, la gente se frenaba para mirarlos o para intentar escuchar de qué hablaban.

Le agarró la mano con firmeza, sin darle opción a apartarse, y tiró de ella.

—Ven conmigo.

Atravesaron la primera planta hasta las escaleras de la parte de atrás. Bajaron al patio y lo cruzaron hasta llegar al invernadero.

Dentro hacía más calor y la humedad se les pegó a la piel. El sonido rítmico de la lluvia contra los cristales se mezcló con el de sus respiraciones. Nox soltó a Ethel, que se alejó un par de pasos para poner distancia. Él la observó con los músculos tensos y el ceño fruncido.

—Explícame una cosa, Ethel. ¿De dónde has sacado que estoy con Ivy?

—Es lo que he oído. Todo el mundo lo dice.

Nox apretó los dientes. Respiró despacio.

—¿Y si fuese cierto? —preguntó con la voz ronca—. ¿A ti te parecería bien?

Todo en él imploraba escuchar un «no». Necesitaba que ella lo negara. Su cuerpo ardía y temblaba. Nunca se había sentido más expuesto e insignificante en su entera existencia.

Ethel alzó los ojos por fin, y la sonrisa que le dedicó fue un puñal frío.

—Si es lo que deseas..., claro.

Nox inspiró. Se llevó la lengua a la comisura de la boca dejando escapar una sonrisa amarga.

Su dulzura es como un veneno. El maldito ángel es un demonio.

La indiferencia de Ethel era peor que cualquier otra cosa. De nuevo, arrasó con él.

Nox soltó una risa seca.

—De puta madre, podemos tener citas dobles.

—¿Qué?

—¿No saliste ayer con Holloway?

Ethel parpadeó, sorprendida.

—Sí, pero no es... No era una cita.

—¿Ah, no? ¿Y sabe eso Silas?

—Es un buen amigo, y se portó muy bien conmigo —explicó.

Nox perdió la poca paciencia y cordura que le quedaban. Dio un paso hacia ella.

—¿Un amigo? —dijo entre dientes. Ethel retrocedió y él volvió a acortar la distancia—. ¿Un amigo igual que yo? —preguntó con ironía.

Ethel se movió y se golpeó con una de las mesas de hierro. Dejó caer la bolsa con la sudadera al suelo. La respiración se le aceleró.

Nox, frente a ella, la miró con los ojos llenos de rabia. No quería oír la respuesta, no podría soportar un «sí».

Ethel quiso moverse, pero él la frenó. Le puso una mano en la cara y le acarició la boca con el pulgar. Ella separó los labios. Su respiración estaba tan acelerada como la de él. Sus enormes ojos cristalinos bajaron hasta la boca de Nox, que él se había humedecido.

«Mierda», maldijo para sí mismo.

Retiró la mano, apretándola en un puño. Se ordenó contenerse.

Sus ojos le suplicaron clemencia.

Ella alzó la barbilla, sus alientos se mezclaron. La punta de la lengua de Ethel bordeó el filo de su propio labio de forma distraída. Nox apretó los dientes tan fuerte como pudo.

Ethel se tambaleó. Echó una mano hacia atrás para apoyarse en la mesa que tenía a la espalda y con la otra se sostuvo a él, tirando de su camisa. El gesto los acercó. Las puntas de sus narices se rozaron.

Nox hizo el amago de descender hasta su boca, pero se frenó apretando los párpados, conteniendo el aliento. Fue Ethel la que se estiró, separando los labios, hasta acariciar su boca en un acto reflejo, movida más por el deseo que por la lógica misma.

Y antes de que le diese tiempo a retroceder, Nox la besó con violencia perdiendo la batalla contra su autocontrol.

Ethel gimió suave mientras le hundía la lengua en la boca.

—Lo estoy intentando... —dijo Nox.

Ella parpadeó y su cuerpo se estiró como si él fuese el imán más potente del mundo y ella estuviese hecha de metal.

—¿El qué? —susurró con la voz ahogada.

Nox enarcó una ceja. Bajó la mano hasta su rodilla izquierda y la empujó suavemente hacia un lado para colocarse entre sus piernas. Sus dedos subieron despacio por el encaje de las medias hasta rozar el borde de la falda.

No respondió. Solo respiró hondo. Una vez. Dos. Luego se pasó la lengua por el labio inferior, rozando el metal del piercing .

—Ser bueno.

—No tienes por qué...

Entonces, con una mano en la nuca de Ethel y la otra tirando de su pierna, la atrajo hacia él y la besó de nuevo.

Su boca descendió sobre la de ella con una fuerza que le robó el aire. Nox la sujetó por la cintura, encajando su pelvis entre las piernas abiertas de Ethel. Ella soltó un jadeo ahogado.

—Joder, Ángel... —murmuró contra su piel.

Con dedos ágiles, le desabrochó el chaleco del uniforme y deslizó la mano por debajo de la camisa. Subió hasta su pecho, acariciándolo por encima del sujetador. Cuando su palma le rozó el pezón, Nox dejó escapar un gemido. Apartó la tela con impaciencia.

La espalda de Ethel se arqueó y su torso quedó completamente apoyado sobre la mesa. Rodeó la cintura de Nox con las piernas, tratando de sostenerse a él.

—Nox...

No podía ser racional. No, si decía su nombre de esa manera.