Flor de sangre (Flores malditas 1) 43
54%

43

El trayecto en coche a Grimford, el pueblo más grande del valle, no era muy largo, aunque sí sinuoso. Y como había empezado a llover a mitad de camino, habían tardado más de lo normal.

Grimford, al igual que Ebonwick, estaba envuelto en la neblina perpetua del lugar, parecía sacado de una vieja postal, pero tenía un aspecto más industrial.

Tuvieron que correr desde el coche hasta el cine, un edificio antiguo con una marquesina art déco , donde las letras negras encajadas en la franja blanca de la fachada anunciaban Frankenstein . Los carteles, descoloridos por el tiempo, colgaban enmarcados a ambos lados de la entrada.

Estar con Silas era sencillo porque llenaba los silencios hablándole de cualquier cosa con esa ligereza que le caracterizaba. Eso la hacía sentir relajada.

—Es una cita. Ir al cine es una cita —le había dicho tía Seraphine mientras buscaban ropa.

—Pero ¿quién invita a una chica a ver películas de terror antiguas como una cita?

—Daphy, eres una sosa. A mí me parece una cita perfecta.

—No creo que lo sea —intervino Ethel—. No lo ha planteado en ese sentido. Silas es simpático y nada más, en serio, es así con todo el mundo.

—Ethel, espabila. Le gustas —le espetó Seraphine con su delicadeza habitual.

—No tiene por qué ser así —insistió—. Además, si lo hubiese planteado como una cita, no habría ido.

—¿Por qué? —preguntó Daphne.

—Porque Silas me cae muy bien, pero nada más.

—¡Ah, no! Debes ir. Las citas son divertidas y forman parte del juego. Que vayas no quiere decir que estés aceptando nada, solo pasar un rato agradable —le espetó Daphne.

—¿Juego, qué juego? —rio Seraphine dándole codazos a su hermana.

—El de crecer, conocer a gente, conocerte a ti misma.

Ethel miró a Silas mientras compraba las entradas. No era una cita, estaba segura, pero sus tías le habían metido ahora esa posibilidad en la cabeza. «Las muy brujas... —pensó con una carcajada—, solo quieren que luego les cuente todo el cotilleo».

Dentro, olía a polvo, a palomitas rancias y a terciopelo viejo. Las lámparas art déco derramaban una luz tenue sobre los asientos rojos, gastados por décadas de espectadores. Apenas una docena de personas ocupaban el lugar, dispersas, como sombras en el anfiteatro.

Silas le ofreció asiento en la penúltima fila. Ethel se dejó guiar, sintiéndose muy consciente de sí misma. Era culpa de sus tías por meterle cosas en la cabeza.

Cuando las luces comenzaron a apagarse, notó cómo su respiración se aceleraba sin razón.

—Si tienes miedo, puedo abrazarte, Ashbourne —susurró Silas en tono de broma.

—No creo. —Había visto cosas más espeluznantes en las últimas semanas.

—¿Acostumbrada a los monstruos?

—Diría que dan más miedo los humanos.

Silas asintió divertido con su respuesta.

El murmullo de los otros espectadores se apagó hasta quedar solo el crujido ocasional de las palomitas y el traqueteo del proyector al fondo de la sala.

Silas se inclinó hacia ella.

—Tiene algo de romántico, ¿no crees? —murmuró.

—¿El qué?

—El deseo de encontrar amor, aunque el mundo te vea como un monstruo.

—Bueno, no creo que el aspecto de alguien sea indicador de su alma.

—Oh, sí. Los mayores monstruos vienen en envoltorios bonitos.

Ethel se miró las manos. Se había abierto una herida en uno de los nudillos y le sangraba.

—Al menos, lucha contra lo que los demás dicen que es, contra la idea de ser un monstruo...

Las luces parpadeaban en la pantalla, proyectando destellos verdes y plateados sobre sus manos.

Ethel apartó la mirada; el aire cargado y el aroma dulzón de las palomitas le revolvió el estómago.

Había algo en el monstruo tambaleándose en la pantalla, con sus cicatrices, su torpeza, su soledad...

, algo que la atravesó de forma visceral, recordándole a sí misma, a lo que llevaba dentro.

El rumor de las voces de su pasado se mezcló con los diálogos de la pantalla. La repulsión de los otros personajes le escocía como si se la dirigieran a ella.

Su deseo de ser amado la sacudió muy profundamente.

El pecho le ardió con una llamarada áspera, casi sofocante.

Silas le dijo algo al oído, pero las palabras se perdieron en el eco metálico de su propia respiración.

—Creo que necesito un minuto —susurró, poniéndose de pie.

El pasillo la recibió silencioso. Las pobres bombillas que trataban de iluminar el largo corredor parpadeaban, como si fueran a apagarse en cualquier momento. El aire olía a moho y a detergente barato. Ethel avanzó, sujetándose a la pared tapizada, tratando de recuperar el equilibrio.

El eco de sus botas se deformó, como si hubiera más pasos siguiéndola. Apoyó la frente contra un embellecedor de latón, esperando que el frío del metal la ayudase. Debía haber comido algo en mal estado porque se sentía enferma.

Cuando se separó de la pared captó su reflejo de forma parcial. La imagen distorsionada la asustó. El parpadeo de la luz y las sombras que parecían moverse y estirarse hacia ella la estaban confundiendo. A lo mejor la película sí que le había afectado.

Miró por encima de su hombro, le había parecido que alguien se acercaba por detrás. ¿Cuándo había caminado tanto? La puerta de la sala estaba ya a unos cuantos metros.

Se pasó la mano por la frente. Estaba ardiendo y el sudor le empapaba la piel. Sentía un zumbido de pánico en los oídos.

«Es simple paranoia», se dijo. Allí no pasaba nada. Se obligó a seguir avanzando, arrastrando los pies. El pasillo parecía retorcerse en una espiral, alargarse. Ethel contuvo un acceso de náuseas. ¿Por qué estaba tardando tanto en llegar a la puerta del baño?

Giró la cabeza, alarmada al captar algo que se movía a su derecha.

Era ella misma, reflejada en un espejo. Pero no parecía ser ella, la imagen se movía por sí misma.

Sus ojos eran muy grandes, su piel muy pálida, sus manos tenían los dedos largos acabados en uñas afiladas.

Una gota de sangre resbalaba de su boca.

Ethel gimió y trató de acelerar el paso.

De repente, el pasillo se abrió a los baños. Ethel entró a trompicones, cerró la puerta tras de sí y se dejó caer contra la madera, jadeando. El corazón le golpeaba dentro del pecho, desbocado, y todo su cuerpo temblaba.

Se obligó a moverse. Caminó hasta los lavabos, abrió el grifo y se mojó la cara. Al levantar la vista, el espejo le devolvió su reflejo de siempre. Nada extraño. Nada fuera de lugar. Seguramente era cosa de la fiebre.

Tomó aire, profundo, y por un instante se sintió aliviada. Todo estaba bien. Todo estaba en calma.

Entonces las luces parpadearon y se apagaron de golpe. La oscuridad cayó sobre ella como una sábana helada. Se aferró al borde del lavabo con los dedos entumecidos.

«No pasa nada. No pasa nada», se repitió, aunque el pánico ya le recorría la piel como un filo afilado.

El destello súbito de la luz de emergencia iluminó el baño, rojo y palpitante. Ethel volvió a verse en el espejo y... Un chillido desgarrador escapó de su pecho reverberando en los azulejos.

No estaba sola.

A su espalda había aparecido una figura alta, cubierta de plumas negras con cientos de ojos parpadeantes. De su cuerpo chorreaba un líquido denso y oscuro como la brea.

Se giró a toda velocidad, aterrorizada. Sus manos se aferraron al borde del mármol. Oía su respiración amplificada.

—¿Qué quieres de mí? —dijo con la voz ahogada.

La luz roja bañaba las baldosas en un resplandor viscoso.

La figura se deslizó hacia ella.

El corazón le latía tan deprisa que dolía. El aire se le atascaba en la garganta, la cabeza le daba vueltas.

El pánico le subió en oleadas y sintió la sangre latir bajo la piel de sus manos.

La figura monstruosa abrió la boca dejando escapar un sonido chirriante que le puso los pelos de punta.

Ethel trató de recomponerse. Le ardían las sienes, y sentía la cabeza ligera y el cuerpo pesado. El estómago revuelto. Se estaba clavando la piedra en la parte trasera de los muslos, no le quedaba espacio para retroceder.

Agarró la bolsita de los pétalos y, con la sangre de sus dedos heridos, dibujó una runa en su palma. La misma que había usado tía Seraphine en el bosque cuando espantó al demonio, la que más le había insistido en que aprendiese.

El símbolo de expulsión lanzó una llamarada oscura, cuyas lenguas alcanzaron a la criatura.

La onda de energía golpeó a Ethel y la lanzó contra los espejos con una fuerza descontrolada.

Las puertas de los baños se azotaron con violencia.

Los cristales se agrietaron y una nube de esquirlas llovió sobre Ethel, cortándole la piel del rostro y de los hombros.

—¡Eh! —La voz de Silas la alcanzó desde muy lejos—. Ethel, ¿me oyes?

Parpadeó. Al inclinar la cabeza, vio su silueta recortada contra la claridad; Silas estaba de rodillas a su lado con el gesto contraído del susto. Tras él, dos trabajadores del cine la observaban con rostros pálidos.

Oía algo chirriante y estridente. Sirenas.

—Ha tenido que ser la tubería, que ha estallado.

Ethel se incorporó sobre los codos y miró a su alrededor, nerviosa. Ni rastro de la criatura.

—Eh, cuidado. No te muevas. La ambulancia está aquí.

—¿Qué?

En ese momento, entraron dos enfermeros con uniformes blancos portando una camilla.

—Te van a llevar al hospital. Los trabajadores del cine han llamado a casa de tu abuela y están de camino.

Se le contrajo el estómago. Deseó desmayarse otra vez.

—No, pero estoy bien —dijo con un hilo de voz.

Los enfermeros se habían agachado y colocaban la camilla junto a ella.

El roce del nailon, el chasquido seco del metal ajustándose le devolvieron el recuerdo de ese verano con la fuerza de un puñetazo; los días encerrada entre paredes pálidas, el olor químico de los pasillos, la sensación del tiempo detenido.

—Ashbourne, estás llena de cortes y te has dado un golpe muy fuerte. No estás bien.

Mientras los enfermeros la ayudaban a incorporarse, sintió el mismo frío estéril en la piel, las manos sujetándola con firmeza. Se removió. No deseaba volver a revivir esas sensaciones.

—¿Te duele? ¿Quieres que te demos algo...?

—No. No me duele. Estoy bien.

Por suerte, el hospital de Grimford era muy pequeño y solo servía para consultas y urgencias leves. Además, el edificio era tan antiguo que no se asemejaba en nada a los hospitales de Arven.

Después de hacerle unas cuantas pruebas e inyectarle algunas medicinas, la dejaron tranquila.

—Deberían cerrar ese cine. Siento que...

—No pasa nada, no es culpa tuya.

—Mañana le diré a Ivy que cancele sus planes de ir.

—¿Ivy Whitmore? —preguntó Ethel sintiendo un dolor distinto al de sus golpes, uno que los calmantes no pudieron atenuar.

—Sí, fue ella la que me habló del ciclo que estaban haciendo. No es que le gusten mucho este tipo de películas, pero vendrá con...

Sus tías irrumpieron con ímpetu en la sala, cortando lo que decía Silas.

Ethel no necesitaba que terminase la frase, ya imaginaba de quién hablaba.

Daphne se dirigió hacia su sobrina con rapidez y comenzó a examinarla.

Seraphine, que llevaba un conjunto de prendas desparejadas como si se hubiese puesto la ropa a ciegas y a toda prisa, fue hacia el médico.

El hombre, joven, de unos treinta y pocos, la miró intimidado. Seraphine parecía un policía realizando un interrogatorio.

—¿Cómo estás? ¿Qué te duele? ¿Cómo ha sido? —comenzó Daphne.

Ethel le dedicó una sonrisa para calmarla.

—Estoy bien, de verdad.

El rostro de Daphne se arrugó, como si estuviese a punto de echarse a llorar.

Y Ethel, al verla, se quebró. Dos lágrimas gruesas resbalaron por su cara.

No lloró porque le doliese. Sí un poco por el bajón de la adrenalina y por el susto que todavía tenía en el cuerpo.

Pero, sobre todo, lloró porque se sintió a salvo, porque sintió que se lo podía permitir.

Porque la sensación de alivio al verlas y su preocupación la conmovió profundamente.

—No... no llores..., porque, si no...

Daphne también se echó a llorar mientras la abrazaba bajo la mirada atónita de Silas.

—¿Se puede saber qué hacéis? ¿Por qué lloráis las dos? —espetó Seraphine, que por fin había dejado de atosigar al pobre médico—. ¿Qué espectáculo tan bochornoso es este?

Ethel y Daphne se separaron para mirarla. Con su pose imponente, de brazos cruzados y ceño fruncido, tenía los ojos algo rojos.

—Pero si tú también estás a punto de llorar, tonta —le dijo Daphne.

—Es por esta luz tan blanca, me hace daño en los ojos. ¿Y tú qué miras? —dijo mirando a Silas—. ¿Nunca has visto a nadie alterado?

Silas negó aguantándose la risa.

Daphne se secó la cara y le dio unas palmaditas a su hermana.

—Anda, vámonos a casa.