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Había dormido mal por culpa de unas extrañas pesadillas.
No podía describirlo en imágenes, pero sí en sensaciones.
Se le habían quedado enredadas en el estómago una serie de emociones nerviosas que escarbaban sus entrañas.
No sabía qué era lo que la había hecho sentir así, pero no era capaz de deshacerse de esos sentimientos.
La puerta de su taquilla crujió al abrirla. Buscó los libros para su siguiente clase.
—Desapareciste sin despedirte. —Silas se apoyó en la taquilla contigua. El flequillo húmedo se le pegaba a la frente. Llevaba un café en una mano y el cuello de la sudadera aún mojado por la llovizna.
—Me fui temprano —explicó Ethel.
—Habría estado bien que le dijeses adiós al anfitrión.
Ethel se sintió culpable. Tenía toda la razón.
—Lo siento, fue muy desconsiderado por mi parte. La verdad es que me lo pasé bien en tu fiesta y estoy muy agradecida por que me invitases.
Él se quedó un momento en silencio y su expresión se ablandó. No entendía por qué Nox insistía tanto en que no se fiase de Silas. Solo había sido amigable y bueno con ella.
Pocas personas habían sido así de simpáticas con Ethel a lo largo de los años. Las recordaba, de hecho; recordaba cómo habían conseguido que su día fuese mejor, que su corazón fuese más ligero y que todo pareciese más fácil y menos hostil. Ethel deseaba poder causar ese efecto en los demás.
Silas sonrió y sacudió ligeramente la cabeza. Bebió un sorbo de café sin dejar de mirarla.
—Deberías quedar conmigo después de clase para compensarme.
Ethel ladeó la cabeza.
—¿Y qué quieres hacer?
Comenzaron a caminar hacia clase.
Silas sonrió.
—Podríamos ir al cine. No aquí, claro. En Grimford hay un viejo cine en el que ponen reposiciones. Durante todo octubre y noviembre hacen un ciclo de películas escalofriantes. Habría que ir antes de que empiecen con las de Navidad.
Ethel parpadeó sorprendida.
—¿Cine?
—Sí. ¿Te da miedo?
Ethel levantó el rostro hacia él. No recordaba la última vez que había hecho algo así. Seguramente cuando era una cría y todavía quedaba con sus amigas del cole.
Para cualquiera podría ser insignificante; para ella, era como asomarse a un mundo que siempre había estado vetado, algo que había anhelado desde la distancia.
—No. Claro que me encantaría ir —admitió con una sonrisa que le iluminó el rostro.
La expresión de Silas se llenó de orgullo.
—Perfecto. Te recogeré en tu casa esta tarde, entonces.
Ethel descorrió las cortinas para que entrase la luz del atardecer, aunque el cielo parecía amenazar lluvia. Se colocó frente al espejo. Se pasó los dedos bajo los ojos, el intenso morado se había atenuado hasta volverse de un suave violeta.
Sonrió. Estiró las comisuras de sus labios hasta que su imagen reflejó alegría.
«Vamos», se dijo, estaba a punto de ir por primera vez al cine con alguien.
Sus tías la habían animado, repitiéndole que le haría bien distraerse de todo lo que estaba ocurriendo: el subyugado, los rastros de hechicería que su abuela había encontrado en él y el ritual que iban a practicar en la próxima luna llena.
—No mucha gente es capaz de hacer algo así —le había explicado Seraphine mientras las cuatro miraban el cadáver consumido sobre la mesa del laboratorio.
—Deberíamos informar a las Trece, es un asunto muy grave que alguien use subyugados contra un aquelarre —dijo Daphne.
—No. Ya has visto cómo estaban los ánimos. Conseguirán darle la vuelta para inculparnos a nosotras o a Ethel... —se negó Seraphine.
—Esto es algo personal. Tiene grabado en la lengua nuestro apellido en runas —anunció Morgana.
—¿Tenemos enemigos? —preguntó Ethel.
Las tres mujeres la miraron con distintas expresiones de preocupación.
—Las brujas siempre los hemos tenido. Pero hace siglos que nadie nos persigue. Conforme avanzamos en la modernización, más fácil es ocultarnos.
Se agarró la mitad superior del pelo y se lo recogió para apartárselo de la cara. Claro que estaba preocupada por el subyugado, pero ese no era el motivo por el que sus ojos no le habían devuelto la sonrisa.
Se abotonó la blusa de rayas hasta que quedó ajustada al torso como un corsé.
Pasó las manos por las solapas que dejaban los hombros al descubierto y luego tiró de los puños de las mangas largas.
El tejido estructurado marcaba sutilmente su silueta.
Bajo el escote amplio se asomaba el encaje negro de su top.
En cuanto les había contado a sus tías lo del cine, las dos habían revuelto sus armarios para buscarle qué ponerse.
Al menos su entusiasmo exagerado la había animado y distraído.
No dejaba de pensar en los murmullos que había oído esa mañana en clase. Todo el mundo hablaba de la fiesta de Silas, tanto los que habían asistido como los que no. Y, sobre todo, lo hacían de un rumor en concreto: Ivy Whitmore y Nox Harker.
—Yo los vi subir juntos al piso de arriba.
—De la mano.
—Se besaban en el pasillo de abajo, estaba oscuro, pero eran ellos, y no fui el único que los vio.
—Puedo confirmarlo, pasaron por encima de mí cuando bajaban la escalera.
No era asunto suyo, se recordó. ¿Qué más daba? No tenía derecho a sentir celos. Pero no podía detener la avalancha que su cabeza le estaba volcando encima.
Bueno, él le había dicho que su beso no significaba nada y puede que la razón fuese que sentía algo por Ivy. Y la verdad era que los había visto juntos prácticamente todo el día.
Respiró hondo, intentando calmar el temblor en su pecho.
«Porque te haré daño. Porque no voy a enamorarme de ti».
Repitió mentalmente las palabras de Nox para grabárselas en la piel; como quien se tatúa con una cuchilla.
Ahora las entendía mejor. Él había tratado de avisarla de que no estaba disponible para ella.
El hueco que se abrió en su estómago fue tan profundo que tuvo que sentarse en el borde de la cama. El dolor se expandía por dentro, áspero, como si le faltase el aire.
Abajo, sonó un claxon. El coche de Silas.
Respiró hondo. Al menos tenía a Nox como amigo; alguien que conocía su mayor secreto y la había aceptado.
Nox estaba de su parte. Era alguien con el que podía ser ella misma.
Vale, sí, ella deseaba más. Pero pillarse por alguien podía ser algo pasajero, mientras que la conexión que tenían era mucho más profunda e iba más allá de la atracción.
Sí, le gustaba. Pero su amistad era igualmente valiosa para ella.
Cogió su abrigo, tomó una respiración profunda y salió.