41
El coche de las Ashbourne cruzó los portones de la mansión. Desde su lugar junto a la ventana del salón, Ethel contuvo el aliento.
Fuera, el día moría lentamente tiñendo el cielo de tonos rojizos.
Las esperó en el recibidor, donde se deshicieron de los abrigos con cansancio.
—¿Cómo ha ido todo? —preguntó, deteniéndose junto a la puerta del salón.
—Largo. Infructuoso. Y bastante más desagradable de lo que esperábamos —contestó Morgana.
—No entiendo el gusto por el estilo medieval del norte del continente. Hemos pasado un frío terrible —se quejó Daphne.
—Es que no estaban especialmente acogedores los farmacéuticos... —comentó Seraphine, haciendo énfasis en la palabra mientras miraba a su sobrina.
—Espero que no tengamos otra de estas en mucho tiempo. —Daphne se dirigió a la cocina, y empezó a sacar cacerolas.
Morgana anunció que necesitaba darse un baño antes de cenar y desapareció escaleras arriba. Ethel aprovechó el momento para agarrar a su tía Seraphine del brazo y tirar de ella hacia un lado asegurándose de que nadie las oía.
—Tenemos que hablar. Ha pasado algo... —murmuró casi temblando.
Seraphine enarcó las cejas, asustada.
—Vamos a...
—No —la cortó Ethel—. Al laboratorio. Necesito enseñarte algo.
Seraphine la siguió hasta la parte trasera de la casa por donde se accedía al anexo. Se paró junto a la puerta del laboratorio con los nervios de punta.
—Me estás preocupando...
—El viernes fui a la fiesta de cumpleaños de Silas Holloway. —A Seraphine se le iluminó el rostro, pero Ethel la frenó antes de que le diese tiempo a hablar—. Y cuando volvía, algo... que no era humano me atacó. Parecía que acechaba la casa. Habló de nuestra sangre, repetía que éramos unas brujas.
Seraphine frunció el ceño y palideció.
Ethel tragó saliva.
—Lo maté. Aunque me hirió. —Se guardó el hecho de que Nox había estado ahí.
Estaba segura de que iba contra las normas que se supiera que eran brujas, y no sabía qué podía pasarle si se enteraban.
Movió las manos tranquilizando a su tía—.
Hice un hechizo de curación y salió bien.
Pero el caso es que el cuerpo tiene el mismo aspecto que los turistas que han aparecido muertos en el pueblo.
—¿Qué hiciste con él?
Ethel abrió la puerta del laboratorio y pasó con su tía. Lo había dejado en una de las mesas de trabajo cubierto por una sábana.
—Lo traje aquí para que lo investigaras.
Seraphine se colocó unos guantes y le pidió a su sobrina que echase la llave a la puerta por si Daphne venía a llamarlas para la cena. Retiró la sábana y su rostro se contrajo con una mezcla de sorpresa y preocupación.
—¿Cómo sabes que tiene el mismo aspecto que el resto? —murmuró muy seria mientras inspeccionaba el cuerpo.
—Porque me colé en la morgue del Ayuntamiento. Temía haber sido yo quien mató al primero porque esa noche estuve caminando sonámbula por el bosque.
Los ojos de Seraphine atravesaron a Ethel cuando levantó la mirada. Luego suspiró, cansada.
—Esto es un subyugado, Ethel. Nigromancia, un tipo de magia que está absolutamente prohibida.
—¿Qué es un subyugado? —preguntó Ethel, sintiendo un escalofrío.
—Un cadáver al que se le introduce un trozo de alma y al que se puede controlar como una marioneta.
—Entonces, esto no puede ser cosa de las Trece, ¿verdad?
Seraphine volvió la atención al cuerpo y se mantuvo en silencio un rato reflexionando.
—No. Esto es otra cosa... Por supuesto, no todos los brujos o brujas están bajo el control de las Trece.
Hay muchos tipos de magia por el mundo, formas diferentes de activarla, de llevarla a cabo.
Pero suele ser una norma común no tocar aquello que tiene que ver con la muerte y con el alma.
Es algo oscuro, retorcido y que suele tener consecuencias nefastas.
Su tía se dejó caer en una silla y echó la cabeza hacia atrás mientras se frotaba el cuero cabelludo despeinándose.
—¿Y cómo se puede conseguir un trozo de alma? —preguntó Ethel.
—Mmm... se puede arrancar uno propio. O quien sea podría haber hecho un trato con una entidad superior que se lo proporcione...
No sé. No conozco ese tipo de rituales. —Dejó escapar un largo suspiro—.
Vamos a tener que poner al tanto a Daphne.
—Hizo una mueca—. Y a tu abuela. Y eso implica que vamos a tener que contarles que sabes la verdad...
Ethel la miró nerviosa.
—¿Y a mi madre?
Seraphine abrió los ojos con miedo.
—No. A Isadora la dejaremos en paz. Esto es algo de lo que podemos ocuparnos nosotras. De todas formas, ella lleva décadas sin tener nada que ver con nuestro mundo, poco puede ayudarnos.
Ethel se acercó a su tía y le acarició la espalda con dulzura.
—¿Por qué pareces más asustada por esto que por el cuerpo del subyugado?
Seraphine le pasó un brazo por los hombros mientras se encaminaban hacia la puerta.
—Porque preferiría lidiar con quince de estos que escuchar el sermón de Daphne y lo histérica que se va a poner. Prepárate, va a ser una cena interesante.
La cocina olía a pan recién horneado y a sopa de cebolla. A Ethel le rugieron las tripas. Se sentó en su asiento habitual mientras observaba, nerviosa, a tía Daphne trasteando por la cocina.
Seraphine, que había subido a su habitación, entró en ese momento. Le hizo un gesto para que guardase silencio y vio cómo vertía un líquido negro en las copas de vino de su melliza y su madre.
—¿Eso es...? —murmuró Ethel bajando la voz.
—Una pócima de relajación —respondió su tía, sin dejar de remover—. Ligera. Apenas un susurro de amapola y raíz de lirio. Solo para que el susto no las mate antes de que puedan procesarlo.
Ethel alzó una ceja.
—¿Estás drogando a la abuela?
Seraphine puso los ojos en blanco.
— Drogar ... Eso son palabras mayores. Estoy suavizando su espíritu —replicó Seraphine, quitándole importancia—. Las ayudo a que puedan procesarlo mejor. Mi madre ya tiene una edad, ciertos sustos no son buenos...
Daphne se dio la vuelta en ese momento, cargando la fuente sopera. Seraphine se sentó y dejó escapar un bostezo.
—Huele de maravilla, Daphy. —Extendió la cuchara para probar la sopa y su hermana le dio un manotazo.
Morgana entró en la cocina en ese instante. Se había dejado la larga melena gris suelta y llevaba una bata con bonitos brocados.
Ethel tragó saliva al observar a su familia llevarse las copas a la boca y beber. Seraphine, en cambio, comenzó a comer sin la menor preocupación. Eso la llevó a preguntarse si ya había suavizado sus espíritus alguna otra vez.
No cambió nada en ninguna de las dos, más allá de que Morgana miró un momento la copa como si algo en el sabor le hubiese llamado la atención, pero pronto siguió comiendo.
Seraphine se aclaró la garganta, entonces, y miró a su hermana y a su madre.
Ethel se sentó recta preparándose.
—Bueno —empezó—, hay algo que tenemos que contaros. No es grave. Es solo... relevante. Como cuando descubres que hay una familia de zarigüeyas alojadas en tu desván alimentándose de tus fármacos, hasta el punto de haber desarrollado cierta conciencia y...
Morgana levantó una ceja. Daphne se limitó a fruncir los labios.
—¿Adónde... quieres llegar?
—Ethel sabe que es una bruja —soltó finalmente Seraphine.
Silencio.
Daphne parpadeó varias veces. Abrió la boca como para decir algo, pero la cerró de nuevo, como si le costase organizar los pensamientos.
La abuela se había quedado con la cuchara a medio camino de la boca y se le derramó la sopa.
La cocina pareció detenerse durante un breve instante, justo para estallar al siguiente. Solo que no fue así.
Daphne quiso levantarse, pero en vez de ser un gesto impetuoso, fue lento, suave. Cuando habló, la voz le salió como si estuviera hablando bajo el agua.
—¿Cómo... has... dicho?
Ethel observó la escena entre fascinada, divertida y preocupada.
—Sí, sí, sí, antes de que me digas nada, déjame explicarlo todo.
Daphne se tambaleó haciendo esfuerzos por moverse para alcanzar el cucharón de servir. Seraphine se levantó de su silla y estiró las manos hacia delante protegiéndose.
—La pillé en el bosque. Un demonio trataba de engatusarla y tuve que intervenir. No me quedó más remedio.
Morgana frunció el ceño y miró a su hija.
—¿Qué... nos has... dado?
—Nada. Un brebaje relajante para que os toméis esto con calma.
Daphne ya había alcanzado el cucharón y movió el brazo hacia atrás, despacio, para lanzárselo a su hermana.
Seraphine lo esquivó con facilidad. Soltó el aliento con fastidio.
—Por favor, vamos a tranquilizarnos. Lo de que Ethel sepa la verdad es lo de menos, lo importante es que debemos contaros algo...
—¡Lo... de... menos! —exclamó Daphne, furiosa. Era curioso porque su rostro no conseguía mostrar la emoción, trataba de contraerse, pero perdía efecto y se relajaba.
—No hagamos un drama de esto. Las cosas se han dado así y punto. ¿Por qué quedarnos en el pasado? Además, Ethel es más feliz ahora que lo sabe. —Su tía la apremió con la mirada para que le echase una mano.
Ethel la miró confusa y luego encaró a su abuela y a Daphne, y asintió sonriente.
—Si yo os perdono por haberme mentido durante toda mi vida, creo que podréis perdonar a tía Seraphine por lo que hizo —empezó con voz suave—.
Al fin y al cabo, fueron las circunstancias las que hicieron que me lo contase.
—Se miró las manos—. Y la verdad es que me siento mucho mejor conmigo misma desde que lo sé.
—Se aclaró la garganta—. No sabéis lo que era vivir pensando que estaba loca.
No lo soportaba. Era como si hubiese algo dentro de mi cabeza, algo que no era yo y que actuaba por su cuenta.
—Tragó saliva con dificultad—. Me aterraba.
Me asustaba existir. Me odiaba profundamente, hasta el punto de desear... desaparecer.
»Descubrir la verdad, y lo que tía Sera me ha enseñado, me ha ayudado a controlarlo, a tener respuestas.
—Se clavó las uñas en las palmas—. No entendéis lo que se siente al no saber qué te está ocurriendo...
Es algo que te desquicia, que te destruye por completo y te va drenando poco a poco...
—Cogió aire y lo soltó despacio, como si se liberase de un peso—.
Vivir en tu cuerpo, convivir con tu cabeza, pero sentir que no eres dueña del todo de ninguno de los dos, que eres un huésped, es... —Parpadeó.
Nunca encontraría la forma de explicar el pánico que el descontrol sobre sí misma le provocaba.
Sobre todo, porque iba acompañado de una incertidumbre total.
No era bipolar, no tenía ningún tipo de enfermedad mental, todo estaba bien en su cabeza y ninguna de las medicaciones que había tomado le había servido.
Y ese miedo se había acrecentado mucho más al no tener esas respuestas.
—Cuando supe la verdad me sentí tan bien..., tan libre. —Sonrió—. De verdad, desde entonces, me siento mucho más feliz.
Tía Daphne, que se había movido despacio mientras lo contaba, la rodeó con los brazos estrujándola con cariño. Seraphine se unió a su hermana y la abrazó igualmente.
—Fawnlet ...
—Solo quería que supierais que esto lo ha cambiado todo para mí —explicó—. Hablaré con mi madre llegado el momento porque sé que la decisión de ocultármelo fue suya.
Morgana estiró el brazo muy despacio y le cogió la mano. A Ethel le encantaba el tacto de su abuela. Tenía la piel fina, delicada y suave. Sus dedos temblaban ligeramente, pero su agarre era muy muy firme.
—A veces las madres no somos racionales en lo que tiene que ver con nuestras hijas. Ella quería protegerte y pensó que así lo hacía... —dijo Morgana.
Ethel deseaba ser comprensiva con Isadora. Pero, aunque fríamente podía entender sus motivos, le dolía igual.
Seraphine soltó a Ethel. Cogió su copa de vino y le dio un largo trago echando la cabeza hacia atrás. Dejó escapar un suspiro y dio una palmada para llamar su atención.
—Bueno, bien. Aclarado este punto, vamos a lo importante... Un subyugado ha atacado a Ethel y tenemos su cadáver en el laboratorio.
Hablando de sutilidad y tacto...