39
Se pasó las manos por el pelo, alborotándolo, y se echó hacia atrás en la silla. Miró la libreta de papel amarillo que tenía delante y la arrugó. No podía escribir nada decente. Cada detalle que apuntaba le parecía una traición.
Pronto tendría que mandar algún reporte a Altairon. Aunque contaba con la ventaja de que el tiempo en el Inframundo transcurría más despacio, tenía que ponerse a ello.
Normalmente cuando estaba de tan mal humor dejaba que Nocte lo distrajese o buscaba pelea con Kaelth. O, simplemente, se centraba en el trabajo. Había estado tan apático últimamente que nada lo había perturbado tanto desde hacía... años.
Hacía tiempo que no le encontraba sentido a su existencia.
Las fiestas, las recepciones, los juicios por almas, las confabulaciones propias de Umbraeth y los círculos...
, nada lo entretenía ni llenaba. Ni siquiera cruzar el umbral entre los mundos y firmar unos cuantos contratos.
Antes llevar a las almas por el mal camino, encontrar los puntos débiles en la moral de alguien y conseguir tentarlo era divertido y estimulante.
Pero hacía tiempo que se preguntaba qué sentido tenía todo aquello. Ya no le llenaba.
Otra vez nos hemos puesto existencialistas... Eres un demonio, qué más sentido necesitas.
Y, entonces, había llegado a Ebonwick y había comenzado a conocer a Ethel y toda esa apatía se había transformado en lo contrario. Un torbellino de sensaciones, estímulos y emociones que no había conocido antes.
Además, para complicarlo todo más habían aparecido esos subyugados que perseguían a Ethel.
Estaba claro que alguien quería matarla y Nox tenía que mantenerla con vida, así que los había estado asesinando.
De hecho, si no se hubiese entretenido siguiendo a aquel extraño turista la noche de Halloween hasta acabar con él en el callejón, probablemente habría llegado antes al maizal para ayudar a Ethel.
Por suerte, había salido ilesa.
Después de Halloween había estado más atento a todo si cabe; a veces Ghom vigilaba la casa de las Ashbourne, otras lo hacía él. Como un par de días antes de la fiesta de Silas.
Esa noche, Nox, colocado en la linde del bosque, seguía la figura de Ethel moverse por la mansión a través de las ventanas.
Jugueteó con el frío metal de su piercing .
Una de sus tías le gritó algo desde la escalera y Ethel rio. Era fascinante observar cómo estaba cambiando. Era como ver una flor florecer.
«Va conforme el plan», se había recordado a sí mismo.
Sí, sí... el plan. Es igual que el de darle un paseíto por el río, ¿no?
El sarcasmo lo irritó. Justo la tarde anterior había estado con ella en la piragua.
Ethel entró en su habitación.
El aleteo de un pájaro lo distrajo y se giró para ver a Ghom en su forma de cuervo posarse en una rama junto a su cabeza.
—Es inquietante. —La voz de Ghom irrumpió en la quietud del bosque—. La observa como un acosador.
—Me iré en un rato, solo vigilaba que todo esté bien —se justificó.
Nox no apartó la vista. Ethel se asomó a la ventana y miró hacia la oscuridad escrutando las sombras, como si percibiese que había alguien allí.
Corrió las cortinas.
Ghom graznó.
—Tengo una pregunta.
Nox se removió incómodo y deseó huir.
—Parece que se preocupa por ella —señaló el cuervo.
Nox miró por encima de su hombro a Ghom y se cruzó de brazos.
—No sé de qué me hablas...
Ghom saltó de la rama para aletear frente a su cara, atravesándolo con esos ojos brillantes e incisivos de cuervo.
—Es evidente que ella le gusta. Y ya conoce las normas, el jefe lo castigará si se entera de que ha tenido algo con la chica.
—Lo sé, no paras de recordármelo. Y no me gusta... Ethel Ashbourne es la clase de persona que no soporto. No conoce su valía, se deja pisotear, es demasiado amable, piensa bien de los demás, aunque siempre le hayan demostrado lo contrario...
Su mano subió inquieta hasta su pelo y chocó con uno de sus cuernos.
Mentiroso.
Su voz interior se rio a carcajadas.
Era cierto que una parte de él la odiaba porque ella le había colocado en un pedestal y le apartaría de él de un plumazo. Eso, aunque no se lo admitiría ni siquiera a él mismo, le jodería.
«Es culpa suya por pensar bien siempre de todo el mundo, a pesar de que he intentado avisarla», pensó.
—No es lo que me pareció en el río, señor —puntualizó Ghom.
Ibas a besarla, estuviste a punto de hacerlo, eufórico y embriagado porque aquella expresión en su rostro la habías causado tú.
Borracho de triunfo. Si ibas a torturarte tanto por ello, al menos podrías haberlo hecho, ¿sabes?
Te torturarías más a gusto y con más motivo si al menos le hubieses hundido la lengua en...
«No va a pasar. No puedo. Y no deberíamos tomarnos nuestra muerte a la ligera. Te recuerdo que Altairon no es nada benevolente».
Todo su cuerpo se puso rígido hasta dolerle.
—No es solo eso, ¿cierto? —insistió Ghom—. La mortal le atrae.
—Es hermosa, eso es evidente —contestó Nox, fingiendo indiferencia. Se apoyó en un árbol y evitó mirar a Ghom—. Pero yo soy más guapo y no veo que ella se torture por ello... —La arrogancia era su especialidad.
El cuervo se posó en una rama frente a él y ladeó el cuello observándolo.
Nox miró a la ventana de Ethel, que debía estar practicando magia porque las luces de las velas se sacudían y cambiaban ligeramente de color.
—No suele encapricharse, señor.
—Y no lo estoy haciendo.
Mentiroso.
—Se está encariñando...
Nox soltó una carcajada estridente que hizo que varios animales se alejasen de su alrededor asustados. Se pasó una mano por el cabello e inspiró recuperando el aliento.
Ghom, que había sido una especie de nodriza durante su infancia y luego un ayudante/mano derecha cuando había crecido, lo conocía demasiado bien.
Aunque tenían una relación de señor y súbdito porque sus rangos eran diferentes, era lo más parecido a un confidente o a familia (al estilo mortal) que podía tener.
En el círculo de la Soberbia, los demonios no nacían como tal y, por tanto, no tenían familia de la misma forma que los mortales.
Solo Altairon podía moldear las almas hasta dar vida con su energía a un demonio.
Un ser que nacía de lo más impío. Según la imagen y poder de su creador.
De esta forma se aseguraba de controlar su población.
Aunque luego las familias podían adoptar y acoger a esas nuevas criaturas y criarlas como sus descendientes. Sobre todo, era un privilegio para las familias nobles.
Aun así, Nox, al ser un heraldo, había sido criado por Altairon directamente.
—¿Encariñarse? —cuestionó Nox con voz baja, ronca—.
¿Desde cuándo los demonios sentimos cariño o afecto?
Ni siquiera conocemos esa emoción. ¿Alguna vez me has visto encariñarme con algo en estos veinte años?
—Tragó—. No soy tan estúpido o temerario como para hacerlo.
Además, estaría cavando mi propia tumba.
Ella... cuando ella sepa lo que soy me despreciará. No puedo esperar lo contrario.
Ghom lo miró con sus pequeños y agudos ojos. Nox giró la cabeza, incómodo.
—No sería el primero ni el último que comete esa imprudencia, señor. Y usted siempre fue diferente a los demás heraldos. Ya sabe que el jefe usó...
Nox le echó una mirada al cuervo, que cerró el pico.
—Mejor, quieres decir —contestó—. Soy mejor que el resto.
El jefe es el mayor cabrón de los siete infiernos y tú eres su creación favorita, por un motivo...
—Si me lo ordenase, mañana mataría a esa chica sin pestañear —continuó.
—Es el favorito porque sabe ser más encantador que el resto. Kaelth es un bocazas y Nocte tiene un sentido del humor retorcido —explicó Ghom.
Nox le dedicó una sonrisa al cuervo.
—Pero, señor, hasta el rey de los infiernos puede ser presa de su propio corazón —le advirtió.
Nox se frotó el rostro.
Iba a replicar cuando un movimiento en la lejanía llamó su atención. Alguien vestido con un abrigo largo y un sombrero que le cubría el rostro avanzaba entre los arbustos que rodeaban la mansión. Nox frunció el ceño y le hizo un gesto a Ghom para que observase en silencio.
Nox afinó la vista. El tipo sacó una especie de bolsa, de esas que usan los cazadores para guardar presas pequeñas. Con cuidado, la lanzó al jardín de las Ashbourne haciendo que cayera entre los parterres de rosas.
—¿Qué está haciendo?
Ghom se elevó para acercarse.
—La bolsa... Parece que está usando algún tipo de magia. Debe ser...
La figura se incorporó, observando el jardín por última vez antes de dar media vuelta.
Nox no se lo pensó dos veces.
—Hay que seguirlo —susurró, y echó a correr.
Durante un instante, sopesó la idea de lanzarse tras él en su forma demoniaca.
Sería mucho más sencillo alcanzarlo, pero las estrechas calles empedradas de Ebonwick y la presencia constante de la policía lo frenaron.
Desde los últimos incidentes, el alcalde había intensificado la vigilancia; habían reforzado la iluminación nocturna y algunos vecinos, paranoicos y supersticiosos, organizaban patrullas por su cuenta.
Nox maldijo en silencio. No podía arriesgarse.
El cuervo ascendió con un batir de alas y se perdió entre las nubes bajas.
Con un gruñido de frustración, Nox retrocedió unos pasos, sintiendo su cuerpo reconfigurarse.
Los cuernos desaparecieron. Las alas se plegaron en su espalda fundiéndose con su piel.
Se subió la capucha de la sudadera oscura que llevaba y corrió siguiendo el eco de los pasos del hombre misterioso.
La niebla se espesaba con rapidez, descendiendo como un sudario sobre las calles, ahogando la luz de las farolas, que se deshacía en círculos borrosos.
Se dejó guiar solo por el sonido de los pasos en los adoquines.
El tipo giraba en esquinas estrechas y callejones semiocultos. Se movía con la seguridad de alguien que conocía cada rincón del pueblo.
Nox se concentró en no perderlo, a pesar de que no veía más allá de un par de metros.
La humedad era tal que opacaba todos los olores, casi como si estuviese lloviendo, y eso lo complicaba aún más.
Oyó un graznido de Ghom en la distancia que sonó como una queja.
El hombre se detuvo abruptamente. Nox, que había estado a punto de chocar con él, se pegó contra el muro de piedra de una casa, pisando las plantas de su pequeño jardín. Necesitaba saber adónde se dirigía.
Al menos la bruma también lo escondía a él. Podrían estar rodeados de gente en ese mismo momento y no la distinguiría.
«Maldito clima de mierda», pensó.
Los haces de luz de unas linternas rasgaron la oscuridad.
—Me ha parecido ver a alguien. —Oyó decir.
Por el otro lado de la calle, captó los pasos y los murmullos de una pareja de policías que caminaba en su dirección.
El desconocido se giró, alzó el cuello de la gabardina para cubrirse aún más y, sin mirar atrás, echó a correr.
Nox maldijo entre dientes. Esperó a que los policías pasaran, fundiéndose con la casa y oculto tras el manto de niebla.
Cruzó la calle en diagonal hacia donde había visto que desaparecía la figura del hombre y retomó la persecución.
Esperaba que Ghom hubiese tenido más suerte, aunque con esa niebla, lo dudaba.
Al doblar la siguiente esquina, se detuvo en seco.
El tipo se había esfumado. Escudriñó a su alrededor, pero no había ni rastro.
Dio un esprint tratando de alcanzarlo. Conocía esa zona, estaban cerca de la plaza principal, un lugar más abierto donde sería más fácil verle.
De pronto, chocó con alguien que le salió al paso.
—¡Vaya, Harker! —exclamó Silas, sorprendido. Se frotó la nariz, dolorido—. ¿Qué haces aquí?
Nox entrecerró los ojos. Echó una ojeada a la espalda de Silas, pero solo vio un grupo de hombres armados con sus linternas.
Ya te dije que deberías haberlo matado, quién puede echar en falta a este gilipollas.
—Iba al Lantern —contestó Nox, tratando de contener el mal humor—. ¿Y tú qué haces?
—Patrullar, mi padre me ha pedido que lo haga. Da buena imagen, según dice. Y como me va a dejar la casa para mí este finde, hicimos un trato.
Nox apretó los puños, lanzando una última mirada hacia los hombres que se dispersaban bajo la luz amarillenta de las farolas.
Quizá Ghom había tenido más suerte...
Estaba a punto de largarse, cuando Silas lo interrumpió.
—Oye. ¿Cómo es que tenemos «unas pruebas de resistencia» del club y no me he enterado?
Nox giró la cabeza y lo miró enarcando las cejas.
Silas, ante su silencio, continuó:
—Ethel me dijo que había quedado contigo para ayudarte.
—¿Y? Todavía no entiendo cuál es la pregunta exactamente.
Silas dejó escapar una risa nerviosa.
—¿Te gusta?
—¿Por qué?
Silas lo miró descolocado.
—¿Cómo que por qué?
—Sí, que por qué te importa. Lo que yo haga o deje de hacer con Ethel Ashbourne no es asunto tuyo. —Nox le dedicó una sonrisa de superioridad y se marchó.
Deberías haberlo aplastado como a un gusano y dejar que la lluvia limpiara su mísera existencia.
Nox ignoró la voz enrabietada. Debía tener cuidado con Silas y con el interés que mostraba por Ethel. Era algo que no podía llegar a oídos de Altairon, y su jefe era muy meticuloso.