Flor de sangre (Flores malditas 1) 37
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Ethel despertó con la sensación de haber flotado en una marea cálida y viscosa. Como si la hubieran empapado en fuego y luego en agua helada.

Parpadeó.

El techo del salón giró lentamente sobre ella.

Inspiró. Ya no olía a sangre.

Se incorporó con torpeza y la manta que la cubría cayó hasta la cintura. Miró hacia abajo: su abdomen estaba limpio. Ni rastro de la herida, ni siquiera quedaba cicatriz. Se pasó los dedos por la zona donde ese extraño ser la había cortado. Estaba lisa, perfecta. Casi parecía que lo había soñado.

—Nocte, las cucarachas... Te alimentaré con ellas si no te vas —murmuró una voz a su izquierda.

Nox estaba sentado en uno de los sillones orejeros durmiendo profundamente. Soñaba. A pesar de que fruncía el ceño, tenía un aspecto divertido, como el de un niño enfurruñado que hace pucheros.

Ethel quiso reírse al pensar en la comparación. Se quedó perdida en él unos segundos. Estaba guapo, tan guapo que habría merecido una pintura que lo recogiese oscuro, desaliñado, suave, encantador.

Le dolió el corazón.

Entonces, todo lo que había sucedido en las últimas horas se le vino encima como una ola furiosa.

El salón estaba hecho un desastre, con los restos del hechizo. Debía haber funcionado dado que estaba viva. No podía explicar cómo había conseguido estabilizar su magia en ese estado, quizá había mejorado más de lo que pensaba.

Se levantó con cuidado, se sentía muy débil por la cantidad de sangre que había perdido. Dejó a Nox durmiendo y subió a su habitación para vestirse.

Al observar su casi desnudez, enrojeció avergonzada. No era como le habría gustado que terminase la noche. Se puso ropa cómoda y bajó de nuevo al salón.

Casi no recordaba nada después del ataque de la criatura semihumana. Retazos de conversaciones e imágenes.

Se apoyó en la puerta observando a Nox. Al menos no se había marchado, lo que era una buena señal.

La tenue luz que entraba por la ventana indicaba que pronto amanecería.

Los párpados de Nox se sacudieron y pestañeó despertándose. La buscó con la mirada irguiéndose hasta que dio con ella.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó, bostezando y desperezándose.

Le recordó a un gato y eso la hizo sonreír.

—Cansada. Y hambrienta. Y como si me hubiese pisoteado una manada de bisontes.

—Bueno, te apuñaló una criatura que no era humana. Debe de ser bastante similar —dijo con una media sonrisa.

Ella hizo una mueca. Lo había dicho con tanta naturalidad...

—El hechizo..., ¿funcionó?

—Sí —respondió Nox, desviando la mirada—. Funcionó al final.

Ethel asintió débilmente. Nox se levantó pasándose las manos por el pelo despeinado y se acercó a ella.

—Deberías comer.

La cocina de la mansión estaba invadida por ese tipo de calma que solo existe antes del amanecer. Todo parecía suspendido en una bruma azulada y suave.

Nox abrió la nevera y la inspeccionó con curiosidad.

—¿Sabes cocinar? —preguntó ella, observándolo divertida.

—Depende. ¿Recalentar cosas cuenta?

Ethel soltó una carcajada. Abrió uno de los armarios y sacó cereales y un cuenco. Nox los miró con cierto asco.

—Eso no es comida.

—Acabas de sonar como mi padre, Nox Harker. ¿Cuántos años tienes? —se burló.

Él se giró para observarla. Ethel se sintió muy consciente de sí misma de pronto y apartó la mirada. Oyó que Nox se aclaraba la garganta.

—¿Qué pasa, no pueden no gustarme las cosas con textura acartonada? —Sacó un paquete con beicon y unos huevos y descolgó una de las sartenes de hierro.

Ethel dejó a un lado los cereales y abrió el congelador. Sabía que tía Daphne debía de tener...

—Oh, aquí... ¡ Tachán ! —exclamó sacando tortitas congeladas.

—Esto sí que es un desayuno —comentó Nox, y echó los huevos en la sartén—. ¿Os gusta cocinar? —preguntó, mirando la cocina.

Ethel sonrió. Esa calidez. Esa normalidad. El hecho de que él estuviera ahí, sin hacer preguntas ni mirarla con repulsión le daba la sensación de haber despertado en otra vida.

—No a todas. Seraphine habría carbonizado las tortitas tanto que habrían servido únicamente como frisbee. Es tía Daphne la que tiene talento para estas cosas.

El olor del beicon y los huevos llenó la cocina, y el estómago de Ethel rugió en respuesta. Se sentó en la encimera mientras veía cómo él preparaba el desayuno.

—Sabes más que recalentar cosas, Nox.

—Ghom..., mi tutor —explicó—, es un cocinero terrible. —Nox meneó la cabeza con disgusto, recordando algo—. Así que he aprendido algunas cosas básicas, como poner comida en una sartén sin quemarla.

—Quizá es por eso por lo que pareces mayor.

Nox arqueó la ceja en la que tenía el piercing .

—¿Me estás llamando viejo, Ethel?

—¡No, claro que no!

Nox se rio y le dio un mordisco a un trozo de beicon mientras servía.

—Eres demasiado blanda, Ángel.

—¿No decías que era cruel?

—Deberías serlo más.

Cuando puso el plato humeante frente a ella, el olor hizo que la boca le salivase.

—Por la Diosa —exclamó Ethel, la palabra se le atragantó y tosió. «Qué raro», pensó. Le había parecido que se le cerraba la garganta al decirlo—. Tengo tanta hambre... —susurró, inclinándose con el tenedor.

Soltó un gemido al llevarse a la boca un trozo de beicon y huevos revueltos, y puso los ojos en blanco. Cuando miró a Nox se dio cuenta de que él la observaba fijamente. Había un hambre en su mirada que nada tenía que ver con la comida.

Ethel lo sintió por todo su cuerpo y tragó despacio. Él se inclinó sobre la mesa y estiró el brazo en su dirección. El corazón de Ethel se detuvo mientras contenía el aliento.

Nox le pasó el pulgar cerca de la comisura de la boca en la que se le había quedado un trozo de comida. Se lamió el dedo y ella sintió que se deshacía como la mantequilla calentada por el sol.

Apartó los ojos de él y los fijó en su plato.

Juraría que lo oyó reírse. Y enrojeció aún más.

—¿Me estás provocando? —se quejó.

—Eres irresistible.

Era injusto que tuviese ese poder sobre ella y lo ejerciera. Sobre todo, porque la noche anterior la había rechazado.

—Nox.

—¿Hmm?

—¿Quieres saber lo que... soy?

Él se quedó inmóvil.

—Si tú quieres —respondió con calma.

Los dedos de Ethel acariciaron el borde del tenedor, tratando de ordenar sus pensamientos.

—Es curioso porque hasta hace un mes no podría habértelo explicado. Pensaba que algo estaba mal en mi cabeza. Se puede decir que he convivido toda mi vida con lo sobrenatural. Así que cuando lo descubrí fue como si todo encajase por fin.

Nox no dijo nada. Se mantuvo quieto, atento. Había algo en su silencio que le daba espacio a Ethel para hablar.

—Durante mucho tiempo creí que estaba mal. Que había algo roto en mí. Me pasaban cosas... —Tragó saliva—. Cosas que no podía explicar. Cuando me enfadaba, cuando tenía miedo..., sentía que algo dentro de mí se desbordaba.

—¿Por qué no lo sabías? —A pesar del control sobre su voz, Ethel notó la curiosidad genuina colándose en su tono.

Sus ojos se encontraron.

—Mi madre nunca me lo dijo. Creo que quería protegerme, tenía la esperanza de que no desarrollase mi magia si no la usaba.

—Respiró hondo. Se miró las manos, se le habían curado hasta las heridas de los dedos—.

Solo mi tía Seraphine sabe que lo sé, me está enseñando todo lo que no he aprendido hasta ahora.

Nox enarcó las cejas.

—¿Así que lo llevas en secreto?

Ethel hizo una mueca. Se sentía mal ocultándoles la verdad a su abuela y a Daphne, incluso a sus padres. Pero, bueno, ellos le habían guardado el secreto durante diecisiete años...

—Cuando esté preparada, lo hablaré con mi madre.

Quiero sentirme parte de lo que somos. Desde que sé la verdad, me siento mucho mejor conmigo misma.

Seraphine tiene la teoría de que el hecho de rechazar una parte de mi naturaleza me estaba envenenando.

—Dio la vuelta a los huevos con el tenedor—.

Al rechazarla, ella me rechazaba a mí. Y ahora he restablecido el equilibrio.

Hubo un silencio largo. El tipo de silencio que acompaña las confesiones importantes. Nox estiró el brazo y deslizó su plato vacío hacia un lado, apoyando la barbilla en su mano.

—Así que los rumores son ciertos. Ethel Ashbourne es una bruja —musitó pensativo.

Ethel hundió los dientes en su labio inferior. Aturdida por lo atractivo que le resultaban sus gestos.

—Haces que suene como si fuese algo... cautivador.

Nox sonrió.

—Eso depende de la persona, supongo. Pero sí que es interesante.

Ethel lo miró, sorprendida.

—¿No te da miedo?

—¿Debería?

—Quizá —susurró.

Nox se acercó un poco más. No la tocó, pero su presencia lo llenó todo.

—No me asusto con facilidad, ya te lo dije.

Ethel se sintió mareada. Por él, por su proximidad, por la forma en que sus palabras parecían medidas para hacerla temblar de anticipación.

Se obligó a mirar hacia otro lado, a concentrarse en algo que no fuera la línea de su mandíbula o la curva de sus labios cuando sonreía.

No quería fijarse en su boca porque le hacía recordar lo bien que besaba. Ni tampoco en la intensidad que adquiría su mirada cuando se posaba en ella.

Y en las ganas que le entraban de confesarle sus más oscuros deseos.

Nox ladeó la cabeza, como si leyera sus pensamientos. Su voz rompió la quietud, más baja ahora:

—Ángel... —comenzó a decir él. Guardó silencio un momento y se aclaró la garganta—. ¿Y lo de anoche...? ¿Qué era aquello?

Ethel parpadeó, desubicada por un momento.

—No lo sé. Nunca había visto nada igual. No paraba de decir mi nombre, me llamaba bruja. —Se estremeció.

Lo único que se le ocurría es que tuviese algo que ver con las Trece y con la bruja que trató de matarla en el laberinto de maíz. Pero estaba muerta, o eso había pensado su tía.

Ethel levantó la cabeza rápidamente. Se puso en pie de golpe con el corazón latiéndole en el pecho.

—¡Mierda! Ya es de día y el cuerpo... Debe de seguir ahí, en el camino. ¿Y si alguien lo ve?