Flor de sangre (Flores malditas 1) 36
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Los brazos de Ethel dejaron de sostenerla y cayó de espaldas mientras la sangre le teñía el vestido. Un gemido de profundo dolor escapó de su garganta y se dobló sobre sí misma.

Nox había tardado demasiado en recuperar la calma y salir tras ella para asegurarse de que llegaba bien a casa.

Se movió deprisa para agacharse a su lado.

Haz algo. Está herida, si le pasa algo...

Sostuvo su rostro entre las manos con excesiva suavidad .

La buscó con la mirada. Pero los ojos de Ethel se apagaban. Y su respiración era demasiado superficial.

Soltó una sarta de palabrotas entre dientes.

Se inclinó sobre ella, tratando de ver la herida. No parecía muy profunda, pero el olor era inconfundible: sangre, y algo más...

El miedo lo golpeó con una fuerza que no esperaba. Un miedo extraño, que no había conocido antes. El corazón se le encogió dolorosamente en el pecho con una punzada aguda y detrás de ese miedo surgió algo violento.

—No te desmayes, ¿me oyes? —le ordenó.

Le cogió la cara entre las manos de nuevo, notando cómo la piel ardía bajo sus dedos.

Ella intentó decir algo, pero solo le salió un murmullo. Sus ojos se cerraban, los párpados cada vez más pesados. Estaba perdiendo la consciencia.

Nox la levantó en brazos.

—¿Dónde tienes la llave de tu casa? —le preguntó, caminando ya a zancadas hacia la verja de la mansión.

—En... el pico del cuervo... El porche —balbuceó ella mientras apoyaba la cabeza en su pecho—. Te estoy... manchando de sangre.

—Como si eso me importara, Ethel.

Nox abrió la puerta de hierro del jardín y caminó deprisa hacia el porche. Cogió la llave y abrió la enorme puerta de madera con un crujido.

—¿Por qué estás aquí? —susurró Ethel con voz débil.

Nox tragó saliva.

—Porque me preocupaba que volvieses sola —respondió.

—Gracias... —murmuró ella contra su piel.

La respiración de Nox se detuvo un momento y sus brazos la apretaron con más fuerza.

Las luces de la mansión estaban encendidas y la chimenea crepitaba con un pequeño fuego. La dejó sobre el sofá con cuidado, apartando los cojines, y acercó una lámpara.

—Tengo que... Tengo que ver bien la herida —le pidió con la voz áspera.

Ethel asintió. Las pestañas le temblaban contra las mejillas pálidas.

—Hazlo...

Sus dedos dudaron un segundo en la tela húmeda. Luego, sin decir nada más, bajó con cuidado la cremallera del vestido. Ethel apenas llevaba un sujetador con ribetes de encaje, la tela tan fina y pálida que dejaba entrever su pecho.

Nox tragó saliva y siguió bajándole el vestido con cuidado hasta las caderas.

La herida supuraba algo negruzco, además de la sangre. Las venas de alrededor estaban amoratadas, retorcidas como si algo estuviese envenenándola.

Un dolor agudo le atravesó el pecho.

«Mierda, mierda, mierda...».

—¿Está muy mal? —preguntó Ethel, tratando de incorporarse para verlo.

Nox se dio cuenta de que había maldecido en voz alta. Se pasó una mano por el flequillo echándoselo hacia atrás.

Empujó a Ethel con suavidad para que se recostase. No tenía ni idea de cómo curarla.

—¿Me estoy muriendo? —murmuró ella.

—No. Solo tengo que...

Ethel sonrió con tristeza e hizo una mueca.

—No te asustes, pero..., bueno, estoy segura de que has visto algo ahí fuera. —Tosió y su cuerpo tembló—. Gracias por no salir corriendo...

—Ethel, eso no importa. Estás herida, así que, si sabes cómo arreglar esto, dímelo.

—Vio miedo, duda y angustia en sus ojos.

Como si esperase que, en cualquier momento, él se apartase asqueado—.

Mírame. —Los ojos vidriosos y enrojecidos de Ethel se fijaron en él—.

Podría haberte visto sacarle el corazón a esa cosa y comértelo y me daría igual.

No me asusta lo que seas. No me importa.

Lo que sí me importa es que te estás muriendo, así que habla.

Ethel dejó escapar una respiración entrecortada y dos lágrimas resbalaron por los bordes de sus ojos hacia sus sienes, pequeñas y silenciosas. Nox supo que había tocado una parte rota de su alma. Lo vio en la forma en la que su rostro se contrajo, en la que el dolor brotó y la quebró.

«Gracias», trazaron sus labios en silencio. Como si llevase toda la vida deseando oír aquellas palabras.

Aquello lo hizo sentir como un jodido dios sentado en su trono, omnipotente y poderoso.

Y deseó poder sanar cada parte rota de Ethel Ashbourne.

Tú la romperás incluso más que todo esto.

¿Cómo se puede desear tener la capacidad de sanar a alguien a quien sabes que vas a destrozar? Era una maldita contradicción.

—Hay un grimorio... entre esos libros... —señaló la mesita de café— de curación.

Nox pasó las manos por las portadas cubiertas de polvo y símbolos arcanos. Su vista se detuvo en uno encuadernado en cuero azul con un lazo deshecho y marcas de uso.

Rituales de restauración vital

Lo abrió. Estaba escrito en un latín rudimentario mezclado con glosas en inglés antiguo y anotaciones más modernas en los márgenes. Las ilustraciones mostraban cuerpos abiertos, manos alzadas, raíces que brotaban de costillas.

—¿Qué busco?

—Todavía no sé demasiado... —Le costaba hablar—. Pero algo que parezca un conjuro de restauración o purificación...

Pasó las páginas velozmente leyendo para sí mismo hasta que encontró algo que encajaba con lo que necesitaban. Había un cuerpo humano dibujado con ramificaciones oscuras como venas. A los lados tenía anotaciones de ingredientes y cómo prepararlos.

—Lo tengo —anunció mostrándole la página.

—Tienes que ir al laboratorio —dijo Ethel con la voz más apagada que antes—. Allí habrá de todo... Yo... quizá debería ir...

—No —la cortó con firmeza—. Sabré encontrarlos.

—Está en el anexo. Por el pasillo de la izquierda.

El salón olía a sangre, a velas quemadas y a algo terroso.

Nox había dibujado en el suelo un círculo con sal negra y pétalos secos de belladona, siguiendo el patrón de las instrucciones del grimorio.

«Un ancla», enumeró para sí mismo.

Ayudó a Ethel a colocarse en el centro del círculo. Se pinchó un dedo dejando que una gota de su sangre cayese en las velas.

«Un sacrificio».

Con mucho cuidado quitó la tapa del frasco que contenía agua bendita. La vertió sobre la herida de Ethel intentando no salpicarse los dedos.

«Algo puro».

Ella hizo una mueca y chilló de dolor arqueándose. Los ríos negros que corrían por su piel se agitaron y encogieron.

—Aguanta —le pidió Nox.

Ethel quiso morderse la mano para soportar el dolor, pero Nox se la apartó poniendo sus propios dedos en su boca para que lo mordiese a él.

Ethel agarró un puñado de pétalos de su bolsita y los sostuvo fuertemente entre sus dedos, deshaciéndolos en polvo, mientras recitaba el conjuro:

—«Donde la carne se corrompe, que nazca una flor en su nombre. Que el fuego y el agua borren el mal, y todo regrese a su forma inicial».

Las velas se alzaron y una brisa fría sacudió el salón. La sangre de Ethel comenzó a bullir sobre su piel, como si respondiera.

Y entonces... todo se detuvo.

El hechizo colapsó y las llamas se apagaron.

La mano de Ethel se abrió y el polvo de rosas se derramó entre sus dedos. Sus dientes dejaron de morder a Nox.

Sus párpados cayeron, estaba tan pálida que parecía que los tenía amoratados.

Se encontraba tan débil que no podía conjurar.

Se moría.

Por primera vez en toda su existencia, Nox sintió verdadero pánico. Un miedo frío, visceral.

¡Haz algo!

Sus dedos temblaban cuando la tomó del rostro.

—Ethel... —la llamó impotente—. No te vayas... Vamos, tienes que aguantar.

Pero ella no respondía. La herida no sangraba. Pero la ponzoña se extendía por su cuerpo.

Nox bajó la frente hasta apoyarla en la suya. Cerró los ojos.

Por todos los demonios, haz algo de una maldita vez.

Dejó escapar una respiración temblorosa.

Había prometido que no se involucraría en aquello más de lo necesario. Pero, fiel a su naturaleza, había resultado ser un mentiroso.

—Maldita sea... —jadeó.

Solo había una posibilidad de salvarla. Si es que se le podía llamar así.

De todas formas, su destino está sellado.

Nox apretó los dientes.

Hazlo.

No deseaba hacerlo, pero era la única forma que se le ocurría.

Lo había hecho decenas de veces, no debería resultarle tan difícil. Sus ojos se desviaron hacia ella, torturados.

El aire pareció contraerse. Nox dejó escapar un suspiro derrotado.

Los contornos de su forma se desdibujaron y en la penumbra del salón las velas proyectaron la sombra alargada de unas alas enormes y unos cuernos afilados en las paredes.

Su piel se llenó de vetas oscuras y sus ojos refulgieron como brasas.

Sus dedos se alargaron hasta acabar en puntas afiladas.

Nox dejó atrás su disfraz de carne y hueso y adquirió su verdadero aspecto, el de un demonio.

Vamos, deprisa, firma el contrato.

Lo apremió su voz demoniaca.

Una vez que lo hiciese, el destino del alma de Ethel dejaría de pertenecerle a ella misma, le quitaría parte de su libre albedrío, y él podría reclamar una parte de ella, si así lo deseaba..., cuando así lo deseara.

Los contratos parecían inofensivos, pero siempre trastocaban. Cambiaban el equilibrio de las cosas.

Ethel gimió, su pulso estaba muy débil.

Cualquier cosa es mejor que el castigo de perderla.

«Para mí puede, pero no sé si lo será para ella».

No eres un ser altruista. Eres un puñetero demonio, un heraldo. ¿Desde cuándo tienes ética? El jefe te matará si a ella le pasa algo.

Se frotó los ojos, cansado. Por supuesto que así era, a quién pretendía engañar. La naturaleza de cada uno es la que es...

Se inclinó hacia su oído.

Y él era un demonio, tampoco importaba tanto, su trabajo era corromper.

«Pero me importa. Me importa», pensó.

—Si puedes oírme... —dijo con una voz como terciopelo negro. Profunda y áspera—. Dime que deseas que te sane. Dime que deseas vivir, Ethel Ashbourne.

Ella respiró entrecortadamente y tosió.

Le queda muy poco, en cuanto la corrupción llegue a su corazón...

—Dilo, Ethel —dijo usando su tono más persuasivo.

—Lo... deseo...

—¿Deseas que te sane yo, Alenox, heraldo de la Soberbia, súbdito del primer círculo del infierno? —susurró—. Entonces, pídemelo, llámame por mi nombre y pídemelo. —El salón tembló sacudido por el eco de su voz.

Sus pupilas eran llamas líquidas.

—A-ayúdame, Alenox... —murmuró ella.

En cuanto pronunció su nombre, un crujido invisible llenó la atmósfera, como si se desgarrara el velo entre mundos.

Nox se inclinó y la besó. Sellando el contrato.

Ethel se arqueó con un espasmo. Desde ese día sería suya para reclamar. Su vida le pertenecería y, en el final de sus días, su alma debería descender a los infiernos para servirle.

En la cara interior de su muslo derecho apareció una marca en forma de medialuna —como un mordisco— de un tono rojizo oscuro: el sello del diablo. Todavía palpitaba, como si respirara.

Y Nox le concedió su deseo. La ponzoña que se extendía por sus venas remitió, replegándose hasta desaparecer. El cuerpo de Ethel se relajó y su herida comenzó a cerrarse.

¿Ves? Ella está mejor cuando está contigo. Está a salvo. No deberías haberla apartado. Ethel debería estar siempre en tus manos.

El susurro lo sacudió mientras la observaba. Lo pilló con la guardia baja, demasiado vulnerable para frenarlo.

Reconócelo de una vez, ella te gusta. La deseas...

Nox agachó la cabeza y se frotó la cara con las manos, nervioso.

Sientes algo por ella...

«CÁLLATE», rugió para sus adentros.

Se levantó y caminó por el salón. Le ardía el rostro. ¿Qué cojones le estaba pasando? ¿Podían los de su clase tener ese tipo de emociones?

No. Se negó.

Si Altairon, el príncipe de la Soberbia, se enteraba de que había cruzado la línea con ella, lo mandaría a los fosos. Pero si se enteraba de que sentía algo por ella...

Lo mataría.