Flor de sangre (Flores malditas 1) 35
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Ethel dejó atrás las luces del pueblo y se internó en la carretera solitaria que conducía a la mansión Ashbourne. La noche estaba helada.

El sonido de sus botas resonaba con firmeza contra el empedrado de la calle. Con cada paso que daba el valor que aún le quedaba tras su encuentro con Nox se desvanecía; al igual que lo hacía el hechizo, dejando tras de sí una resaca emocional pesada y punzante.

Se miró la muñeca. El hilo casi había perdido su color.

Los dedos de su mano izquierda fueron inconscientemente hacia sus labios y los acariciaron. Los notó hinchados.

Nox sabía como sus más oscuros sueños. A pecados y a dulzura.

El recuerdo hizo que un nudo le retorciese las entrañas, pesado y caliente.

Odiaba que sus acciones y palabras tuvieran el poder de encender una pequeña vela de confianza en su maltrecha autoestima, pero que pudiese apagarla con la misma facilidad.

Lo deseaba tanto que se olvidaba del daño que él podía hacerle. Incluso del que ella podía causarle a él. Nada importaba cuando estaba con Nox.

Apretó los labios y dejó escapar un gemido de frustración.

Qué narices se le había pasado por la cabeza para besarlo. Por qué había hecho eso...

Aunque él se lo había devuelto. ¿Por pena? ¿Por no hacerle daño? No, nadie besa de esa forma por pena, ¿no?

Al menos no había causado ningún accidente en la fiesta, se consoló. Lo único que había terminado dañado era su corazón.

Ya era más de lo que había experimentado antes y debía enfocarse en lo que tenía y no en lo que no. En lo positivo, en sus avances...

Se detuvo en seco y miró por encima de su hombro, abandonando su discurso motivacional. Le dio la impresión de que había alguien detrás de ella.

—¿Hola?

Apretó el paso, inquieta.

A lo mejor lo había imaginado. El camino estaba bordeado por el bosque y no había ni un alma. Tampoco pasaba por allí ningún coche, dado que se salía de la carretera principal. Quizá solo era cosa de la oscuridad...

El corazón se le aceleró.

Tragó saliva. Caminó deprisa.

«Es absurdo», se dijo, tratando de quitarle importancia.

Solo era su mente jugando con ella presa de aquella atmósfera tenebrosa. Allí no había nada raro. Puede que algún animal y nada más... Seguro...

Algo crujió justo delante de ella.

Ethel se sobresaltó y frenó. Las pulsaciones se le dispararon.

«No es nada, no es nada».

Oyó un sonido viscoso. Como si algo húmedo se arrastrara por el suelo. Y una respiración.

El corazón se le subió a la garganta y dio un paso atrás. Su cuerpo se tensó, cada una de sus fibras se puso alerta.

Una figura salió de entre los árboles con un movimiento lento.

Un hombre...

La respiración de Ethel eran jadeos.

«Corre, corre, corre».

La claridad de la noche tocó su rostro y Ethel contuvo un grito. Tenía la piel manchada, cetrina. Era alto y su cuerpo parecía un poco descompensado.

«Corre, corre, corre».

—Ash...bourne —le pareció que decía.

El horror se le metió entre las costillas como una garra.

Y corrió.

El hombre se lanzó tras ella. Se movió con una agilidad espantosa. Las ramas arañaron a Ethel en la cara mientras se adentraba a trompicones en el bosque, con un grito de espanto atrapado en la garganta.

Si lo despistaba... Si conseguía llegar al jardín trasero de casa... Si...

Un tacón se le hundió en un bache del sendero y tropezó.

Cayó de rodillas y se torció el tobillo con un chasquido seco. Gimió de dolor. Volvió la cabeza para ver cómo el monstruo la alcanzaba.

Ahora sí, el pecho se le partió con un alarido de miedo.

Ethel rodó justo a tiempo para evitar que la agarrara por el pelo con una mano enorme.

—Bruja... —balbuceaba—. Bruja... —Olía fatal, a una mezcla de químicos y descomposición—. Sangre podrida —bufó el tipo.

Ethel se arrastró sobre los codos, jadeando de miedo, hasta alcanzar una piedra, que le lanzó, y le acertó en el pecho, pero solo consiguió que se tambaleara un poco.

Se levantó a duras penas, partiéndose las uñas y arañándose las palmas de las manos en su afán por moverse deprisa.

Tenía que pensar. Seguro que había algún hechizo que podía usar contra él, pero era como si todo lo que había memorizado se hubiese esfumado de su cabeza.

El hombre la embistió y la lanzó contra un árbol.

Ethel dejó escapar un gemido de dolor, pero no paró de moverse. Con el brazo presionó sus costillas doloridas y volvió a encaminarse hacia el camino principal. Si su familia estuviese en casa, podría gritar pidiéndoles ayuda, pero estaba sola.

El hombre gruñó algo que no llegó a comprender, no le pareció del todo humano. Sintió un impacto en el hombro que la desestabilizó y, de nuevo, lo tenía encima gimiendo palabras incomprensibles.

Ethel chilló tan fuerte que se quebró la voz.

Notó algo caliente que le corría por el abdomen. Sangre.

La había herido.

El pánico se disparó por todo su cuerpo.

—¡Aléjate! —gritó, extendiendo las manos como acto reflejo.

Un destello rojizo brotó de sus dedos. El ser retrocedió, sorprendido.

Temblando, Ethel se incorporó. Recordó lo que había sentido en el laberinto de maíz. Si no podía recordar ningún hechizo, permitiría que la magia tomase el control.

Dejó que la energía que fluía por su cuerpo se desbordase, dejó que el pánico prendiese cada célula de su ser en llamas. Lo había sentido tantas veces que su memoria sensorial lo tenía grabado.

Fijó los ojos en el cuerpo del intruso y permitió que el fuego brotase de sí misma. Una llamarada prendió el suelo bajo él, quemándolo. Chilló, pero no se detuvo del todo; como si el dolor no le afectase.

No, definitivamente aquello no era un hombre, sino un monstruo, eso seguro.

Ethel retrocedió asustada mientras el cuerpo ardiendo seguía moviéndose hacia ella. Podía ver la carne quemándose, desprendiéndose. Contuvo una arcada y trató de echar a correr de nuevo.

Apenas había avanzado unos metros cuando el tobillo que se había herido cedió, y cayó. La criatura se le echó encima. Ethel gritó asustada y el aire vibró como si algo hubiese estallado rompiendo la atmósfera. El monstruo voló lejos hasta chocar contra el tronco de un árbol.

La onda expansiva vibró a su alrededor haciendo que los animales aullasen y las ramas se sacudiesen.

Justo como había pasado meses atrás, en el gimnasio de su antiguo instituto, su miedo la defendió con rabia, con saña. Un monstruo atacando a otro.

Durante un momento el silencio lo tomó todo, ni siquiera oía su respiración agitada. Sentada en mitad del camino, sus ojos se quedaron fijos en el cuerpo inerte. Mientras su cabeza procesaba lo que acababa de ocurrir.

Aturdida por el shock , no fue hasta unos minutos más tarde que captó el sonido de unos jadeos ahogados. Giró la cabeza muy despacio hacia el camino que subía desde el pueblo.

La sangre se le espesó hasta convertirse en hielo en sus venas y el corazón se le detuvo.

Aterrada miró a los ojos de Nox, que estaba a unos metros de ella, observando la escena.