Flor de sangre (Flores malditas 1) 34
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Nox se apoyó en una de las paredes de la cocina.

Sus ojos repasaban fríos y analíticos el salón contiguo donde la fiesta seguía su curso: una pareja discutía acaloradamente, Ethel mordía un trozo de pizza , alguien vomitaba en un jarrón, Ethel se reía de algo que Silas le decía, un idiota se rociaba con cerveza, Ethel bailaba...

Le invadieron unos celos salvajes. No debería ser así de posesivo con alguien que no le pertenecía y a la que no deseaba poseer, por otra parte.

O no debería desear... porque era ridículo y temerario.

Y Nox a veces podía ser un poco temerario, pero jamás ridículo.

Yo más bien tiraría por gilipollas.

«Nadie se odia a sí mismo más que yo en este momento».

Quizá el angelito sí.

Aquello le asestó un golpe mortal.

«A lo mejor consigo que me perdone, si se lo explico...».

Oh, claro, ¿y cuál es tu excusa?

«Que soy, en efecto, gilipollas», admitió.

¿Qué hacían los demás cuando no eran capaces de manejar sus emociones? Intentaban atenuarlas. Nox no tenía experiencia en ese campo. Él rara vez sentía demasiado. Casi todo le daba igual.

«Odio esto», se quejó mientras bebía. Quería arrancarse ese nudo de cosas que tenía en el pecho: la culpa, el desprecio, el dolor, la tristeza, los celos y el anhelo. Sobre todo, el anhelo.

La fiesta era una estela de colores, movimientos, sonidos. Todo iba demasiado deprisa, demasiado difuso y descolorido. Y él solo conseguía enfocarla a ella .

«No soporto que piense que me avergüenza que me vean con ella en público», se quejó.

Ethel bailaba con Silas. Su melena dorada ondeaba cada vez que giraba. Su vestido rojo sangre era como una quemadura.

Ese podrías ser tú si no fueses imbécil. Deberías ponerle fin a esta miseria.

Rara vez su conciencia suplicaba, y ahora sonaba como un animal lastimado, gimiendo.

Ethel bailaba con delicadeza, manteniendo cierta distancia con Silas. Eso lo apaciguaba, aunque no lo suficiente.

Era una visión peligrosa... y deseaba que fuese suya.

Silas se agachó para decirle algo al oído por encima de la música y Ethel sonrió asintiendo.

Nox vio la reacción de Silas. Ethel Ashbourne no debería jamás sonreír a nadie de esa forma, como si fueses el sol regalándole los primeros rayos del amanecer.

Te hacía sentir especial, te hacía sentir mejor persona de la que probablemente eras.

O al menos eso le había ocurrido a él. Y ahora podía ver el mismo efecto en Silas.

Nox maldijo entre dientes.

Si ibas a lloriquear tanto, no haberla apartado así.

Ethel se separó del chico y se encaminó sola hacia uno de los pasillos.

Nox sintió algo dentro de él resquebrajarse y se encontró cruzando la estancia a zancadas, empujando a cualquiera que se interpusiera en su camino, con la mirada fija en ella.

El pasillo solo estaba iluminado por una lámpara que emitía una suavísima luz anaranjada. Ethel esquivó a una pareja y miró las puertas buscando algo.

Nox le dio alcance y la agarró del brazo frenándola casi con brusquedad. Ethel se giró, tensa, hasta que sus ojos se encontraron.

Un choque eléctrico que los paralizó.

—¿Nox...? —murmuró, pero no llegó a decir nada más.

Pon fin a esto, pobre desgraciado...

—Él no lo merece.

Los ojos de Ethel, brillantes y gigantes, se estrecharon.

—¿El qué? —preguntó ella.

—A ti, nadie en este pueblo te merece. Yo no te merezco, Ethel. Esa es la verdad.

Ella cogió aire.

Nox nunca se había sentido tan torturado por la expresión de alguien.

—¿Qué quieres de mí, Nox? —le preguntó, volviéndose del todo hacia él.

Nox bajó la barbilla para mirarla; estaban demasiado cerca.

Vamos, díselo.

La miró. Demasiadas cosas. Tantas, que no sabría por dónde empezar...

y algunas de ellas eran injustificables.

Podría pedir cosas sencillas, como su atención.

Pero si quisiese ser codicioso... Entonces, la besaría.

La desnudaría. Le gustaría asegurarse de que nadie podía apartarla de su lado, pero aquello estaba fuera de los límites.

Inspiró despacio, conteniendo el temblor de sus manos.

—Nada —jadeó.

—Entonces, ¿qué haces aquí?

Nox cogió aire.

—Sacarte de un error.

—¿Cuál?

La cercanía de Ethel, lo oscuro de su mirada, el roce de sus cuerpos, demasiado cerca... Todo ello, mezclado con el alcohol, le calentaba la sangre. Volvió a tener pensamientos prohibidos con su boca. Nox se estremeció, aquello era clandestino, estaba mal.

¿Era acaso uno de esos idiotas que se obsesionan con lo que no pueden tener?

—Me da igual que nos vean juntos, no me avergüenzo de ti, Ethel. De hecho, es todo lo contrario —admitió.

Ethel asintió despacio. Una. Dos veces.

Sus ojos se estrecharon y bajaron a su boca. Era el anticipo de un beso.

Se alzó sobre las puntas de sus botas. Estiró el cuello, sosteniéndole el rostro, y lo besó.

Ah... Nox se quedó petrificado.

El corazón le martilleó con tanta fuerza que sintió vértigo.

Ah... La sensación fue abrumadora.

Se tambaleó, mareado.

Fue el más tierno de los apocalipsis.

«Debo estar borracho, debo estar alucinando. Debe ser cosa de la mezcla de alcohol y... lo deseo tanto que quizá...», se aturulló con sus emociones.

Cerró los ojos, convencido de que deliraba, que el anhelo que sentía había terminado por trastornarlo. Fue demasiado y, al mismo tiempo, demasiado poco.

Su garganta se movió apretada. Su cuerpo tembló.

Ethel empezó a apartarse y él movió el brazo para retenerla. La rodeó por la cintura y la pegó contra su cuerpo besándola de verdad. Presionó sus labios hasta que los abrió y coló la lengua dentro.

Su sabor lo incendió.

Demasiado posesivo para que ella no signifique nada...

¿De qué valía ya mentirse a sí mismo?

Él, que solo sabía ganar, se estaba sumergiendo en un juego del que se sabía perdedor.

La empujó contra la pared y el beso se llenó de una urgencia casi violenta. Sus bocas colisionaron voraces, salvajes. Se ahogó en ella, dejando escapar un gemido de alivio. Sintió un hambre desmedida, una necesidad insaciable.

La atrapó contra su cuerpo, una mano enredándose en su cabello mientras la otra le ceñía la cintura, obligándola a acercarse aún más, a borrar cualquier distancia.

Ethel jadeó contra su boca, entregándose con la misma intensidad. Sus manos subieron por la espalda de Nox, agarrándose a él, aferrándose como si pudiera desmoronarse en cualquier momento. El sabor del alcohol, del deseo, de algo más oscuro y prohibido se mezcló entre sus labios.

El jefe no tiene por qué enterarse.

Solo un poco, solo esta vez...

Porque han sido unos días difíciles y estás en tu límite. Y ella lo ha empezado y eres incapaz de rechazarla. Y es imposible respirar a su alrededor. Y llevas días sin dormir...

Ethel le acarició el pelo y Nox gimió, como si hubiese aplicado un calmante a una herida abierta. Le sostuvo el rostro con las dos manos y le inclinó la cabeza hacia atrás para morderle el labio y luego recorrerlo con la lengua.

El pulso le latía en la garganta, desbocado.

Era un caos de sensaciones; la calidez de su piel, el roce del encaje bajo sus manos, el temblor en sus labios mientras la besaba más profundo, más duro.

Ella respondió con un gemido que se perdió entre ellos, y ese sonido, esa diminuta muestra de entrega, fue suficiente para que Nox perdiera el poco control que le quedaba.

—Te dejaré cicatrices, Ángel —murmuró contra sus labios, sin apartarse, sin dejar de rozar su boca con la de ella.

Ethel abrió los ojos, sus pupilas dilatadas, la respiración entrecortada. Sus dedos se aferraron a sus hombros. Esta vez fue ella la que recorrió su labio inferior con la lengua, acariciando el metal de su piercing .

Por todos los demonios...

Su cabeza se llenó de blasfemias.

—Puede que no me importe —susurró ella.

Nox cerró los ojos un segundo, conteniendo la brutal oleada de deseo que lo sacudió. La besó otra vez, más lento, más profundo.

El mundo a su alrededor se volvió borroso, insignificante.

El aliento de Ethel ardía contra sus labios, y Nox no pudo evitar hundirse más en ese beso. Llevaba demasiado tiempo reprimiendo algo que finalmente había explotado.

Sus manos la aferraron por la cintura, acercándola aún más, eliminando cualquier espacio entre ellos. Podía sentir el latido acelerado de su corazón contra su pecho, el calor de su cuerpo filtrándose a través de las telas.

Sin apartar sus labios, Nox descendió por su mandíbula, rozando la piel pálida de su cuello. Ethel jadeó, arqueando la espalda, entregándose al contacto. Él sonrió contra su piel, sus dientes rozaron con una delicadeza engañosa la curva de su garganta. Le mordió el cuello, haciéndola estremecer.

—Nox... —su nombre escapó de sus labios en un susurro entrecortado, un ruego silencioso que le encendió aún más.

Las manos de Nox viajaron hacia abajo, deslizándose por el corsé, siguiendo el contorno de su cintura hasta llegar al borde de la falda.

Coló los dedos por debajo del tejido, encontrando la piel desnuda de sus muslos.

Ethel se tensó un segundo, dejando escapar un suspiro que se transformó en un gemido ahogado cuando él cerró la distancia entre sus cuerpos, pegándola contra él.

Ni su imaginación, ni siquiera sus sueños habían conseguido emular aquellas sensaciones. Era mejor, era infinitamente mejor.

Sus manos continuaron su recorrido, subiendo por la curva de sus piernas hasta apretar su culo con firmeza, acercándola aún más. Ethel se mordió el labio, cerrando los ojos, perdida en la sensación.

Y entonces, se movió. Y el roce de sus caderas contra las de él le arrancó un sonido grave, profundo, directo desde el pecho.

Nox enredó los dedos en su pelo y tiró para dejar su cuello expuesto. Le hundió los dientes en la carne. Su olor, su respiración, su sabor... Todo lo estaba llevando al límite, como si fuese la primera vez que lo experimentaba. Como si acabase de descubrir todas aquellas emociones y sensaciones.

—Joder. Ethel... —masculló, apretando los ojos un segundo mientras trataba de contenerse. Pero ella volvió a moverse, buscando más fricción, más de esa sensación abrasadora que los recorría de pies a cabeza.

Nox la miró a los ojos.

Ethel se alzó un poco de puntillas, presionando sus labios contra los de él una vez más, tomando la iniciativa. Y al contrario que al principio no fue delicada ni suave. No hubo rastro de timidez. Su boca se movió experta, malvada. Su lengua lo acarició como si conociese sus puntos débiles.

Es el maldito diablo.

Nox rio peligrosamente complacido a la par que atormentado. «Qué ironía», pensó.

—Dime qué quieres —le pidió Ethel todavía de puntillas, todavía con las manos aferradas a su pelo, todavía con su nariz rozando la de él, todavía con su sabor en la boca.

Los dedos de Nox se hundieron un poco más en su nalga, rozando el borde de su ropa interior.

—Quiero...

«Te quiero a ti ».

A ti.

A ti.

A ti.

¡Díselo!

Nox no quería renunciar a esos ojos cristalinos que se llenaban de fe y fascinación al mirarle. Anhelaba que ella lo viera siempre así, como si fuese alguien extraordinario. Que esa candidez no se apagara jamás.

Pero sabía que no era real. Cuando la verdad cayera sobre ellos, ella se sentiría decepcionada, traicionada. Descubriría que aquel chico que estaba frente a ella no existía. Que en su lugar había otra cosa. Y entonces lo odiaría. Lo odiaría por lo que era y por lo que le había hecho.

Y Nox sabía que no podría soportarlo.

A veces la despreciaba por anticipado, por lo que haría la Ethel del futuro. A veces se enfadaba con ella por mirarlo con esa adoración, sabiendo que un día cambiaría de opinión.

Se arrepintió del beso, porque desdibujaba las líneas ya de por sí borrosas entre ellos. Porque él era lo que era y no podía cambiarlo, porque le había gustado. Demasiado.

—Lo digo en serio. —Su voz se tornó grave y sombría. Tenía que parar antes de empeorarlo más, antes de que el daño fuese demasiado grande—. Esto no puede pasar. Es mala idea.

Ethel no se movió. Sus dedos seguían enredados en su pelo, y su aliento se mezclaba con el de él en la pequeña distancia que los separaba. Lo miró con esos ojos transparentes, cristalinos y sinceros.

—¿Por qué? —susurró sin voz.

Nox se movió involuntariamente pegándola contra la pared mientras la presionaba con su cuerpo. Sus palabras y sus acciones corrían en direcciones opuestas.

—Porque te haré daño —murmuró contra su boca—. Porque no voy a enamorarme de ti.

«O no debería».

Tarde...

Los ojos de Ethel se oscurecieron, como si esas palabras en lugar de asustarla hubiesen dado voz a algo que ella ya sabía. Sus dedos descendieron por su nuca hasta la base de su camiseta, agarrándola con firmeza.

—Lo sé —lo apaciguó—. No espero nada, en realidad.

Algo en los ojos de Nox se quebró, un destello de tormento puro.

—Esto... —Los dedos que se aferraban a su piel temblaron, y sus ojos recorrieron su rostro como si quisiera memorizar cada detalle antes de dejarla ir. Se llevó la lengua al carrillo, molesto, como si el simple acto de hablar le doliera—. Mierda. Me he dejado llevar, pero no significa nada.

Menos mal que no siempre mientes así de mal.

Ethel se apartó y se recompuso con una sonrisa extraña en el rostro. A Nox le dolía el pecho, el agujero donde debería tener el corazón.

—Ethel... —comenzó, pero ella levantó una mano, interrumpiéndolo.

—No pasa nada. Siento haberte besado. No sé por qué lo he... —Parecía tan arrepentida que lo hirió—. He bebido y esta noche no pienso con claridad. Es culpa mía. Pero de verdad que no... No le des demasiadas vueltas, podemos olvidarlo.

Ella retrocedió otro paso. Nox notó la ausencia de su calor de inmediato, como si el aire se enfriara en cuestión de segundos.

Ethel se alisó la falda y se volvió hacia él con una sonrisa que era demasiado dulce.

—Nos vemos. —Y, sin más, le dio la espalda, dejando a Nox en el pasillo con las palabras atrapadas en la garganta.

Por un segundo, él se quedó allí, observando cómo se alejaba.

Deseó no haber conocido su sabor ni el calor de su cuerpo.