33
Nox esquivó a un par de chavales que se enrollaban en el primer piso, junto a las escaleras, y sobrepasó a otro, que dormitaba en un escalón, saltándolo por encima.
Ivy lo miró arrugando el gesto.
—Silas es idiota y ha invitado a todo tipo de... —se quejaba mientras intentaba esquivar al chico con cara de asco—. Antes no era así, antes habría hecho otro tipo de fiesta...
Nox no la estaba escuchando, miraba hacia el vestíbulo, planteándose saltar por encima de la barandilla y huir.
No soporto a esta chica.
La puerta principal se abrió y el frenesí y la euforia que llenaban el ambiente se esfumaron.
El mundo pisó lento.
El mundo se silenció para Nox.
El torrente de su sangre se detuvo, se espesó y, finalmente, se aceleró.
Ethel Ashbourne traspasó el umbral y se paró en el recibidor, bajo la tenue luz de la lámpara de araña.
Llevaba un vestido rojo sangre con un corsé ajustado que le ceñía el pecho y definía su cintura de una forma casi provocadora.
La falda, llena de encajes y volantes desestructurados, se desplegaba en capas asimétricas, revelando sus muslos.
Sus piernas, largas y esbeltas, estaban enfundadas en unas botas de tacón alto, con cordones que se ajustaban hasta las rodillas.
Y el cabello... Su melena rubia caía como un río dorado sobre sus hombros, suelta y ondulada. Había algo etéreo y salvaje en ella. No quedaba nada de la delicada tristeza que siempre la envolvía.
Nox se quedó inmóvil. Sus dedos se clavaron en la madera de la barandilla tan fuerte que crujió. En su interior, algo primitivo se removió, abrasador.
Y el ángel prendió el mundo en llamas.
Y el ángel se transformó en demonio.
—¿Nox? —La voz de Ivy se coló en su oído, irritante y molesta, como un insecto zumbando demasiado cerca—. ¿Estás bien?
Todos los ojos se volvieron hacia Ethel, las conversaciones murieron durante unos segundos, para luego alzarse en forma de murmullos.
Silas apareció entre la multitud, abriéndose paso con rapidez. Su rostro se iluminó con una sonrisa triunfal, depredadora, en cuanto la vio.
Nox lo entendió al fin. Su nerviosismo de antes se debía a que la estaba esperando a ella .
Un rugido sordo se formó en el pecho de Nox y le quemó la garganta. Silas llegó hasta Ethel y le dijo algo que Nox no alcanzó a oír, pero sí vio la forma en que ella sonrió; no había rastro de su timidez ni inseguridad habitual.
—Silas es un imbécil, tenía que invitar a la rarita. Mi padre no quiere que esté cerca de esas mujeres —se quejó Ivy.
—Bueno, así conseguirás que te haga caso de una maldita vez. ¿No es eso lo que quieres? —escupió Nox perdiendo la paciencia.
Ivy abrió los ojos avergonzada y herida a partes iguales.
Silas le cogió la mano a Ethel y la llevó hacia el salón. Nox apretó los dientes, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello.
Ethel se miró la muñeca donde tenía atado el cordel rojo. Se preguntó cuánto duraría el efecto del hechizo. Era curioso, porque sus miedos aparecían y desaparecían como una luz intermitente.
En el salón la gente se retorcía en los sofás de terciopelo, riendo, bailando, besándose. Apartó la mirada y tragó. Sentía un peso en el estómago. Algo cálido y grande que la hacía respirar en jadeos cortos.
—Vaya... Ashbourne —dijo con una media sonrisa Silas, repasándola de arriba abajo—. Debo decir que este es el mejor regalo que he recibido por mi cumpleaños.
Ethel parpadeó. Se aclaró la garganta, sus dedos jugaron con los encajes de su falda.
—Prometí que sería menos distante —replicó.
Él se inclinó un poco, acercando los labios a su oído para que su voz vibrara contra su piel.
—Estás impresionante y estoy seguro de que te has dado cuenta al mirarte al espejo —susurró—. Y confieso que llevaba toda la noche esperando que aparecieses.
Ethel se obligó a mantener la compostura, aunque su corazón latía desbocado. El hechizo aún recorría sus venas, encendiendo su valentía como una cerilla. Lo miró directo a los ojos dando un paso hacia atrás.
Las palabras de su tía diciéndole que se enrollase con Silas la asaltaron en ese momento. Era mono. Pero al mirarlo solo podía pensar en otro rostro con ojos violeta.
—Gracias, es de mi tía Daphne —dijo, mirando su atuendo.
—Ten cuidado esta noche.
—¿Por qué?
—Porque a todos nos gustan las cosas bonitas. Y cuanto más inalcanzables, mejor. Y tú eres las dos cosas.
Ethel frunció el ceño. No creía que fuese ni una cosa ni la otra.
Para ser justa, en las últimas semanas, desde que había empezado a practicar con su magia, ya no se miraba y veía un rostro marchito.
Se sentía mejor consigo misma, más en paz quizá.
Pero definitivamente no era inalcanzable, sino lo contrario.
Todo lo que había deseado siempre es que la quisieran, que la eligieran.
Quería tener relaciones normales, quería tener lazos, quería pertenecer a otros.
Más que cualquier cosa, eso es lo que deseaba.
Quería ser amada. Su padre la quería, aunque se debatía entre su madre y ella en muchas ocasiones, y su madre...
a veces no lo tenía claro. Había momentos en los que la miraba con pesar, con dolor, como si hubiese cometido un error al traerla al mundo.
Diría que había culpa. ¿Se sentía culpable por no amarla y eso la hacía rechazarla aún más?
¿O se sentía culpable por haberla traído al mundo aun sabiendo el destino que la acompañaría?
Ahora comprendía muchas cosas. La entristecía a la vez que la enfurecía que su madre hubiese decidido tenerla, sabiendo que heredaría su naturaleza de bruja, y que la rechazase por ello.
¿Por qué tener una hija si no puedes quererla?
Era diferente con sus tías y su abuela. Sí, al principio había sentido una barrera que las separaba, pero aun así podía sentir su amor, cómo deseaban su felicidad y que fuese parte de su familia.
—No soy inalcanzable. No quiero serlo.
Silas la miró con una pregunta implícita en los ojos.
—A veces la gente solo tiene miedo —explicó Ethel—. A hacer daño y que eso les haga daño a ellos mismos. A que los rechacen. A equivocarse, a decir lo que no deben, a actuar como no deben, a no encajar, a resultar incómodos o extraños.
—¿Y cómo sabes que va a ser así?
—No lo sabes. Pero si tocas algo caliente y te quemas una primera vez, la siguiente vas con cuidado, aprendes que eso te causa daño y no lo haces.
Es igual con las personas, tu cuerpo aprende a defenderse, a evitar la herida.
Ni siquiera tienes que ser consciente de que lo haces, es un mecanismo que se implementa solo.
—Supervivencia —reflexionó Silas.
La estudió atentamente.
Ethel apretó los labios, el cordel no le permitía tener miedo, pero se sintió incómoda, como si hubiese dicho más cosas de las que debía. Recorrió el salón con la mirada deseando escapar.
Su corazón tropezó contra su pecho cuando captó un vistazo de Nox. Algo crepitó en el aire, un calor conocido le recorrió la piel. El hechizo aún ardía en sus venas, impulsándola a acercarse, a desafiar esa mirada oscura y salvaje que la sostenía con una fuerza inexplicable.
Silas siguió su mirada y soltó un bufido. Pero ella dejó de prestarle atención. Sus pies la llevaron hacia él mientras una sonrisa ilusionada tiraba de sus labios pintados de rojo.
Nox no se movió. Su mirada se paseó por el vestido encorsetado, por la línea de su escote y la curva de su cintura. Bajó por la falda de encajes y después por las botas que trepaban por sus piernas. Su mandíbula se tensó y se pasó la lengua por el labio inferior.
Ethel inspiró profundamente, buscando el valor que había sentido hacía un segundo, y alzó la barbilla.
—Hola —saludó. El huracán en su estómago subió hasta su garganta.
Los ojos de Nox se oscurecieron cuando frunció el ceño. Su expresión era dura, pero se suavizó ligeramente al escucharla. A Ethel le gustaba la forma en la que él cambiaba cuando estaban solos, como si fuese más suave, más vulnerable, más él mismo con ella.
Nox dejó el vaso que sostenía en un aparador y dio un paso hacia ella. El salón se encogió. El corazón de Ethel galopó tras sus costillas.
—Ven —le pidió, tomándola del brazo.
La piel de Ethel se estremeció al contacto.
Salieron al jardín, lejos de la música y de las miradas curiosas. El aire era frío, y la luna brillaba alta y plateada sobre ellos. Nox la soltó y Ethel retrocedió un paso, llevándose una mano al brazo. El lugar estaba vacío, rodeado de arbustos oscuros y macetas secas.
—¿Qué haces aquí? —espetó con la voz rasgada y baja.
Ethel parpadeó, su tono fue como una bofetada.
—Silas me invitó.
Los músculos del cuello se tensaron y destensaron, parecía irritado.
—Claro que te invitó... —Nox dejó escapar una risa—. Pero por qué has venido... —La recorrió con la mirada, haciendo que un calor incómodo se arremolinara en su estómago.
Ethel se irguió, dolida.
—¿Cuál es el problema?
Nox se movió perdiendo la paciencia. Cerró los ojos y se apretó las sienes.
—El problema es que no deberías estar aquí.
Ethel agradeció el hechizo porque sentía un nudo inmenso de lágrimas presionarle la garganta.
—¿Por qué...? Pensaba que... Quiero decir, somos amigos.
El rostro de Nox se estremeció con una mueca.
—Por todos... ¡Deja de pensar que todo el mundo tiene buenas intenciones! N-no sabes por qué me he acercado a ti, puedo haberlo hecho por pena o por... —la voz se le quebró— por otro motivo. No deberías fiarte de la gente con tanta facilidad, y menos de Holloway. Aprende la maldita lección, Ángel.
—No me llames así —lo cortó ella, enfadada.
Nox permaneció inmóvil, con las manos crispadas a los costados y los ojos entrecerrados. Su expresión era una máscara pétrea, como tallada en mármol. El silencio se alargó entre ellos; un precipicio invisible y afilado.
Ethel tragó saliva. El hechizo que había lanzado para sentirse segura parecía desvanecerse con la misma facilidad con la que él la destrozaba. Se obligó a mantener la barbilla en alto, a no desmoronarse delante de Nox.
Lo peor... lo peor es que, aunque fuese verdad, aunque él solo hubiese sido simpático con ella por pena, igualmente la había hecho feliz.
—No entiendo... —musitó al fin—. No entiendo por qué te comportas así... ¿Qué te importa a ti si dejo que la gente me utilice?
—¿Cómo? —Nox dio un paso adelante; su sombra devoraba la de ella.
El viento sopló entre los arbustos, agitando su melena dorada y despeinándola aún más. Los dedos de Nox se crisparon.
—No tienes por qué ser cruel —continuó ella—. Yo elijo cómo son mis relaciones.
La sonrisa de Nox fue lenta y le marcó un hoyuelo. Incluso, con esa expresión de desagrado le pareció tan atractivo...
«Soy estúpida», se dijo.
—Te avisé de que yo no tengo buen corazón. De que no era como tú creías —dijo furioso—. Ahora no me mires como si te hubiese decepcionado.
Ethel sintió el calor ascenderle por el cuello hasta teñirle las mejillas. La rabia y el dolor se mezclaron en su pecho, formando una bola incandescente que la quemaba desde dentro.
Agachó la cabeza y sonrió comprendiéndolo.
—Ya lo entiendo —balbuceó para sí misma.
—¿El qué?
—Te ha molestado que me haya acercado a ti delante de todos.
Lo comprendo, Ebonwick es un pueblo pequeño y mi familia y yo no tenemos una buena reputación.
Si es por eso, fingiré que no nos conocemos, no te preocupes.
Jamás le contaría a la gente que... Pero no tenías que ponerte así, si me lo hubieses dicho, lo habría entendido, no me importa.
Algo parpadeó en la mirada de Nox, un destello oscuro y visceral. Sus palabras parecían haberlo enfurecido aún más. Se acercó, acortando la distancia entre ambos. El frío de la noche quedó sepultado por el calor que emanaba de su cuerpo.
—Sí, exacto, lo has entendido perfectamente. —A Ethel le dio la impresión de que estaba siendo sarcástico—. Así que, si puedes marcharte, será lo mejor...
Ethel levantó la barbilla y cogió aire hinchando el pecho.
—No. No pienso esconderme nunca más. Pero, tranquilo, te dejaré en paz. —Y antes de que él pudiera decir nada más, giró sobre sus talones y volvió dentro, con los tacones resonando contra el suelo de piedra.
Necesitaba olvidarlo, necesitaba dejar de pensar en esos ojos oscuros y en esa boca cruel. Sin pensarlo dos veces, se dirigió a la mesa de las bebidas y se sirvió un vaso. El líquido le quemó la garganta, pero no lo suficiente para apagar el fuego que ardía en su interior.
Silas la agarró de la mano y la condujo hacia otro de los salones, donde la gente bailaba. Había apartado los muebles para hacer espacio. Las luces estaban tan atenuadas que prácticamente todo era penumbra y la música se bebía todos los pensamientos. No había espacio para la razón en aquel lugar.
Era mejor así. Perderse hasta que no quedara nada.