32
La mansión de los Holloway era una reliquia victoriana.
Los ventanales arqueados reflejaban los destellos de las luces que parpadeaban en su interior.
La verja de hierro del pequeño jardín delantero estaba abierta de par en par, y grupos de jóvenes iban entrando, algunos con botellas en la mano, otros encendiendo cigarrillos en el porche.
Era una fiesta, pero también era un espectáculo; todos querían estar allí, formar parte de aquello, ser vistos.
Nox cruzó el umbral y lo envolvió el retumbar de la música, el bajo palpitando a través del suelo de madera. Se quitó la chaqueta y la tiró sobre un sillón en el vestíbulo. El aire estaba cargado de humo y alcohol.
Se pasó una mano por el pelo. Hacía demasiado calor allí dentro. Agarró un vaso de un aparador y le dio un trago mientras esquivaba cuerpos. Las lámparas de araña proyectaban sombras oscilantes sobre los rostros de los adolescentes, cuyas risas se perdían entre canciones y gritos de euforia.
Bostezó.
—¿Qué te parece? —preguntó Silas, apareciendo a su lado con un vaso en la mano y una estúpida corona de plástico en la cabeza. Llevaba camisa y pantalón negro, y un reloj caro en la muñeca.
Niñato presumido.
El chico de oro de Ebonwick los tenía a todos comiendo de la palma de su mano.
—Fascinante —respondió Nox sin entusiasmo. Recorrió el salón con la mirada. A su alrededor, chicos y chicas bailaban, charlaban, se enrollaban al ritmo de la música esparcidos por toda la casa, bebiendo y riendo.
Las luces eran tenues, teñidas de un rojo carmesí.
Silas asintió, dando un trago largo a su vaso, y luego observó a la multitud. Nox lo siguió con la mirada. Había algo tenso en su expresión, una especie de inquietud que no era propia de él.
—¿Nervioso? —inquirió Nox, arqueando una ceja.
—¿Nervioso? —repitió Silas, como si la idea le resultara absurda—. ¿Por qué iba a estarlo? Es mi fiesta.
Nox no respondió, pero algo en la forma en que Silas apretaba el vaso con los dedos le hizo sospechar. Un mal presentimiento.
—Ivy anda como loca buscándote —agregó Silas, cambiando de tema con demasiada rapidez—. Enróllate con ella de una vez para que podamos descansar. La princesita no va a parar hasta que lo consiga.
Nox esbozó una sonrisa irónica y se recostó contra una mesa. Iba a necesitar algo más fuerte que el alcohol para divertirse.
Todavía no has conseguido desprenderte de lo que pasó con el angelito en el apartamento.
La odiaba, la odiaba por ocupar su mente sin permiso, por haberle toqueteado de aquella forma y luego haberse comportado como si nada. ¿Cómo se atrevía? Su falta de reacción lo mataba.
—Mmm... Hacer que un pastor pierda los nervios. Eso puede ser divertido —le contestó a Silas mientras apuraba su bebida.
Quizá así acabarás con la tortura de tu obsesión por el angelito...
«No estoy obsesionado con ella», se defendió.
Silas le dio una palmada en el hombro y se alejó entre la multitud, repartiendo saludos. Justo cuando se llevaba un nuevo vaso a los labios, Ivy apareció ante él, envuelta en un vestido rojo de terciopelo.
—Hola —lo saludó inclinándose hacia él para que pudiera oler el perfume dulzón que llevaba—. Te estaba buscando.
Nox la dejó hacer. Estaba de mal humor. No podía sacarse de la cabeza el rostro de Ethel, sus ojos grandes y transparentes, su boca al sonreír. Lo guapa que estaba con su ropa...
Dejó escapar un sonido de frustración.
—Estás serio... No pareces tú.
Nox le quitó la copa de las manos a Ivy y echó la cabeza hacia atrás para bebérsela de un trago. Le pasó un brazo por los hombros.
—Vamos a cambiar eso. Dime dónde guarda Silas el alcohol bueno, esto está malísimo.
Ivy lo miró ilusionada y lo guio hacia la parte de arriba.
Ethel, sentada frente al fuego y arrebujada en un chal tejido por tía Daphne, observaba los libros que tenía esparcidos por la mesita de café.
Grimorios que Seraphine le había prestado, textos polvorientos de botánica mágica...
Pero, en aquel instante, el que ocupaba su atención era un volumen encuadernado en cuero oscuro con un hechizo que rezaba: « Despojar de los grilletes del miedo y fortalecer el corazón. Temporal, poderoso, desinhibido ».
Su dedo se deslizó por el texto, repasando los pasos. No era complicado.
Sus tías y su abuela habían salido temprano para la reunión con las Trece, dejándola sola en la mansión.
Llevaba toda la tarde debatiendo consigo misma. Quería ir a la fiesta de Silas. Una parte de ella se moría de ganas por estar allí, por sentirse parte de algo. Por un segundo, incluso se permitió fantasear con la idea de ser una chica normal de diecisiete años, riendo y bebiendo como las demás.
Y quería verlo a él .
Sin embargo, el miedo la paralizaba, como un veneno que le entumecía las extremidades.
El pulso le latía en las sienes y sentía las manos frías, húmedas, con solo imaginarse allí, rodeada de desconocidos.
Aquella sensación de angustia la ahogaba.
Había desarrollado esa fobia social como consecuencia de sus años en el colegio y el instituto, de los accidentes, los cuchicheos, las miradas.
Le daba pánico exponerse. Era un monstruo invisible que pesaba sobre sus hombros.
Ethel leyó todo el hechizo de nuevo. En letras finas y estilizadas, el texto describía cómo liberar los bloqueos emocionales y permitir que el verdadero yo floreciera, libre de miedos.
Fue a la cocina con el libro en las manos.
Se recogió la larga melena en un moño rápido y se remangó.
Sacó algunas hierbas de la despensa: lavanda para la calma, romero para la claridad y ajenjo para el coraje.
Sobre la mesa dispuso un cuenco de cerámica y vertió un poco de agua de lluvia que tía Seraphine guardaba siempre en la nevera.
Le había dicho que era esencial para conjurar bien.
Corrió escaleras arriba. Guardaban las velas en una alacena estrecha y abarrotada. Se llevó una negra y otra plateada. Las encendió colocándolas a cada lado del cuenco de vuelta en la cocina.
Ethel cerró los ojos y respiró profundamente, permitiendo que la esencia de las hierbas la envolviera.
—«Que el miedo se disipe, que la oscuridad se aclare, que el valor se alce y la confianza me ampare» —susurró, repitiendo las palabras del grimorio.
Esta vez se aseguró de hacerlo bien y de no equivocarse, como le había ocurrido en casa de Nox unos días atrás. A tía Seraphine casi se le sale el café por la nariz cuando le contó lo que había pasado por culpa del ensalmo.
«Vamos, concéntrate», se dijo. La magia era parte de sí misma y debía dominarla y no permitir que fuese al contrario. Tomó unas cuantas respiraciones y sintió cómo fluía por su cuerpo, suave.
Desmenuzó las hierbas y las dejó caer en el agua, observando cómo flotaban y se entrelazaban, creando un vórtice lento y armonioso.
Tomó un hilo rojo, que había encontrado en el costurero de tía Daphne, y lo sumergió en el cuenco, dejándolo empaparse por completo.
Después, lo sacó y escurrió el exceso de agua con cuidado.
A continuación, lo ató alrededor de su muñeca izquierda.
El aire se sintió diferente, más liviano, más limpio. Ethel observó su reflejo en el agua del cuenco y esbozó una sonrisa amplia y confiada.
Apagó las velas y subió las escaleras de nuevo, con paso decidido. Su cuerpo se movía ligero, sus pulmones se hincharon al completo. Echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una risa antes de seguir subiendo hacia el cuarto de tía Daphne.
Les había hablado a ella y a Seraphine de la fiesta de Silas Holloway. Las dos la habían animado a ir.
—Tengo un vestido perfecto. Está guardado en una funda de terciopelo rojo en el armario de la derecha. Prométeme que lo usarás —le pidió Daphne.
—No sé...
—¿Por qué no quieres ir? —preguntó Sera.
—Sí que quiero. Silas me cae bien y quiero intentar ser menos distante. Pero...
—¿Pero?
Sus tías, sentadas frente a ella en el salón, habían dejado de prestar atención a la película en blanco y negro que habían puesto. En momentos como ese se hacía más evidente que eran mellizas.
Ethel había dejado escapar un suspiro.
—Me encontraré con Nox. Y... —Estaba muy avergonzada por su comportamiento—. La fastidié el otro día en su apartamento. No sé con qué cara mirarlo ahora. —Se echó hacia atrás tapándose el rostro y soltó un sonido de frustración—. Ni siquiera sé si a él le atraigo...
—Entonces enróllate con Holloway. El alcalde es un memo, pero el chaval no está mal.
—¡Sera! —La empujó su hermana—. Ay, cariño, que alguien no te vea como tú deseas es devastador. Pero quién sabe, quizá eso cambie.
Al irse, tía Seraphine le había entregado el grimorio que contenía el hechizo para combatir el miedo.
—Cuando volvamos espero que me cuentes que has ido y que te lo has pasado genial. —La apuntó con un dedo, amenazándola.
Ethel, frente al espejo, se observó por unos segundos. Algo había cambiado en sus ojos. Brillaban.
—Vamos a darles algo de qué hablar... —se animó a sí misma recordando las palabras de Silas.