Flor de sangre (Flores malditas 1) 31
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Ethel había caminado hasta el centro del pueblo con el sobre arrugado de una carta en la mano.

¿Qué tal estáis, papá?

Yo estoy bien. Ya sabes cómo es la mansión, tan bulliciosa y silenciosa a la vez, y, aunque parezca que estás solo, nunca lo estás. Me gusta esa sensación. Me siento bien aquí.

¡Creo que he hecho un par de amigos!

Siento que aquí puedo soñar con que todo es posible. Quizá es por el encanto de la mansión, y por lo especiales que son mis tías y la abuela. Me estoy contagiando de algo de su pasión por las cosas.

No te preocupes por mí. Si las cosas no funcionan, he encontrado una casita en el bosque, está un poco derruida, pero podría arreglarla e irme a vivir ahí, en medio de los árboles.

Creo que pertenezco a este lugar porque mi corazón es más ligero aquí.

Dale recuerdos a mamá.

Con cariño,

Ethel

Deslizó la carta por la ranura del buzón y se quedó un instante inmóvil. Quedaban unas cuantas horas para la cena, así que decidió aprovechar que había caminado hasta el pueblo para dar una vuelta.

Terminó entrando en un pequeño local que hacía las veces de librería, café y anticuario; un poco de todo. Ethel se detuvo frente a un libro que tenía el cuadro de Ophelia en la portada. Lo abrió con curiosidad. Era un recopilatorio de pinturas.

— La belle dame sans merci, Dicksee —leyó para sí misma.

Pasó la página, el siguiente mostraba a una hermosa mujer de larga cabellera rojiza a punto de besar a un caballero con armadura.

Por un momento, perdió la noción del tiempo observando, con el pecho cargado de sensaciones, aquellas pinturas de colores vivos.

—¡Oye, tú! —gritó una mujer acercándose. El chillido la hizo dar un respingo y tiró el libro al suelo—. ¡¿Qué haces?!

—Lo siento.

Ethel lo recogió con cuidado.

—Lo has estropeado.

—Yo...

La señora, que llevaba un delantal con el nombre del local y parecía la dueña, la apuntó con el dedo chillando furiosa. La recordaba de la reunión de vecinos en el Ayuntamiento.

—Mira. Lo has manchado. ¿Quién te ha dado permiso para ojearlo? Esto no es una biblioteca.

—Perdone —se disculpó apurada.

La mujer se lo arrancó de las manos de malas formas y lo mostró a los demás clientes que estaban por allí.

—¡Mira, mira esto!

Otra mujer, que debía det rabajar allí también, soltó una risa despectiva.

—Es cosa de esa familia. Maleducadas.

Ethel sintió la sangre subirle a la cara.

—¡Págalo! Ahora tienes que pagarlo.

—Sí, por supuesto. A-ahora mismo no llevo dinero encima, pero puedo volver mañana...

—¡De ninguna manera! —La voz se le clavó como un látigo—. ¿Por qué me fiaría de ti?

Ethel sintió un calor conocido subirle por la nuca. Soltó aire despacio tratando de calmar la sensación de pánico que se le estaba enroscando en el pecho. Tenía que salir de allí antes de que su magia se descontrolase.

—Lo traeré mañana, se lo prometo —balbuceó, con la garganta seca. Dio un paso hacia la puerta.

—¡Ni lo sueñes! —La mujer avanzó para cortarle el paso extendiendo un brazo—. Llamaré a la policía ahora mismo. ¿Os creéis por encima del resto de nosotros?

Ethel retrocedió, nerviosa.

—Pu-puedo llamar por teléfono y que vengan...

Escuchó otra risa despectiva.

—Pretende que esas brujas se presenten aquí para maldecirnos.

—¡La policía, llama a la policía!

Ethel se movió hacia la puerta, esquivando a la mujer que le gritaba.

Se frotó las manos tratando de calmarse. Sentía la piel arderle, al igual que la cabeza.

Al salir hacia la zona de cafetería, chocó con un hombre que llevaba una taza de café en la mano. El líquido caliente le llenó la camiseta de color blanco.

—¡Ah! —gimió tirando de la tela para separarla de su pecho.

—¡Encima agredes a mis clientes! —chilló la dueña fuera de sí.

Ethel se precipitó hacia la salida, necesitaba escapar. Empujó la puerta con fuerza y el aire fresco de la calle le agitó el pelo.

La dueña la agarró bruscamente del brazo, clavándole los dedos con fuerza, y tiró de ella, sacudiéndola.

—¡Adónde crees que vas, engendro! —escupió furiosa.

Ethel tiró de su brazo con violencia. Las uñas largas de la mujer se aferraron un instante a la tela de su abrigo antes de resbalar. Al soltarla, desestabilizó a Ethel, que cayó hacia atrás. Trató de parar el golpe con las manos, pero acabó dándose en la cabeza con los adoquines de la calle.

El sonido del golpe arrancó un jadeo colectivo en los presentes.

Ethel dejó escapar un quejido de dolor y, mareada, intentó sostenerse sobre los codos.

El grupo de personas que había salido a la calle ahogó una exclamación de sobrecogimiento, cuando un hilo de sangre le resbaló de la sien, donde se había golpeado.

—Yo... Yo... —balbuceó nerviosa la dueña del local—. ¡Yo no la he empujado! ¡Ha sido ella sola, que se ha tirado al suelo! —exclamó indignada—. Lo ha hecho a propósito.

Ethel se tocó la cabeza e hizo una mueca de dolor. Respiró muy muy despacio. Tenía que relajarse o perdería el control.

—Todo para librarse de pagar. Lo habéis visto, ¿cierto? —seguía gritando la mujer.

—Cállese de una puta vez. —La voz seca y afilada de Nox hizo que el silencio se extendiera por la calle.

La mujer retrocedió al verlo, aunque su expresión se retorció entre indignada y furiosa.

Nox le tendió una mano a Ethel, que al verlo dejó escapar una lágrima. Sus labios temblaron y soltó el aire poco a poco.

Había alguien de su parte...

Le agarró la mano y él la ayudó a ponerse de pie.

—Tranquila —murmuró.

En cuanto lo tuvo cerca, el pánico fue aplacándose lentamente.

—Ven, mi piso está ahí al lado. —Nox sacó un par de billetes de cincuenta y se los tiró a la mujer—. Ya no le debe nada.

El sol ya casi había caído por completo cuando entraron en el edificio donde vivía Nox. El apartamento tenía los techos altos, ventanas estrechas que daban a una de las calles principales y muebles antiguos. La penumbra se teñía del naranja del atardecer.

—Gracias —murmuró Ethel

—Cuando quieras.

Nox señaló el baño.

—Puedes cambiarte si quieres. Te lavaré y secaré la ropa.

Ethel se miró. Tenía una enorme mancha marrón en su camiseta de flores bordadas, que se había escurrido hasta su falda corta a juego. Además de salpicaduras de sangre.

—No es...

—Toma. —Nox le tendió una sudadera gris oscuro, sin darle la oportunidad de replicar.

Ethel se encerró en el baño, se quitó la ropa manchada y se colocó la prenda. El algodón olía a él, y eso la reconfortó.

Se lavó las manos, raspadas y sucias, e inspeccionó la herida que tenía en la sien derecha.

Nox llamó con un par de golpes en la puerta.

—¿Puedo pasar?

Ethel se aclaró la garganta.

—Sí.

—Siéntate —le pidió empujando un taburete hacia ella con el pie.

Ethel obedeció.

Nox tomó sus manos y limpió los raspones con desinfectante. Después pasó una gasa por su frente. Jugueteaba con el piercing de su boca, concentrado en la tarea. Ethel no podía dejar de mirarle los labios, el gesto la distraía.

También la forma en la que sus pestañas caían sobre sus ojos, casi cubriéndolos por completo. Era demasiado guapo.

Hizo una mueca de dolor y él paró al instante.

—¿Duele? No estoy acostumbrado a esto.

—¿A qué?

Nox se aclaró la garganta y sacudió la mano, como si la tuviese agarrotada. Juraría que parecía nervioso.

—A curar a alguien...

Ethel levantó la mirada hacia sus ojos. Sus rostros estaban muy cerca. Sus bocas también. Contuvo la respiración. Apretó las piernas. Estaban solos, le recordó una parte de su cabeza, él se lo había dicho al entrar...

La nuez de Nox se movió marcándose.

—Listo —dijo con la voz ronca.

Ella, sonrojada, bajó la cabeza.

—Gracias.

—Voy a... Voy a poner tu ropa en... Ya sabes —tosió—. Lavadora, eso.

Cogió sus prendas y se marchó. Solo en ese momento Ethel soltó el aire que retenía.

Se quedó unos segundos en el baño, apoyada contra la puerta. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que Nox lo escuchara desde fuera. Se llevó las manos al pecho y respiró hondo.

—«Inspira, espira, los nervios se retiran. Que a la cuenta de tres mi mente se aligere» —recitó. Un momento, ¿era aligere o despeje?

Se salpicó agua a la cara y salió del baño esperando haber pronunciado correctamente el pequeño ensalmo y que funcionase.

Una sensación de ligereza le recorrió el cuerpo mientras se dirigía al salón.

—¿Quieres ver algo en la tele mientras esperamos? —preguntó Nox apareciendo desde la cocina—. No debe tardar mucho, en cuanto haya terminado de lavarse, se seca. Una máquina fascinante...

Ethel lo miró y soltó una risa.

—¿Qué? —preguntó Nox—. No me puede fascinar una lavadora-secadora.

—No, claro. —Ella trató de aguantarse la risa—. Si tienes toda la razón.

Nox dio un paso hacia Ethel y la miró desde arriba con el ceño fruncido, ella se distrajo un momento con su piercing de la oreja.

—¿Te estás riendo de mí, Ethel? —dijo con la voz queda.

A ella se le olvidó de lo que estaban hablando. Las palabras y todo su intelecto se fundieron, dejándola en silencio absoluto, perdida en el rostro de Nox. Tragó y movió la cabeza, negando.

—Bien. —Nox le pasó el pulgar por la mejilla y fue a poner la tele—. Ponte cómoda.

Ethel se sentó en el sofá. Él tardó un rato en conseguir encender el aparato. Ella observó divertida cómo se peleaba con la tele, sentía la cabeza ligera y nublada. Echaban un capítulo de una serie de brujas, a Ethel le pareció muy graciosa la ironía y soltó una carcajada.

Nox la miró divertido, casi nunca oía a Ethel reírse en voz alta.

Ella se llevó una mano a la boca y señaló la pantalla, donde había un hombre con apariencia demoniaca.

—Vaya, pone la misma expresión que tú cuando te enfadas. La dueña de la tienda tendrá pesadillas contigo esta noche —rio ella.

—¿En serio? —Le lanzó una mirada—. ¿Crees que me parezco a ese ?

Ethel asintió.

—Sí, eres igualito.

Nox giró la cabeza, incrédulo.

—Yo soy mucho más guapo.

—¿Sí? ¿Tú crees?

—Me ofendes —le dijo sonriéndole insolente—. ¿Ves cómo en el fondo eres cruel?

Ethel se inclinó hacia él, estudiándolo con descaro. La sudadera, enorme, se le descolgó del cuello, dejando entrever la piel de su escote. Nox se quedó rígido, y miró al techo.

Oh, vamos... ¿Qué haces?

Los ojos de Nox volvieron a bajar hacia ella y a subir.

«Intento no mirar».

Pero estás mirando.

Cierto, su mirada había vuelto a descender.

Tragó.

«Bueno, la intención es lo que cuenta».

Ella sonrió, como si hubiera resuelto un enigma.

—Puede que tengas razón.

—¿Qué? —preguntó descolocado. Ethel señaló a la tele y él recordó de lo que estaban hablando—. ¿Cómo que puede ? —replicó. La observó entrecerrando los ojos—. ¿Has tomado algo? Pareces ebria.

Ella negó mostrándole las manos en señal de inocencia, como si él fuese un policía. A Nox le hizo gracia.

—¡No! —negó meneando la cabeza—. Me siento bien. Relajada. Es que tú... me impones.

Nox elevó las cejas y apretó los labios para no reírse.

—¿Estás coqueteando conmigo, Ethel?

Ella lo miró inocente y se encogió de hombros.

—Puede. No lo sé.

Nox tensó la mandíbula y tomó aire despacio. Verla con su ropa bastaba para tentarlo, pero su actitud no ayudaba.

—Vale... Creo que prefiero a la Ethel tímida. Esto es casi demasiado para mí.

Ethel alargó un dedo y le apuntó el pecho, presionando con suavidad. Nox siguió con la mirada el recorrido de su tacto, tragando saliva.

—¿Te doy miedo? —rio ella.

—Puede... —respondió él, con la voz ronca.

Ethel soltó una carcajada.

—Tiene gracia que yo te dé miedo. ¿Qué? ¿Crees que podría echarte un maleficio?

—No. Eso no es lo que me da miedo —reconoció Nox con la voz apretada.

Ella deslizó el dedo por la línea de sus músculos, entretenida.

—Estás fuerte. Te vi sin camiseta en la regata. Estás muy... bien.

—¿Bien? —Le costaba respirar—. ¿Solo bien?

La mano de Ethel siguió tocándole el pecho. Se le encogieron los músculos del vientre, tensos.

—No, muy bien.

Nox echó la cabeza hacia atrás, torturado.

«Joder...», pensó.

Cerró los ojos un instante, reprimiendo un gemido.

Ghom no está en casa...

—No puedes hacerme esto, Ángel. No es justo.

—¿El qué? —preguntó ella riendo sin entender.

Nox bajó la mirada un momento a su boca, luego fue hasta la mano con la que lo seguía tocando y, por último, hasta sus ojos. La contempló con adoración..., con deseos de profanación.

En ese momento, pitó la secadora. Nox se levantó de golpe, salvado. Fue a la cocina a toda prisa, con la cabeza llena de una reproducción muy gráfica de lo que deseaba hacer con ella. Se recolocó los vaqueros, tenso, y dejó escapar un suspiro.

Sacó las prendas de la secadora y se volvió, chocando con Ethel, que lo había seguido hasta la cocina. Ella perdió el equilibrio y se aferró a su camiseta, agarrándolo del cuello para no caer hacia atrás. Sus uñas le arañaron ligeramente la piel.

Nox se quedó quieto. Se miró el pecho donde sus dedos le habían dejado marcas rojizas y luego a ella, que trataba de estabilizarse. Le puso una mano en la espalda para sostenerla, y ella apoyó ambas palmas en sus pectorales.

—Ups —murmuró Ethel.

Nox bajó la mirada hasta sus manos, y volvió a alzarla hasta su rostro, contiendo el aliento.

Ethel levantó la cabeza y sus bocas quedaron muy cerca.

Nox sintió un hueco abrirse en su estómago. Por un segundo creyó que iba a besarlo. Abrió los labios para tomar aire. Sus ojos se detuvieron en la boca de Ethel. Se sacudió, turbado, expectante.

El anticipo, abrasador, quemaba su voluntad como una mecha.

Entonces Ethel, con un gesto repentino, alzó la mano como si acabara de recordar algo, y sus dedos rozaron sus labios.

—¡La ropa! Cierto. —Le quitó las prendas y le dedicó una sonrisa radiante—. Gracias, voy a cambiarme.

Y lo dejó ahí, clavado al suelo de la cocina, frustrado, aturdido y más perturbado de lo que quería admitir.

Alguien necesita una ducha fría.