30
Nox la estaba esperando vestido con su chaqueta cortavientos abierta, una camiseta ajustada que delineaba los músculos de su torso y unos shorts deportivos.
—Ya he bajado el carro con los kayaks.
Los árboles de la ribera habían dejado caer parte de su follaje, y las hojas rojas y doradas se arremolinaban en el agua, viajando como pequeños barcos hacia ninguna parte.
La bruma se extendía por la superficie, atrapada entre las laderas de las montañas, y arriba las nubes cubrían el cielo, aunque algún rayo travieso escapaba de vez en cuando.
Era un cuadro perfecto de otoño.
Ethel se quedó a un lado, observando cómo Nox arrastraba el kayak hasta la orilla. Sus músculos se tensaban y definían con sus movimientos.
Se apoyó en el tronco de un árbol con las manos detrás de la espalda. Inquieta, aterrada, eufórica. Todo a la vez. Hacía frío, objetivamente, pero Ethel sentía su cuerpo arder desde dentro, como si alguien hubiese encendido una llama en su estómago.
—¿Lista? —le preguntó Nox.
Ella le mostró el cronómetro que él le había entregado y lo sacudió como confirmación.
«Céntrate», se dijo. Le había pedido ayuda, no estaba allí para recordar cómo era su torso bajo la camiseta y rememorar los distintos tatuajes que tenía. Tía Seraphine se habría reído orgullosa si la hubiese visto dándole un repaso a Nox.
Se subió al kayak individual de un salto ágil y, al hundir el remo en el agua, su cuerpo se tensó.
Los músculos de sus brazos y hombros se contrajeron con cada movimiento, dibujando líneas firmes bajo la tela húmeda de su camiseta.
El agua se rompía en ondas suaves a su alrededor.
Ethel no pudo evitar quedarse embelesada.
Le parecía injusto que fuese tan atractivo y atlético, que tuviese el pelo perfecto y las pestañas largas y espesas; que, combinadas con el raro color de sus ojos, lo afilado de su ceño y aquel piercing que adornaba una de sus cejas, dotasen a su mirada de un aspecto tan incisivo.
Era bastante injusto que sus facciones fueran tan armónicas, sus pómulos tan altos, que su boca estuviese realzada por aquel aro plateado.
Que pareciese problemático y, aun así, resultara tan encantador.
Era injusto porque despertaba en ella una clase de deseo difícil de ignorar. Soñaba con él, con el tono de su voz y con su boca. A veces dormida y otras despierta.
—¿Y? —preguntó al regresar a la orilla jadeante, pero con una sonrisa arrogante—. ¿Qué tal mi puntuación?
Ethel se aclaró la garganta, intentando que su voz sonara ligera, aunque el calor en sus mejillas la traicionaba. Quiso, con todas sus fuerzas, no mirarle.
—Mmm..., bien, supongo. No lo sé.
Él chasqueó la lengua, fingiendo una decepción exagerada. Su pelo se sacudió húmedo cuando movió la cabeza.
—Qué cruel. Me esfuerzo al máximo y solo consigo un bien. Y yo que pensaba que habría conseguido impresionarte.
Ethel abrió la boca y tomó aire.
Estaba segura de que Nox sabía el efecto que tenía en ella y disfrutaba perturbándola.
—No sabría decir... —contestó, indiferente, tratando de fastidiarlo un poco.
Nox dio un paso más hacia ella. Ethel se esforzó por sostenerle la mirada.
—¿Segura? Yo diría que pareces bastante impresionada, Ethel.
—Puede que un poco impresionada —dijo, acercando el índice y el pulgar, todavía con los ojos clavados en él.
Nox inclinó la cabeza. Una chispa de júbilo iluminó sus pupilas.
—Cruel —susurró.
Ethel le dedicó una sonrisa arrebatadora.
¿Ves? Así se hace.
—¿Quieres subir a la piragua? —preguntó Nox—. Ven, monta conmigo.
La invitación la tomó por sorpresa. Una corriente de nervios recorrió su pecho, pero asintió. Y el tornado que tenía en el vientre se transformó en un huracán.
—Pero es individual.
Nox señaló otro kayak, ese de dos personas. Y Ethel se preguntó si ya lo tenía pensado. No quería ilusionarse de más, pero la esperanza comenzó a inflarle el corazón.
Nox se agachó para estabilizar la embarcación mientras ella se acercaba con paso indeciso.
—Sube —dijo, ofreciéndole la mano.
El contacto de su piel cálida la hizo estremecerse. Cuando por fin se sentó, todavía con el corazón acelerado, Nox se colocó tras ella.
—Relájate. Yo remaré primero.
El kayak se deslizó sobre la corriente, y Ethel se dejó llevar, embriagada por la sensación de intimidad y la cercanía de él a su espalda.
La neblina se abrió en jirones delicados revelando el paisaje. El dorado, bronce y escarlata de los árboles salpicado de vez en cuando por un intenso verde. El reflejo de los rayos en el agua, como si de purpurina se tratase. Las hojas, que caían como suave confeti, cada vez que el aire soplaba.
El murmullo de la corriente era el único sonido, salvo el roce del remo y la respiración rítmica de Nox, cuyo aliento le hacía cosquillas en la nuca.
Ethel inspiró llenándose el pecho con el olor a tierra húmeda y a bosque.
Nox paró de remar. La embarcación quedó suspendida en la quietud, como si el tiempo se hubiese detenido también. Ethel alzó la vista y dejó escapar un suspiro.
—Ethel —la llamó Nox con la voz suave.
Ella se giró sobre su hombro para mirarlo.
—¿Qué?
Él tardó un rato en contestar. Sus ojos recorrieron despacio cada una de sus facciones y su nuez subió y bajó, marcándose.
«Vaya», pensó.
—Nada... —contestó con la voz apretada.
Su boca se estiró ligeramente hacia un lado y su lengua acarició la comisura, presionándola.
Ethel sintió envidia. Ella también deseaba recorrer aquel labio.
Se giró hacia el frente.
—Gracias por dejarme montar. Es precioso.
En ese instante, con él tan cerca y la inmensidad del paisaje desplegándose alrededor, sintió que todo se había vuelto casi sagrado. Deseó que el momento no terminase nunca. Pero los deseos rara vez se hacen realidad.
Nox se aclaró la garganta.
—¿Quieres probar tú mientras volvemos?
Ella dudó, pero él no le dio tiempo a responder: sus manos atraparon las de Ethel sobre el remo, guiándolas con un movimiento lento. Su respiración rozaba la nuca de ella mientras le enseñaba el gesto. Cada contacto era un pequeño incendio que se propagaba por su piel.
Ethel apenas escuchaba las instrucciones. Solo podía pensar en lo cerca que estaba de él. En lo fácil que estaba cayendo, y en lo inevitable y adictivo del vértigo que Nox le hacía sentir.
Ayudó a Nox a llevar los kayaks al almacén. Él estaba más callado desde que habían salido del agua, perdido en sus pensamientos.
Ethel sintió un nudo en el estómago. Parecía un poco distraído.
Antes de que pudiese decir algo, Nox se detuvo y se volvió hacia ella. Con un movimiento casi automático, le pasó la sudadera del club que llevaba en su bolsa de deporte.
—Llevas un rato temblando —explicó.
Ethel se quitó la americana y se colocó su sudadera. Susurró un «gracias» que sonó más ahogado de lo que pretendía. Nox la observó durante unos segundos, frunciendo ligeramente el ceño, y luego apartó la mirada hacia otro lado. Lo oyó suspirar.
Ethel se obligó a respirar con normalidad. El corazón le latía con fuerza, confundido por la mezcla de cercanía y distancia que Nox había dejado entre ellos.
—Yo... debería... —comenzó.
—Claro —contestó él—. Hasta mañana —se despidió dirigiéndose a los vestuarios.
Ethel se quedó un momento en el almacén observando cómo se alejaba.