Flor de sangre (Flores malditas 1) 29
37%

29

Ethel acarició el bulbo de un Anthurium , que se abrió floreciendo de un intenso rojo.

Sonrió para sí misma. Pasó a un crisantemo, cuya blancura resaltaba bajo la luz tenue que se filtraba a través de los cristales empañados del invernadero del instituto.

Aquel rincón era su refugio en las horas libres, un lugar donde podía relajarse y donde se sentía libre para ser ella misma.

—Vaya, así que aquí es donde te escondes.

Ethel se giró, sobresaltada. Silas estaba apoyado contra la puerta, con las manos en los bolsillos de su sudadera del club de remo.

—Hola —lo saludó ella.

Silas avanzó un par de pasos, observando las flores.

—¿Qué haces aquí, Ashbourne? —preguntó, tomando una hoja entre sus dedos.

—Me gusta estar sola —confesó, aunque no era del todo cierto. Simplemente le resultaba más cómodo.

Silas se acercó un poco más, hasta quedar lo suficientemente cerca como para que Ethel percibiera su colonia.

—No esperaba menos de una Ashbourne —dijo, ladeando la cabeza para mirarla mejor—. Siempre tan... misteriosas.

—No es eso. Es que estar siempre bajo el escrutinio de los demás es agotador. Les incomoda mi presencia.

—Ya, los asesinatos. —Se giró para apoyarse sobre una de las mesas y la miró con una sonrisa divertida—. Dales algo diferente de lo que hablar.

Ethel levantó la cabeza y arrugó la frente sin comprender a qué se refería.

—¿El qué?

Él se inclinó ligeramente hacia ella, bajando la voz en un susurro confidencial.

—Este viernes es mi cumpleaños. Daré una fiesta en mi casa. Mis padres no están, y creo que nos hace falta algo de diversión con todo lo que está pasando.

—Ajá... —contestó Ethel todavía descolocada—. No sé si es el ambiente más adecuado para una fiesta.

Silas encogió los hombros, con un gesto despreocupado.

—Lo importante es que quiero que vengas.

Ethel parpadeó, desconcertada por un segundo.

—¿Que yo...?

—Sí, tú. —Silas se separó de la mesa con las macetas para erguirse.

Había algo travieso en su expresión. Un brillo de picardía en sus ojos que contrastaba con el gesto seductor de su boca.

Ella negó con la cabeza, soltando un suspiro.

—No creo que sea buena idea.

La perspectiva de estar en una fiesta rodeada de gente hizo que se le disparara el pulso y le sudaran las manos.

Silas alzó una ceja y sonrió más ampliamente.

—¿Y eso? ¿Tienes otros planes?

Ethel abrió la boca para responder, pero se quedó en blanco. No tenía otros planes. De hecho, iba a estar sola todo el fin de semana porque su familia se marchaba al cónclave de aquelarres.

—No, pero...

—Entonces, no hay excusa —la interrumpió con un tono firme, pero amigable—. Vamos, solo un par de horas. Si te aburres, te largas. Te lo prometo.

—Es que yo...

—Te lo pasaste bien en la regata, ¿no? Prometo hacerte compañía toda la noche si es eso lo que te preocupa.

Ethel dudó, jugueteando con los pétalos del crisantemo entre sus dedos.

Tía Seraphine le había dicho que debía dejar de vivir con miedo, que fuese a por las cosas que deseaba.

Ahora confiaba más en sí misma, pero una no se deshace de sus demonios y de sus miedos de la noche a la mañana.

Le habría gustado no ser ella misma, no vivir en su piel, no tener tantas cicatrices.

Eso la haría sentirse más libre. Ethel era presa de su pasado, de sus traumas y, lo quisiera o no, la conformaban y la moldeaban.

Silas la observó con paciencia.

Aunque, pensó Ethel, también podía comenzar a sobreponerse a ellos.

—Como te he dicho antes —insistió Silas—, dales algo diferente de lo que hablar.

Ethel frunció el ceño.

—No entiendo. ¿Quieres que hablen de ti y de mí? ¿Es eso lo que estás diciendo?

Silas se inclinó. La sombra de sus pestañas le rozó la mejilla cuando bajó la vista un instante, como si considerara su respuesta. Cuando volvió a mirarla, el brillo en sus ojos era casi eléctrico.

—Creo que eres consciente del interés que despiertas. Pero, por si no lo has notado, hay muchos a los que les gustaría conocerte mejor. No sé si me explico.

Ethel se quedó en silencio sopesando sus palabras.

—No estoy segura de estar siguiéndote del todo.

—Las cosas que no comprendemos y que no parecen a nuestro alcance son las que más nos obsesionan, las que más curiosidad nos provocan. Quizá si te desmitifican, dejarás de ser objeto de especulación.

Ethel arqueó las cejas.

—Vaya... No lo había visto así. Tienes razón —reconoció—. Debería esforzarme en ser menos distante. Es... un defecto que tengo, siempre doy por hecho que la gente prefiere mantenerse lejos de mí.

Silas enarcó las cejas y luego dejó escapar una carcajada. Era como un niño en un cuerpo de un adulto, o al menos esa es la energía que transmitía. Quizá por eso le había parecido una persona cercana y fácil de aproximarse.

—Genial, es una promesa, entonces.

Silas se enderezó metiendo las manos en los bolsillos y, caminando hacia atrás, se dirigió hacia la puerta del invernadero.

—El viernes a las ocho. ¡Te estaré esperando!

Nox se frotó los ojos, cansado. Llevaba un par de noches sin dormir. Conforme traspasó la verja de entrada al instituto, vio a James y a Silas que charlaban con un par más de alumnos de su curso junto a la puerta y se acercó a ellos.

—... así que hoy voy a decirle que se tome algo conmigo después de clase —decía Silas.

—Te va a rechazar.

—Por supuesto que no, Ashbourne quiere ser mi amiga —rio.

Nox se tensó al oír su nombre.

Te dije que usases su cabeza como un balón. Deberías hacerme caso.

Las risas y los comentarios del resto se perdieron en un murmullo.

Nox sintió un pinchazo molesto en la boca del estómago. Se giró en el último momento y entró en el instituto.

«Muy gracioso. No puedo hacer eso, pero puedo hacer otras cosas».

Subió los escalones hasta la primera planta de dos en dos. Sus dientes toqueteaban el aro de su boca en un gesto impaciente.

¿Buscas al angelito?

Nox ignoró el canturreo molesto de su voz interior.

No tardó en dar con ella. Estaba sacando los libros de su taquilla mientras murmuraba algo para sí misma una y otra vez, como un mantra, a la vez que trazaba un patrón sobre la cubierta de uno de los libros.

Nox apoyó el hombro en la taquilla contigua sonriendo para sí mismo.

—Ángel.

Ethel dio un respingo y dejó caer el libro. Nox se dio prisa en atraparlo mientras ella tosía recomponiéndose del susto.

—¿Cuándo has aparecido? —preguntó, medio ahogada tomando el libro de vuelta.

Nox dejó escapar una carcajada.

—Puedo ser muy sigiloso si quiero, pero es que estabas distraída.

Ella terminó de guardar las cosas en su bolso y cerró la puerta de la taquilla. Se giró para mirarlo con una sonrisa radiante.

«Guau... Por todos los...», pensó.

Nox cogió aire.

Sintió la necesidad de frotarse el pecho. Tenía algo atravesándolo.

Imagina si la alzases de la cintura y te rodease con sus piernas y le pegases la espalda a las jodidas taquillas y susurrase tu nombre...

«Para», gruñó para sí mismo.

—Necesito que me eches una mano esta tarde. Nada complicado. —Hizo una pausa breve, pensando una excusa creíble—. Tengo que practicar para unas pruebas de resistencia del club de remo y necesito que alguien me cronometre.

Cuando habían hablado en la biblioteca le había quedado claro que Ethel no tenía ni idea de aquel deporte, así que tuvo la esperanza de que aquello le pareciese creíble.

—Ah, claro. Pero ¿no sería más útil si lo hicieses con Silas?

No, porque entonces acabará ahogado en el río.

—Está ocupado.

Lo que no era técnicamente mentira dado que pretendía quedar con ella esa tarde. Eso le dio ganas de reír.

Pobre criatura ilusa.

—No es nada difícil. Y te prometo que no es tan aburrido como suena. Te espero en el camino que baja al río al terminar las clases.

—Genial —dijo ella, y le pareció que lo esperaba con ganas.

Te hace ilusión quedar para pasar el rato en un barquito. ¿Qué excusa tienes para eso?

La burla y el tono ácido no consiguieron aplacar su sensación de júbilo.