Flor de sangre (Flores malditas 1) 28
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Daphne colocaba un ramo de flores en el centro de la mesa de la cocina: unas rosas tan oscuras que parecían negras, y unas ramas de salvia que desprendían un aroma terroso y fuerte.

A través de las ventanas, el sol otoñal se filtraba en haces dorados, creando figuras en el suelo de madera. De fondo sonaba la tetera hirviendo.

Ethel estaba sentada en la encimera, descalza y con el pelo recogido en una trenza desordenada, hojeando con cuidado de que Daphne no viera las notas que había tomado sobre hechizos.

Ya había conseguido hacer unos cuantos con tía Seraphine.

Eran cosas sencillas, como hacer flotar algo, encender una vela, aunque le había tomado varios intentos que la mecha no estallase en llamaradas y le chamuscase las cejas a Seraphine.

O pronunciar algunos ensalmos básicos, palabras que insuflaban una emoción y que servían para variar el ánimo de alguien.

También había conseguido acelerar el crecimiento de una flor. Pero había tardado toda la semana en evitar que se marchitara al instante.

Aunque, sin duda, lo que más le había costado había sido preparar su primera poción; la alquimia se le resistía porque necesitaba una cantidad muy concreta de magia para que la mezcla fuese perfecta.

Seraphine le había propuesto hacer una sencilla: un brebaje para calmar y suavizar el ánimo de quien lo bebiera. Pero en las primeras mezclas solo había conseguido un líquido agrio que ofuscaba a quien lo tomaba.

—Poco a poco. La práctica hace al maestro, querida —le había aconsejado, entonces.

El sonido de unos nudillos contra la puerta resonó por la casa sobresaltándolas.

Ethel todavía no se había quitado el camisón, siquiera. La mañana de sábado discurría lenta y perezosa.

Tía Seraphine se asomó a la cocina frunciendo el ceño.

—¿Quién narices se presenta en casa ajena un sábado tan temprano? —gruñó, frotándose los ojos con restos de rímel y lápiz de ojos. Tenía una marca rojiza en el cuello.

—Son las once, Sera. Para el resto de los mortales es casi mediodía.

Seraphine movió una mano en dirección a su hermana.

—Ya abro yo.

—Pero ¡si no llevas pantalones! —gritó Daphne, soltando lo que tenía en las manos para correr a la puerta.

Ethel dejó el cuaderno en la repisa y también se apresuró a asomarse al vestíbulo.

En la puerta apareció una mujer de unos treinta y tantos vestida con un traje beige impecable. Era alta y de pose elegante, llevaba el pelo castaño recogido en una coleta y tenía una mirada seria de ojos verdes.

Bajó la vista hacia el pijama de tía Seraphine y enarcó una ceja antes de volver a mirarla a los ojos.

—Buenos días. Soy la inspectora Vivian Harper. Estoy investigando las muertes de los dos turistas. ¿Podría hacerles algunas preguntas?

—¿Somos sospechosas de algo? —preguntó Seraphine, cruzándose de brazos.

—Es algo rutinario, señora...

—Señorita —corrigió Seraphine—. Seraphine Ashbourne. —Le tendió la mano a la inspectora, que se la estrechó firmemente.

Daphne apartó a su hermana del quicio de la puerta para dejar pasar a la inspectora Harper.

—Pase, por favor. Soy Daphne Ashbourne, por cierto. Mi madre debe de estar en el invernadero. Sera, ¿por qué no vas a vestirte y llamas a madre?

Harper avanzó intentando no mirar demasiado fijamente las paredes cubiertas de pinturas y antigüedades. Su mirada afilada se topó con Ethel, que se enderezó nerviosa.

—Oh, esta es nuestra sobrina, Ethel. Vive con nosotras —explicó Daphne.

Ethel le dedicó un asentimiento a la mujer a modo de saludo. Harper sonrió brevemente antes de volver a escanear el espacio.

—Acompáñeme al salón. ¿Le apetece una taza de té?

—Claro —dijo la mujer mientras caminaba perdida en sus cavilaciones.

Daphne se acercó a Ethel y le susurró en voz queda:

—Ve con ella. Ahora llevo el té.

Ethel asintió entendiendo lo que su tía le pedía. Que vigilase a la mujer. Con el rabillo del ojo vio a Daphne abrir un armario de la cocina y sacar unos tarros con hierbas. Se preguntó si planeaba hechizarla.

La inspectora se sentó en un sillón orejero junto a la chimenea, dejando el sofá para el resto, creando una distancia entre ellas.

—¿Hace mucho que vives aquí?

Ethel se dejó caer en el sofá. Se colocó un par de mechones sueltos tras las orejas en un gesto nervioso antes de responder:

—Desde finales de septiembre.

Harper asintió y cruzó una pierna sobre la otra. Sacó una libreta y un bolígrafo del bolsillo.

—¿Y dónde vivías antes?

—En Arven.

—Vaya, menudo cambio, ¿no? —Harper sonrió, aunque sus ojos seguían siendo analíticos—. ¿Y tus padres?

—Sus trabajos están allí, así que solo vine yo.

Ethel sintió el peso de esa mirada escrutadora y trató de mantenérsela.

La inspectora tomó algunas notas rápidas y levantó la mirada de nuevo.

—La noche del 17 de octubre —comenzó, eligiendo bien sus palabras—. ¿Estabas en casa?

Ethel se aseguró de mostrarse firme, a pesar de que las imágenes de su camisón manchado de sangre, de ella en mitad del bosque, de su carrera desesperada por volver a la mansión explotaron en su memoria.

—Sí —contestó—. Cenamos las cuatro juntas y nos fuimos a la cama.

—Claro. —Anotó algo más en su libreta—. He oído algunos... —Parecía incómoda con lo que estaba a punto de decir.

Ethel tragó saliva.

En ese momento, Daphne apareció con la bandeja del té.

—¿Con azúcar, inspectora? —preguntó con una sonrisa radiante mientras servía el líquido humeante en una taza de porcelana decorada con motivos florales.

Ethel parpadeó al mirar a su tía. Daphne siempre tenía un aspecto delicado, etéreo, pero juraría que en aquel momento parecía más suave, inocente y encantadora que nunca. ¿Había usado un encantamiento?

Esto la hizo apretar los labios para no sonreír.

La mujer movió la mano negando. Seraphine apareció en ese momento vestida con una falda larga de cuadros y un chaqué entallado a la cintura, estilo belle époque , más largo por detrás que por delante. Lo llevaba decorado con pines. ¿No se había arreglado demasiado?

«Menudo contraste», pensó al mirar a sus tías.

—Ya viene madre —dijo, dejándose caer en un sillón frente a la inspectora.

—Le estaba preguntando a su sobrina dónde se encontraban la noche del 17 de octubre —comentó, y le dio un sorbo al té. Le había costado apartar la mirada de las mellizas. Después de beberlo, miró el líquido con interés—. Y también me gustaría saber qué hicieron la noche del 31.

Seraphine levantó una ceja y se cruzó de piernas con delicadeza.

—Estábamos aquí, en casa. Cenando, como todas las noches. —Le sostuvo la mirada.

—Estoy segura de que Ethel ya se lo ha dicho —sonrió con calidez Daphne.

Harper asintió.

—¿Y en Halloween?

—Me marché pronto de la fiesta con una amiga. Estuvimos toda la noche en su apartamento —contestó Seraphine.

—¿Puede darme su nombre? —insistió.

—Gillian Owens.

—¿Y el resto?

—Volvimos a casa temprano, antes de que quemaran a las brujas de paja —contestó Daphne.

Harper hizo una anotación rápida.

—Los vecinos parecen... inquietos con respecto a ustedes. —Los ojos de la inspectora brillaron con un atisbo de curiosidad.

—La gente en los pueblos pequeños necesita algo de lo que hablar —replicó Seraphine con despreocupación—. Son unos viejos aburridos y cotillas.

Daphne se aclaró la garganta y le dio una patada a su hermana.

Harper asintió, como si sopesara sus palabras.

—Aun así, es curioso... tantas leyendas alrededor de un solo apellido.

Seraphine sonrió casi complacida.

—¿Y? ¿Qué dicen exactamente, inspectora? —susurró como si compartiera un secreto—. Me fascinan los rumores.

Vivian le sostuvo la mirada sin parpadear.

—Por ejemplo, que las plantas de su jardín florecen incluso en pleno invierno.

Que se las ha visto por el bosque de madrugada.

—Hizo una pausa para mirar su libreta—. Que usted hizo que un hombre perdiese el pelo por ser grosero.

Que mandaron una plaga de sapos a los cultivos del señor Hallet. Podría seguir.

Seraphine rio por lo bajo, un sonido casi musical que resonó en la estancia.

—¿Qué quiere que le digamos? Viejos locos, aburridos y envidiosos.

—Lo que mi hermana quiere decir es que no encajamos en la norma. No estamos tan integradas en la vida y costumbres de Ebonwick como a muchos les gustaría. Y lo diferente suele castigarse. Los pueblos pequeños son así.

—¡Ah, qué imaginación tan vívida tiene la gente! —exclamó Seraphine, sirviéndose un poco más de té—. Quizá debería usar todo esto para escribir un libro, inspectora.

Ella la miró con seriedad.

—Aunque no creo en la magia, a veces las habladurías tienen algo de verdad —dijo en un murmullo bajo—. Aunque sea un atisbo. Encierran algo.

—¿Y qué cree que encierran en este caso? —Seraphine estrechó los ojos, su voz fue un susurro aterciopelado.

El silencio se extendió por la habitación. Harper se permitió un segundo para observar a Seraphine, la luz del fuego danzaba en sus ojos como llamas.

—Rencillas. Está claro que los vecinos tienen algo en contra de ustedes. No entiendo bien por qué, aunque el motivo más común suele ser el dinero, a veces es envidia también... Son ustedes muy ricas, tengo entendido, ¿no? Y poseen varias tierras por aquí.

—¿Y qué tiene eso que ver con la muerte de los dos turistas?

Las dos se observaron en un duelo de miradas. Daphne carraspeó, rompiendo el momento, y se levantó con una sonrisa forzada.

—Voy a ver qué hace madre... No debería tardar —anunció, dejando la estancia a la vez que le lanzaba una mirada de advertencia a Seraphine.

La inspectora apoyó la espalda en el sillón, sin dejar de mirar a la mujer que tenía frente a ella.

—¿Puede ser que crea que alguien nos quiere inculpar? —preguntó Ethel, intentando mediar entre ambas.

Vivian Harper escapó del duelo con Seraphine y se giró hacia ella. Juraría que la vio suspirar y se removió en el sillón.

—No descarto nada, es un caso bastante complejo. Nunca me había encontrado con algo similar.

—Y dígame, ¿de dónde es usted, inspectora? ¿Le importa que la tutee? Debemos de tener la misma edad —dijo Seraphine.

Vivian se aclaró la garganta y le dio otro sorbo al té. Ethel movía la cabeza de izquierda a derecha llevando su atención de una a otra, como si estuviese presenciando un partido de tenis.

—Estoy de servicio y es una visita oficial, así que no sería profesional por mi parte. Soy de la costa Oeste, pero hace poco me han destinado a este condado.

—Supongo que Ebonwick le parecerá aburrido, en comparación.

—Oh, no crea. —Los dedos de Vivian juguetearon con el borde de su taza—. Ebonwick tiene su propio encanto... Es peculiar.

—Eso es quedarse corto. —Los tres pares de ojos se giraron hacia el umbral. Morgana Ashbourne, con su cabello cano recogido en un moño trenzado y un vestido de terciopelo oscuro, apareció en el salón con sus abalorios tintineando al compás de sus pasos.

—Madre, esta es la inspectora Vivian Harper —anunció Daphne.

La mujer se puso de pie y le tendió la mano con un gesto cortés. De hecho, hubo algo reverencial en la forma en la que se movió. Era el efecto que la abuela de Ethel causaba en la gente.

—Un placer conocerla, inspectora —dijo Morgana, apretando su mano—. Me han dicho que está haciendo preguntas sobre esos desafortunados turistas. Me ha pillado cuidando las plantas y le he preparado este ramo de flores de mandrágora. ¿No me dirá que no son hermosas?

Morgana le tendió unas flores color púrpura en forma de estrella.

Ethel arqueó las cejas. Aparte de un guiño a la brujería y un gesto osado, teniendo en cuenta los rumores del pueblo, darle aquellas flores solo podía significar una cosa.

Su abuela quería adormecer los instintos de la inspectora. Sedar su conciencia.

La parte favorita de Ethel de la magia era la que tenía que ver con la botánica, así que se había aprendido sus usos deprisa.

Se sintió orgullosa de haber captado lo que ocurría.

Las Ashbourne eran especialistas en plantas, como le había explicado su tía, y por eso tenían la farmacéutica, que siglos atrás había sido un laboratorio de pócimas y alquimia clandestino, por supuesto.

Así que había heredado la facilidad y la predilección por ese campo del conocimiento.

—Incluso se hacían filtros de amor. Tienen un efecto pasajero y, la verdad, no es muy ético.

—Le había explicado tía Sera—. Además, es muy triste saber que en el fondo esa persona no te ama, solo está hechizada.

Tu abuela una vez pilló a Daphne preparando uno y la castigó una semana entera.

Le hechizó la lengua para hacerla cacarear cada vez que hablaba. Fue desternillante...

La charla con la inspectora fue breve. Esta parecía menos sagaz que en sus conversaciones anteriores y decidió acabar con la entrevista.

—Vuelva cuando lo necesite —le dijo Morgana amablemente.

Seraphine se ofreció a acompañar a Vivian a la verja de fuera. Estaba claro que la encontraba atractiva.

Salieron al porche. El viento levantó un poco las hojas secas del camino mientras caminaban en silencio. Era uno de esos días raros en los que las nubes dejaban pasar los rayos del sol, que reflejaban los colores otoñales del valle.

—Debo admitir que su casa... —comenzó, dudando un segundo antes de continuar—. Es curiosa. Y su familia, muy interesante.

—Gracias, interesante ni siquiera alcanza a definirnos.

Harper pasó la verja. Su coche estaba aparcado a la derecha. Se giró para observar a Seraphine, el viento alborotó un poco los mechones sueltos de su coleta.

—No es que crea en lo que dicen los rumores, pero no puedo negar que tienen algo... —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas— único.

Seraphine esbozó una sonrisa juguetona y se inclinó un poco hacia ella, reduciendo la distancia entre ambas.

—¿No me dirá que la hemos asustado, inspectora? —susurró, y los ojos le brillaron con un destello travieso.

Vivian Harper entreabrió los labios. Se aclaró la garganta y enderezó los hombros.

—No me asusto fácilmente.

—Me alegra oír eso. —Seraphine le tendió la mano a modo de despedida. Vivian la miró dudando y se la estrechó—. Espero verla más a menudo por el pueblo...

Harper tragó saliva, un leve rubor tiñó sus mejillas. Se metió la mano en el bolsillo de la americana.

—Que tenga un buen día, inspectora.

Harper asintió y, antes de subir al coche, lanzó una última mirada hacia ella. Sin más, arrancó el motor y desapareció por el camino de vuelta al pueblo mientras Seraphine la observaba marcharse con una sonrisa apenas contenida.

La verja se cerró con un leve crujido y, al volverse, se encontró con Daphne y Ethel en el porche, observándola.

—¿Te has divertido? —preguntó su hermana, negando con la cabeza.

Ethel, en cambio, sonreía divertida.

Seraphine le guiñó un ojo a su melliza, con un destello de travesura en su expresión.

—Oh, querida... Ni te imaginas. Solo acabo de empezar.