Flor de sangre (Flores malditas 1) 27
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La noche anterior, mientras caminaba de vuelta a casa, Nox había escuchado la conversación de dos policías. Desde la aparición del segundo cuerpo había mucha más vigilancia, tanto policial como ciudadana.

—La inspectora no quiere que el pastor Whitmore vuelva a acercarse por aquí.

—Ese tipo se pasea como si esto fuese su iglesia. Me pone de los nervios.

—Entre su presencia y la de los vecinos que constantemente vienen a preguntar si ya hemos investigado a las Ashbourne...

—La inspectora Harper irá en los próximos días a casa de esas mujeres para entrevistarlas.

Aquello le dejó una mala sensación. ¿Quizá habían averiguado que Ethel estaba relacionada con el incendio del maizal?

Y luego, estaba el extraño interés del pastor en todo el asunto. Podía entender que era un fanático lleno de supersticiones extrañas, pero de ahí a ese empeño por pasarse todo el tiempo por el lugar de la investigación... Ese hombre tenía una inquina personal contra las Ashbourne, eso seguro.

Nox oyó a lo lejos los graznidos de un cuervo. Se había adentrado en el bosque siguiendo a Ethel, a la que había visto tomar ese camino al salir del instituto. La había notado ausente todo el día.

Empujó la puerta de madera podrida de la casa abandonada, que se abrió con un chirrido. El perfume familiar de Ethel, a rosas, llenaba el espacio.

Nox inspiró despacio.

Ethel estaba sentada junto a una ventana. Al oír la puerta se había vuelto hacia él, sorprendida.

Maldita sea, si no tenía el aspecto de un ángel.

Tenía los ojos enrojecidos, profundamente tristes y llenos de lágrimas que apenas retenía.

Su imagen le provocó una sensación de amarga tortura.

—¿Nox? —jadeó.

Él elevó las cejas.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, fingiendo sorpresa.

Ethel bajó la mirada, sus dedos juguetearon con la manga de su americana. Se removió incómoda.

Nox tragó saliva.

—Me... me apetecía estar un rato a solas. ¿Y tú? —contestó esquiva.

—Yo tampoco quería volver a casa.

La observó. ¿Qué le había ocurrido? Quería saberlo.

—¿Problemas con tu familia? —preguntó, acercándose a ella.

Ethel se encogió de hombros.

«Alguien le ha hecho daño».

Se agachó frente a ella para que ambos estuviesen a la misma altura.

—No —respondió evasiva, escueta.

Te está apartando.

Sí, lo había notado. Ethel se estaba mostrando distante, como si no desease dejarle entrar.

Se tensó, irritado.

—Puedes contármelo. ¿Ha pasado algo en el instituto?

Ethel levantó la cabeza y lo miró. Sus labios se separaron para tomar aire, como si sus palabras la hubiesen sorprendido. Las lágrimas brillaron en sus ojos tristes, y su pecho dio una suave sacudida.

—Puedes hablar de lo que quieras conmigo —insistió con la voz suave—. No te voy a juzgar; nunca.

A Nox se le aceleró el pulso. Se dio cuenta de que deseaba su confianza, de que la ansiaba. El cuerpo le temblaba.

Te vuelve loco la forma en la que te está mirando.

No iba a reconocerlo en voz alta, pero sí. Hizo que quisiese prometerle cualquier cosa, lo que fuese.

Un pensamiento peligroso.

La advertencia lo noqueó. No esperaba sentirse así, le había pillado con el paso cambiado, le había golpeado de sopetón.

Pero Ethel sonrió y a Nox se le olvidó lo que estaba pensando. Estiró las manos y tomó la de ella entre sus dedos. La respiración de Ethel se detuvo, entrecortada. No se apartó. Nox sintió algo aletear fuerte entre sus costillas.

La miró esperanzado.

«Vamos, cuéntamelo».

Ethel respiró hondo y su cuerpo se relajó, la tristeza desapareció de su expresión. El cambio fue diminuto y, sin embargo, lo atravesó como un rayo.

Creído.

—Gracias, ya me siento mejor —murmuró ella.

«No debería sonreír así».

No estoy de acuerdo, debería hacerlo siempre.

«Sí, si es solo a mí», pensó, avaricioso.

Nox le soltó la mano. Se frotó la palma contra el pantalón deseando apagar el fuego de su piel.

—¿Eso es todo?

Ella asintió.

—Vamos... —replicó, más serio—. No me lo trago. ¿Qué ha pasado?

Ethel agachó la cabeza y, aunque seguía sonriendo, sus ojos estaban tristes de nuevo.

—Nada. Solo estoy preocupada por todo lo que está pasando —dijo de nuevo, evasiva.

El gesto de Nox se endureció al instante. Apartó la mirada un segundo, inspirando aire para tragarse el fastidio. Cuando volvió a mirarla, había un brillo de enfado contenido en sus ojos oscuros.

Nox quería decirle que, si estaba relacionado con lo del maizal, podía contárselo, que no la juzgaría. Pero no lo haría, estaba esperando que Ethel decidiese compartir ese secreto con él. Si aquello la estaba atormentando, explicarle que fue él quien la sacó de allí solo lo empeoraría.

—¿Por qué querías tú estar solo? —preguntó ella de pronto, cambiando el foco.

¿Qué iba a decirle, que en realidad la había seguido hasta allí?

¿Por qué no le dices que no te la sacas de la cabeza?

«Porque no es la verdad». Estaba mintiendo. Ethel ocupaba gran parte de sus pensamientos, lo cual resultaba bastante molesto. Se sorprendía repasando las conversaciones que habían tenido y las reacciones de Ethel.

Las carcajadas de su conciencia lo irritaron.

Alguien está un poco embelesado con el angelito.

—Quería un descanso de mi tutor —improvisó, aunque era cierto en parte.

Giró la cabeza hacia la ventana y vio un cuervo posado en la rama de un árbol observando.

—¿Qué te parece si vamos al sofá? —ofreció.

Ethel lo siguió, sentándose en la punta contraria a él.

Nox la miró de reojo y cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿No tienes buena relación con él? —susurró ella.

Él apoyó la cabeza sobre el respaldo y cerró los ojos.

—Sí, pero le gusta decirme qué hacer y qué no, y como la mayoría de las veces tiene razón, me fastidia.

Ethel se recostó haciéndose un ovillo y soltó una carcajada.

—¿No es eso lo que hacen los padres? Bueno, perdón... Aunque él no sea el tuyo como tal, es su rol, ¿no?

—No lo sé. El concepto de familia es algo que se me escapa.

—Son complicadas —admitió ella.

—Tú tampoco estás viviendo con tus padres —comentó, desviando la conversación hacia Ethel de nuevo.

Ella se tensó. Era un tema delicado, adivinó Nox.

—¿No te llevas bien con tus tías? —preguntó.

Ethel negó con la cabeza.

—Las adoro, y a mi abuela. Son lo que más quiero en la vida.

—¿Entonces...?

Sus ojos se encontraron con los de él, y Nox vio en ellos una mezcla de vulnerabilidad y coraje que lo desconcertó.

—No quiero ser la causa del sufrimiento de las personas que quiero. Me gustaría poder protegerlas.

Ethel se miró las manos. Eran la única parte de su aspecto que revelaba lo que escondía en su interior, ahora no tenía heridas, pero sí pequeñas cicatrices.

Algo se sacudió en el interior de Nox.

Ethel se clavó los dientes en el labio inferior con fuerza, como si se sintiese mortificada por lo que había dicho. Y Nox tuvo que reprimir el impulso de alargar la mano y tirar de su labio para liberarlo.

—¿Por qué piensas que eres el castigo y no el premio, Ethel?

Ella levantó la cabeza sorprendida por sus palabras. La expresión de su rostro hizo que una emoción extraña y abrumadora bailase en su pecho. Tan grande que comprimió las paredes de su caja torácica hasta hacerle daño.

—Nox. —Su voz fue un susurro, apenas un soplo que se perdió en el aire—. ¿Por qué eres tan amable conmigo?

Él soltó una risa irónica.

Eso... ¿Por qué lo eres?

—No creo que sea amable.

Ella sonrió sin creérselo.

Deja de mirarle la boca.

Nox se removió y apretó la mandíbula.

—Y, sin embargo, lo eres. Al menos conmigo.

«Sí, eso parece. Solo contigo», pensó.

Un escalofrío recorrió el aire y, de pronto, la habitación se volvió más pequeña.

—No pienses que tengo buen corazón, es solo que...

«Que eres tú», el pensamiento escapó a su voluntad.

—Dices que no debería pensar así de mí misma, y, sin embargo, tú te das muy poco crédito. Sé que no te conozco tanto, pero las acciones no engañan y las tuyas dicen mucho más de ti de lo que crees. Sé de lo que hablo.

Nox sintió que Ethel había acertado a tocar un punto vulnerable de su ser. Un hueco suave y tierno que creía tener bien escondido. Se acercó un poco a ella, sin querer, sin pretenderlo. Ethel permaneció inmóvil, observándolo, la respiración contenida en su pecho.

Tragó saliva y su mirada bajó hasta la boca de Nox durante un segundo.

Él lo notó. Claro que lo notó.

«Joder».

El espacio que los separaba se volvió insignificante, como el silencio entre dos notas de una canción. Nox alzó una mano lentamente, como si estuviese dándole espacio para retirarse. Sus dedos rozaron un mechón de su cabello y luego su pómulo.

Ella no se movió. No respiró.

—¿Tienes miedo? —preguntó él con la voz áspera.

Los ojos torturados de Nox recorrieron su rostro en busca de algún indicio de que ella deseaba que se apartase.

Ethel negó lentamente con la cabeza. Sus ojos delataban una mezcla de incertidumbre y algo más.

En la mirada de Nox ardió algo oscuro y triste.

Ella tragó saliva. El aliento se le escapó pesado entre los labios, casi jadeaba. Nox sintió cómo cada una de las fibras de su cuerpo le pedía más. El deseo rugió queriendo tomar el control. Agarrarle el rostro, abrirle la boca y hundirse en ella...

El aire entre ellos era un hilo tenso, a punto de romperse. Un milímetro más cerca y todo estallaría.

Se le ocurrió que, cuando a uno le atraían los pecados y las cosas bonitas, era fácil que le gustase Ethel Ashbourne si no se andaba con cuidado.

Porque, sin duda, tenía el aspecto etéreo de un ángel, pero no era nada frágil; al menos no se lo pareció en ese momento, mientras le miraba la boca.

Tampoco se lo había parecido en la morgue ni entre las cenizas del maizal...

Pero no podía ser tan estúpido, era una imprudencia que le costaría cara. El jefe no le permitiría esa clase de distracciones, y a él le gustaba tener la cabeza sobre los hombros.

Dejó caer su mano con los dedos todavía hormigueándole. Y se apartó.

Maldita sea, ¿por qué paras?

Ethel parpadeó, como si regresara de un trance, y el momento se rompió en mil pedazos invisibles que flotaron en el aire.

—Debo irme —anunció Nox, poniéndose de pie—. Se ha hecho de noche. Es peligroso.

—Sí. —La voz le salió soplada al responder. Se aclaró la garganta—. Tienes razón.

La observó.

Tenía que salir de ahí antes de hacer una tontería.

Nox se marchó a toda prisa. ¿Qué había ocurrido ahí dentro? ¿Qué narices le estaba pasando?