Flor de sangre (Flores malditas 1) 26
33%

26

Ethel estaba sentada en un taburete junto a la mesa de la cocina, con una gran taza de chocolate caliente entre las manos. Las gotas de lluvia tamborileaban en los cristales.

El aroma a canela y a vainilla flotaba, mezclándose con el crepitar de la leña en la chimenea.

—¿Y entonces? —preguntó tía Daphne mientras removía un caldero de hierro con un cucharón de madera. Llevaba el cabello recogido en una larga trenza y un delantal manchado de harina atado a la cintura.

—Se ha marchado —contestó Ethel, fulminando con la mirada la taza de chocolate desconchada.

Unas carcajadas suaves se escaparon de la abuela, que estaba pelando manzanas con una destreza que bordeaba lo sobrenatural; la piel caía en una espiral perfecta, sin romperse.

—Eso no es lo importante —intervino Seraphine, sentada en la encimera con una copa de vino—. Lo importante es... ¿te ha mirado?

—¿Qué?

—Cuando se ha ido, ¿se ha girado a mirarte?

Ethel lo pensó. Cuando había entrado en su portal..., ¿se había girado?

—No sé... —murmuró, jugando con el borde de su taza.

—La clave está en no ceder primero. Mantente firme.

Daphne salpicó harina en dirección a su hermana.

—No le hagas caso a tu tía, sabe de relaciones lo mismo que una roca de recitar poesía. Nada.

Seraphine saltó de la encimera y bordeó a su hermana para meter un dedo en la mezcla y luego llevárselo a la boca.

—¿Acaso tú eres experta?

Daphne intentó pegarle con el cucharón a su hermana, que lo esquivó hábilmente y se dirigió al gramófono para poner música.

—Si te gusta ese chico, podrías invitarle a... —empezó a decir Daphne sirviéndose vino.

—No, no me gusta. Bueno, no en ese sentido. Quiero decir... Me gustaría pensar que somos amigos.

Las tres mujeres compartieron una mirada cómplice.

—¡Parad! Quiero que seamos más... cercanos, eso es todo.

—Quieres que te meta la lengua hasta la...

—¡Bruta! —chilló Daphne, tirándole una ramita de canela a su hermana.

Ethel dio un sorbo de chocolate para disimular sus mejillas rojas.

Seraphine la señaló y soltó una carcajada.

—¡Mírala, claro que quiere! Si necesitas condones, dímelo.

Ethel se atragantó.

—¿Cómo le dices eso? Tiene diecisiete años —le reprendió su hermana.

—Oh, por favor, Daphne, tú tenías su edad cuando te pillé con Duncan Taylor —dijo su abuela.

A Seraphine le dio un ataque de risa y sus ruidosas carcajadas llenaron la cocina mientras se burlaba de su melliza.

Ethel dejó caer la cabeza hasta apoyarla sobre la mesa con un suspiro resignado.

—Aunque yo quisiera, no sé si él se fijaría en mí de esa forma.

Estaba segura de que Nox y ella habían conectado de algún modo. Pero no le había parecido que hubiese algo más...

—Esto lo soluciona un poquito de bourbon —canturreó su abuela.

—¡No, madre! —Ethel oyó un forcejeo y la risa estridente de su tía Seraphine. Cuando levantó la cabeza, se peleaban por agarrar la botella de alcohol—. Isadora nos mataría —sentenciaba Daphne.

A Ethel se le escapó una carcajada.

—En esta familia conocemos demasiado bien lo que es el mal de amores. No te preocupes. Tengo un remedio que te hará sentir mucho mejor —dijo Morgana sacando botellas de los armarios.

Seraphine se sirvió otra copa mientras giraba al ritmo de la música.

—Ojalá tuviese tu misma confianza, tía Sera.

En esta ocasión fue Daphne quien soltó una carcajada. Le quitó la botella a su hermana y se sentó junto a Ethel. Su abuela deslizó un vaso hacia su nieta con lo que le había preparado. Ethel juraría que la había visto echar alcohol a la mezcla.

—¿Crees que a Seraphine nunca le han roto el corazón? Que no te engañe. Tu tía le tiene pánico al compromiso, pero eso no quiere decir que no se haya enamorado más de una vez. Hubo una...

Seraphine se acercó a su hermana a toda prisa y movió la cadera, dándole un golpe para echarla de la silla.

—Bocazas...

Ethel tomó un sorbo del «remedio» de su abuela. Estaba algo amargo y especiado, pero descendió suave y cálido por su garganta.

—¿Y no hay otro chico que te guste? Siempre puedes probar la táctica de... —comenzó a decir Seraphine.

—Nunca aceptes consejos de ligar de tu tía —la cortó su hermana.

—Bueno, Silas Holloway también ha sido simpático. El resto me tiene miedo, diría.

Las tres mujeres compartieron una mirada.

—¿El hijo del alcalde? —preguntó Daphne, interesada.

—Hoy me ha invitado a ir a la regata.

—Por la Diosa, cómo echo de menos mis días de instituto —rio Seraphine, y se puso a bailar.

—Promiscua... —le dijo Daphne por lo bajini, que también iba ya un poco achispada.

—¿Qué has dicho, mojigata?

Ethel soltó una risa.

Ethel bajó las escaleras con los párpados aún pesados por el sueño y un dolor sordo en la cabeza, secuelas de la noche anterior y el «remedio» de su abuela. El olor a café recién hecho y a pan horneado ascendía hasta la planta de arriba.

—Hmmm. —El estómago le rugió y siguió el aroma olisqueando como un sabueso.

En la cocina el ambiente estaba tenso. Su abuela sostenía un sobre de color negro entre los dedos. Se lo guardó en un bolsillo cuando Ethel apareció.

Daphne se estaba preparando un café, con el ceño fruncido, y Seraphine estaba sentada, con la cabeza hundida entre las manos.

—Buenos días... —murmuró Ethel, sintiendo la atmósfera espesa.

Nadie respondió de inmediato. El único sonido era el del temporizador del horno. Finalmente, Seraphine levantó la cabeza y le dedicó una sonrisa forzada.

—¿Has dormido bien?

—Sí... —Ethel se quedó de pie, dudando si avanzar o no—. ¿Ocurre algo?

—Puede que tengamos que ausentarnos el siguiente fin de semana —explicó Morgana.

Ethel se tensó y compartió una mirada con tía Seraphine, que le hizo un gesto de asentimiento.

—¿Por qué?

—Una convención de farmacia a la que se nos ha invitado. No te preocupes.

El desayuno se desarrolló en un silencio tenso y pesado. Ethel no paraba de darle vueltas al asunto. Suponía que tenía que ver con las Trece y algo dentro de sus huesos le decía que estaba relacionado con la bruja del maizal.

Cuando salió para marcharse a clase, Seraphine la estaba esperando en la verja de fuera con una sudadera peluda con capucha de gato.

—No tienes de qué preocuparte. Es algo rutinario —le dijo mientras caminaba con ella alejándose de la mansión.

—No lo parecía.

—La mujer que te atacó... era Rowena Ravenswyck, una de las Trece.

—A Ethel se le disparó el pulso y se sintió mareada—.

Había estado en casa unas semanas antes.

¿Recuerdas el día que te llevamos al pueblo?

Rowena tenía la misión de vigilarte. Después de lo que ocurrió en tu anterior instituto, querían asegurarse de que todo iba bien...

Ethel la miró alarmada.

—¿Cómo?

—Las Trece propusieron en su momento llevarte a una institución de brujas, en vez de a un hospital psiquiátrico normal.

Nada que ver con el Laberinto —se apresuró en aclarar—.

Nuestro anonimato es crucial y pensaban que así te controlarían y sería más seguro para ti y para todas.

Por supuesto nos negamos. Tu abuela es una persona influyente.

Así que consiguió que te dejasen bajo su tutela.

—¿Qué?

—No viniste al pueblo porque la psiquiatra se lo recomendase a tu madre.

Fue condición de las Trece. Aun así, algunas no estaban del todo convencidas, sobre todo Rowena.

Nos tiene... tenía —se corrigió— especial inquina.

Vieja bruja loca —masculló para sí misma—.

En la carta nombran que ha desaparecido y convocan una reunión de emergencia de todos los aquelarres.

Ethel sintió una oleada de vértigo y la acera bajo sus pies pareció tambalearse. El aire se volvió difícil de respirar.

—No... no sabía... —intentó decir, pero las palabras se le atascaron en la garganta—. ¿Por qué...? —Ethel se pasó una mano por la frente, fría y húmeda.

—Tú no hiciste nada, Ethel. Rowena te atacó y tú te defendiste. Era una bruja experta y tú ni siquiera sabes lo básico, nosotras con cinco años conocíamos más hechizos que tú a esta edad.

—Pero la maté... —Ethel dio un paso atrás, el corazón galopando como un tambor en su pecho.

—No, tu instinto de supervivencia trató de defenderse. Sí, el fuego la alcanzó, pero tú no intentaste atacarla. Fue ella la que cometió un crimen y una negligencia. Nadie sabrá que has sido tú. Ni siquiera tu abuela o Daphne lo saben. —Seraphine la cogió de los brazos con cuidado.

—¿Y si os pasa algo por mi culpa? —El rostro de Ethel se llenó de lágrimas.

—Ethel, no. —Seraphine le agarró la cara para que la mirase—.

Estoy contigo, ¿vale? No va a pasarnos nada.

Tú te quedarás aquí, tranquila y a salvo.

¿Me oyes? A Rowena podría haberle pasado cualquier cosa, un accidente, un fanático.

Las brujas no estamos exentas de peligros y eso las Trece lo saben bien.

Ethel apretó los labios para evitar que le temblaran. Las imágenes de aquella noche en el maizal volvían a su mente como un relámpago: el fuego, el aire denso y abrasador, la energía que crepitaba en sus venas.

—No te preocupes. Iremos, responderemos a las preguntas que tengamos que responder y volveremos. Y mientras tanto tú serás fuerte. Sigue estudiando. Lo estás haciendo muy bien.

Las últimas palabras le sonaron a petición, como si le dijese que se preparase por si acaso necesitaba defenderse.

—Está bien —aceptó al fin; podía hacer eso, podía mejorar, hacer todo lo posible por que no volviese a pasar nada igual.