Flor de sangre (Flores malditas 1) 25
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El olor a champú y a loción de Nox la envolvió cuando salió de los vestuarios. Le pareció absurdo que un olor fuese tan estimulante. Pero sintió las rodillas flojas.

«Estoy enloqueciendo», pensó.

La noche casi había caído sobre Ebonwick, tiñendo el cielo de un tono gris plomizo y arrastrando una bruma baja que se aferraba a los adoquines. Las farolas se encendieron en ese momento parpadeando.

Nox hizo una mueca de dolor al ponerse la chaqueta y ella se apresuró a ayudarle.

—¿Te ha gustado la regata? —preguntó bajando los ojos hasta ella.

Ethel sonrió y la boca de Nox se curvó reflejando su gesto.

—Ha sido fascinante.

Nox se pasó la lengua por el aro del labio.

—Te sienta bien sonreír. Deberías hacerlo más.

Ethel parpadeó tomada por sorpresa. Abrió la boca como un pez y la cerró sin encontrar qué responder a aquello.

Nox sonrió satisfecho y su mirada, engreída, descendió hasta sus labios por un instante, antes de volver a sus ojos. Se aclaró la garganta y se echó hacia atrás.

Ethel lo acompañó en silencio al principio, intentando ignorar el calor que le quemaba las mejillas cada vez que el brazo de Nox rozaba el suyo.

—¿Te gusta vivir aquí? —preguntó Ethel.

Nox lo pensó un momento.

—Sin duda.

—¿Dónde vivías antes?

—En una ciudad grande.

—¿Y no te aburre Ebonwick?

Nox la miró de reojo un momento.

—No. Antes sí que estaba aburrido. Apático. Venir aquí ha sido de lo más estimulante, te lo aseguro. Mi vida había dejado de resultarme interesante. Ahora es justo lo contrario.

Ethel frunció el ceño. Le pareció que Nox escondía deliberadamente significados más profundos entre sus palabras. Pero tenía razón, ella se sentía exactamente igual, ir a Ebonwick lo había cambiado todo.

«Me ha salvado», pensó.

—¿Has venido con tu familia?

—Familia. —Nox repitió la palabra como si le tomase forma—. No, no tengo exactamente una familia. He venido con mi... tutor.

—¿Es el hombre con el que estabas en el Ayuntamiento?

Nox sonrió ampliamente.

—Ghom —explicó—. ¿Me estabas observando?

Ella se encogió de hombros.

—Vamos, tienes que reconocer que te parezco interesante —comentó él, regodeándose.

Ethel apretó los labios ocultando una risa. Desvió la mirada y vio unos niños corriendo por la calle.

—¿Qué harás cuando acabes el instituto?

Nox hizo un gesto de indiferencia.

—¿Nunca has deseado algo concreto? —insistió ella.

—No... —A Ethel le pareció que iba a añadir algo más, pero cortó la frase ahí—. ¿Y tú, en qué deseaba convertirse la pequeña Ethel?

—En invisible —susurró antes de procesarlo.

Nox se detuvo en seco. Ella también, desconcertada, al darse cuenta de lo que había dicho.

Nox se giró para mirarla de frente. Su mirada se había oscurecido, sus ojos prácticamente ocultos tras sus densas pestañas.

—Eso sería una pena, Ángel. —Su voz descendió, profunda—. Porque sería un desperdicio que el mundo no te viera.

Ethel sintió que el corazón se le desbocaba y se apresuró a seguir caminando. Una emoción extraña le subió por la garganta, una sensación de algo roto y cosido al mismo tiempo.

—No soy especial, en realidad —quiso explicarle.

Nox frenó y señaló un edificio de tres plantas.

—No hables así de ti.

—¿Por qué? —preguntó. Una parte de ella deseó que él le explicase que ella le importaba. Otra se había revuelto, desafiante y a la defensiva, esperando que aquello no fuese simple compasión.

El silencio se estiró entre los dos. Los ojos de Ethel reflejaban una vulnerabilidad y una esperanza demasiado delicadas, demasiado fáciles de herir. Ella contuvo el aliento esperando su respuesta.

Nox por un instante pareció a punto de decir algo. Sus labios se abrieron..., pero enseguida desvió la vista, en sus ojos brilló algo triste y dio un paso hacia los escalones de la entrada.

«Ah, siente pena», comprendió.

—Porque no está bien que te desprecies de esa forma. —Empujó la puerta—. Buenas noches, Ethel. —Entró.

Ethel se quedó inmóvil, viéndolo alejarse con el corazón martilleando.

«Claro».

Claro que era compasión. Y ella no deseaba su compasión, ella quería otra cosa.

Sintió una herida abierta en el corazón. La punzada amarga de haber mostrado demasiado.