24
Ethel esquivó a la multitud, quería acercarse a Nox para darle la enhorabuena. Pero estaba con sus compañeros del club y tenía que sobrepasar a todas las personas que había entre ellos.
Los estudiantes de Wakefield habían cruzado el puente sobre el río y estaban ya en esa orilla. Algunos se habían acercado a los remeros de su club para darles ánimos, otros parecían tener ganas de discutir con los alumnos de Ebonwick.
El ambiente estaba tenso. Como si una tormenta eléctrica estuviese a punto de descargar.
«Vete», le pidió su instinto, abrumado por la cantidad de personas a su alrededor. Pero era maleducado no darle la enhorabuena y le apetecía hacerlo.
Nox estaba junto a los carros de los botes, que había ayudado a cargar junto con sus compañeros.
Ethel se rascó el cuello, nerviosa, mientras se decidía a acercarse.
Poco a poco los murmullos y las charlas fueron subiendo de volumen.
Nox se giró e hizo contacto visual con ella.
Ethel sonrió, aliviada.
—Enhorabuena —articuló para que la entendiese a pesar del ruido.
Nox frunció el ceño sin comprender qué decía Ethel. Ella dio un paso en su dirección para repetirlo y chocó con un estudiante de Wakefield que pasaba.
El chico la miró molesto y la empujó a un lado, arrojándola contra un grupo de alumnos de Ebonwick que se habían congregado alrededor de los carros. Fue como una chispa en un polvorín. La tensión latente estalló y los empujones se multiplicaron. La gente comenzó a gritar y a forcejear.
Ethel se asustó. Necesitaba salir de ahí. Notó cómo burbujeaba en su interior su instinto de defensa y supo que, si no actuaba rápido, su magia se descontrolaría.
Se agachó intentando esquivar los cuerpos que se zarandeaban y golpeaban. Alguien le cayó encima, un chaval de Wakefield que sangraba por la nariz.
Ethel tropezó y su espalda chocó contra algo metálico. El golpe la dejó sin aire unos segundos, y antes de procesarlo uno de los carros con botes se inclinó hacia ella cayéndole encima. Solo tuvo tiempo de cerrar los ojos y encogerse.
«No, por favor», suplicó, aunque sabía que no sería capaz de frenar lo que iba a ocurrir.
Se oyó un grito de dolor y un gemido.
No necesitó abrir los ojos para saber que había lanzado el carro contra alguien. Con el cuerpo temblando, se atrevió a contemplar qué había hecho.
Para su horror, vio a Nox en el suelo, con el carro apoyado sobre su espalda. Sangraba por la frente. Su entrenador y compañeros del club le quitaron de encima el armatoste.
Ethel retrocedió un paso con el peso asfixiante de la culpa aplastándola.
La enfermera escolar salió por fin junto con el entrenador. Le había puesto a Nox un par de puntos en la frente y le había vendado el hombro sobre el que le había caído el carro.
Nox oyó el leve crujido de la puerta al abrirse. Cerró los ojos, fingiendo estar dormido. Quería que lo dejasen en paz e irse a casa de una maldita vez.
Solo tardó unos segundos en captar el perfume familiar de Ethel. Su cuerpo se relajó a la vez que se llenó de una emoción efervescente.
Te encanta que se haya quedado esperando por ti.
«Cállate».
Notó cómo se acercaba a la camilla y se paraba a su lado, observándolo. La oyó contener la respiración. No podía verla, pero juraría que estaba preocupada y eso le infló el ego.
Estar cerca de Ethel hacía que todo se volviese borroso. Cada vez que ella aparecía, su instinto rugía, feroz y hambriento.
Y era sofocante.
—Veis cómo tenía potencial —había murmurado Silas en la comida—. ¿No os parece que está menos fantasmal y más guapa?
Deberías usar su cabeza como un balón de fútbol, seguro que bota muy bien.
Le había sugerido su conciencia, a la que Nox había ignorado pacientemente.
Aunque Silas tenía algo de razón, la chica marchita que había aparecido a finales de septiembre parecía estar floreciendo. Sus ojos estaban menos apagados, su piel tenía color, las ojeras amoratadas estaban desapareciendo...
En el río, los había visto charlando juntos, y Ethel le había sonreído con calidez y adoración, o al menos eso le había parecido a él, y nunca le había sonreído de esa forma a Nox; era una simple apreciación, no es que le hubiese dolido ni nada parecido.
Los dedos de Ethel rozaron la piel de su frente. Nox disfrutó de la pequeña muestra de osadía conteniendo el aliento. La caricia fue tan leve que podría haberla confundido con una brisa suave si cada célula de su cuerpo no se hubiese encendido con su tacto.
Le gustó.
Demasiado.
Tanto, que no pudo evitar inclinar ligeramente la cabeza en su dirección, tratando de no dejarla ir.
Ella se retiró y Nox vio por una rendija de sus ojos su mano temblar en el aire intentando deshacerse de ese atrevimiento. Retrocedió, marchándose.
Él no pudo resistirlo. Con un movimiento rápido, le sujetó la muñeca. Sus dedos se cerraron en torno a ella, impidiéndole escapar.
—¿Ya te vas? —preguntó con la voz áspera. Ethel se giró y lo miró con los ojos abiertos llenos de culpa y sorpresa—. Creí que te quedarías un poco más. —Su tono fue casi suplicante.
—Perdona si te he despertado.
—Estaba despierto —confesó, dedicándole una amplia sonrisa.
Ethel enrojeció y se llevó la mano libre a la espalda.
—¿Cómo te encuentras? —Su voz acompañó la angustia de su expresión.
—He estado mejor —contestó escueto.
Oh, sí, pooobrecito...
La culpa seguía marcada en sus ojos cristalinos, y eso lo desarmaba un poco más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Es mejor que haya caído en mi dirección que en la tuya.
El ceño de Ethel se frunció aún más y esa mueca le resultó tan tierna que le dieron ganas de provocarla un poco más.
—Al menos mi carrera como deportista no corre peligro —suspiró.
¿Qué deportista ni qué demonios? Podrías tener un gran futuro como payaso, en cambio.
«No me estropees el momento».
—¿Es grave?
Nox la observó en silencio, fascinado.
Aunque la angustia en su expresión removió algo en su pecho vacío.
Deslizó la mano con la que agarraba su muñeca hasta tomarla de la mano para acercarla a él.
—No pongas esa cara, Ángel —le pidió, acariciándole los nudillos—. Estoy bien. Solo ha sido un rasguño.
Los dedos de Ethel se apretaron en torno a los suyos y a él se le cortó la respiración. Se le ocurrió, en un arrebato de locura, que podría tirar de Ethel y besarla. Sería sencillo. ¿Cuál sería el fin? Ninguno.
Ninguno...
—Debería dejarte descansar.
La sonrisa de Nox se ensanchó.
—¿Vas a dejarme solo estando herido? —Chasqueó la lengua—. Qué despiadada.
Ella abrió la boca para replicar, pero se frenó estudiándolo con cierta suspicacia.
—¿Estás siendo sarcástico?
—No. Lo digo en serio, ya sabía que eras cruel, pero esto... —Movió la cabeza con aire apenado.
Ethel apretó los labios para no reírse y el gesto le calentó el corazón a Nox.
—Podría ser amable y acompañarte a casa, supongo. Para asegurarme de que estás bien —contestó siguiéndole el juego.
Nox sintió la pequeña victoria morderle el pecho como fuego dulce. Le encantaba cuando Ethel se dejaba ver. No entendía por qué no lo hacía más a menudo, tendría a ese pueblo a sus pies.
Aunque a una parte retorcida de su ser le gustaba que fuese algo que solo se permitía con él.
Vamos, regodéate...