23
El lunes, en el comedor del instituto solo se hablaba de una cosa: el misterio de los asesinatos que acechaba al pueblo. La euforia de la fiesta se había visto opacada por los fúnebres acontecimientos.
Ethel trató de abstraerse. Observó la lluvia que caía fuera y que se escurría por los cristales en hilos finos y entrecortados. Respiró concentrándose en practicar el control sobre su magia.
—Mi madre no me deja salir de casa después de la puesta de sol.
—En las noticias ya lo han titulado como el asesino del valle de Grimvale.
—Mi padre está preocupadísimo. Esta es la temporada turística.
—Pues en las tabernas no cabe un alma más, esto está lleno de periodistas y policías.
Ethel cerró los ojos y se rindió. No era capaz de concentrarse. Se giró y miró hacia el frente. Sus ojos, traicioneros, se desviaron hacia la esquina opuesta del comedor.
Nox estaba de espaldas a ella con los brazos detrás de la cabeza. Sus dedos largos se hundían en su pelo oscuro.
Ethel arrastró las manos por sus medias de encaje de forma inconsciente. Se imaginó acariciando su sien hasta tocar su pelo.
Tragó saliva, sintiendo la boca seca.
El deseo se apagó cuando Ivy se sentó en el regazo de Nox pasándole un brazo por los hombros.
Se clavó las uñas en las palmas hasta que el dolor físico sofocó el emocional.
—¿Es casual? No lo creo. Todo empezó a ocurrir después de que ella llegase. —Oyó que decía alguien.
—El domingo el padre Whitmore rezó por sus almas. Mi madre y otros vecinos se están organizando. Ebonwick siempre había sido un lugar tranquilo hasta que...
Ethel giró la cabeza en su dirección. Cuando las chicas notaron que las miraba, se apresuraron a levantarse con sus bandejas y se fueron. Ethel suspiró.
—Eh, Ashbourne. —Una voz familiar la sacó de sus pensamientos. Silas apartó una silla y la giró para sentarse con el respaldo entre las piernas. La miró con una sonrisa amplia.
Ethel le devolvió el gesto. Agradecida con la distracción.
—Hay una cosa que me intriga —comentó Silas—. ¿Dónde fuiste en Halloween? Te busqué durante el espectáculo principal, pero no te encontré.
Ethel se removió incómoda.
—Estuve por allí un rato y luego me fui a casa temprano.
—¿Por qué? —Un par de chicas pasaron por detrás sonriéndole y él les devolvió el saludo—. Prometí que te haría compañía.
Ella lo miró apenada.
—Lo siento.
Silas sonrió casi enigmático.
—Entonces tienes que venir a la regata de esta tarde —le pidió—. Competimos contra el equipo de Wakefield. —Chasqueó la lengua, divertido.
—¿Yo? Pero yo nunca... —empezó a decir, pero Silas levantó una mano, interrumpiéndola.
—No seas aburrida, Ashbourne. —Sonrió mostrando todos los dientes—. Cómo vamos a hacernos amigos si siempre me estás evitando.
—No te evito.
Silas ladeó la cabeza, como si estuviera estudiándola.
—¿Segura? —Ethel asintió—. Si lo que te preocupa es que alguien se meta contigo, no te preocupes, me pondré de tu parte. No son más que unos paletos supersticiosos.
Ella parpadeó, sorprendida por sus palabras.
—No lo sé. El ambiente está un poco... tenso —respondió.
—Vamos, no les hagas caso. —Silas tamborileó los dedos sobre la mesa, impaciente—. No dejes que te aparten.
Ethel dudó, mordiéndose el labio inferior. Tal vez Silas tenía razón. Además, ahora confiaba más en sí misma y en su capacidad para controlar su poder.
«Podría ver a Nox...». Ese pensamiento le quemó en la garganta, en las manos, en el pecho y desvió la vista de Silas hacia la mesa del otro lado del comedor.
Nox seguía de espaldas y ya no tenía a Ivy encima.
Silas se incorporó en la silla y se apoyó en la mesa.
—Te escondes demasiado, Ashbourne. Quizá por eso todos creen esas cosas raras de ti.
A tu familia le vendría bien que te integrases, sobre todo por todos los rumores que han surgido.
Mi padre no para de recibir llamadas y llamadas de vecinos que se quejan de vosotras...
—Al ver la expresión triste y angustiada de Ethel, añadió rápidamente—: Pero tú podrías cambiarlo, demuéstrales que eres como cualquiera de nosotros...
Ethel lo pensó. Tenía razón y la sorprendió darse cuenta de ello. Lo que decía tenía sentido, cuanto más se apartase y se escondiese, más se especularía sobre ella. Si estaba donde pudiesen verla, nadie sospecharía si pasaba algo... malo.
La sonrisa de Silas se ensanchó cuando notó cómo Ethel cedía.
—Está bien —aceptó al fin.
Silas golpeó la mesa con la palma.
—Así me gusta. —Se levantó guiñándole un ojo—. Te estaré esperando.
El río que discurría junto al instituto, normalmente silencioso y cubierto de bruma, era ahora un hervidero de movimiento y voces.
Las gradas de madera, montadas sobre plataformas elevadas, flanqueaban ambas orillas, llenas de estudiantes y algunos profesores, envueltos en bufandas gruesas y abrigos oscuros.
Las barcas, estrechas y relucientes, se alineaban sobre el agua.
Los remeros del equipo de Ebonwick llevaban el uniforme reglamentario: un unisuit en un verde esmeralda profundo, ceñido al cuerpo, con el emblema del instituto estampado en plata sobre el pecho.
Bajo él, camisetas térmicas de manga larga del mismo tono.
—¿Has visto cómo le queda el uniforme? —susurró una chica cerca de Ethel, señalando a Silas.
Ella alzó la vista y su mirada se clavó en una figura entre los remeros: Nox. Estaba inclinado sobre el bote, asegurando el par de remos delanteros. Vestía el mismo uniforme que los demás, pero en él parecía distinto.
Ethel cerró los dedos en torno al borde de su asiento. A Nox el cabello oscuro le caía desordenado sobre la frente y el aro plateado de su labio brillaba cuando hablaba con uno de sus compañeros. Sonreía, con esa sonrisa torcida y confiada que a veces aparecía en los sueños de Ethel.
Juntó las piernas apretándolas.
—Atención, por favor —anunció una voz a través de un megáfono—. Los equipos, a sus posiciones.
La multitud estalló en aplausos y vítores. Ethel se tensó, expectante, cuando los remeros, alineados, tomaron posiciones en los botes. Silas desvió la mirada hacia las gradas buscando a alguien, hasta que dio con Ethel y le dedicó un guiño.
Ella le dedicó una sonrisa y un gesto de ánimo. Volvió a dirigir su atención a Nox, instalado en el asiento de popa, como marca.
Un disparo seco rompió el aire y las embarcaciones se lanzaron al agua.
Ocho pares de remos golpearon la superficie con una precisión casi mecánica, abriendo surcos perfectos en el río. El bote se estiraba sobre la corriente, avanzando con cada palada, veloz.
Los músculos de Nox se tensaron bajo la camiseta, dibujando líneas de fuerza. Su respiración era rítmica, sus movimientos, fluidos.
Ethel sentía el corazón empujar contra sus costillas.
El frío de noviembre, la humedad que calaba en la ropa y la piel, todo desapareció, sustituido por una abrasadora sensación de adrenalina.
—¡Vamos! —tronó la voz del timonel, y de pronto el ruido explotó a su alrededor.
El ocho de Ebonwick se deslizó por la línea de meta, apenas un palmo por delante del rival. La orilla estalló en vítores, y los alumnos y familiares de Ebonwick agitaron sus banderines, eufóricos.
Ethel se sorprendió a sí misma al dejarse contagiar por la felicidad colectiva. Miró a su alrededor, sintiéndose parte de todo aquello. Fue una sensación adictiva.
A lo lejos, Silas levantaba el puño al aire, victorioso, mientras Nox se pasaba una mano por el cabello húmedo y miraba desafiante al equipo contrario.
Ethel sintió un vuelco en el estómago al mirarlo.
Nox era como uno de esos depredadores que tienen todos los encantos necesarios para atraer a sus presas a su trampa.
Y Ethel tenía la sensación de que, aun sabiendo que acercarse a él sería un error, acudiría gustosa.
De que llegado el momento dejaría que Nox le hundiese los dientes en el cuello y se entregaría sin resistencia.
Bajó las gradas siguiendo el río de gente hasta acabar sobre la hierba junto al primer escalón de asientos.
Nox, a unos metros de ella, se bajó los tirantes del unisuit para quitarse la camiseta térmica y mostró su torso desnudo. Tenía más tatuajes esparcidos por el pecho, las clavículas y el inicio del estómago.
Ethel tragó saliva.
Nox se secó deprisa con una toalla y se puso una sudadera gruesa con el escudo del instituto y el logo del club.
Ella se dejó caer en el primer banco de la grada, sintiendo las piernas débiles.
Silas se acercó trotando con una sonrisa amplia, el pelo húmedo pegado a la frente y la camiseta aún empapada. Se detuvo frente a Ethel y se inclinó ligeramente.
—¿Has disfrutado del espectáculo? —preguntó con la voz ronca por el esfuerzo.
Ethel asintió y le dedicó su expresión más brillante.
—No entiendo absolutamente nada de este deporte, pero gracias por invitarme, Silas. Casi quería remar con vosotros para que ganaseis.
—Me alegra que hayas venido —añadió él, sus ojos se iluminaron con una mezcla de satisfacción y algo más difícil de descifrar.