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El laboratorio farmacéutico de tía Seraphine no era un laboratorio convencional. El espacio estaba ubicado en la parte trasera de la mansión, como un anexo al edificio principal. Había un aroma penetrante a hierbas secas y un leve rastro a alcanfor y a lavanda.
Las paredes estaban cubiertas por altos muebles de madera repletos de frascos de cristal con distintas etiquetas y armarios archivadores.
Había largas mesas corridas con balanzas, morteros, complicados sistemas químicos que ascendían en un entramado de frascos y tubos de cristal en un equilibrio precario.
Máquinas que Ethel jamás había visto y que funcionaban con vapor y fuelles. No había ningún elemento moderno.
—Eres como el doctor Frankenstein —comentó Ethel.
—A tu tía Daphne le agradaría mucho la comparación —rio Seraphine.
Estaba sentada en un taburete con las piernas encogidas. Aquel día llevaba el pelo recogido en trenzas y luego enrollado en dos moños. Una camiseta con una calavera que sacaba la lengua sobre otra de rayas y un pantalón con falda incorporada.
Ethel sonrió al mirarla. No se parecía en nada a la imagen de una farmacéutica convencional, aunque teniendo en cuenta que su tía era bruja, tampoco encajaba mucho en la palabra convencional .
Ethel estaba de pie, con las mangas de la blusa arremangadas y el cabello recogido en un moño desordenado.
En la mesa, frente a ella, había un grimorio abierto; sus páginas amarillentas estaban repletas de inscripciones en latín, runas y símbolos arcanos.
El pergamino crujía cada vez que Seraphine pasaba una página, murmurando para sí misma.
—Este es un buen punto para empezar —anunció su tía, deteniéndose en un hechizo—. Transmutación menor. Un hechizo sencillo para alterar la forma de un objeto. Ideal para practicar el control.
Ethel asintió. Las brujas elementales conjuraban obteniendo su energía de la naturaleza.
Se consideraban alquimistas. Algunas llevaban un ramillete de flores secas, la corteza de ciertos árboles, una pata u otra parte de un animal...
Ellas cargaban con pétalos de rosas que provenían del jardín de las Ashbourne.
Su abuela las cultivaba de una forma específica, siguiendo un ritual familiar para enriquecer su poder.
Los pétalos se preservaban en sal hasta volverse incorruptibles. Obtenían un ribete cristalino donde la sal se había fundido con la carne de la flor.
Los llevaban encima en pequeños saquitos cosidos en el interior de su ropa para tenerlos siempre a mano.
—Tu abuela está enseñando a Daphy la receta familiar para cultivar las rosas. Cuanto más antiguo es el aquelarre, más fuertes son sus recursos. Son secretos familiares muy valiosos —le había explicado Seraphine.
Ethel no había querido preguntar sobre quién recaería esa responsabilidad en la siguiente generación. Solo estaba ella, y su madre la había apartado del legado familiar.
¿Desaparecería el aquelarre de las Ashbourne, entonces?
—Es tan valioso e importante que algunos aquelarres han entrado en guerra por querer el secreto del elemento de otro. Hay en la historia reciente algunos casos infames de antiquísimos aquelarres destruidos por completo solo porque otros han anhelado su poder.
—¿Y nadie hizo nada? ¿Podría pasarnos a nosotras?
—Para eso están las Trece. Las brujas y brujos que participaron en esa caza y robo están ahora en el Laberinto.
—¿Qué es eso?
—Una mezcla entre una cárcel común y un sanatorio.
—Tía Sera se estremeció al pensar en ello y eso le dio a Ethel un alcance de lo aterrador que debía de ser el sitio; su tía nunca se mostraba asustada—.
Jamás se sale de allí y quien lo hace suele haber perdido por completo el juicio. No es un lugar agradable.
Ethel hundió los dedos en el saquito y extrajo un pétalo. Seraphine le agarró la mano e inspeccionó las pequeñas heridas que tenía en las cutículas y los nudillos.
—Ethel...
—Lo hago cuando me pongo nerviosa —contestó, y ocultó la mano.
Seraphine suspiró y fue hasta uno de sus armaritos para buscar algo. Volvió con un tarro de cristal que contenía una pomada.
—Póntela, hará que las heridas se cierren más deprisa.
Seraphine quería decirle que parase de hacerlo, pero también sabía que nada era tan sencillo. En cambio, le dio un beso en la sien a su sobrina.
—Cuídate, por favor —le pidió—. Vamos, puedes seguir con el hechizo.
Ethel soltó el aire y frotó con los dedos el pétalo que sostenía hasta deshacerlo. Pintó el símbolo del hechizo en la palma de su mano mientras recitaba las palabras escritas en el grimorio.
Estiró la mano hacia las piedras que Seraphine había colocado sobre la mesa.
—Es cuestión de confianza. Piensa que la magia es parte de ti y el conjuro saldrá con total naturalidad. Sé que es más difícil para ti que no lo has aprendido de niña, pero la conexión está ahí, en tu ADN, en tu naturaleza.
Ethel se concentró. Había hecho todos los pasos bien. Las imágenes del laberinto ardiendo la sacudieron y las piedras vibraron, algunas cayeron de la mesa.
—Concéntrate —le recordó su tía—. Deja de pensar en otras cosas. —Seraphine adivinó hacia dónde se había dirigido su mente.
Ethel trató de apartar su desasosiego, pensar solo en lo que tenía al alcance de la vista.
Dejó escapar una bocanada de aire. Poco a poco, la superficie rugosa de las piedras se alisó, brillando como si estuvieran recubiertas de plata líquida.
Las formas se contorsionaron, estirándose y encogiéndose hasta adquirir el aspecto de pequeños y brillantes cristales.
—Increíble... —murmuró Ethel, con la voz teñida de asombro.
—¿Estás estudiando los hechizos?
—Todas las noches. Se me da bien memorizar.
Si aprender todo aquello la ayudaba a controlar el poder que habitaba salvaje en su interior, entonces quería hacerlo cuanto antes. Se sentó en un taburete frente a su tía. Tenía una pregunta que hacerle que la asustaba.
—Si para conjurar necesitamos estar conectadas con los elementos..., ¿cómo podría yo...?
—Porque no hiciste ningún conjuro, la magia simplemente brotó de ti en forma de energía; salvaje, sin transformar. Pura. Como ocurre con el viento, con los rayos...
Tenía sentido, al igual que había pasado con el columpio siendo niña; lo que había ocurrido era propio de la destrucción de un tornado y había sido como si ella fuese el epicentro.
Y eso mismo había pasado en el maizal con el fuego.
Ethel se encogió al pensar en el Laberinto. ¿Acabaría allí encerrada por lo que había hecho?
Ebonwick se había convertido en el escenario de dos crímenes en la noche de Halloween. El primero, un turista que había aparecido en un callejón apartado con el mismo aspecto que el campista muerto en el sendero norte. El segundo, un incendio que había arrasado con el laberinto de maíz.
No había rastro del cuerpo de la bruja, pero Ethel estaba segura de haberla visto arder.
—¿Encontraste algo? —le preguntó a su tía.
Seraphine, que se había levantado a añadir leña a uno de sus calderos, la miró seria.
Ethel se había despertado al alba en la casa abandonada del bosque.
No tenía ni idea de cómo había llegado allí.
Recordaba vagamente a alguien tomándola en brazos, pero no estaba segura de si lo había soñado y había ido hasta allí sonámbula como en otras ocasiones.
Había corrido de vuelta a la mansión deseosa de ver a su tía para contarle lo ocurrido. Y no solo se había encontrado con el caos ocasionado por el incendio, sino también por el de un nuevo asesinato.
En cuanto consiguió estar a solas con Seraphine, le relató el encuentro con la bruja, lo que había dicho sobre ella y sobre su familia, y cómo había intentado matarla.
—Me asusté y, entonces, todo ardió.
—Yo me encargo, ¿entendido? No te acerques al lugar. Si te preguntan, anoche estuviste todo el tiempo en la plaza y viniste a casa temprano. ¿Te vio alguien?
Ethel dudó. No estaba segura de cómo había llegado a la casa del bosque, pero finalmente dijo:
—Estaba desierto.
—Bien, iré esta noche a ver si encuentro algo —dijo Seraphine, negando mientras removía la cacerola bajo la que había añadido leña—.
El pueblo está lleno de policías del condado.
Después de que haya aparecido otro cadáver, han llegado más patrullas.
Las cosas se van a poner feas, siempre que ocurren desgracias la gente busca culpables...
Esa misma mañana se habían despertado con unas pintadas en el muro de fuera en las que las llamaban cosas como «engendros del demonio» y las invitaban a marcharse del pueblo.
—Siento...
—No te preocupes, Ethel. No hay nada que te relacione con el asunto.
Ethel notó que había algo más que no le estaba contando.