21
Nox bajaba del pueblo cuando vio la columna de humo negro alzarse. Todos los carteles indicaban la dirección del laberinto de maíz, así que no tardó mucho en adivinar qué era lo que ardía.
El viento traía el olor espeso del fuego, la mezcla agria de madera y tierra quemada. Sin pensarlo, echó a correr cuesta abajo.
Para cuando llegó las llamas estaban remitiendo. La imagen de toda la planicie negra y carbonizada lo impresionó.
Y entonces la vio. En medio del campo carbonizado, entre restos de tallos y ceniza, había una mancha blanca.
Su cuerpo lo supo incluso antes que su cabeza y echó a correr hacia ella.
—¡Ethel! —la llamó.
Estaba tendida de lado, la piel cubierta de polvo y hollín, el vestido chamuscado en los bordes.
Nox cayó de rodillas a su lado y la giró con cuidado.
—Eh, mírame —dijo con la voz llena de urgencia.
Ethel respiraba, pero con dificultad. Tosió. Un hilo de sangre resbalaba desde su nariz. Le pareció que murmuraba algo.
—Tranquila, te sacaré de aquí.
Nox pasó un brazo bajo sus rodillas y otro por su espalda, alzándola.
Ethel dejó escapar un gemido débil, perdida en el filo de la consciencia.
Apoyó el rostro en su pecho. Sus dedos se aferraron al cuello de su camiseta con un gesto instintivo, buscando refugio.
Nox sintió cómo su respiración le rozaba el cuello, irregular y temblorosa.
No deberías disfrutarlo tanto.
Ignoró el comentario.
No sabía muy bien adónde ir o qué hacer.
Claramente había ocurrido algo malo y estaba relacionado con ella.
Si la llevaba al pueblo, la culparían de quemar el maizal y, la verdad, su reputación y la de su familia ya era bastante mala.
Puede que Ethel lo hubiese quemado, aunque lo dudaba, o puede que simplemente se hubiese visto atrapada por las llamas.
Quizá alguien había tratado de gastarle una broma pesada o algo peor.
En cualquier caso, pensó que era mejor sacarla de allí y que nadie la pudiese relacionar con el asunto.
Entonces, se acordó de la casa abandonada del bosque donde se habían refugiado el día de lluvia. Por suerte, no estaba demasiado lejos.
La penumbra envolvía los muros desnudos y las vigas torcidas, cubiertas de polvo y telarañas. La dejó sobre el viejo sofá donde se habían sentado semanas atrás. Ethel tosió débilmente; el humo la había dejado aturdida. Sus pestañas proyectaban sombras largas sobre sus mejillas manchadas.
Nox se apartó un poco, respirando con dificultad.
Una línea de hollín le marcaba la clavícula a Ethel, y la piel, bajo la suciedad, parecía de porcelana.
A Nox se le secó la boca.
Tragó saliva.
Apretó los dientes y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared de piedra. Los nudillos le crujieron cuando cerró las manos en puños.
Quizá había pasado demasiado tiempo sin sentir nada, demasiado tiempo anestesiado. Y ahora, de golpe, todo parecía demasiado intenso.
Ethel hizo un ruido y él contuvo la respiración.
—Nox —balbuceó la chica con una voz delicada como plumas.
Se inclinó un poco, intentando ver si estaba despierta, pero sus párpados no se movieron. La respiración de Ethel siguió siendo profunda y rítmica.
¿Soñaba con él? ¿Era eso? Una sonrisa tonta tiró de sus labios.
Tú también has soñado con ella.
«No estoy seguro de que fuese ella, podría ser cualquiera».
Engáñate cuanto quieras.
El recuerdo lo hizo estremecerse y todas sus fibras nerviosas despertaron. Suspiró al sentir su cuerpo tenso.
Extendió una mano hacia ella, y sus dedos rozaron la piel fría de su mano. La sensación fue como una descarga, un pulso eléctrico que le recorrió los nervios de manera fulminante.
Sus ojos bajaron hacia su boca. A esos labios rosados y llenos, entreabiertos.
Antes, en la fiesta, has deseado besarla. Igual que ahora.
Inspiró hondo. «No es deseo, es preocupación», comenzó a excusarse. Pero la mentira le supo amarga. «Y en todo caso, solo sería un deseo pasajero. La clase de deseo que es fácil olvidar y no me costaría nada dejar pasar».
La miró y su interior se agitó. Le puso una mano en la frente, no parecía enferma. Se inclinó un poco, lo justo para notar el olor a ceniza enredado en su cabello.
El ceño de Ethel se frunció y una expresión de dolor le cruzó el rostro. Algo en él se quebró, una astilla que se coló en su pecho y le pinchó las entrañas.
—¿Ethel?
Ella dejó escapar un gemido y se giró. Tenía una lágrima en el borde del ojo.
—Lo siento —murmuró—. No quería hacerlo.
Nox frunció el ceño. No estaba seguro de que Ethel desease que la viese así. Se sentía como estar espiando el interior de su cabeza.
Caminó hacia la puerta. El frío de la noche le golpeó la cara. Lo necesitaba. Se estiró respirando profundamente, queriendo purgar las emociones que tenía atascadas en el pecho.
Decidió que esperaría ahí fuera hasta que amaneciese y viese a Ethel volver a casa a salvo.