20
La música del festival se desvanecía tras Ethel. Mientras ella corría con su vestido blanco ondeando tras sus pies y sus alas sacudiéndose en su espalda, las luces cálidas de la plaza se diluyeron entre las calles.
La había vuelto a ver.
La figura de la capa bermellón.
Estaba en el borde de la plaza principal, al final de una calle secundaria bordeada de faroles temblorosos. Y en cuanto se percató de que Ethel se movía hacia ella, se marchó deprisa.
Se alejaba hacia la parte sur del pueblo y Ethel apretó el paso. Blanco sobre negro. El sonido de sus tacones repiqueteaba en los adoquines y el silencio de las afueras se lo tragaba.
Llegaron al laberinto de maíz y la figura se adentró en él para escapar de Ethel. Ella se frenó asustada y dubitativa. No le gustaba nada la idea de meterse ahí dentro sola.
—No seas cobarde... —murmuró. Y entró.
El laberinto la engulló como una bestia viva.
Las paredes de maíz eran altísimas. Crujían como si algo se moviese entre ellas. La única iluminación provenía de la luna, que hacía creer que las sombras se agitaban entre los tallos.
Ethel se estremeció. Era espeluznante.
El aire ahí dentro era más húmedo y frío que en la parte central del pueblo. La niebla bajaba desde la parte alta de Ebonwick hasta enredarse en jirones alargados entre las paredes de maíz.
Crac .
Una mazorca caída se partió bajo su bota y dio un respingo llevándose las manos al pecho.
Se detuvo, mirando a su alrededor, con la respiración agitada. Tenía que haber avisado a tía Sera, pero no la había visto por ninguna parte.
Dobló una esquina. Luego otra. Y otra más. Cada curva parecía llevarla de vuelta a donde había estado. Era imposible distinguir si estaba caminando en círculos porque todo era igual.
Una sensación claustrofóbica le oprimió el pecho y comenzó a sudar. Ya no le importaba la figura de la capa roja, ahora solo quería salir de allí.
Un zumbido surgió de entre las cañas. Y se le encogieron los músculos de la espalda mientras la sacudía un escalofrío.
Debía de ser algún insecto entre las mazorcas.
Un enjambre de bichos salió de los tallos, chocó contra su cara y se le enredó en el pelo.
Ethel se apartó con un gesto brusco y dio un par de manotazos al aire.
—Maldita sea...
El viento volvió a levantarse. Esta vez más fuerte. Las hojas del maíz vibraban como lenguas susurrantes. Chirriando hasta crear un conjunto de sonidos agudos y espeluznantes.
Se giró. Miró atrás.
Sintió que algo la observaba desde entre los tallos.
Volvió a caminar, más rápido ahora. El corazón le golpeaba en el pecho. Tenía un grito atascado en la garganta que deseaba salir.
Apretó el paso. Torció una esquina. Luego otra.
Una ráfaga de aire le rozó la nuca, removiéndole el pelo, como si alguien hubiese pasado corriendo por su espalda.
Ethel se dio la vuelta en seco.
Nada.
Solo el camino de tierra por el que había venido y más dichoso maíz.
Comenzó a correr. El vestido se le había manchado y desgarrado por el bajo y las plumas de las alas estaban un poco rotas y desmadejadas por haberse enganchado en los tallos, que se agitaban a sus lados como si la empujaran.
Ethel se obligó a caminar de nuevo para recuperar el aliento.
El sudor le corría por la espalda, pero el aire estaba helado.
¿Cuánto llevaba ahí dentro? El tiempo parecía deshacerse.
Ya no escuchaba el festival. Solo un zumbido grave, como el murmullo de muchas voces muy lejanas, debajo de la tierra.
Agotada y angustiada, volvió a girar, esperando no encontrarse con un camino sin salida... Entonces, se topó con la figura inmóvil de una mujer plantada en medio del camino.
El grito de Ethel rasgó la noche. El susto le llenó la visión de puntos negros. El pánico ascendió por su cuerpo como un volcán en erupción hasta nublarle la mente.
La mujer parecía haber brotado de los tallos. Llevaba un vestido largo y oscuro, de otra época, con cuello alto de encaje y botones de color azabache. Un sombrero ladeado tapaba en sombras todo su rostro. Tenía las manos cruzadas delante del cuerpo, con guantes negros de encaje.
Cuando se recuperó de la sorpresa, Ethel distinguió que el vestido estaba cubierto de los insectos que había visto por el maizal. No era negro en realidad, eran los cuerpos de los bichos.
Se le revolvió el estómago.
Abrieron las alas y el vestido cambió hasta volverse bermellón, como la capa que tenía a la espalda.
Ethel se quedó paralizada. Su cuerpo le gritaba que corriera. Su mente no podía procesarlo.
—Eres una maldición para las nuestras, Ethel Ashbourne —habló la mujer—. Tu madre nunca debería haberte concebido. La pobre Sybilla escupió sangre durante una semana al ver tu futuro.
El aire del maizal se volvió espeso y viciado. Los tallos se mecieron con un crujido extraño, como si algo se moviera entre ellos.
—¿Qué... qué quieres decir? —Ethel dio un paso atrás, tropezando ligeramente con un bulto invisible en la tierra.
La mujer ladeó la cabeza y el ala del sombrero proyectó una sombra alargada sobre su rostro, dejando al descubierto un par de labios pintados de negro.
—Eres un demonio.
Ethel negó con la cabeza, el corazón martilleándole en las costillas.
—No... no sé de qué hablas.
—¿No? —Las manos de la mujer se movieron hacia delante, estirando los guantes de encaje como si fueran parte de su propia carne.
Los insectos revolotearon por sus muñecas, dispersándose antes de volver a posarse sobre ella como una marea viviente—.
El infierno disfraza sus abominables creaciones para que parezcan hermosas e inofensivas.
Los dientes de la mujer eran negros como su boca, como si hubiese tragado alquitrán.
—Tu familia debería haberse extinguido hace generaciones —prosiguió la mujer, avanzando un paso, arrastrando la falda de su vestido hecho de insectos, que crujían y zumbaban con el movimiento—.
No es pertinente que todas carguemos con vuestra mancha.
Y ahora yo me ocuparé de que el legado Ashbourne muera contigo.
Ethel tragó saliva y se giró veloz para echar a correr. El maizal pareció ondularse cerrándole el paso.
Miró por encima de su hombro cómo la mujer se acercaba y no lo dudó: se abrió paso con los brazos y comenzó a correr a través de los tallos.
—No puedes escapar, niña.
La mujer se deshizo en insectos que desplegaron sus alas, como si ella no fuese más que una cáscara vacía a la que le habían dado forma.
Se lanzaron en un enjambre oscuro y zumbante hacia Ethel.
Un manto viviente que la envolvió en un vendaval de patas y alas que se enredaban en su pelo, su vestido, su cuello.
Ethel gritó, retrocediendo mientras los bichos la rodeaban, rasgando su piel con pequeñas patas afiladas, cubriéndole la vista.
Agitó los brazos, intentando apartarlos, pero eran demasiados. Se colaban entre sus dedos, bajo las mangas, por el cuello del corsé.
Sintió el latido de su corazón en los oídos, el calor creciente en su pecho. El despertar de la magia que Seraphine le había enseñado a llamar, a sentir.
«Es parte de ti».
Pero todavía no la dominaba.
Ethel cerró los ojos con fuerza. La presión en su pecho creció, una especie de corriente ardiente recorriéndole la piel, quemando desde dentro. El maizal crujió a su alrededor, las hojas se doblaron y el suelo pareció vibrar.
Y entonces, explotó.
Una oleada de aire caliente salió disparada de su cuerpo, arrastrando los insectos con un chirrido ensordecedor. Ethel cayó de rodillas, jadeando, con las manos temblando sobre la tierra fría. Los bichos yacían a su alrededor, patas arriba, retorciéndose en espasmos finales mientras se quemaban.
El aire olía a ceniza. Un crepitar sordo se extendió por los tallos del maíz, que empezaron a arder con rapidez, ansioso por devorar cada brizna seca.
Las llamas se elevaron lamiendo las hojas, retorciéndolas en espirales negras que se desvanecían en el aire. El calor golpeó el rostro de Ethel, seco y abrasador.
A lo lejos, tras el furioso crepitar de las llamas oyó los gritos de la bruja.
Ethel tomó una bocanada de aire que la hizo toser. Las cenizas llovían del cielo. Retrocedió apoyándose en sus manos. El miedo la aprisionó, estrangulándola.
El calor era insoportable.
El humo le llenó los pulmones. Tosió raspándose la garganta. Intentó arrastrarse hacia atrás, pero el fuego la rodeaba, cerrándole todas las salidas. El maizal se alzaba en muros llameantes, deformando el cielo en una bruma de brasas.
El fuego avanzaba, cercándola. El calor le lamía la piel. Los colores se derritieron y sus ojos poco a poco fueron dejando de enfocar las cosas. Le resultaba difícil respirar. Era como estar bajo el agua.
Se desplomó sobre los codos. El mundo se inclinó y los brazos dejaron de sostenerla. Vio el reflejo anaranjado de las llamas danzando a su alrededor. Tan hermoso y mortal.
En los últimos retazos de su conciencia, le pareció sentir una ráfaga de aire frío y cómo las llamas temblaban hasta consumirse.