Flor de sangre (Flores malditas 1) 18
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La plaza de Ebonwick parecía arrancada de un sueño.

Guirnaldas de terciopelo negro y cortinas de encaje ondeaban entre los faroles de gas, teñidos con cristales rojizos, que lanzaban sombras sangrientas sobre el empedrado.

Todos los detalles estaban cuidados hasta el extremo, como la música, que salía de un gramófono, de modo que las notas sonaban distorsionadas, antiguas.

Seraphine, vestida de exploradora con un látigo en la cadera, se acercó a una mujer a la que parecía conocer. Se quitó su sombrero y se lo puso a la otra antes de besarla.

Ethel apartó la mirada con una risa. Avanzó entre la multitud, con cuidado.

Iba vestida de ángel con un disfraz que le había confeccionado tía Daphne: corsé blanco, sobre una falda fruncida en la parte delantera para ser corta y caer en una majestuosa cola en la parte trasera.

Mangas largas fruncidas igualmente, medias de encaje blanco hasta el muslo y botas altas rematadas con botones dorados.

En la espalda llevaba dos pequeñas alas emplumadas y el pelo, larguísimo y ondulado, flotando como una cortina entre ellas.

Miró entre la multitud con el corazón latiéndole deprisa.

«¿A quién buscas?», susurró una voz en su cabeza.

Se había alejado de su familia para admirar toda la decoración. Los pequeños espectáculos que había por las calles. Estaba nerviosa, expectante. Notó que llevaba un rato rascándose la piel de la mano y paró.

Tanto su abuela como sus tías la habían animado a disfrazarse, a salir, a participar. Sobre todo, Seraphine. Un par de tardes atrás, cuando habían terminado una de sus lecciones, le había confesado que no estaba segura si iría o no.

—Será una buena forma de probar si has ganado algo de control —le había dicho.

De momento solo estaba practicando el hecho de percibir su magia, conectarse con ella.

Lo que requería mucha concentración y relajación.

Era un proceso lento y a veces frustrante.

Se sentaba en la penumbra del atardecer y visualizaba el flujo de energía de su cuerpo.

Hacía pequeños ejercicios guiada por la voz de su tía.

La mayoría de las veces acababa empujándola o tirando una pila de sus cosas.

—Lo siento... —se disculpaba, apenada.

—¡Eres tan fuerte! En cuanto aprendas, vas a ser una gran bruja —exclamaba Sera, emocionada.

Ethel aplaudía a un hombre que echaba fuego por la boca cuando notó unos ojos sobre ella y se giró bruscamente. Hubiera jurado que había visto moverse a alguien entre la gente, pero no tuvo tiempo de discernir su rostro, solo una capa bermellón.

Decidió seguir la mancha de la tela entre la multitud. No era la primera vez que sentía que alguien la observaba. Un par de días atrás, mientras volvía a casa desde el instituto también tuvo la misma sensación.

Fue adentrándose más y más en la plaza principal, donde la gente bailaba. La música ascendió y ascendió en un torbellino de notas veloces, y los latidos de su corazón se acompasaron al ritmo.

Le faltaba el aire y se encontró atrapada. Ya no veía la capa por ninguna parte. Necesitaba salir de allí; estar rodeada por tantas personas la agobiaba.

De pronto, sintió que una punzada le erizaba la piel. Algo cálido le subió por la columna y se estremeció, como si la hubiesen acariciado. Giró la cabeza y se topó con él.

El disfraz de Nox era simple. Llevaba una camiseta negra, una chaqueta de cuero y vaqueros. Las manos llenas de anillos plateados, una cadena de grandes eslabones al cuello, aros en ambas orejas, los ojos marcados con lápiz negro y unos simples cuernos de demonio en la cabeza.

Los ojos de Ethel se cruzaron con los suyos, que la atraparon.

Y el mundo se detuvo un momento.

La boca de Nox se torció en una sonrisa. Mientras caminaba hacia Ethel, sus ojos la recorrieron minuciosamente y su lengua jugueteó con el aro de su labio.

Ethel sintió un nudo en las entrañas, apretado.

—Irónico, ¿no te parece? —Se señaló los cuernos de plástico rojo de la cabeza. La voz grave y divertida de Nox le provocó un escalofrío.

Ethel rio sin pretenderlo. No estaba en un acantilado o en lo más alto de una noria, pero aun así sintió vértigo y el cosquilleo de una caída inminente bajarle por el estómago.

El aire que los separaba era tan delgado que dolía respirarlo.

—Pareces caída del cielo.

Ella tragó pesadamente.

—Tú no has puesto mucho empeño en tu disfraz, que digamos —contestó.

Nox sonrió, divertido con su comentario.

—¿Ah, no? ¿No crees que dé miedo?

Ethel meneó la cabeza. Tenía la boca seca. No supo qué decir. No era exactamente miedo lo que sentía en ese momento.

Nox bajó la mirada a su cuello, como si estuviera decidiendo dónde morder. Después volvió a subirla con lentitud.

El violín del gramófono chirrió un par de notas distorsionadas. Alguien a lo lejos se echó a reír.

—Dime —dijo acercándose aún más a Ethel—, por qué has elegido este disfraz.

Nox alargó la otra mano. Un ofrecimiento silencioso.

Ethel la posó sobre la suya. El tacto fue eléctrico, como si la noche se hubiese condensado entre sus dedos.

Y entonces él la atrajo hacia su cuerpo pasándole una mano por la cintura con lentitud. Ethel, ruborizada, apartó la mirada de sus ojos violeta. Él ya sabía la respuesta y parecía encantado.

A unos cuantos metros vio a los amigos de Nox observándolos. Las expresiones iban desde la sorpresa hasta el odio más profundo. Se tensó.

—No les hagas caso —contestó Nox, con indiferencia.

—Siempre pareces diferente cuando estás con ellos —soltó Ethel.

—¿Cómo?

—Más terrenal, y a la vez inalcanzable. —La apreciación escapó de su boca antes de procesarla del todo.

Nox le parecía un universo en sí mismo.

Él no pareció molesto con lo que dijo.

—Me gusta que me observes.

El calor de sus mejillas la delató.

—Es que eres popular —se excusó.

Nox hizo un puchero y luego sonrió.

—Y yo que pensaba que te resultaba interesante.

—Creo que le resultas interesante a todo el mundo. Y tengo que reconocer que eso me da cierta envidia.

—Tú eres más interesante que yo.

—Puede que mi apellido lo sea, pero lo que en realidad me da envidia es la facilidad que tienes para ganarte a todo el mundo.

—Es una virtud de fabricación —contestó con una sonrisa enigmática.

Nox movió la mano que tenía en su espalda y la arrastró levemente hacia abajo. Los labios de Ethel se separaron para coger aire y se olvidó de lo que estaban hablando.

—Estás temblando —dijo él, apenas un susurro.

—Es por el... frío.

Nox alzó una ceja. A Ethel le resultó fascinante lo atractivo del gesto, quizá porque esa noche sus ojos estaban aún más marcados. Sintió un deseo pesado y aterciopelado anclarse bajo su ombligo.

—Claro —contestó él—. Entonces... ¿te resulto interesante a ti, Ethel? —preguntó, retomando la conversación.

Ella dio un paso atrás, como si la cordura hubiera tirado brevemente de ella.

—Como a todos.

Nox escondió una sonrisa.

Ethel sintió una punzada en el corazón.

—Quien realmente resulta interesante, sin embargo, eres tú, Ángel.

—Observó por encima de su hombro a las personas que los rodeaban y luego se inclinó para hablarle al oído—.

Por ejemplo, a los habitantes de este pueblo les obsesionáis tú y tu familia.

Os desean y os odian a partes iguales. Así es como funciona, quieres lo que no entiendes, lo que eres incapaz de interpretar. Y deseas poseerlo o destruirlo.

Qué curioso que dijese aquello de ella cuando Ethel se sentía del mismo modo respecto a él. Parecía casi imposible traspasar sus capas, conocerlo, y aquello era lo que más la atraía: todo lo que no sabía de él.

Nox era una manzana dulce, perfecta, jugosa, colocada al alcance de su mano en un día de calor. Pero ella no debía morderla. Algo le decía que, bajo esa capa tan atractiva, había un veneno mortal.

Y, aun así, su estúpida imprudencia le pedía probarla y correr el riesgo.

Los labios le vibraron con expectación, la boca se le humedeció como si ya pudiese sentir el sabor dulce y fresco en la lengua. La garganta se le movió cuando tragó, la sentía árida.

Hundió los dientes en su labio con fuerza.

Qué importaba que estuviese prohibido si deseaba aquello casi tanto como respirar.

«Y el dulce y pequeño ángel no pudo apartar los ojos del demonio. Y el hermoso y solitario ángel se dio cuenta de que se estaba enamorando», recitó en su cabeza Ethel. «No», se dijo a sí misma. No podía.

Cuando Nox se irguió de nuevo, sus rostros quedaron frente a frente. Sus ojos de tormenta bajaron hasta la boca de Ethel.

A ella el corazón le martilleaba en el pecho, que se elevó en busca de aire, comprimido por el corsé.

Había algo hipnótico en los ojos de Nox, una especie de magia oscura, sucia y bella a la vez.

—¿Sabes? Los ángeles que se mezclan con demonios acaban cayendo —dijo haciendo referencia a sus disfraces; la voz le salió estrangulada, sin aire—. Pero nada es tan hermoso como un ángel que cae —añadió más para sí mismo.

La música se elevó llegando a su cénit. Nox irradiaba calor. Ethel lo sentía a través de la tela de su vestido. Su barbilla le rozaba la mejilla. La mano que había posado en su cintura se había ido deslizando hasta el final de su espalda.

Tenían los rostros casi pegados. Él le miró la boca.

Ethel no se había dado cuenta de cuándo se habían pegado tanto.

Le miró el hueco de la garganta, sintió una atracción súbita y repentina.

El aliento de ella le rozó la piel a Nox, erizándola, sensibilizándola.

En los ojos de él brilló algo febril. Los músculos de su cuello se tensaron y levantó la mirada llevándola a cualquier parte menos a ella.

Se separó unos centímetros. Dejó escapar una respiración pesada y giró la cabeza.

De pronto, su expresión cambió, atenta, y frunció el ceño como si hubiera visto algo más allá de ella que lo había contrariado. Estrechó los ojos, cabreado, y se aclaró la garganta.

—Nos vemos por ahí, Ángel.

Dio un paso atrás. Y, sin más, se dio la vuelta y se alejó.