Flor de sangre (Flores malditas 1) 17
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La campana del instituto sonó con su estridente repiqueteo, y el pasillo se llenó de voces y pasos apresurados.

Ethel cerró su taquilla con un leve chirrido y se ajustó la cartera al hombro, intentando pasar desapercibida entre el bullicio.

Estaba ansiosa por llegar a casa y ver a tía Sera.

No había pegado ojo en toda la noche. Después de volver a su habitación, había leído y revisado el enorme libro ilustrado.

Solo cuando los primeros rayos de sol habían entrado por la ventana, había sido plenamente consciente de que aquello era real. No iba a despertarse y descubrir que lo había soñado.

Estaba aliviada y a la vez muy triste.

Caminaba con la cabeza gacha, perdida en sus pensamientos, cuando una voz la detuvo en seco.

—¡Ashbourne! No sabes lo pesada que está la gente del pueblo con tu familia. Mi padre ha recibido ya una decena de peticiones para que os expulsen del pueblo —parloteó Silas, pasándole un brazo por los hombros—. ¿Qué dices, habéis sido vosotras las culpables de lo del campista?

Ethel lo miró horrorizada y salió de su abrazo. A pesar de que estaban dentro y el día estaba nublado, llevaba unas gafas de sol muy oscuras.

—No..., claro que no.

—¿Irás a Halloween? Será toda una provocación. En Ebonwick nunca pasa nada, así que está bien caldear un poco el ambiente. De hecho, deberías ir vestida de bruja.

Ethel apretó los labios para ocultar su sonrisa. Tía Seraphine lo encontraría divertido.

—No creo que vaya.

—¿Por qué? —insistió él, deteniéndose justo frente a ella—. Es divertido. Puedo hacerte compañía, incluso.

A Silas le costaba respetar los límites físicos, pero era alguien con quien se le hacía muy fácil tratar.

—Eh... —murmuró, sorprendida por su propuesta—. No creo que a tus amigos les guste que aparezca.

Silas soltó una pequeña risa.

—¿Por quién lo dices? —preguntó, inclinando un poco la cabeza.

Ethel frunció el ceño, sin saber muy bien cómo responder.

—No, lo que quiero decir es que, no quiero incomodar a nadie.

—¿Te refieres a Ivy? No le hagas caso, es la princesita del pueblo porque su padre se cree una especie de dios aquí y, por lo que sea, la gente le sigue el juego. Pero es inofensiva.

—Parece que a su padre no le gusta mucho mi familia.

—Es un fanático desquiciado.

Silas le cogió la cara con una mano. Ethel se tensó un poco, incómoda con el gesto, pues no estaba acostumbrada a que la gente la tocase.

—Pero, si te escondes, solo será peor, hazme caso. —Le guiñó el ojo y se marchó.

Las palabras de Silas siguieron repitiéndose en su cabeza, una y otra vez, como un eco mientras caminaba a ciegas por los pasillos. No estaba segura de cuánto tiempo había vagado ni en qué dirección, pero apareció en las escaleras traseras del edificio.

Quizá tenía razón. A lo mejor, si se abría un poco a los demás... Bueno, Seraphine le había prometido ayudarla a controlar su magia, así que pronto dejaría de ser un peligro para todos y quizá..., solo quizá... Deseaba tanto acabar con la soledad abrumadora y asfixiante que sentía...

El aire olía a la lluvia reciente y a hojas húmedas. Unas preciosas nubes púrpura amenazaban con volver a descargar en cualquier momento.

Se miró la mano derecha.

Bruja.

Cerró los dedos hasta clavarse las uñas en la palma. Ahora al menos sabía lo que había dentro de ella.

Siempre había deseado poder estrechar lazos con la gente, pero le daba miedo hacer daño a quienes tenía cerca. No podía dejar que su egoísmo y su soledad pusiesen en peligro a otros, no le parecía justo.

Pero... pero ahora eso podía cambiar, ¿no?

Ethel caminaba distraída por el sendero que iba hacia el bosque. Nox se detuvo a la salida del instituto para observarla un momento. La había visto con Silas hablando en el pasillo.

¿Y te molesta?

«No, solo me ha parecido que la estaba incomodando», se contestó a sí mismo con gran confianza.

Se metió las manos en los bolsillos, cogió aire y se acercó a ella.

—Ethel.

Ella echó la cabeza hacia atrás para mirarlo. A Nox le crujieron los nudillos y tensó la mandíbula al ver su rostro.

¿Qué ha sido eso?

A Nox le gustaban las cosas bonitas; como el arte, por ejemplo. Era un gran fan. Y daba la casualidad de que Ethel era hermosa, eso era todo. No es que estuviese recordando el tacto de sus labios contra sus dedos o la curiosidad que había sentido por su boca...

Anda, por qué no le suplicas que te deje hacerlo...

«Cállate. Cómo si esa idea me atrajese», gruñó para sí mismo, enfadado. Fue un arrebato del momento, se convenció, la adrenalina de hacer cosas prohibidas. El aire de delincuencia que los rodeaba en aquel momento y que lo confundió.

—Te he visto en el pasillo.

Ethel dibujó una pequeña sonrisa.

—Ah, Silas me estaba invitando a ir a Halloween con...

—¿Vas a ir? —preguntó.

Ella negó con la cabeza.

—No quiero que nadie se sienta incómodo con mi presencia, y no creo que Ivy... De todas formas, no sé si iré...

Nox asintió para sí mismo, pensativo.

—Tienes razón.

Ethel abrió los ojos, herida.

—¿La tengo?

¿Por qué Silas la invitaba a Halloween precisamente sabiendo cómo estaban las cosas con las Ashbourne en el pueblo? Era el ambiente propicio para que ocurriese algo malo.

—¿No te parece curioso que Silas te invite de la nada?

Ethel lo pensó.

—No entiendo qué...

—Ha tenido que pasarte antes. Me dijiste que no te gusta ser desconfiada, pero este mundo está lleno de malas personas. La gente no es amable sin motivo. ¿Alguna vez alguien ha sido simpático contigo para luego hacerte daño?

Ethel se removió incómoda y Nox vio la tristeza estallar en sus ojos. Sí, ya le había ocurrido antes.

De pronto, se sintió furioso al pensar en ello.

«¿Quién?».

La atmósfera se llenó de humedad y pequeñas gotas se enredaron en el pelo de Ethel. Se abrazó a sí misma.

—Entiendo... —comenzó a decir—. Entiendo que quizá no te guste cómo soy yo. No quiero ser desagradecida, sé que probablemente lo dices porque ya me has ayudado en un par de ocasiones y estás preocupado, pero...

Nox la miró en silencio unos segundos, y el leve temblor de sus labios lo atravesó como un cuchillo.

Enhorabuena, eres un cabrón. ¡Ha sido todo un éxito! La has hecho pensar que la odias.

Nox se frotó la nuca y dejó escapar un gemido.

Ethel se puso la mano por encima de los ojos para cubrirse de la lluvia y él se apresuró a quitarse el cortavientos del equipo de remo y entregárselo.

—Te estás mojando.

—¿Por qué? —susurró ella, negándose a aceptarlo.

—Vamos, cógelo.

—A veces eres distante y otras muy amable. A veces me da la sensación de que no me soportas y otras actúas como... —Se calló el resto de las palabras.

Nox se apartó el flequillo, furioso, frustrado, molesto.

Un rayo iluminó el cielo y la lluvia comenzó a caer más fuerte.

—Vamos, póntelo. Por favor.

—¿Cómo sé cuáles son tus verdaderas intenciones detrás de ese gesto amable? —Ethel se giró y echó a andar, enfadada.

Tocado.

Nox la siguió, un poco desesperado.

—Ethel —la llamó.

Ella no se volvió.

—Ethel.

Estiró el brazo y la tomó de la mano para pararla.

—Espera.

Ethel se volvió.

—Joder. Quería... ¿Estás llorando?

Ella apartó la mirada y se secó la cara con el dorso de la mano libre. La otra se la había robado Nox.

Sintió una profunda oleada de autodesprecio al mirarla. El aire que entró en su pecho quemaba. Le agarró la muñeca y con suavidad se la apartó para poder mirarla a la cara.

Se le encogió el pecho y el estómago le dio una sacudida. Apartó la mano, que cerró en un puño. La luz del atardecer oscilaba dispersa sobre la niebla, acentuando los colores y difuminando las formas. Todo parecía más suave, más tierno, más tenue.

Estás jodido, imbécil.

Nox la miró, abatido, sintiéndose un completo idiota. Antes de que a ella le diese tiempo a protestar, le colocó el cortavientos con la capucha sobre la cabeza.

—Lo siento —dijo con la voz estrangulada—. Lo último que quería era hacerte llorar, Ethel. Lo siento —repitió.

¿Quién es el blando ahora?

Ethel parpadeó. Nox estiró la mano y le pasó el pulgar por la mejilla atrapando una de sus lágrimas.

—Ethel —la llamó Nox.

Ella sintió un aleteo en el pecho. Dijo su nombre como si tuviese algo preciado en la boca, como si estuviese pronunciando un secreto en la más estricta intimidad.

Nunca lo había visto tan serio.

La nuez de Nox subió y bajó en un movimiento rápido y marcado. Ethel separó los labios para coger aire hinchando el pecho.

Los ojos color violeta de Nox bajaron de su rostro a su pecho durante un momento y volvió a tragar como si paladeara algo. Se llevó la lengua a la comisura derecha de la boca y soltó un taco entre dientes, antes de apartarse un metro de ella.

—Pensaba que nos llevábamos bien —le contestó ella.

—Y así es. Pero a veces soy gilipollas. Puedes pegarme, me lo merezco —dijo señalándose el pecho y tensando el rostro, como si se preparase para el golpe.

Ethel soltó una pequeña risa, casi involuntaria. El alivio se reflejó en las facciones de Nox.

—No, gracias, no me gusta hacer daño a la gente.

—Pues, adelante, te doy permiso para que me lo hagas —le dijo con la voz ronca.

Ethel movió la cabeza. Lo que más le había dolido era que durante un breve instante había esperado que él la animase a acompañarlos en Halloween. El rechazo le había astillado el pecho.

—No me gusta la violencia, pero ya sabes lo que dicen de mí, a lo mejor podría maldecirte.

Nox sonrió recuperando su habitual expresión arrogante y segura.

—Mmm... entonces no te contengas, hay muchos que se lo merecen.

Sin darse cuenta, ambos empezaron a caminar.

—Si te contienes tanto, acabas explotando de una forma u otra; es mejor dejar salir las cosas.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó en un murmullo.

Nox sonrió con cierto secretismo.

—Digamos que tengo experiencia con ese tipo de emociones.

Ethel frunció el ceño sin creérselo.

—Nunca me ha parecido que te contengas.

—¿Me observas? —preguntó arqueando las cejas.

Ethel se sonrojó y Nox soltó una risa baja, como un murmullo ronco. Se frenó y avanzó un paso hacia ella. El mundo pareció encogerse, como si el aire se condensara en el pequeño hueco que compartían. Le apartó un mechón de pelo mojado que le estaba tocando los labios.

Ethel sintió su tacto como una quemadura.

El pulgar de Nox acarició suavemente su mejilla. El roce hizo que se le cerraran los párpados. El calor se propagó por su rostro y luego bajó, capa a capa, arrastrándose por su garganta, recorriendo su pecho y extendiéndose como un incendio lento por su vientre.

Nox sonrió, esta vez de forma genuina.

Sus miradas permanecieron enganchadas, por un segundo.

Nox retiró la mano de su mejilla y se la metió en el bolsillo del pantalón.

—Deberías ir a casa, Ángel —murmuró—. Está a punto de anochecer y te estás calando.