16
Ethel observaba el grimorio que tía Seraphine había rescatado del bosque junto con la palmatoria y la vela. Estaba sentada en uno de sus cojines enormes y mullidos.
La habitación de Seraphine estaba tan abarrotada de cosas curiosas que no sabía dónde mirar. Estaba situada en la parte alta de uno de los torreones de la mansión. Y aprovechaba el espacio extra con una segunda estancia más elevada que usaba de pequeño laboratorio.
Seraphine bajó la escalera de madera con un frasco humeante y se lo tendió a Ethel.
—Te ayudará a calmarte —le dijo.
Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo agarrotado que tenía el cuerpo. Los músculos le dolían de la tensión y temblaba involuntariamente.
—¿Es... magia? —preguntó.
Seraphine sonrió mientras se tiraba en su cama sin somier.
—Es más bien alquimia. Una ciencia que la gente común no conoce tan bien como nosotras.
Ethel se lo bebió. Estaba algo amargo, pero a la vez tenía un regusto calmante.
Seraphine meneó la cabeza como si estuviese teniendo una conversación consigo misma.
—Estabas hablando con un demonio, Ethel... Gracias a la Diosa que estaba despierta y te vi caminar hacia el bosque. —Su tía parecía furiosa—. Esto es lo que trataba de explicarle a Isadora.
Ethel parpadeó. Todo aquello se sentía como raspar el barniz de una pintura para revelar, lentamente, lo que ocultaba.
—¿Qué quieres decir?
Seraphine frunció el ceño, contrariada. Parecía reticente.
—No soy quién para hablarte de esto... Bueno, qué narices, soy tu tía y acabo de salvarte de un demonio, claro que soy quién. Pero tu madre se pondrá furiosa cuando se entere.
Se levantó y abrió la puerta de un mueble revelando un interior lleno de copas de cristal tallado y botellas de alcohol sin etiquetar. Se sirvió una copa y le dio un sorbo largo.
—Si voy a hacer esto, necesito una copa. —Se sentó frente a Ethel con las piernas cruzadas y tomó una larga y profunda respiración, como si estuviese meditando—. Como has visto en el bosque, las Ashbourne no somos simples mortales.
—Somos brujas —intervino Ethel, a lo que su tía sonrió.
—Exacto. Supongo que ya habrás oído los rumores que hay por el pueblo.
Las Ashbourne procedemos de una larguísima estirpe de brujas.
Nuestro aquelarre familiar siempre ha sido grande y próspero...
—Se calló de golpe y se aclaró la garganta—.
Pero tu madre tomó la decisión de vivir como una mortal común y, por tanto, que tú también lo fueses.
Así que a nosotras no nos quedó más remedio que aceptar su decisión, aunque no estuviésemos de acuerdo.
—¿Por qué? —preguntó Ethel.
Debería haberle chocado toda aquella información, pero el efecto había sido justo el contrario. No sabía si era por la pócima que su tía le había preparado o porque por fin todo tenía sentido.
No estaba loca, no estaba maldita ni poseída. Simplemente era el efecto de la magia que tenía dentro. Todo lo que siempre le había ocurrido y no tenía ninguna explicación lógica ahora por fin tenía un porqué, un sentido.
—Cuando una bruja se queda embarazada visita a las Trece.
Son nuestras gobernantes, las que se aseguran de que se cumplan las reglas, las que castigan a los que las incumplen y nos ponen en peligro como comunidad.
Como ya sabes, las brujas hemos estado siempre muy perseguidas.
—Hizo una pausa para beber—. Bueno, debes saber que hay dos tipos de brujas, por así decirlo: las brujas elementales, que seríamos nosotras, y las brujas espiritistas, que tienen un contacto con lo que es intangible, pueden ver el porvenir y el más allá.
Es costumbre observar la fortuna de un futuro miembro del aquelarre.
—Tía Sera miró hacia otra parte y su expresión se ensombreció—.
Dijeron que tu poder sería muy difícil de controlar, que podría ser peligroso...
sobre todo para ti misma. Así que tu madre, asustada, decidió que, si no lo desarrollabas y vivías como una mortal común, estarías más a salvo.
En su tono se adivinó que ella no estaba de acuerdo. Ethel se miró las manos y luego las cerró en puños apretados. Se sentía furiosa, engañada...
—Me mintieron —susurró.
Seraphine dejó escapar un suspiro.
—Pensaron que así te protegían. Pero el poder emana de ti, aunque de una forma primitiva y salvaje. Es como tu segundo sistema nervioso, como tener otro órgano que no es de carne y hueso. Y si no lo usas, se atrofia, te envenena y te debilita.
—Me habrían protegido mejor si no me hubiesen dejado creer que estaba loca, que estaba maldita.
Que había algo dentro de mí que escapaba a mi control.
Si me hubiesen dicho la verdad, al menos no me habría odiado tanto hasta el punto de acabar encerrada en ese hospital psiquiátrico. —Su voz estalló como cristales rotos.
Seraphine arrugó el ceño con pesar y enfado, y abrazó a su sobrina.
—Lo sé. Yo era partidaria de que te enseñasen a controlar tu magia. Es mejor tener herramientas para parar algo, y siempre, siempre es mejor saber la verdad que desconocerla...
Hubo algo en su tono de voz al pronunciar el final de la frase. Algo extraño que Ethel no supo identificar, como si no estuviese convencida del todo de lo que decía.
Ethel se separó de su tía y se limpió las lágrimas de los ojos, tan absolutamente cristalinos que parecían vidrios transparentes.
—Entonces, por favor, tía Sera, enséñame a controlar mi magia.
Seraphine se tensó.
—No quiero hacerle daño a nadie nunca más. Por favor —suplicó Ethel de nuevo.
Seraphine echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro de derrota.
—Tu madre me matará y me enterrará cuando se entere de esto, pero qué demonios. Al menos deberías saber dominarla. —Miró a Ethel, seria—. Pero será nuestro secreto. Tu abuela y Daphne no deben saberlo. ¿Entendido?
Ethel asintió.
Y por primera vez en años, sintió algo parecido a la esperanza.
—Vale, y ahora tienes que explicarme muchas muchas cosas... Si existen los demonios... ¿Existe el infierno? ¿Y el cielo?
Seraphine se recogió el pelo y trasteó entre sus pilas de libros hasta dar con uno muy grande. Lo colocó en su escritorio apartando las cosas de cualquier forma. Al abrirlo apareció una ilustración de varias capas, como las de la corteza de la Tierra.
—Según la cultura o la religión tienen diferentes nombres, pero son planos dimensionales donde existen seres con grandes poderes que alimentan su magia con la energía que proporcionan las almas.
»El infierno está compuesto por siete círculos.
—Pasó las páginas para enseñarle otra ilustración.
Bajó el dedo por la hoja, señalándoselos—.
Algunos piensan que estamos relacionadas con ellos, o al menos que el origen de nuestra especie lo está.
Podría ser que algún demonio se exiliase en la Tierra y de su evolución naciesen las primeras brujas, o que seamos parte de su progenie con otras criaturas... No se sabe.
»Luego está el cielo, como lo has llamado tú, o la Altura , como lo conocemos nosotras. —Pasó a otro dibujo—. Allí también usan las almas porque de ellas extraen poder, aunque con distintos fines.
»Es algo por lo que siempre están en guerra, y usan cualquier tipo de artimaña mental para influir en la gente y hacer que se acerque a unos u a otros.
Y más allá, existen otros mundos, realidades donde otros dioses reinan y extienden su dominio sobre quienes creen en ellos.
—Hizo una pausa para mirarla—. ¿Me explico?
A Ethel le estaba costando seguirla, pero lo estaba intentando.
—¿Somos su alimento? ¿Eso quiere decir que Dios existe?
Seraphine se encogió de hombros y rio.
—Nosotras creemos en la Diosa, una fuerza femenina primordial que representa la naturaleza. El Dios por el que me preguntas puede existir, claro, pero es solo uno más entre muchos. No hay una sola verdad, y lo que importa es con quién se alinee tu alma.
—Entonces, al morir... ¿adónde vamos?
Seraphine se encogió de hombros.
—El destino de las brujas no está del todo claro.
El alma de los mortales comunes, si eran devotos a un dios, puede ir a su plano.
Si pactaron con demonios, probablemente vaya al círculo correspondiente.
Si no, puede ser reclamada por cualquiera, y su lugar...
—Pasó páginas hasta mostrarle otro dibujo—.
Siempre se representa un juicio, así que supongo que de este modo deciden quién se queda con esa preciada alma.
Como te digo, no tenemos todas las respuestas, solo conjeturas.
»En cuanto a nosotras, la mayoría creemos que la Diosa nos recibe en un plano secreto donde no tienen poder ni demonios ni serafines.
—Se giró y agarró a Ethel de los hombros—.
Por eso debes tener cuidado y no firmar nunca un pacto con un demonio.
Si lo haces, tu alma le pertenecerá y serás suya por el resto de la eternidad. Así que sé cuidadosa.