Flor de sangre (Flores malditas 1) 15
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La mansión Ashbourne dormía. Solo el crujido ocasional de las vigas de madera y el zumbido lejano del viento rompían el silencio. Ethel no podía cerrar los ojos. Desde que había escuchado las palabras del pastor Whitmore en la morgue, no había parado de darles vueltas.

«A esas mujeres las rodea algo extraño. Y esto parece obra del mismísimo demonio».

A estas alturas, estaba tan desesperada que habría creído cualquier cosa que pudiese explicar lo que le ocurría.

¿Y si no estaba enferma? ¿Y si no estaba loca?

La medicación desde luego no parecía funcionar.

No era una explicación racional, pero...

¿Podría tener razón el pastor? Quizá estaba poseída, quizá dentro de ella habitaba algo más, algo que a veces tomaba el control y que no era ella misma. No era la primera vez que lo pensaba.

Se incorporó. De noche aquellos pensamientos no le parecieron ni ridículos ni disparatados. Bajo el manto de la oscuridad todo le parecía plausible.

Se puso la bata sobre el camisón. Era uno nuevo, puesto que el anterior lo había escondido al fondo del armario, manchado de sangre.

Agarró la palmatoria con la vela que tenía en la mesilla y la prendió con una cerilla. La instalación eléctrica era tan antigua que hacía vibrar la casa cuando se encendía la luz. Así que era preferible no tocar los interruptores para no despertar a las demás.

Salió descalza de la habitación. Los pasillos de la mansión parecían más largos de noche.

Subió las escaleras con cuidado de no hacer ruido.

Sus pasos desnudos sobre la madera eran casi imperceptibles.

Primero se dirigió a la biblioteca, pero por el camino vio la puerta que subía hacia el desván.

El pomo estaba helado. Dudó un instante antes de girarlo.

Un chirrido cortó el silencio cuando empujó la madera.

Subió los escalones uno a uno, con la vela alzada.

El desván olía a polvo. Había baúles apilados, muebles tapados con sábanas y vitrinas viejas cubiertas de telarañas.

Encontró un arcón de madera negra con inscripciones talladas a mano en la tapa.

No entendía el idioma. La cerradura colgaba oxidada y rota, como si hubiese cedido hacía tiempo.

Levantó con cuidado la tapa, que se abrió con un chirrido de bisagras.

Dentro había libros encuadernados en cuero, papeles amarillentos, un espejo de mano cuarteado...

Un libro llamó su atención. Tenía grabado un símbolo que Ethel había visto antes, aunque no recordaba dónde.

Lo abrió.

«Grimorio de alquimia», ponía en la primera página en tinta negra.

Le temblaron las manos cuando pasó las páginas. Algo se abrió paso por su cuerpo, una emoción tan grande y poderosa que no tenía nombre.

Había esquemas. Hechizos. Diagramas del cuerpo humano rodeado de símbolos. Algunos escritos en latín. Otros con símbolos que no conocía.

Ethel tragó saliva. Las letras parecían moverse bajo la luz temblorosa de la vela.

Entonces, se oyó un ruido al fondo del desván.

Se incorporó de golpe, cogió la palmatoria y la movió a su alrededor como si fuese un arma.

—¿Hay alguien ahí? —susurró.

Solo el silencio le respondió. Pero le pareció ver una sombra en la ventana.

Ethel cerró de golpe el baúl, con el libro todavía en las manos, y retrocedió con el pulso desbocado.

Supo, con una certeza aterradora, que no estaba sola.

«Ethel», le pareció oír muy muy lejos. Como si el viento lo susurrase entre las ramas.

Descendió del desván con los pies descalzos. Siguió aquel susurro que la llamaba, que se colaba por las grietas de la casa.

Abrió la puerta principal con manos temblorosas y sintió un fuerte déjà vu . Ya había hecho todo eso antes. El viento nocturno elevó su bata haciéndola flotar a su espalda, como si fuera un fantasma.

«Ethel».

Sintió un tirón en el estómago.

Se adentró en el bosque.

La niebla reptaba entre las raíces, más espesa que nunca. Pero no tuvo miedo. Las ramas arañaban su camisón. Las hojas húmedas le pegaban los rizos a las mejillas. Los pies se le hundían en la tierra y el musgo mullido.

Avanzó, como en un sueño lúcido.

«Mi pequeño cordero...».

Se detuvo de golpe tomando una bocanada de aire. Ya había oído eso antes. Imágenes difusas acudieron a su mente, como quien trata de desentrañar un sueño.

La niebla se arremolinó frente a ella y la vela que sostenía se apagó.

Una figura emergió entre las sombras. Dos alas enormes taparon la luz de la luna que se colaba entre los árboles y la sumieron en la oscuridad más absoluta.

Sus ojos, si es que eran ojos, eran dos brasas púrpura que refulgían.

Dejó caer el libro a sus pies.

—¿Me recuerdas, pequeño cordero? —susurró la figura. Su voz no salía de su boca, sino de todo a su alrededor. Del suelo, de los árboles, del viento.

Se quedó inmóvil. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. El corazón le martilleaba en las costillas.

La figura se acercó un paso. No sonaba al andar, pero la tierra pareció agrietarse bajo su presencia.

Le pareció que algo le tocaba la mejilla y cerró los ojos con fuerza.

Dio un paso hacia él. Voluntario.

Abrió los labios, quiso decir algo que murió en su garganta.

La figura inclinó el rostro.

—¿Qué guardas dentro de ti?

Le acarició el corazón y tembló. Ethel sintió calor allí donde la tocaba. Como si algo despertase. Como si algo de ella respondiese.

—¿Cuándo lo vas a dejar escapar?

—¿Estoy maldita? —preguntó con un hilo de voz.

—Mejor que eso. Eres poderosa.

Ethel parpadeó.

—¿Existes de verdad o solo estás en mi cabeza?

—Claro que existo.

La voz era un nido de agujas y miel.

—Yo...

—Podría ayudarte.

—¿Cómo?

—¿Escucharás lo que tengo que decirte?

Ethel entreabrió los labios.

—Sí...

—No deberías reprimir lo que hay dentro de ti...

—¿Qué es...?

El aire cambió de pronto. Como si la atmósfera se contrajera de golpe.

El ser ladeó la cabeza y alzó los ojos al cielo del bosque.

—Vaya... —susurró, y en su tono se coló algo diferente; fastidio.

Una llamarada de fuego negro se abrió paso entre la niebla, danzando como lenguas vivas. Se arremolinaron en espirales, acechando al demonio, que retrocedió.

Ethel gritó, asustada. La figura que estaba frente a ella se encogió, usando sus alas como un escudo. El fuego lo empujó hacia atrás, y en la bruma se alzó un símbolo ardiente, grabado en el aire.

Gruñó. Un rugido bajo, gutural, tan primitivo que heló la sangre de Ethel. Jamás había oído nada semejante. Y supo, en lo más hondo de su pecho, que lo que estaba ocurriendo no pertenecía al mundo humano.

Giró sobre sí misma buscando el origen del ataque. La niebla fue cayendo y la figura se desvaneció en las sombras, fundiéndose con ellas.

Quedó solo el eco de su voz, diluyéndose entre los árboles.

—Nos veremos pronto, pequeño cordero...

Ethel se tambaleó, sus pies chocaron con unas piedras y cayó al suelo.

Las hojas se agitaron detrás de ella. Unos pasos rápidos, casi inaudibles. Alguien emergió de la bruma.

Ethel, sentada en el suelo, indefensa, levantó la cabeza. Le habría gustado estar soñando, que aquello no fuese más que otra de sus pesadillas.

Apretó los párpados deseando despertar.

«Por favor», suplicó.

Los pasos se oyeron ya a su lado y la angustia le descendió por el cuerpo.

Aterrada, abrió los ojos para enfrentarse a la realidad.

La luz de la luna bañó la figura que había frente a ella. Una mata de pelo cobrizo se sacudía rebelde tapándole la mitad de la cara. Y entre los mechones aparecieron dos ojos verdes claros como cristales, enmarcados por un furioso ahumado.

Seraphine Ashbourne se detuvo frente a ella con la respiración agitada, el pijama —una camiseta vieja con una estrella de cinco puntas y unos bombachos de perros salchicha— estaba salpicado de barro y lleno de hojas y ramitas.

En la palma le brillaba un símbolo, el mismo que había aparecido antes en el aire.

Ethel perdió la fuerza y cayó hacia atrás sobre sus codos.

—¿Tía... tía Sera?

—¿Es que has perdido el juicio? —le espetó su tía.