Flor de sangre (Flores malditas 1) 14
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Dentro, la sala tenía un aire improvisado, como si hubiese sido habilitada con urgencia.

Las paredes estaban llenas de estanterías polvorientas con papeles apilados, una camilla metálica situada en el centro y una bandeja con instrumental médico.

Y, sobre la camilla, un cuerpo cubierto por una sábana.

Ethel arrugó la nariz al percibir el olor y trató de respirar por la boca.

Se quedó junto a la puerta, pero Nox se acercó sin vacilar. Agarró el borde de la sábana y la apartó sin pensárselo.

Ella tragó saliva, procesando la imagen.

El cuerpo estaba ennegrecido, como si hubiese ardido de dentro a fuera. No quedaba piel reconocible, solo carne cuarteada, reseca, arrugada como cuero viejo. Había zonas huecas. Ethel ni siquiera parpadeó.

—Parece... vacío —susurró.

Nox la miró de reojo, esperando que se derrumbara. Pero ella no apartó la mirada del extraño cadáver.

Él ladeó ligeramente la cabeza, sorprendido.

—No eres tan delicada como aparentas —dijo en voz baja.

Ethel ignoró el escalofrío que le recorrió la espalda. Caminó despacio hasta la camilla, con las manos temblorosas. Escudriñó el torso, los brazos, el cuello...

No parecía tener heridas o cortes. Ninguna que explicara la sangre de su camisón.

—¿Buscas algo? —preguntó Nox con suavidad.

Ella dudó.

—¿No te parece muy raro?

—¿Has visto más cadáveres antes?

Ethel levantó la vista hacia él. Nox le dedicó una ligera sonrisa. Ella volvió a bajar la mirada hacia el cuerpo.

—No —contestó con la voz ronca—. Este es el primero. Pero no parece normal.

—¿Tú también crees que hay algo maligno rondando por el pueblo, como decían ahí arriba? —Miró al techo, apuntando al salón de actos mientras sonreía con sorna.

Ethel se estremeció. Lo que no tenía claro era si ese ente maligno era ella misma.

—Me preocupa que le echen la culpa a mi familia. Ya habrás oído lo que dicen de nosotras —explicó, y giró la cabeza hacia Nox.

Él se había inclinado a su lado y sus rostros quedaron a la misma altura. Ethel separó los labios cogiendo aire sorprendida, no lo esperaba tan cerca. Sintió el peso de su mirada recorrerle la cara como una caricia afilada.

Sus ojos la atraparon y todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo despertaron a la vez.

Un sonido lejano —el golpeteo de pasos y el eco de varias voces— los sacó de golpe del momento. Nox reaccionó primero. Agarró la mano de Ethel y la arrastró con él tras un archivador destartalado y polvoriento.

—No te muevas. —La voz de Nox le hizo cosquillas en la oreja y su pelo negro le rozó la mejilla cuando se inclinó para hablarle.

Se le cerraron los párpados y no pudo contener un escalofrío.

Podía sentir el calor de su cuerpo, el roce de sus hombros. Agachó la cabeza para dejar caer su pelo hacia delante y que le ocultase el rostro.

Se fijó en que Nox tenía un ojo tatuado en el pliegue del antebrazo, a su alrededor una mancha negra que se extendía como rayos de sol. Y un poco más arriba, en el lateral del brazo, la silueta de un pequeño dragón volando.

La puerta se abrió con un fuerte golpe en ese momento.

—... no es natural. Ni una sola quemadura externa. Pero por dentro está como... vacío —decía una voz pensativa.

—¿Qué tenemos, pues? —preguntó el alcalde, nervioso.

—Todavía nada concluyente —respondió el de antes, que debía de ser un policía—. No hay signos evidentes de violencia. Ni huellas. Ni ADN. Está... parece chamuscado, pero sin marcas externas que indiquen una fuente de fuego. Es lo más extraño que he visto en veinte años de trabajo.

—¿Ha podido ser un profesional? Quizá este tipo tenía unos enemigos poderosos, a saber —conjeturó el alcalde Holloway, que sonaba cansado.

—Pero alguna causa de la muerte tiene que haber. —La voz indignada fue la del padre Whitmore.

—El forense no se atreve a emitir ningún juicio. Además, es imposible identificarlo.

Se oyó un golpe y una sarta de maldiciones, que asustaron a Ethel, y Nox se apresuró a taparle la boca con la mano.

—¿Por qué ha tenido que pasar en las inmediaciones de Ebonwick y precisamente en esta época del año?

Necesito que le den carpetazo al asunto.

Hay anunciantes que se están echando atrás, hemos invertido mucho dinero en las celebraciones y luego está el tema de la tele... —gritaba el alcalde, enfadado.

Ethel apenas respiraba. Nox también escuchaba en silencio, inmóvil, concentrado, con el cuerpo rígido.

Ethel volvió a fijarse en sus tatuajes. Uno de ellos era una rosa abierta, marchita, bajo la que podía leerse un número en caracteres góticos.

—Relájese, si no hay pruebas nuevas en unos días, el asunto se irá calmando.

—Apenas queda una semana para Halloween. Ya ha visto cómo está el pueblo. Padre, por favor.

—Lo sé, lo sé. Trataré de calmar los ánimos en la misa del domingo. Pero ya le digo que, mientras esas mujeres sigan aquí, poco puedo prometer.

Ethel se tensó y Nox bajó la mano con la que le tapaba la boca, acariciándole levemente los labios. Sus dedos dejaron un rastro ardiente tras de sí. Y ella no pudo evitar hundir los dientes en su labio inferior, deseando tragarse aquella sensación.

Apoyó la mano junto a la de ella, rozándole el meñique. Ella bajó la mirada hasta el punto donde se tocaban. Cerró la mano, queriendo ocultar las tiritas y las heridas de sus dedos.

Holloway hizo un sonido de fastidio.

—No me salga con eso, Whitmore. ¿Me va a decir que usted cree en esas sandeces? Lo de que aquí vivieron brujas no es más que un cuento que alimenta la fama del valle para atraer visitantes. No es real.

El padre se movió hasta apoyar un codo en el archivador. Un fuerte olor ocre hizo que Ethel arrugara la nariz y se la pinzara para no estornudar.

—Bueno, yo solo le digo que a esas mujeres las rodea algo extraño. Y esto parece obra del mismísimo demonio. —Señaló el cadáver con un brazo acusador—. Ya verá usted lo que hace, pero no diga que no se lo advertí.

Entonces, se separó del archivador, dirigiéndose hacia la puerta, y se marchó.

—Fanáticos... —murmuró el alcalde, hastiado, y también se marchó.

El último en salir fue el agente de policía, que echó la llave.

Cuando Ethel alzó la mirada, vio a Nox sonriendo ligeramente, y su lengua jugueteó con el aro de su piercing , como si paladeara un pensamiento que no iba a compartir.

—Creo que ya podemos salir —murmuró.

Estaban muy cerca. Su aliento le rozó la punta de la nariz y se entremezcló con el de ella, traspasando el umbral de sus labios.

Ethel quedó ligeramente embelesada. Su boca tuvo una nueva necesidad.

Sus alientos dejaron de tocarse porque ninguno de los dos respiraba.

Nox se puso de pie, Ethel juraría que las puntas de sus pómulos tenían un tono rojizo. Pero quizá era el efecto de la luz anaranjada de la habitación.

Nox la observó un momento desde arriba. Ella echó la cabeza hacia atrás para mirarlo y él le tendió una mano.

—Este será nuestro secreto, ¿eh, Ángel? —Le dedicó una sonrisa arrebatadora.