Flor de sangre (Flores malditas 1) 13
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Pese al clima de inquietud que había dejado el reciente asesinato, las calles de Ebonwick lucían guirnaldas de calabazas y luces anaranjadas, mientras los escaparates se llenaban de telas de araña falsas y figuras grotescas.

Las ventanas estaban enmarcadas con hojas secas y en los escalones de las casas se alineaban calabazas talladas con muecas grotescas. De las farolas colgaban figuras humanoides hechas con manojos de heno y ramas, brujas de paja que se mecían al compás del viento.

En las plazas, los artesanos levantaban casetas cubiertas por lonas oscuras y carteles pintados a mano señalaban la parte baja del pueblo, donde estaba el laberinto de maíz y los antiguos establos que habían transformado en un improvisado túnel del terror.

Ethel, que caminaba entre sus tías y su abuela, no paraba de mirar a todas partes, sorprendida.

—Como ves, en Ebonwick le ponen mucha dedicación a todo —le explicó Daphne.

—Sí, ya verás... Son lo que se dice intensos . —Seraphine se subió las gafas de sol por el puente de la nariz y se recolocó la gorra que llevaba.

Ese día habían decidido llevar atuendos más contemporáneos que los que usaban normalmente. Hasta su abuela había cambiado sus vestidos y túnicas llenas de abalorios por algo más sencillo.

El Ayuntamiento de Ebonwick, situado en la plaza principal, era un edificio robusto de piedra rojiza y tejados inclinados de pizarra, con una torre de reloj que dominaba la calle.

Entraron y se dirigieron al salón de actos: una estancia de techos altos, sostenidos por vigas oscuras de madera pulida, llena de retratos de otros ediles.

Un antiguo reloj de péndulo marcaba el paso del tiempo con un tictac inquietante.

Se acomodaron en un banco vacío al final de la sala.

Morgana pasó la primera, seguida por Daphne, envuelta en un abrigo borgoña con las solapas peludas, y Seraphine, que le devolvía la mirada, con gesto de halcón, a todo aquel que osaba poner los ojos en ellas.

Ethel cerraba el grupo, ligeramente nerviosa.

Su abrigo negro le rozaba las botas altas con cada paso y se lo recogió para sentarse.

En el estrado, el alcalde Almer Holloway, un hombre robusto con bigote bien recortado y cabello rubio cuidadosamente peinado hacia atrás, golpeó su bastón en el suelo de madera, pidiendo silencio.

—Vecinos de Ebonwick —comenzó, acallando los cuchicheos—. Esta sesión extraordinaria ha sido convocada tras los acontecimientos ocurridos a principios de esta semana.

Ethel miró por encima del hombro y vio a varios policías del condado que ocupaban la parte de atrás de la sala.

Se dio prisa en girarse de nuevo al frente, pero antes captó un vistazo de Nox Harker apoyado en una de las columnas junto a la puerta de entrada.

Llevaba una camiseta oscura de manga corta que dejaba ver sus brazos desnudos salpicados de tatuajes.

A su lado había un hombrecillo de aspecto curioso; parecía tener los ojos demasiado pequeños para su cara, negros y brillantes. Llevaba un traje tan anticuado que recordaba a un disfraz.

Se preguntó si serían familia.

De pronto, los ojos de Nox se movieron hacia ella, como si hubiese notado su escrutinio. Estiró ligeramente una comisura de la boca haciendo que la atención de Ethel fuese al aro de su labio. Se tragó una perla de calor que se asentó en su estómago.

Le dedicó un pequeño gesto de saludo.

—Como ya todos sabrán, se ha encontrado un cuerpo sin identificar en las inmediaciones del sendero norte, cerca del bosque.

La policía del condado lo está investigando.

—Los señaló al final de la sala—. Pero el estado del cadáver está dificultando su reconocimiento.

Ningún campista o turista parece haber desaparecido...

—Puede que viajase solo —comentó alguien frente a las Ashbourne, moviendo la cabeza como si fuese evidente.

—Y es precisamente por este suceso —continuó el alcalde— que debemos decidir entre todos si la celebración de Halloween debe continuar como estaba previsto, o si debemos cancelarla en señal de respeto o precaución.

Un murmullo nervioso recorrió el salón.

Un hombre de rostro curtido se levantó con el ceño fruncido.

—Con todo el respeto, alcalde, no. Este festival es lo que mantiene nuestros negocios a flote hasta Navidad. Ya están llegando turistas, los hoteles están llenos y los preparativos, muy avanzados. ¿Vamos a echarnos atrás por un accidente?

—Ese hombre es George Miller, tiene una plantación de calabazas —le explicó su tía Daphne hablándole en voz baja.

—¿Accidente? —replicó una mujer anciana con tono agudo, levantándose—. Un hombre aparece carbonizado en la entrada del bosque y usted lo llama accidente. ¡Esto es un mal augurio! ¡Una advertencia! —terminó y empezó a besar repetidamente un colgante que llevaba.

—Esa es la señora Lorne.

—Ten cuidado con ella —murmuró Seraphine, tapándose la boca.

—Tu tía le arruinó las flores del jardín una noche de borrachera.

—¡Me tiró los posos del café por encima para despertarme! ¿Sabes lo que me costó quitármelos del pelo?

—Te dormiste sobre sus parterres, burra.

—Bueno, pensaba que había llegado a casa. ¿Qué culpa tengo yo de que vivamos cerca?

—He pasado semanas preparándome. ¡Sería la ruina para mi negocio! —interrumpió una mujer visiblemente alterada—. Me niego totalmente.

—¿Una advertencia de qué, señora Lorne? —la increpó un hombre—. ¿Del demonio? ¿De brujas? ¡Por favor, las leyendas son eso y nada más! Por lo que sabemos, quien haya sido puede estar ya en otro condado.

Algunos asistentes se rieron nerviosamente. Otros no lo hicieron.

Ethel se hundió un poco más en su asiento al sentir algunas miradas hostiles.

—Lo que ocurre —un hombre vestido con sotana se puso en pie, acallando todas las voces— es que este suceso ha perturbado la tranquilidad del pueblo.

Nos guste o no, la muerte de un hombre bajo circunstancias tan...

inquietantes no puede ignorarse. Las celebraciones de Halloween no deberían continuar sin tener en cuenta su impacto.

—El padre Absalom Whitmore —dijeron sus tías a la vez con cierto asco.

—¿Qué propone, entonces? —preguntó el alcalde con los labios tensos.

—Una revisión del programa. Más presencia de las autoridades. Y, si fuera necesario, cancelar las actividades nocturnas.

Los murmullos estallaron con más intensidad. Las opiniones estaban divididas y la tensión podía palparse en el ambiente. Desde donde estaba, al fondo del salón, Ethel podía oír gritos, acusaciones y discursos exaltados.

Captó una conversación a su espalda.

—... dicen que lo tienen abajo, en el sótano. Que los forenses del condado lo están examinando ahí... Como no tenemos morgue...

Se le heló el estómago.

Miró a su alrededor. Su abuela y sus tías estaban distraídas, conversando en voz baja con otros vecinos.

El corazón se le aceleró. No se le iba a presentar otra oportunidad como esa.

Llevaba días sin ser capaz de pegar ojo por la culpa, los remordimientos y, sobre todo, por el miedo hacia sí misma.

Desde que había escuchado a su tía sugerir la idea de ver el cuerpo, no había parado de darle vueltas a la posibilidad.

¿La ayudaría a averiguar si ella había tenido algo que ver?

Antes de pensarlo siquiera, se deslizó hacia el lateral del banco murmurando que iba al baño. Los policías estaban tratando de calmar a algunos vecinos que parecían a punto de llegar a las manos.

Ethel se coló por uno de los pasillos estrechos que conducían a la parte trasera del edificio buscando las escaleras que bajaban.

Se agarró la falda para no pisarla mientras descendía tratando de no hacer ruido con las botas. El abrigo se deslizaba a su espalda por los escalones.

El aire era más frío ahí abajo, y olía a humedad, a moho y a desinfectante.

Al final del pasillo de la última planta, iluminada por bombillas amarillentas, había una puerta de madera maciza con una cerradura de hierro. Tenía un cartel que ponía « PROHIBIDO EL PASO ». Se agachó e intentó mirar a través del agujero de la llave.

Lo único que sacó en claro es que olía muy fuerte a productos químicos, así que debía de ser el lugar.

Pasó los dedos por el pomo, conteniendo un temblor. No sabía qué esperaba encontrar; solo necesitaba comprobarlo. Que su miedo no tuviera forma. Que todo hubiera sido un sueño y nada más.

Intentó girar el pomo. Cerrado.

Volvió a mirar a su alrededor, nerviosa. Tiró con fuerza de la puerta, pero apenas la movió.

Se inclinó y tanteó la cerradura con torpeza, como si al mirarla lo suficiente pudiera abrirse por sí sola.

—Vaya, esto sí que no me lo esperaba.

La voz a su espalda la hizo saltar como si se hubiese quemado la mano con la que tocaba la puerta.

Se giró de golpe.

Nox, unos pasos tras ella, medio en sombras, con una expresión de leve curiosidad.

Ethel sintió el pánico descenderle por el cuerpo y tuvo que agarrarse a la pared que había a su espalda porque se le doblaron las rodillas.

—No era mi intención... —balbuceó nerviosa.

—¿Tú también estabas aburrida de la asamblea? —preguntó él, avanzando con las manos en los bolsillos—. No entiendo tanta pasión por Halloween. ¿Qué les pasa? No es más que una fiesta para niños de trece años.

Se acercó lo suficiente como para que le llegase su olor característico.

Ethel tragó saliva.

—Yo solo... —comenzó a decir, sin encontrar una excusa creíble para explicar aquello sin delatarse—. Sentía curiosidad por verlo; como todos... como todos dicen que tiene un aspecto inquietante...

Nox ladeó la cabeza con los ojos fijos en ella. La estudió con calma.

—Qué curioso, yo he pensado lo mismo. —Sonrió para sí mismo como si fuese una broma que solo él había entendido—. Eres una chica extraña, Ethel Ashbourne.

Nox dio un paso hacia ella, que dejó de respirar.

Él estiró la mano hacia su cadera y Ethel se quedó muy quieta con la piel vibrando.

—¿Me dejas? —le pidió Nox, señalando con la barbilla la puerta.

Se quedó paralizada un segundo. Luego comprendió que estaba intentando alcanzar el pomo. Se apartó en silencio.

Nox se inclinó, sacó una pequeña navaja multiusos de su bolsillo trasero y forzó la cerradura con una facilidad que la hizo preguntarse cuántas veces habría hecho algo así antes.

La puerta se abrió con un crujido largo.

—¿Estás segura de que quieres entrar? —preguntó Nox, mirándola por encima del hombro. Su voz sonó como si estuviese tratando de seducirla para hacer algo malo.

Ethel cogió aire y se enderezó. Luego asintió apartando la mirada de Nox.