Flor de sangre (Flores malditas 1) 12
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Ethel había faltado a clase el lunes. Poca gente había notado su ausencia, de lo único de lo que se hablaba era del cadáver que había aparecido en el bosque. No fue la única que se saltó las clases, Silas y algunos otros tampoco habían aparecido.

El martes, Nox encontró una bolsa en su taquilla con su jersey y una nota de agradecimiento escrita en caligrafía cursiva. Miró a ambos lados buscándola.

Arrugó la bolsa entre los dedos.

—¿Qué te pasa, Harker? Pareces de mal humor —le preguntó Silas, el jueves. Había estado dos días sin aparecer.

—No estoy de mal humor.

Estaba cansado, más bien. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Se frotó la frente mientras entraban en el vestuario; tenían entrenamiento del club de remo. Se quitó el uniforme sumido en sus pensamientos.

Apretó la puerta de la taquilla con la mano hasta que se clavó el metal en la palma.

—¿Seguro que estás bien? Pareces preocupado.

Nox se volvió cambiando la expresión a una más relajada.

—Sí. ¿Y a ti qué te ha pasado?

Silas llevaba un apósito en el hombro derecho.

—Ah, me caí haciendo el tonto.

Tras el calentamiento, transportaron el ocho hasta el pantalán. Luego, cada uno recogió su pala. Nox se subió tras Silas con un movimiento rápido para sentarse.

Comenzaron con paladas suaves, sincronizando el movimiento de piernas, torso y brazos como si fueran una sola máquina.

Nox apenas escuchaba las instrucciones del timonel. El movimiento repetitivo le resultaba automático: inclinarse, clavar el remo, tirar, volver a inclinarse... Mientras, sus compañeros hablaban entre jadeos de lo que todos comentaban desde hacía días: el hallazgo del cadáver calcinado en el bosque.

—Dicen que todavía no han podido identificarlo.

—Mi padre lleva dos noches sin dormir —jadeó Silas.

Se callaron cuando les tocó una serie de velocidad. Era justo lo que Nox necesitaba para apagar su mente. El bote avanzaba cortando el agua bajo un cielo cubierto; a ambos lados, las orillas mostraban las manchas ocres y rojas del otoño.

Terminado el entrenamiento, volvieron a subir por el sendero hacia el edificio del instituto con el sol de la tarde cayendo.

A lo lejos, distinguió una figura conocida. El tono rubio de su pelo casi parecía rosa con la luz del ocaso: Ethel.

Empezó a caminar en su dirección antes de pensarlo incluso.

Un lobo y un cervatillo...

El ronroneo lo molestó y apretó los dientes. Le había parecido que Ethel lo evitaba esos días y quería comprobar si era cosa de su imaginación.

Cuando ella lo vio, sus pasos se ralentizaron. La sorpresa se dibujó en su rostro, pero en cuanto recuperó el gesto, lo reemplazó por una cauta distancia.

Se detuvo frente a ella, invadiendo adrede su espacio personal.

Los ojos de Ethel recorrieron su torso y desvió la mirada hacia la zona que bajaba al río.

—Me debes una, Ethel Ashbourne —dijo sin preámbulos, con una sonrisa arrebatadora—. Y es hora de que me la cobre.

Ethel parpadeó, desconcertada.

—¿Qué?

—Vas a ayudarme con el examen de Ciencias.

Ethel dio un paso atrás y miró a su alrededor como si estuviese comprobando si alguien los veía.

Tu sonrisa no ha debido de parecerle tan arrebatadora... La idea no le agrada.

«Eso es absurdo».

—¿Por qué? —preguntó Ethel.

Él deshizo la distancia que ella había tomado y le cogió la barbilla para que lo mirase a la cara. Le molestaba que siempre se estuviese escondiendo con esa timidez absurda.

—Porque me debes una, te lo acabo de decir.

Nox notó cómo Ethel separaba los labios para coger aire. Le soltó la cara. Estiró los dedos y, distraído, se frotó la mano contra el pantalón.

—Pero yo no soy especialmente buena en Ciencias.

Nox, un poco menos tenso, volvió a mirarla. Se encogió de hombros.

—¿Te niegas? —Se llevó una mano al pecho haciéndose el ofendido.

Ethel comenzó a pasarse el índice por la piel del pulgar de forma ansiosa. Dudando. Él la agarró para que parase dándole un apretón suave.

—Me estás evitando y no sé por qué. —«Justo ahora que me estaba comportando y que había empezado a caerme bien», pensó

A caerte bien, claro...

Nox ignoró el comentario.

Ethel meneó la cabeza.

—No es eso —afirmó con rotundidad—. Es que todo está un poco raro con lo que ha ocurrido, pero, de verdad, no tiene nada que ver contigo.

—Genial. Nos vemos mañana después de clase, entonces. En la biblioteca —dijo antes de que ella pudiese añadir nada más, se llevó una mano a la frente y le dedicó un saludo antes de marcharse.

Nox empujó con suavidad la puerta de la biblioteca. El silencio lo recibió, apenas roto por el zumbido de las lámparas. Estaba desierta.

El entrenador los había retenido en el gimnasio dándoles una charla especialmente larga. Y, para colmo, lo había parado a él cuando ya se marchaba para ofrecerle la posición de marca .

Conforme las manecillas del reloj avanzaban se había impacientado más y más. Era noche cerrada cuando por fin había salido del vestuario.

Caminó entre las mesas, buscándola. La encontró al fondo, encorvada sobre un montón de cuadernos abiertos y bolígrafos ordenados.

Estaba dormida.

El brazo le servía de almohada y el pelo le cubría media cara. Su respiración era lenta, tranquila. Nox se detuvo, observándola. Tenía la piel bajo los párpados amoratada y parecía cansada.

Su pecho se estiró. Sintió algo dentro demasiado grande empujando contra sus huesos, tratando de partírselos.

Deslizó la mirada por los apuntes y arqueó una ceja: diagramas detallados, explicaciones con letra cuidada y cursiva, incluso anotaciones en los márgenes de diferentes colores.

Ayer le había dicho que no era buena en ciencias. ¿Se habría quedado despierta hasta tarde preparando todo aquello para él?

El nudo bajó hasta su estómago, amargo e incómodo.

Tensó la mandíbula y tragó saliva, sintiéndose mal. Culpa, aquello era culpa.

Oh, no seas impostor, en realidad te agrada que haya hecho esto por ti.

Se sentó en la silla al otro lado de la mesa. La dejaría dormir un rato más.

Un rato más. Solo un rato más.

Había algo etéreo en la manera en que respiraba, en cómo las pestañas proyectaban sombras sobre sus mejillas. Parecía un ángel habitando un lugar que no le correspondía.

Y aunque quieras fingir lo contrario, te resulta atractiva.

«Es guapa, pero eso es solo un hecho. Nada más».

Ethel se movió, frunciendo el ceño antes de abrir los ojos. Parpadeó, desorientada.

—¿Nox?

—Perdona... —se disculpó—. El entrenador se ha enrollado más que de costumbre.

Ella se frotó la cara y se recolocó en la silla.

—Y cuando iba a salir me ha parado para ofrecerme la posición de marca , así que me ha retrasado aún más.

Ethel elevó las cejas.

—Vaya, qué suerte... Acabas de llegar y ya vas a ser el más importante.

Nox se echó hacia delante, apoyando los codos en la mesa. Estiró las comisuras de los labios ligeramente divertido.

—¿Eso ha sido sarcasmo, Ethel? —dijo en voz baja.

Ella negó, apurada. Nox rio para sí mismo.

—Simplemente soy bueno en todo lo que me propongo —confesó con arrogancia, tratando de provocarla.

Ethel asintió algo ausente.

—¿No me crees?

—No, no. Claro, si tú lo dices... —Meneó la cabeza, insegura.

Su indiferencia le pinchó el ego, aunque la torpeza con que trataba de enmendarlo lo divirtió aún más.

—Devastador —murmuró con ironía.

¿Acaso deseas impresionarla?

La opinión que Ethel tuviese de él apenas le importaba... Apenas. Simplemente era arrogante por naturaleza.

—Soy un hombre de múltiples talentos...

—Por supuesto...

Nox dejó caer la cabeza contra la mesa. Le estaba matando.

—Ethel, que me des la razón así suena a que no lo piensas en absoluto.

Ella soltó una risa nerviosa y Nox arqueó las cejas más ofendido todavía.

—No... No me río de ti... Es que... —Apretó los labios.

Nox se inclinó hacia ella con una chispa de diversión en la mirada.

—Vaya, quién lo diría... con ese aspecto de no haber roto un plato en tu vida y burlándote de mí.

Ethel, azorada y nerviosa, movió las manos.

—No, no pretendía burlarme... Es que es tan inverosímil que me ha hecho gracia. Perdona, no quería...

Nox soltó una carcajada.

—Estaba metiéndome contigo. No pasa nada porque seas cruel de vez en cuando. —Nox se echó hacia atrás apartando la silla para levantarse—. Vamos, te acompaño a casa, es tarde.

—No pretendía ser cruel —insistió ella mientras recogía sus cosas para seguirlo—. El examen, íbamos a...

—No pasa nada, hasta los ángeles pecan. —Nox estiró la mano y cogió uno de los cuadernos—. Es para mí, ¿no?

—Sí.

—Pues vamos. Deben de estar a punto de cerrar y así no sigues aplastando mi ego. Necesitaré días para recuperarme.

—Oh, vamos... —se quejó Ethel.

Él siguió provocándola un rato más, disfrutando de cómo se rompía la cáscara de contención que la retenía. Acababa de descubrir que esa imagen le producía un vértigo adictivo.