11
Tía Daphne tenía una taza a medio camino de la boca, los ojos clavados en el transistor antiguo que descansaba en la repisa.
«... el cuerpo ha sido hallado al alba cerca del sendero norte del bosque. Se cree que es un turista, aunque todavía no se ha confirmado su identidad...».
—¿Qué pasa? —preguntó Ethel con voz ronca.
«La policía del condado ha acordonado la zona impidiendo el paso. No han trascendido demasiados detalles, aunque los leñadores que lo encontraron dicen que parecía calcinado, que presentaba un aspecto inquietante...».
El corazón se le disparó retumbándole tras las costillas de forma dolorosa.
—Han encontrado un cuerpo cerca del bosque hace un par de horas —murmuró Daphne, que no apartaba la mirada de la radio.
—Un turista, creen. Si fuese alguien de Ebonwick ya lo sabríamos —añadió Seraphine, echándole un terrón de azúcar a su té.
Morgana cogió a Ethel de los hombros y ella dio un respingo asustada.
—Desayuna, fawnlet . La estáis asustando —dijo, y le dio un golpe en el brazo a Seraphine, que se lo frotó poniéndole pucheros a su madre.
Pero Ethel no creía ser capaz de comer nada sin vomitarlo.
¿Y si había sido ella?
¿Y si su pesadilla no lo había sido tanto?
Notó cómo Seraphine la observaba de reojo con preocupación. ¿Sospechaban de ella?
Se le revolvió aún más el estómago hasta sentir una pesada losa aplastándolo.
—¿Estás bien, cielo? —preguntó Daphne—. Estás muy pálida.
—Casi diría que estás gris. —Daphne le dio una patada a su hermana por debajo de la mesa—. ¡Au, qué bruta!
—No pasa nada, cariño. Ebonwick es un lugar muy seguro y tranquilo. Nunca había ocurrido algo así, seguramente habrá pasado algo entre los campistas y pronto se resolverá —trató de calmarla su abuela.
Ethel miró los nudos de la madera de la mesa, que habían empezado a girar y a moverse atrapándola.
Había ocurrido cerca de donde había amanecido ella. Podría haberse cruzado con los leñadores si se hubiese despertado más tarde. Podrían haberla encontrado allí dormida y manchada de sangre.
La cabeza le dio una punzada y solo tuvo tiempo de girarse para vomitar sobre las baldosas de la cocina. La visión se le llenó de puntos negros y se tambaleó en la silla, tuvo que agarrarse con fuerza a la mesa mientras se inclinaba.
«Ethel», le pareció que gritaba alguien. Estaba cubierta de un sudor frío.
Seraphine le desató la lazada del cuello de la camisa para abrírselo. Su abuela le entregó una bolsa de papel para que respirase dentro mientras le frotaba la espalda con calma.
—¿Te has tomado la medicación?
Ethel asintió mientras se concentraba en contar cinco cosas que podía ver: sus dedos, llenos de pequeñas heridas; las baldosas de colores de la cocina; la ventana del fondo; los zapatos de hebillas de su abuela y la falda negra de su uniforme.
Cuatro cosas que podía tocar: el papel de estraza de la bolsa, la madera rugosa de la mesa, la tela de las servilletas bordadas y el encaje de sus medias.
Tres cosas que podía oír: los arrullos de su abuela, el silbido de la tetera que había puesto Daphne al fuego y las pisadas nerviosas de Seraphine.
Dos cosas que podía oler: el pan del desayuno, el olor de la infusión preparándose.
Una cosa que podía saborear: el ácido de su boca.
Despertó sobre los cojines del sofá. El suave chisporrotear del fuego de la chimenea era como una nana de fondo.
No sabía qué era lo que le habían preparado sus tías, pero fuera lo que fuese había conseguido calmarla hasta el punto de hacerla dormir.
El sofá la había abrazado cálido y confortable, como la nube más esponjosa del cielo.
De la cocina le llegaron voces. Seguían oyendo la radio local con las noticias.
«Apenas quedan diez días para Halloween. La policía quiere cerrar el asunto lo antes posible», comentaba una voz masculina.
Se levantó queriendo oír mejor qué decían del asunto, cuando a mitad del pasillo captó la conversación de sus tías.
—... no me gusta. ¿Piensas que ha tenido algo que ver? —decía tía Daphne.
—No, no lo creo —susurró Seraphine—. Pero no podemos fiarnos.
—Es demasiada casualidad.
—¿Qué motivo podría tener?
Ethel se quedó helada.
¿Hablaban de ella?
—Habría que ir a ver el cuerpo —comentó tía Seraphine.
Ethel dio un respingo.
—No digas tonterías, Sera.
—¿Madre?
—De momento, quiero que estéis muy pendientes de Ethel. Ya veremos qué pasa.