10
La bruma lo cubría todo. Blanca. Densa.
Ethel caminaba sumergida en ella con el camisón arremolinado entre los tobillos, era una mancha blanca como leche vieja sobre un lienzo oscuro.
El encaje, empapado por el rocío, se pegaba a su piel, desgarrado por el roce de las ramas.
Las espinas de las zarzas le arañaron los brazos y las gotas de su sangre mancharon la delicada tela.
Sus ojos estaban abiertos, pero vacíos, sin pupila, sin iris.
Sus pies se hundieron en la tierra.
«Ethel», susurró una voz.
La niebla se movió y el viento le agitó los cabellos del tono de los rayos del sol al alba, un dorado tan sutil que parecía transparente.
La oscuridad del bosque onduló hasta adquirir una forma corpórea. Grandes alas del color de la brea, cuernos puntiagudos y unos ojos brillantes.
De pronto, la tierra bajo sus pies se movió inclinándose, y Ethel cayó al suelo. Deseó escapar, pero su cuerpo le respondía muy despacio, como si estuviese atrapada en una telaraña. Hundió los dedos en la tierra arrastrándose.
«¿Adónde vas, pequeño cordero, acaso te has perdido?».
La voz era suave, profunda, como si el viento le hablase al oído.
Ethel jadeó. El suelo latía bajo sus palmas como si tuviera corazón.
Algo se movió entre la bruma.
Y el cielo se llenó de alas negras. Cuervos, cientos de cuervos que se precipitaron hacia ella en cascada, con sus picos afilados reflejando el brillo plateado de la luna.
Ethel consiguió levantarse y corrió por el bosque zarandeándose. Esquivando las ramas bajas de los árboles, apartándolas a brazadas. El camisón se le enganchó en unas zarzas y se desgarró con un sonido estridente.
«¿Adónde vas, pequeño cordero?», repitió la voz.
«¿Adónde vas si todos los caminos te llevan a mí?», dijo frente a ella.
Y Ethel chilló, tomada por sorpresa. El corazón se le encogió dolorosamente en las costillas y sintió una punzada de pánico.
Los pájaros la rodearon y sus graznidos cubrieron el sonido de sus gritos. Ethel sacudió los brazos intentando zafarse, escapar. Las garras y los picos cortaron la piel de sus brazos.
Se movió frenéticamente entre los árboles intentando escapar de los cuervos. Sus ojos astutos y brillantes la perseguían, malvados.
«No puedes escapar de mí, pequeño cordero, yo siempre sé dónde estás».
A través de los cuervos se abrió paso la figura de alas y cuernos, la oscuridad parecía vibrar a su alrededor. Estiró una mano hacia ella, queriendo alcanzarla. Sus ojos parecieron abrirse, dos camelias púrpura floreciendo en mitad de la noche.
Ethel tragó aire, asustada, y se defendió arañando la negrura que parecía envolver su cuerpo. Lo que tocó no era sombra ni niebla, sino carne que ardía.
Sus manos se humedecieron.
Y se vio a sí misma.
Arrodillada en una pila de huesos.
Los ojos color carmesí. El camisón empapado de sangre.
«Estás maldita, Ethel Ashbourne».
Y, entonces, despertó.
La luz de la mañana se filtraba en haces polvorientos entre los árboles. El rocío cubría la hierba a su alrededor brillando como perlas diminutas.
Ethel estaba tumbada sobre un lecho de crisantemos rojos, rodeada de helechos temblorosos y líquenes.
Parpadeó, desorientada, y se incorporó sobre los codos, tiritando. Sus brazos estaban llenos de arañazos, y en las piernas tenía algunas heridas superficiales y hematomas.
Una pequeña nota de pánico se filtró en su pecho. ¿Había salido de nuevo sonámbula? Por el tono del cielo no parecía más que el alba. Le dolía la cabeza, que sentía embotada y ligera, lo que le provocó un pequeño mareo al tratar de levantarse.
Entonces se fijó en su camisón. Estaba algo roto, sucio por la tierra y el barro. Pero lo que provocó que cayese de nuevo al suelo y la nota de pánico se convirtiese en un incendio fue la mancha que tenía en el delantero.
Sangre.
Se palpó el cuerpo instintivamente buscando una herida.
Pero no era suya.
Tomó aire, pero no consiguió que le bajase a los pulmones.
La boca se le llenó de un sabor metálico y se dobló por la mitad vomitando lo que había cenado.
Con el rostro cubierto de lágrimas se miró las manos.
—¿Qué... qué he hecho? —balbuceó aterrada.
Conocía aquel miedo, de nuevo la sensación de no ser dueña de sí misma. De no conocer qué habitaba en su cabeza. El temor a ese ser que compartía cuerpo con ella y que a veces la dominaba.
El agua caliente cayó sobre su cuerpo desnudo. Se abrazó las rodillas contra el pecho mientras se dejaba envolver. Esperó que aquello eliminase el rastro de sus pecados.
Se había restregado la piel hasta enrojecérsela. Había intentado lavar la tela del camisón, pero la mancha no quería desaparecer, se aferraba, delatora, a la tela.
Aún sentía el olor. A tierra húmeda. A hierro.
Tenía los ojos hinchados de llorar. Lo hacía tan en silencio como podía para no alertar a su familia.
Temía lo peor de sí misma. Estaba maldita y como una mancha putrefacta infestaba y dañaba a todo aquel que estaba cerca.
Solo había ido a Ebonwick para continuar arrastrando a otros en su destructivo camino.
No tenía más de ocho años la primera vez que pasó. Jugaban en el jardín del colegio, ella se balanceaba en un columpio oxidado junto a dos amigas. Iban cambiando los turnos sobre a quién le tocaba subir.
Un día como cualquier otro. Entonces, aparecieron unos niños algo mayores que las empujaron para ocupar ellos el lugar.
Se enfadó y se asustó. Fue un pestañeo, los chicos estaban agarrando la cadena del columpio tratando de bajarlas a ella y a su amiga, forcejeando. Estiró el brazo para apartarlos, molesta.
«¡No quiero!», había chillado peleando.
De pronto, se oyó un grito y un sonido metálico. La estructura del columpio se había retorcido sobre sí misma hasta caer sobre los niños y había golpeado a una de sus amigas.
Vio la sangre primero, como un fogonazo.
Los chillidos de las maestras y sus compañeros de clase llenaron el aire. Sacudieron a los niños, el golpe les había hecho perder el conocimiento.
Ethel estaba intacta; a pesar de que estaba junto a ellos, nada la había tocado. Y una decena de ojos se dirigió hacia ella, espantados.
Nadie sabía cómo había ocurrido. El columpio estaba perfectamente hasta hacía un momento.
Ethel se miró las manos, ella no había hecho nada. No era más que una niña.
Pero todos la miraron, asustados, extrañados. Fue entonces cuando comenzó a perseguirla la mancha de la mala suerte, aquel convencimiento de que estaba maldita y de que todo aquel que se le acercaba terminaba herido.
Y cuando pensaba que había pasado, que podía atreverse a acercarse un poquito a alguien... volvía a ocurrir.
De vuelta en su habitación miró el jersey de Nox.