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Silas se giró sobre su hombro estirándose y sonrió.
—¿Os habéis fijado en la decoración de este año? —comentó—. Mi padre, cualquier día, va a acabar colgándose en medio de la plaza con tal de ofrecer un buen espectáculo —bromeó.
—¿Cómo puedes decir algo así? ¿A qué clase de campamento fuiste este verano, a uno satánico?
—Bah, Ivy, a veces pareces tu padre...
Ella lo ignoró, molesta, y se volvió hacia Nox para comentar:
—He oído que este año vendrán de la televisión del condado.
—Es todo para atraer turistas. —James masticó un palito de queso, poniendo los ojos en blanco—. Les encantan las historias de miedo.
—¿Y a quién no? —se carcajeó Silas—. Hablando de eso... —Señaló con la barbilla hacia el frente.
La puerta de la taberna se había abierto, dejando pasar una ráfaga de aire y el leve repicar de campanillas. Las Ashbourne habían entrado.
La más joven captó todas las miradas al instante.
—Ethel Ashbourne nos honra con su presencia —murmuró Silas.
Nox desvió la mirada despacio y la repasó con lentitud.
—Está buenísima —decía de fondo James.
—Tiene pinta de que te cortaría a cachitos y te merendaría —se carcajeó Silas.
—¿Ethel? —preguntó Nox, arqueando una ceja.
—No, su tía Seraphine. Da miedo, pero es... De niños nos apostábamos quién era capaz de ir a su casa a pedir caramelos por Halloween. Dicen que una vez unos chavales de último curso tiraron huevos podridos a su puerta y, al día siguiente, amanecieron sin pelo —explicó James.
Silas levantó la mano y le dedicó un saludo a Ethel.
Nox volvió a mirar hacia la mesa donde se habían sentado las tres mujeres y vio que ella le devolvía la sonrisa al rubio.
Se pasó la lengua por el carrillo despacio.
—¿Y no se lo afeitarían ellos mismos borrachos? —intervino Ivy, que siguió la mirada de Nox—. No parece la misma que en el instituto. —Su tono intentó sonar indiferente, pero se le quebró la voz.
—Hay que reconocer que todo lo que tiene de bicho raro lo tiene de guapa —replicó Silas, alzando las cejas.
—¿No te da repelús? —preguntó James.
—Tiene su punto. Y sin el uniforme del instituto está...
«Atractiva», pensó Nox que quería decir Silas. Los recuerdos de la casa abandonada del bosque acudieron a su mente: ella llevando su jersey, sus ojos iluminados por los rayos..., la ligera intimidad que había sentido a su lado.
Claro... por eso le dijiste tontamente que le contarías un secreto tuyo.
Le recordó esa voz molesta en el fondo de su cabeza. Al llegar a casa esa noche, se había dejado caer en el sofá mortificado. ¿Por qué cojones le había dicho eso?
Bueno, a lo mejor había juzgado a Ethel demasiado deprisa. Puede que tuviesen más en común de lo que había pensado en un primer momento. Cuando le había hablado de su mayor miedo... Algo había resonado en su interior. Todavía no se podía sacar sus palabras de la cabeza.
Silas le dio con el hombro a Ivy, que se estaba mordiendo el labio, inquieta.
—¿Qué dices, ha hechizado al chico nuevo? —murmuró por lo bajo riendo.
Nox, que se había quedado perdido en sus pensamientos, se dio cuenta de que seguía mirándola.
—Cállate, últimamente cuando hablas solo demuestras lo estúpido que eres, Silas. —Ivy cogió su vaso y le dio un trago largo mientras le dirigía una mirada iracunda al rubio.
—Igual deberías hablar con ella, Harker —se burló Silas, alzando su vaso mientras clavaba sus ojos azules en los de Ivy.
Nox se limitó a dedicarle una sonrisa engreída.
Sus ojos se desviaron de nuevo hacia Ethel y sus tías.
Y ella, como si sintiera su peso, levantó la mirada. Le dedicó una sonrisa pequeñita, dulce. Luego, bajó la vista hasta sus manos de dedos largos y elegantes, llenos de tiritas.
Nox hinchó el pecho. Se recostó de nuevo en su silla y poco a poco una sonrisa tiró de sus labios.
Ethel se miró el interior de la muñeca. Debería tener una quemadura ardiente, el rastro de las yemas de unos dedos.
Se había cruzado con Nox al salir de la taberna, mientras él se dirigía a la zona de los baños.
Habían chocado ligeramente y él se había inclinado rozando el interior de su muñeca con los dedos.
—Adiós —había susurrado, y le había guiñado un ojo.
Desde ese instante sentía la piel arder, como si hubiese presionado una llamarada de fuego contra ella.
Ni siquiera se paró lo suficiente para que le hubiese dado tiempo a responderle, simplemente había seguido su camino como si nada. Por el contrario, ella se detuvo en seco tan anonadada que lo había seguido con la mirada.
Deseó, por primera vez, que llegase el lunes.
—¿Te ha pasado algo en la muñeca, fawnlet ? —le preguntó su abuela, llamando su atención.
Ethel la escondió bajo la mesa. Movió la cabeza, negando. Desde que habían vuelto a casa el ambiente estaba enrarecido. Morgana parecía de malhumor y las tres mujeres no dejaban de cuchichear. Solo había alcanzado a oír un nombre: Rowena Ravenswyck.
Y, por el tono con el que hablaban de ella, no parecía caerles muy bien. Aunque lo que más le preocupaba a Ethel era el hecho de que mientras murmuraban le habían dirigido alguna que otra mirada cargada de inquietud.