Flor de sangre (Flores malditas 1) 8
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Ebonwick estaba cubierto por una perpetua bruma que, por mucho que brillase el sol, nunca parecía disiparse.

A veces, le parecía al mismo tiempo el lugar más pintoresco de la Tierra y el más tenebroso.

A la luz del día se rebajaba esa sensación estremecedora, aunque su aspecto no dejaba de sorprenderla.

Ethel captó un vistazo de sí misma en el escaparate de una tienda de antigüedades. Su tía Daphne se había empeñado en vestirla para ir a dar un paseo por el pueblo.

Querían apartarla de esa misteriosa visita que acudiría hoy a su casa. Las había notado nerviosas y esquivas sobre quién venía y por qué. Su parloteo incesante que no había dejado espacio para sus preguntas.

Ethel no solía vestir de negro, eso solo acentuaba aún más el tono pálido de su piel.

—Parezco... mayor —había dicho al verse.

—Estás estupenda —le contestó tía Daphne mientras le ataba una gargantilla con una rosa negra en el cuello.

—¿Y si te recoges el pelo? —Seraphine la evaluó pensativamente y le hizo un moño rápido.

Ethel nunca antes había compartido esa clase de momentos con su madre o con amigas. Isadora solía estar ocupada y en su tiempo libre le gustaba la soledad.

—Definitivamente, eres tan guapa como yo —comentó Seraphine con una mano en la barbilla.

Daphne la apartó de un empujón.

—Pero ¿qué dices? Se parece mucho más a mí. Tiene mis rasgos delicados.

—No es por llevaros la contraria, pero quitando el color del pelo... —Ethel hizo un óvalo con las manos y lo movió de una a otra, enmarcando sus caras—, sois prácticamente iguales.

—Vuelve a decir eso y te desheredaré —escupió Sera.

Seraphine se bajó el ala de su sombrero cuando pasaron por una calle especialmente bulliciosa y fingió estar muy interesada en las tiendas.

—¿De quién te escondes?

—¿Habéis visto esa bola de cristal? ¡Me encanta! Entremos en esta tien...

—Hola, Seraphine —la interrumpió una voz suave.

Una mujer alta y de complexión fuerte se había acercado a ellas. Era atractiva. Llevaba el pelo largo recogido en una trenza, unas gafas de sol oscuras y un traje de pantalón que parecía antiguo.

—¡Tatiana! —la saludó su tía con una ligera expresión de pánico en los ojos.

—¿Has fingido no verme? —preguntó la recién llegada.

Ethel captó un ligero acento en su tono.

—No, no. Estábamos enseñando el pueblo a mi sobrina. —Cogió a Ethel de los hombros y la movió hasta colocarla a su lado. Ethel le dedicó una sonrisa nerviosa—. Se ha mudado recientemente con nosotras.

Los ojos marrones de la mujer la estudiaron apenas un momento para volver a clavarse en su tía.

—Quedaste en llamarme...

—Iba a hacerlo.

—A finales de verano.

Seraphine dejó escapar una tos y Daphne a su lado resopló.

—Será mejor que Ethel y yo sigamos con el paseo. Se ve que tenéis cosas que hablar.

Seraphine miró a su hermana melliza abriendo mucho los ojos, suplicando clemencia. Pero Daphne cogió a Ethel de la mano apartándola de las dos mujeres y con una sonrisa dulce se despidió.

Ethel creyó oír a tía Sera murmurando un «traidora» por lo bajo.

—¿Quién era? —le preguntó, curiosa, a Daphne.

Ella se encogió de hombros negando.

—Una de las múltiples conquistas de tu tía. Le tiene pánico al compromiso y a enfrentarse a conversaciones difíciles. Le está bien empleado.

Caminaron hacia la plaza principal del pueblo. Ethel miraba fascinada los escaparates de las tiendas, repletos de cristalerías refinadas, figuras de murciélagos de porcelana negra, tartas cubiertas de glaseado carmesí, cuentos ilustrados con leyendas de la zona...

Ebonwick era conocido por su celebración de Halloween, que atraía a decenas de turistas. Ethel nunca había pasado esa fiesta allí. Tampoco era que le gustase demasiado la celebración. Le traía malos recuerdos.

Los turistas paseaban despacio, observándolo todo. Era fácil identificarlos, ya que la mayoría llevaba una cámara fotográfica colgada al cuello.

—El valle de Grimvale es muy famoso por sus impresionantes paisajes otoñales.

Los alrededores se llenan de campistas. Hay varias familias que tienen granjas de calabazas y manzanas.

Y, bueno, todo lo relacionado con las leyendas del lugar atrae, también, a muchos curiosos en esta época —le explicaba su tía mientras caminaban.

—¿Leyendas?

—Ya sabes, los típicos cuentos que circulan. Se dice que aquí vivieron brujas, que los bosques están encantados... El típico misticismo que atrae a la gente.

La tarde fue cayendo en Ebonwick, que se cubrió de violeta y ámbar.

Tía Seraphine les había dado caza un par de calles atrás. Parecía más relajada que antes, aunque le dedicó una mirada asesina a su hermana.

—Me las pagarás, Daphy.

—¿Tanto te costaba decirle que no estás interesada en nada serio?

—No quería herir sus sentimientos.

—Y, sin embargo, es lo que has hecho.

Seraphine se estiró y giró la cabeza buscando algo.

—¡Oh! —exclamó de pronto—. Necesito una copa. Entremos —propuso, señalando una taberna al otro lado de la calle, y echó a andar.

—¡Por mucho que no quieras oírlo es la verdad! —le gritó Daphne. Dejó escapar un suspiro dramático y miró su reloj de pulsera—. Vamos, aún es temprano.

The Lantern estaba atestado a esa hora. Tenía dos plantas y un ambiente bullicioso y animado.

La gente se volvió a mirarlas con interés cuando entraron.

Ethel se fijó en un grupo de estudiantes de su instituto que estaba al fondo.

Reconoció la cabeza rubia de Silas Holloway.

Si él estaba allí... Sus ojos no tardaron en localizar a Nox Harker.

Estaba recostado en el respaldo de su silla con actitud desenfadada. Una sonrisa torcida tiraba de sus labios, mientras Silas soltaba una carcajada ruidosa.

La expresión en su rostro era relajada y algo ausente, y descaradamente encantadora. ¿Cómo lo haría para conseguir atraer la atención de una sala entera solo con un gesto de la boca? ¿Habría nacido con esa clase de magnetismo o lo había aprendido con los años?

Se sobresaltó cuando los ojos de Nox se alzaron hasta cruzarse con los de ella. Ethel le dedicó un leve asentimiento en forma de saludo.

Él no apartó la mirada enseguida. La sostuvo. Y después, como si nada, bajó los párpados y volvió a girarse hacia sus amigos, ajeno a la punzada de envidia y admiración que había dejado en ella.

—Ni se te ocurra darle alcohol, Sera. —Oyó que gritaba su tía—. Ven, allí hay una mesa.

Ethel se mordió el labio y bajó la mirada, apretando el paso mientras el eco de la risa de Nox flotaba en el aire.